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Por Mark Weber. Director del Institute for Historical Review

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El furor que desataron los comentarios de la negación del Holocausto del Obispo Williamson no es debido a una controversia sobre la verdad histórica, el papel de la historia en la sociedad, antisemitismo u “odio”. Este asunto realmente trata sobre poder, sobre quienes lo ejercen en nuestra cultura, así como la manera y las razones por las que se usa.

[Monseñor] Williamson, de nacionalidad inglesa y con 68 años de edad, pertenece a un grupo católico romano tradicionalista, hace unas semanas fue duramente criticado por sus comentarios sobre el Holocausto. Durante una entrevista para la televisión sueca, la cual ha sido ampliamente difundida en internet y citada constantemente en los medios de comunicación, él expresó la opinión de que no más de 300 mil judíos murieron en los campos de concentración alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y que ninguno de ellos fue asesinado en cámaras de gases.

La furia resultante, que recibió toda la atención de los medios de comunicación, comenzó varias semanas después de que el Papa Benedicto XVI levantara las excomuniones a [Mons.] Williamson y a otros tres obispos “rebeldes” como parte de una estrategia para subsanar la ruptura entre este grupo católico romano conservador que se opone a las tendencias liberales dentro de la Iglesia.

La controversia creció y [Mons.] Williamson fue expulsado de Argentina, en donde él había estado viviendo, las autoridades alemanas anunciaron que podrían levantar cargos penales en contra de él. En Alemania y en otros países europeos constituye un crímen el negar, justificar o minimizar el genocidio judío durante la Segunda Guerra Mundial. Las autoridades alemanas se apropiaron del derecho para perseguir a cualquiera que exprese sus opiniones “negacionistas” a través de internet. Después de retornar a su nativa Inglaterra, [Mons.] Williamson publicó una disculpa por el “daño y el dolor” que causaron sus comentarios, pero nunca se retractó de ellos.

El Obispo Williamson tiene muchos otro puntos de vista no convencionales sobre diversos temas, repetidamente ha dicho que el 9/11 constituye un “trabajo interno” y sostiene que los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 fueron organizados por el gobierno de los Estados Unidos. Pero nadie le está demandando que se disculpe por los cargos de asesinamiento en masa perpetrado por altos funcionarios del gobierno estadounidense en contra de sus propios ciudadanos. Por supuesto, si el gobierno de los Estados Unidos insistiera en una disculpa por tal motivo, esta acción sería considerada, con toda justicia, como un acto de insolencia descarada.

Mientras que los puntos de vista no conformistas de [Mons.] Williamson sobre crímenes cometidos hace siete años son considerados raros y sin consecuencias, sus puntos de vista discrepantes sobre la suerte de los judíos europeos de hace más de medio siglo son considerados como “ideas criminales”. Las expresiones de disención sobre la versión convencional del Holocausto son rápida y ferozmente castigadas. La “blasfemia” contra el Holocausto es considerada rutinariamente como una afrenta mayor que los ataques verbales en contra de las creencias religiosas que se han establecido en la sociedad hace ya mucho tiempo y que afectan la sensibilidad de millones de personas en Europa y en todo el mundo [por ejemplo, las representaciones “artísticas” en donde se muestran imagenes blasfemas en contra de Cristo y la Virgen, o la ligereza de lenguaje en los medios de comunicación en contra de los sacerdotes, los dogmas, etc.]. En resumen, los sentimientos y la sensibilidad de los judíos son considerados más importantes que los de los no-judíos.

En nuestra sociedad, el Holocausto es virtualmente considerado un icono de estatura religiosa. Los líderes judíos, apoyados por personajes políticos no-judíos así como por los medios de comunicación, insisten en que todo el mundo debe aprobar su dogma y su totem, que a su vez es utilizado para promover los intereses oscuros del Sionismo.

Tony Judt, un estudioso judío quien funge como director del Institute Remarque en la Universidad de Nueva York, ha escrito:

“La Shoa -nombre hebreo para Holocausto-, frecuentemente es explotado en Estados Unidos e Israel para desviar y prohibir cualquier criticismo hacia Israel. Por supuesto, el Holocausto de los judíos europeos en nuestros días es explotado al triple: esto les otorga a los judíos estadounidenses una identidad particular y única de víctimas, esto le permite a Israel pasar sobre cualquier sufrimiento de cualquiera otra nación y justificar sus propios excesos, con sólo afirmar que la catátrofe judía fue única e incomparable, y se maneja como una metáfora de usos múltiples para representar la malicia humana y así se enseña a los escolares estadounidenses y europeos sin ninguna otra referencia de contexto [¿dónde?, ¿cómo?] o de causa [¿por qué?]. Esta instrumentación moderna del Holocausto para obtener ventajas políticas es éticamente vergonzosa y políticamente imprudente.

Norman Finkelstein, erudito judío que imparte cátedra en la Universidad DePaul en Chicago escribió en su exitoso libro ‘The Holocaust Industry/La Industria del Holocausto’: “invocar el Holocausto es un complot para deslegitimizar todo criticismo hacia los judíos”. Agregó: “al conferir una falta total de culpabilidad a los judíos, el dogma del Holocausto ha inmunizado a Israel y a la judería estadounidense a la legítima censura… las organizaciones de la judería estadounidense han explotado el holocausto nazi para desviar todo cristicismo hacia Israel y hacia sus propias políticas morales indefendibles.”

En Israel, dice Tom Segev, un importante periodista israelí y escritor, el Holocausto se ha convertido en un “objeto de culto”. Más aun, escribe, “la herencia del Holocausto”, como se enseña en la escuelas israelíes y en las ceremonias que fomentan su conmemoración, frecuentemente se alienta un chovinismo mezquino y un sentido de que la acción nazi sobre los judíos justifica cualquier acto que contribuya a la seguridad de Israel, incluyendo la opresión de las poblacioes de los territorios ocupados por Israel durante la Guerra de los Seis Días”.

Las campañas de conmemoración del Holocausto reflejan el pensamiento arrogante de los judíos, considerándose a sí mismos como gente superior. Abraham Foxman, dirigente de la Liga Antidifamatoria, uno de los grupos sionistas más influyentes, ha declarado: “… El Holocauso es algo diferente, es un acontecimiento singular, no es simplemente un ejemplo de genocidio sino un intento casi exitoso de los hijos escogidos de Dios y, por lo tanto, de Dios mismo. Es un acontecimiento que es la antitesis de la creación como está registrada en la Biblia, y como su opuesto directo, la cual revive semanalmente en el Sabbath y anualmente en la Torah, debe ser recordado de generación en generación.”

El asunto Williamson evidencia un gran peligro sociopolítico, no el peligro de la disención o del error histórico, sino de la despiadada ortodoxia forzada. Aun más dañino que los puntos de vista no-convencionales de [Mons.] Williamson sobre crímenes cometidos hace más de 60 años, es la bien organizada campaña global, apoyada por los poderes policiales y judiciales que demandan sumisión a un punto de vista instrumentalizado y dogmatizado de un capítulo de la historia. Esta campaña es una expresión hipócrita, de doble cara, que constituye una burla a las pretenciones democráticas de muchos estados que dicen enarbolar las libertades de discurso y expresión.

La verdadera escala de valores y de poder de una sociedad se muestra en lo que prohibe. El asunto Williamson evidencia una tendencia bien consolidada de los intereses del Sionismo en la vida cultural de la sociedad occidental moderna y nos recuerda, de nuevo, quién está en el poder detrás de tal tendencia.

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Traducción: ecorevisionista.wordpress.com

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