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Por PAUL RASSINIER

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Version española de Bernardo Gil Mugarza
Ediciones ACERVO
Barcelona 1961
EDITORIAL AAARGH Internet 2003
Títulos de la obras originales:
PASSAGE DE LA LIGNE
Primera edición: 1948 Editions bressanes
LE MENSONGE D’ULYSSE
Primera edición: 1950 Editions bressanes
ULYSSE TRAHI PAR LES SIENS
Primera edición: Documents et témoignages, enero 1961.

N° Registro 579-61 – Depósito legal : B. 2618-61

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Contenido:

1. PRÓLOGO DE LA EDICIÓN ESPAÑOLA
2. PREFACIO A LA 5ª EDICION FRANCESA
3. PRIMERA PARTE. LA EXPERIENCIA VIVIDA
3.1. PRÓLOGO
3.2. CAPÍTULO PRIMERO. UNA MUCHEDUMBRE DE TIPOS HUMANOS DIVERSOS ANTE LAS PUERTAS DEL INFIERNO
3.3. CAPÍTULO II. LOS CÍRCULOS DEL INFIERNO
3.4. CAPÍTULO III. LA BARCA DE CARONTE
3.5. CAPÍTULO IV. UN PUERTO DE SALVACIÓN, ANTESALA DE LA MUERTE
3.6. CAPÍTULO V. NAUFRAGIO
4. SEGUNDA PARTE. LA EXPERIENCIA DE LOS OTROS
4.1. CAPÍTULO PRIMERO. LA LITERATURA SOBRE LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN
4.2. CAPÍTULO II. LOS TESTIGOS MENORES
4.2.1. LA SALIDA HACIA ALEMANIA
4.2.2. LA LLEGADA A BUCHENWALD
4.2.3. EL RÉGIMEN DEL CAMPO
4.2.4. EN DORA
4.2.5. UNOS ERRORES GRAVES
4.2.6. EL DESTINO DE LOS DEPORTADOS
4.2.7. Apéndice al Capítulo II. LA DISCIPLINA EN LA PRISIÓN CENTRAL DE RIOM
4.2.8. EN LAS PRISIONES DE LA «LIBERACIÓN»
4.2.9. EN POISSY
4.2.10. PRISIONEROS ALEMANES EN FRANCIA
4.3. CAPÍTULO III. LOUIS MARTIN-CHAUFFIER
4.3.1. TIPO DE RAZONAMIENTO
4.3.2. OTRO TIPO DE RAZONAMIENTO
4.3.3. EL RÉGIMEN DE LOS CAMPOS
4.3.4. MALOS TRATOS
4.3.5. EPÍLOGO
4.4. CAPÍTULO IV. LOS PSICÓLOGOS. DAVID ROUSSET Y EL MUNDO DE LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN
4.4.1. EL POSTULADO DE LA TEORÍA
4.4.2. EL TRABAJO
4.4.3. LA HÄFTLINGSFÜHRUNG
4.4.4. LA OBJETIVIDAD
4.4.5. TRADUTTORE, TRADITTORE…
4.4.6. Apéndice al Capítulo IV. DECLARACION JURADA
4.4.7. INFORME DE UN ALFÉREZ A UN TENIENTE
4.5. CAPÍTULO V. LOS SOCIÓLOGOS. EUGEN KOGON Y EL INFIERNO ORGANIZADO
4.5.1. EL PRESO EUGEN KOGON
4.5.2. EL MÉTODO
4.5.3. LA HÄFTLINGSFÜHRUNG
4.5.4. LOS ARGUMENTOS
4.5.5. EL COMPORTAMIENTO DE LA S.S.
4.5.6. EL PERSONAL SANITARIO
4.5.7. ABNEGACIÓN
4.5.8. CINE, DEPORTES
4.5.9. LA CASA DE TOLERANCIA
4.5.10. SOPLONERíA
4.5.11. TRANSPORTES
4.5.12. CUADRO
4.5.13. APRECIACIONES
4.5.14. NOTA BENE
4.6. CAPÍTULO VI. EL COMANDANTE DE AUSCHWITZ HABLA…, de Rudolf Höss
4.7. CAPÍTULO VII. LAS CÁMARAS DE GAS: 6.000.000 DE GASEADOS O…
5. PROLOGO DEL AUTOR PARA LA SEGUNDA Y TERCERA EDICIONES FRANCESAS
6. A MODO DE INTRODUCCIÓN PARA LA CUARTA EDICIÓN FRANCESA
7. CONCLUSIÓN DE LA 1a, 2a, 3a Y 4a EDICIONES FRANCESAS

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1. PRÓLOGO DE LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Un resistente francés, un enemigo de los nazis y que por tanto luchó contra Alemania, da a conocer en esta obra lo que fueron los campos de concentración de Buchenwald y Dora.

Paul Rassinier ha sido el primero en manifestar, con brillante forma literaria, la verdad sobre el régimen de vida y los horrores de ambos campos. A su impresionante relato le sigue, como segunda parte del libro, una dura crítica de los principales testimonios sobre los campos alemanes.

Es evidente que un libro de este tipo, no puede aislarse del problema político general que planteó la segunda guerra mundial. Al iniciarse en 1945 la «domesticación» del europeo, entró en vigor el axioma de que Alemania era la responsable exclusiva del conflicto. A los dieciséis años de las hostilidades, se ha producido una auténtica revolución copernicana en los estudios históricos sobre ese período. Y en este han colaborado en especial los historiadores de los países que triunfaron. Sobresalen entre ellos Charles Callan Tansill con su obra Back Door to War, Harry Elmer Barnes (Perpetual War for Perpetual Peace), William H.

Chamberlin, almirante Theobald, Charles A. Beard, James A. Farley, John B. Flint, general Wedemeyer, Benoist Mechin, Liddel Hart, Emrys Hughes, Henry Coston, F. J. P. Veale, etc.

Destaca en sus obras la gran responsabilidad de Roosevelt y de Churchill en el conflicto, llegando en su mayoría a la conclusión que escuetamente recogió James Forrestal, secretario de Defensa de los Estados Unidos, en su obra The Forrestal Diaries:

[6]

«Ni los franceses ni los ingleses hubieran considerado a Polonia causa de una guerra, si no hubiese sido por la constante presión de Washington. Bullit dijo que debía informar a Roosevelt de que los alemanes no lucharían; Kennedy replicó que ellos lo harían y que invadirían Europa. Chamberlain declaró que América y el mundo judío habían forzado a Inglaterra a entrar en la guerra.”

La tesis del aniquilamiento total del enemigo, iniciada durante la guerra y fomentada después, estuvo íntimamente ligada a la propaganda de crueldades. El profesor Friedrich Grimm, cuenta en su obra Politische Justiz la visita que le hizo en 1945 un representante de los aliados. Al exponer Grimm los métodos de la propaganda aliada y el empleo científico de la mentira que en ella se hacía, su interlocutor le respondió:

«– Veo que estoy ante un experto. Ahora quiero decirle también quién soy yo. No soy catedrático de Universidad. Pertenezco a la Central de la que me ha hablado usted. Desde hace meses cultivo esto que usted ha descrito tan justamente:

propaganda de atrocidades ~ con ello hemos ganado la victoria total.

Yo le repliqué:

— Lo sé, y ahora tienen que cesar.

El me respondió:

— ¡No, ahora es precisamente cuando empezamos! Nosotros continuaremos esta propaganda de atrocidades, la aumentaremos hasta que nadie acepte una palabra favorable hacia los alemanes, hasta que sea totalmente destruida la simpatía que ustedes han tenido en otros paíises, y hasta que los mismos alemanes vayan a parar a tal confusión que ya no sepan lo que hacen.”

Este tipo de propaganda, en el que se mezcla un litro de verdad por cada diez de mentiras, llega al subconsciente del individuo, a sus instintos. La explotación racional de los campos de concentración alemanes ayuda así, en gran manera, a impedir [7] la reunificación de este país y mantenerle arrinconado en el ghetto de la venganza.

Sobra decir que de los campos de concentración aliados apenas se ha dicho algo. A pesar de ser tan numerosos como los alemanes. En Francia, mientras a las fuerzas germanas les bastaron dos campos – Struthof y Schirmeck – para internar a los resistentes y otros enemigos, los liberadores de 1944 además de dejar ambos en funcionamiento y de tener las cárceles llenas, instalaron otros nueve campos de concentración más en la Alsacia-Lorena.

Rassinier, en este libro escrito para franceses, da a conocer los horrores de Buchenwald y Dora durante el período alemán. Pero liberado en 1945, no pudo conocer directamente el terror que siguió imperando en Buchenwald a partir de la victoria aliada, y que dejando tras de sí a 18.000 cadáveres alemanes sólo terminó en febrero de 1950. Los últimos ocupantes fueron ejecutados o trasladados a las prisiones de la zona oriental, y el comando de enterradores desapareció en la Unión Soviética. Algo parecido sucedió con Dachau, donde – según el Süddeutsche Zeitung dos millones y medio, Reitlinger habla de 750.000 gaseados como máximo, y las listas oficiales de Auschwitz recogen algo menos de 300.000 muertos en total. Lo realmente curioso es que la comisión de la Cruz Roja Internacional que visitó el campo en septiembre de 1944 no descubrió cámaras de gas. El Dr. judío Benedikt Kautsky, que estuvo internado dulrante siete años, tres de ellos en Auschwitz, en su libro Teufel und Verdammte, publicado en Suiza en 1946, dice lo siguiente:

«Yo estuve en los grandes KZ de Alemania. Pero, conforme a la verdad, tengo que estipular que no he encontrado jamás en ningún campo ninguna instalación como cámara de gaseamiento.» En una sociedad algo más desapasionada que la nuestra, no dejaría de reconocerse que las cámaras de gas que hubo en algunos campos alemanes no agravan el problema. Pues no conviene olvidar que en los Estados Unidos se ultilizan oficialmente. Los hornos, cuando aún no había nazis, ya fueron empleados por el rey David para exterminar a los amonitas. En los de los alemanes y en los de los cementerios europeos sólo se quemaban y se queman cadáveres, no seres vivos.

La cuestión sólo puede plantearse razonablemente reprobando la muerte de todo ser humano inocente. Pero lo que produce asombro es que los vencedores de 1945 se nieguen a que los vencidos hagan uso del mismo argumento. Es un hecho incontrovertible que durante la guerra en especial en 1944 y 1945– fueron asesinados mayor cantidad de alemanes que de judíos.

En junio del pasado año, Israel anulnciaba la captura de Adolf Eichmann.

Evidentemente, la campaña de cruces gamadas en enero había adolecido de muchas imperfecciones.

[10]

La nueva, mejor organizada, ya ha ofrecido algunos resultados.Estos culminarán con el próximo «proceso», empleando este término para designar esa situación confusa en la que se mezcla un acto de venganza – raptores, acusadores y jueces serán los mismos judíos – y una lucha política interna entre Nahum Goldmann y el Congreso Mundial Judío por una parte, y por otra el Mapai con Ben Gurion y Ben Zwi a su frente.

Una obra maestra de propaganda que denuncia la faceta exterior del «proceso”

Eichmann, son las palabras del comandante de policía Abraham Selinger en Tel-Aviv:

«Con el proceso contra Eichmann, nosotros no sólo queremos sentenciar al más cruel enemigo del pueblo judío, sino refrescar también la memoria del mundo sobre los crímenes nazis contra los judíos. Los recuerdos de Eichmann, que él pone por escrito en su celda, demostrarán también la participación de los árabes en estos crímenes y la indiferencia de los aliados.» Sólo se ha olvidado Abraham de recoger un aspecto: el económico. Los 16.000.000.000 de marcos con los que la República federal alemana indemniza a Israel, constituyen la principal fuente de ingresos de este país y posibilitan su subsistencia. El Detroit Free Press del 23 de mayo de 1960 ha divulgado las palabras que dijo Ben Gurion a un amigo después de la entrevista que tuvo con Adenaner en Nueva York:

«La diferencia entre Adenauer y Hitler es la siguiente: Hitler sabía que los judíos recibirían el dominio del mundo, por eso mató a seis millones de elloes.

Adenauer sabe que los judíos recibirán el dominio del mundo, por eso desea unirse a nosotros.”

Pocas personas dirigieron durante la guerra la «cuestión judía» en ambos bandos contendientes. Himmler murió en una forma que aún está por aclarar. El Dr. Kasztner, en el proceso de Tel-Aviv en 1954, tuvo la desgracia de decir entre otras casas [11] intervenido ante el gobierno suizo para que no abriese sus fronteras a los judíos que Alemania quiso poner en libertad durante la guerra. El Dr. Kasztner, como es sabido, fue asesinado durante el proceso. Eichmann y Ben Gurion están en Israel.

Que Eichmann debe limitarse a hablar de ciertas cuestiones, parece evidente después de las irritadas protestas de Ben Gurion a que fuese un tribunal internacional el que le juzgase.

Israel, en resumen, va a participor más activamente en la política mundial. Y aunque no parezca muy seguro lo que afirmaba Le Monde el 25 de mayo de 1960:

«Desde hacía tiempo, varias policías coordinadas por lnterpol seguían el rastro de Eichmann…”

no es de extrañar que un órgano judío de Buenos Aires dijese el 11 de julio del mismo año:

«El Congreso Mundial Judío pide que sea movilizada la Interpol para la represión del antisemitismo. La Interpol debe investigar la procedencia de todos los incidentes antisemíticos y detener inmediatamente a todos los elementos antisemitas y neonazis, así como a todos los neofascistas.» En los Protocolos de los Sabios de Sión tales cosas sólo se insinuaban. Mientras tanto, el escritor judío Ben Hecht, ya famoso en la TV norteamericana por sus entrevistas con el tema de «Dios y la homosexualidad», ha podido decir por la American Broadcasting Corp:

«Yo profeso un odio contra los alemanes, con sus carnosos cogotes, con sus ojos inexpresivos, y con un hueco frio en su corazón que sólo puede ser calentado por medio del asesinato…» Y según daba a conocer una publicación católica de St. Benedict (Oregon) en 1959, Ben Hecht, en una de sus obras sobre perversidades, asesinatos por placer, morfinismo, etc., en A Jew in Love, escribe lo siguiente:

[12]

«Uno de los hechos más exquisitos que la plebe haya podido realizar, fue la crucifixión de Jesucristo. Desde el punto de vista espiritual fue una gesta brillante. Pero hay que reconocer que la masa actúa sin capacidad suficiente. Si yo hubiera sidoa encargado de la crucifixión de Cristo, habría actuado de otra manera. Le habría enviado a Roma y le hubiese echado como despojos a los leones.

Del cuerpo en carne picada nunca se hubiera podido hacer un redentor.”

No han faltado nunca en el pueblo judío ejemplos de extraordinaria nobleza. Sin tener que remontarnos dos mil años atrás, en febrero de 1960, el gran rabino Goldstein acusó a las organizaciones sionistas de fomentar el antisemitismo. Un mes antes, la organización mundial hebrea Kna’anim denunció a los políticos y organizaciones judías cuya peligrosa política puede llevar en el futuroe a nuevos progroms antisemíticos. No es, pues, de extrañar que centenares de alemanes expresasen su admiración al rabino Goldstein, asegurándole que si todos los judíos hubieran sidoa como él nunca habría habido antisemitismo en Alemania.

El «proceso» Eichmann dará a conocer la línea política que seguirá Israel en el próximo futuro. En el periódico O Globo de Río de Janeiro – cuyo director, Hertert Moses, judío, dirige igualmente la Asociación de la Prensa brasileña – aparecieron estas prudentes palabras:

«Israel comete un error si cree que el odio y la venganza consolidarán su existencia política y le abrirán, mejor que la fraternidad y el perdón, las vías del porvenir y del respeto universal.»

Con razones semejantes a aquellas por las que se acusa a Eichmann de la muerte de seis millones de judíos, un recalcitrante nazi que pensase que Roosevelt y Churchill iniciaron la segunda guerra mulndial, podría afirmar que ellos son los responsables de la muerte de 52 millones de seres.

[13]

Eichmann es un genocida porque transportó varios centenares de miles de judíos a los campos. Harry Salomón Truman, que exterminó a 94.620 japoneses en unas horas, parece ser que no lo es, pues, al cumplir sus 75 años de edad, dijo que de la única cosa injusta de la que tenía que arrepentirse en su vida era de haberse casado a los 30 años. Si en Dachau mueren unas 25.000 personas en doce años es un genocidio; si los angloamericanos al destruir el «seudoarte europeo de baratija» matan en un por de días de 200.000 a 300.000 habitantes de Dresde y refugiados que dormían en las calles, se considera como una «operación de castigo».

Los partisanos que matan a 55.810 soldados alemanes –estadística checa– son unos héroes; los alemanes que con arreglo a las convenciones internacionales fusilan a esos partisanos o los envían a los campos de concentración son unos bárbaros dignoes de aparecer como tales en el cine. Un judío inocente que muere por hambre o en una cámara de gas evidentemente es asesinado, un hamburgués que arde vivo en un bombardeo con fósforo constituye un lamentable episodio de la guerra. Por ello, como los vencidos fueron los malos, nadie podría pensar en juzgar al mariscal Harris por las 80.000 bombas de fósforo y millones de otros tipos que lanzó sobre Hamburgo entre el 24 y el 27 de julio de 1943, y por los 55.000 muertos que causó el bombardeo.

Pocos son ya los que no conocen en la actualidad la historia de la pantalla que parece ser hizo con piel tatuada el comandante de Buchenwald, y que–aunque no apareció–le costó a Koc eI ser juzgado y ejecutado por un tribunal de la S.S. ¿Y qué hacían mientras tanto los norteamericanos? Veamos lo que nos dice uno de ellos, el corresponsal de guerra Edgar L.

Jones, en el número de febrero de 1946 de la revista The Atlantic Monthly:

«Nosotros creemos actuar más noble y moralmente que otros pueblos, y, en consecuencia, el estar en major situación para decidir lo que es justo en el mundo y lo que no lo es. ¿Cómo cree la población civil que hemos hecho nosotros la guerra?

Nosotros hemos matado a sangre fría a los prisioneros, hemos convertido los hospitales de campaña en polvo y cenizas, hemos hundido lanchas de salvamento, hemos [14] matado o herido a la población civil enemiga, hemos rematado a los heridos, hemos arrojudo en una fosa a los moribundos con los mulertos. En el Pacífico hemos roto los cráneos de nuestros enemigos, los hemos cocido para hacer objetos de mesa para nuestras novias, y hemos escopleado sus huesos para hacer cortaplumas… Nosotros hemos multilado los cadáveres de enemigos muertos, les hemos cortado las orejas y arrancado los dientes de oro para tener “Souvenirs”…”

Que los aliados nunca aceptaron el dar explicaciones sobre sus genocidios, lo demostraron los ingleses cuando entregaron hace unos años al gobierno de Adenauer la prisión de Hameln. Al hacer unas reparaciones, los alemanes encontraron los cadáveres de unos 200 compatriotas suyos de cuya muerte era responsable la «justicia» militar británica. Inglaterra se negó no sólo a responder de esas ejecuciones sino incluso a facilitar los nombres de las víctimas. Este método, que estuvo muy en boga a partir de 1945, y del cual trata documentadamente el profesor de la Unversidad de Barcelona Llorens Borrás en su obra Crímenes de guerra, le hace recordar a uno aquel famoso parte que un alcalde de Aragón envió al gobierno durante los turbulentos días de la regencia de María Cristina de Borbón: «En este pueblo continúa la matanza de frailes en medio del mayor orden».

Ningún tribunal del mundo ha exigido cuentas para lo que sucedió en los procesos de Nuremberg – «la mayor caza del hombre que conoce la Historia», ha dicho Eden – ni por los millones de seres que padecieron la desnazificación, ni por los belgas que a los dieciséis años de terminada la guerra siguen en las mazmorras de este país por el delito de haberse alistado comoa voluntarios en el frente del Este. Caso notable de la «justicia política aliada, lo constituye el del comandante alemán Walter Reder, que gravemente enfermo está encarcelado en Gaeta (Italia) acusado de haber fusilado a centenares de habitantes de Marzabotto. Se ha demostrado plenamente que él jamás estuvo en Marzabotto, y que en dicha localidad nunca hubo tal matanza. Altas jerarquías de la Iglesia italiana, del Vaticano, de la resistencia y 280.000 firmas de soldados de varios [15] países europeos han pedido en vano su libertad. Reder no puede ser puesto en libertad porque la «justicia» aliada siempre tiene razón.

La S. S., algunos de cuyos miembros tuvieron que encargarse de la vigilancia de gran parte de los caynpos de concentración, ha sido un blanco predilecto de la propagande aliada.

De poco sirvió el que antes de la guerra varios de sus generales protestasen por el empleo de estas milicias para la vigilancia de presos. Y menor efecto aún tuvo en 1945 la afirmación del inspector y Sturmbannführer Morgen, de que ni Auschwitz ni otros campos de exterminio en Polonia estaban administrados por la S. S.

Rassinier refiere que sus funciones se limitaban casi exclusivamente a la vigilancia exterior. También señala algunos excesos de estas tropas. Que la situación no fue idéntica en todos los campos, ha sido dado a conocer por el ex internado Theodor Koester en el semanario Deutsche Wochenzeitung de Hannover. Koester, que estuvo siete años en los KZ de Buchenwald y Gross Rosen, cuenta que al acercarse las tropas rusas en febrero de 1945 a este último campo, los soldados de la S. S. entregaron a los presos fusiles, pistolas ametralladoras y puños antitanques, y añade:

«… los soldados de la S. S. ya no eran nuestros enemigos, eran nuestros camaradas… Y entonces, cerca de Rohnstock, luchamos los ex internados del campo de manera tan valiente junto a la S.S., que cerca de la mitad cayeron en combate… Entre estos presos estaba un vienés que habia luchado en España, varios franceses y muchos comunistas alemanes; se encontraban entre nosotros más de veinte polacos que hubieran podido desertar inmediatamente, pero que precisamente combatieron los más exasperados… En su amargura pensaban en la traición del general ruso Plokossowshi (septiembre de 1944) ante Varsovia.

[16] Pero nosotros pensábamos en las mujeres y muchachas ultrajadas, en los ancianos apaleados.”

En las 38 divisiones de la S.S. combatieron 900.000 soldados. De ellos cayeron más de 360.000 – principalmente en los frentes de Francia y Rusia -, y en 1959 se daban todavía por desaparecidos otros 42.000 más.

El esfuerzo común que esto supuso, se ve con claridad en la composición de las fuerzas de la S.S. que defendieron Berlín en 1945.

Cuando el ejército rojo rompió el frente del Oder, en abril de 1945, quedaban en la capital del Reich los restos de las siguientes divisiones de la S. S.: 4.a Div. acorazada «Nederland», 11 Div. acorazada «Nordland», 15 Div. de granaderos de la S. S. («Letonia núm. 1»), 32 Div. acorazada «30. Januar» y la 33 Div. de granaderos «Charlemagne».

Las dos primeras divisiones estaban integradas por belgas, holandeses, daneses y suecos; la División «Charlemagne» por franceses, suizos y españoles; estonianos y letones formaban la 15 División y los jóvenes de la región del Siebenburg y de las Academias militares de la S. S. estaban en la «30. Januar». El 23 de abril quedaron todas bajo el mando del comandante general Mohncke. Cuando casa por casa y entre ruinas llegaron los rusos al Tiergarten, los letones con el S.S.-Obersturmführer Neilands se fortificaron en el Unter den Linden; los franceses, bajo el mando del S.S.Hauptsturmführer Fenet, formaron grupos especializados anticarros; y el S. S.Hauptsturmführer Roca, con fuerzas estonianas y españolas, defendió la línea en torno a la Wilhelmstrasse. Finalmente, los últimos defensores de Berlín se concentraron junte a la Reichskanzlei. En la noche del 2 de mayo, tras la muerte de Hitler, la Cancillería fue volada por orden de Mohncke.

Después de haber tratado algunas de las cuestiones que suscita la lectura de La mentira de Ulises, dejemos la palabra a [17] Paul Rassinier. Su preocupación principal – como nos dijo en cierta ocasión – la constituye el problema más importante de la política europea: la reconciliación francogermana.

Ello le movió a escribir este libro, que viene a confirmar las palabras de Sven Hedin: «Para decir algo verdadero y justo, nunca es demasiado tarde.» B. G. M.

Enero 1961.

Dejad decir; dejaos censurar, condenar, encarcelar; dejaos prender, pero divulgad vuestro pensamiento. Esto no es un derecho, es un deber. Toda verdad es para todos… Hablar está bien, escribir es mejor; imprimir es cosa excelente… Si vuestro pensamiento es bueno, se le aprovecha; si es malo, se le corrige, y se aprovecha todavía. ¿Pero el abuso?… Esta palabra es una tontería; los que la han inventado, ellos son los que verdaderamente abusan de la prensa, imprimiendo lo que quieren, engañando, calumniando e impidiendo el responder…

PAUL-LOUIS COURIER.

Escribe como si estuvieses solo en el Universo y no tuvieses nada que temer de los prejuicios de los hombres.

LA METTRIE

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2. PREFACIO A LA 5ª EDICION FRANCESA

La presente edición, que es la quinta, difiere del original por su contenido y, por lo tanto, de su presentación. Pero difiere en poco.

La edición original data de 1950. Pues bien, desde entonces, aunque a cuentagotas y en medio de una propaganda que, regularmente, les ha hecho decir lo contrario de lo que decían, han sido publicados nuevos documentos que han venido a confirmar las tesis del autor. Y si, atendiendo a la demanda, se quisiera reeditar La mentira de Ulises, sin desmontar el mecanismo de estos nuevos atentados contra la verdad histórica, esto supondría descalificarse sin tener apelación. Los más importanto s y los más significativos son pues objeto de los capítulos VI y VII de la segunda parte que, sólo éstos, han sido añadidos.

A consecuencia de ello, los diversos prefacios e introducciones de las ediciones precedentes y su conclusión común, se encuentran recogidos en un apéndice cuyo valor documental ya no es más que bibliográfico. Los primeros, porque, si bien constituyen un balance de una discusión que hizo época, no es menos evidente que, si esta discusión tuviese que empezar de nuevo, ellos no le podrían servir más que de punto de partida o de referencias, al estar provisto el asunto por los nuevos documentos. La última porque, si se justificaba en la edición original por la necesidad del autor de precisar bien que sólo había tenido la intención de abrir un debate y definir sus datos, ya que este debate después de diez años no parece estar todavía próximo a cerrarse, [22] quizá no es tan necesario ni tan urgente prevenir de esto al lector. No es indiferente, por lo demás, advertir que esta conclusión se presentaba bajo la forma de una toma de posición en una controversia que enfrentaba entonces a Sartre y Merleau-Ponty con David Rousset. Ahora bien, si se sabe todavía quienes son Sartre y Merleau-Ponty, hace ya tiempo que todo el mundo, incluidos ellos mismos, ha olvidado las inconcebibles trivialidades que ambos, filósofos, y por consiguiente especialistas en todo a excepción de todas las especialidades, escribieron sobre la cuestión. ¿Y quién sabe hoy que hubo entonces y existe todavía un escritor con el nombre de David Rousset? Pero, por otra parte, suprimir pura y simplemente esta conclusión, hubiera podido ser interpretado como una renegación. De aquí el lugar que le ha sido asignado en esta edici6n.

Por último, a excepción todavía de un punto y como ruidosamente reclamado por M.

Louis Martin-Chauffier (página 163) ninguna otra modificación ha sido hacha en la versión original.

P.R.

15 de julio de 1960.

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3. PRIMERA PARTE. LA EXPERIENCIA VIVIDA (1)

{1 Aparecido en 1948 con el título de “El paso de la línea”.}

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3.1. PRÓLOGO

Llueve. Una lluvia fina de abril, fría, glacial. Regular, pertinaz, inexorable. Así desde hace dos días: empieza la tercera noche.

El convoy, una larga cadena de vagones viejos que chirrían sobre los raíles, se hunde lentamente en el gran agujero negro. La máquina, una locomotora de otra época, suda y resopla y se fatiga, tose y escupe, patina y petardea. Cien veces ha vacilado, cien veces ha parecido rehusar el esfuerzo que se espera de ella.

Llueve, llueve sin cesar. En el vagón descubierto, ochenta cuerpos tumbados, acurrucados, se enredan y hacinan, los unos en los otros, los unos sobre los otros. ¿Vivos?

¿Muertos? Nadie sabría decirlo. Por la mañana, todavía se han despertado, helados en sus pobres andrajos húmedos, enuaquecidos, transparentes, pálidos, con sus grandes ojos desorbitados llenos de fiebre y de debilidad. En un esfuerzo sobrehumano, se han agitado.

Han distinguido el día, han sentido la lluvia – los largos trazos acerados de la lluvia – atravesar los harapos, las carnes delgadas y endurecidas, y después clavarse en los huesos, en filas cerradas, despiadadas. Ellos se han encogido en un imperceptible escalofrío. Quizás iban a dejarse arrastrar por los mil gestos instintivos del sueño cuando se han visto, se han mirado los unos a los otros. A través de la niebla, de la fiebre y la cortina de agua que cae del cielo, han distinguido unos hombres en uniforme, armados hasta los dientes, plantados en los cuatro rincones del vagón, impasibles pero vigilantes. Entonces han recordado: han comprendido su destino y, en un sobresalto, tristes y anonadados, han venido [26] a parar a este sueño a medias, a esta situación intermedia entre la vida y la muerte.

Llueve, sigue lloviendo. Un aire pesado, cargado de hedores, sube del montón de cuerpos, se disipa en el frío húmedo y en la noche.

Al partir, eran cien.

Reunidos precipitadamente, con los perros a su alcance, tirados desordenadamente y por grupos en el convoy, bajo los golpes y las órdenes a gritos, se han estremecido ante todo cuanto se han encontrado, dispuestos para partir, en la exigua plataforma, sin víveres para el viaje. Al instante, han comprendido que empezaba una gran prueba.

— Achtung, Achtung! – se les ha prevenido sin transición -. De pie durante el día, por la noche sentados… Nicht verschwinden! Toda infracción a este reglamento, sofort erschossen!, (1) ¿entendido?

{1 ¡Atención, atención!… No intenten evadirse! ¡Fusilados en el acto!}

El vagón descubierto, el frío, la lluvia, pase aún, ya se ha visto otras veces. Pero, nada para comer…, ¡nada para comer !

Para colmo de desgracia, desde hacía unas semanas no entraba un gramo de pan en el campo y había sido preciso contentarse con los recursos de los almacenes: sopa clara de nabos, un litre (a veces medio litro) y dos patatas pequeñas, por la noche, después de la larga y dura jornada de trabajo. Nada para comer: todo se ha borrado ante esta amenaza, apenas han prestado atención al rumor según el cual los norteamericanos están a doce kilómetros.

–Nada para comer, de pie durante el día, por la noche sentados…

Antes de terminer la primera noche, tres o cuatro de entre ellos, que han manifestado demasiado precipitadamente el deseo de satisfacer una necesidad apremiante, han sido agarrados por el cuello, pegados brutalmente contra la alta pared del vagón y ejecutados a bocajarro:

¡Crac!, contra la madera, ¡crac!

Se ha decidido hacerlo en los pantalones, primero prudentemente, reprimiéndose para ensuciar menos, después se ha dejado ir progresivamente.


Otros tres o cuatro, caídos por agotamiento a lo largo del día [27] siguiente, han sido fríamente rematados con una bala en la cabeza.

¡Crac!, contra el suelo, ¡crac!

Los cuerpos han sido arrojados fuera sucesivamente, tras recoger los números de registro; en el umbral de la tercera noche, las filas están considerablemente clareadas, se ha pasado del miedo al terror y del terror al abandono completo.Se ha renunciado a salir de este infierno, se ha renunciado incluso a vivir: ahora se deja uno morir en la sanies.

Llueve, llueve, llueve.

Sin embargo, se ha levantado un ligero viento que coge al convoy por el costado e hincha la tela de tienda de campaña mal afianzada en unos postes improvisados, bajo la cual, en cada rincón del vagón, se resguardan los centinelas en sus largas horas de vigilia: él ha barrido las miasmas, y los de la S.S., nerviosos al partir, atareados aunque decididos y llenos de esperanza todavía, están de repente preocupados. Desde hace algún tiempo, se oyen menos disparos, menos chasquidos de revólver. Hasta los perros – ¡ los perros, oh, estos perros! – muerden y ladran menos en las numerosas paradas. En cuarenta y ocho horas, de delante hacia atrás, de apartadero en apartadero, de cambio de dirección en cambio de dirección, el convoy se encuentra a menos de veinte kilómetros de su punto de partida. Avanzada la noche, ha puesto la proa hacia el suroeste, después de haberlo intentado en vano hacia el norte, el sur y el este: si esta vía está cortada como las otras, significa que se está cercado, que se será aprehendido. Han fruncido el ceño, los de la S.S., después se han transmitido la noticia de vagón en vagón, desde el de cabeza al de cola, tras lo cual se han replegado en sí mismos.

–¡Estamos cercados, vamos a ser cogidos!

Esto les ha trastornado; van a ser detenidos, todos estos cuerpos inconscientes que yacen van a encontrar de nuevo la vida, levantarse para acusar, el delito será flagrante.

Todavía en el transcurso de la mañana, se les había oído interpelarse frecuentemente con gritos guturales, decir chistes y lanzar grandes risotadas a las muchachas que, a lo largo del recorrido, tristes y desilusionadas, sólo les concedían ya escasos y melancólicos estímulos. Ahora, se callan: sólo un chasquido del encendedor o la punta roja de un cigarrillo, vienen de vez en cuando a rozar este silencio mortal, o a turbar la densa y húmeda oscuridad de la noche.

[28]

Llueve, sigue lloviendo, llueve sin cesar, llueve sin fin: el cielo es inagotable.

He aquí que, además, el viento se ha hecho más fuerte. Silba agudamente por los intersticios de las tablas y el agua cae en tromba. Las telas de tienda de la S.S. se hinchan desmesuradamente, sus postes se doblan . Repentinamente, detrás, cede una atadura, después otra: la tela empieza a ondear como una bandera, a restallar desde el exterior contra la pared. El S.S. echa un terno. Después, refunfuñando y jurando intenta reparar el daño. En vano: cuando lo logra por un lado, el viento se lleva el otro.

— Gott verdammt!

Después de dos tentativas infructuosas, renuncia. Bruscamente se vuelve hacia el desdichado que está más próximo. Un golpe con la rodilla, una patada en los riñones, después:

— Du – grita -, Du!… Du, blöder Hund!

¿Bloder Hund ? El hombre ha oído, comprendido de dónde venía la llamada, reunido automáticamente todas las fuerzas que quedaban en él, y se ha incorporado completamente asustado. Cuando ha visto lo que se esperaba de él, esto le ha tranquilizado un poco. Se ha levantado en alto –¡dejado levantar!– sobre la telera, equilibrado sobre las rodillas y las manos. Después, con muchas precauciones para no caer de coronilla sobre el balasto –¡para no caer sobre el balasto!– ha vuelto a traer la tela, ayudado al otro a sujetar de nuevo las esquinas sobre los postes.

— Vertig?

— Ja, Herr S.S.

Entonces , sucede una casa extraordinaria: el hombre se vuelve a encontrar. De repente, en un relámpago. De no haber sido por la oscuridad y la lluvia, se habría visto una extraña llama encender súbitamente sus ojos. Al mismo tiempo, ha comprendido que está de rodillas, sobre el borde de la pared, con las dos piernas vueltas hacia el exterior, que el tren no marcha muy rápidamente, que llueve, que la noche es oscura, que los norteamericanos están quizás a doce kilómetros, que la libertad…

¡La libertad, oh, la libertad!

Con esta evocación, una inexplicable locura se apodera de él, que hace un momenot, tenía miedo a caer de espaldas – ¡ oh, ironía! – una gran luz entra en su cerebro, inunda, invade todo su cuerpo.

[29]

— Ja – repite. Después grita -: Ja! Ja! Ja…aah!

Antes de que el otro haya tenido tiempo, incluso de ser sorprendido, el hombre, el esqueleto, el medio muerto, tensa sus músculos en un supremo esfuerzo, apoya sus pobres brazos en el borde de la tabla y, con un golpe seco, se arroja hacia atrás. Oye el traquido de una salva que resuena en su cabeza y tiene todavía la fuerza, la asombrosa lucidez, de pensar que cae en un ángulo muerto. Se siente cogido y, en cuerpo y alma, rueda en la nada de la inconsciencia.

— ¡ Cha!… ¡ Cha!… ¡ Clac! ¡ Chacacha!… ¡ Clac! ¡ Cha!… ¡ Clac!… ¡ Taratatata!… ¡ Cha!… ¡ Cha!… ¡ Cha!… La máquina suda, silba, vacila, patina, sigue petardeando. Las armas han comenzado de nuevo a vomitar la muerte. Poco a poco, el gran silencio indiferente de la naturaleza adormecida se vuelve a cerrar sobre el drama que se prolonga, turbado solamente por el débil ruido regular de la lluvia en el viento que se desliza.

Llueve, llueve, llueve.

No llueve más.

Algunas horas han transcurrido: dos, tres, cuatro quizás. El cielo se ha cansado finalmente. En el negro espesor, esponjoso, algo se ha movido, allá, hacia abajo de la línea férrea.

Han intentado abrirse primeramente dos ojos, pero los párpados entumecidos se han cerrado en un brusco reflejo, como si la cabeza estuviese bajo el agua.

Una garganta reseca se ha contraído para recoger saliva y trae un sabor de tierra sobre la lengua. Un brazo ha iniciado un gesto que ha sido paralizado a mitad de camino por un dolor agudo en el codo, sordo en el hombro. Después, nada más: el hombre se ha sentido vacío, con la sensación de un extraño bienestar y de buena fe, ha creído dormirse de nuevo.

Al instanto, le recorre un escalofrío y le envuelve. La piel, sobre su pecho, está despegada de la húmeda ropa. ¡Brr!… Ha querido encogerse en un ovillo, poner su pierna debajo: ¡ ay!… Entonces ha tratado de despertarse, sus párpados se han movido nerviosamente, ha forzado sus ojos para que queden abiertos: los ha fijado en el negro opaco, absoluo, pesado. Un deseo de toser sube de sus pulmones, rompe en él. Guarda la impresión [30] de que su cuerpo yace en trozos dispersos y doloridos, en la hierba chorreante y sobre el suelo enfangado.

Trata de pensar . Al primer esfuerzo, recibe como un choque en la cabeza.

— Los perros.

Esta vez se ha despertado. Revive todo. Una cascada de acontecimientos le asaltan, se suceden y se montan los unos sobre los otros: el embarco, el convoy, el infierno del vagón, el frío, el hambre, la tela de la tienda, el viento, el salto en la noche. El convoy: ¿volverá otra vez sobre sus paesos? Los perros: ¡ oh!, ¡ todo antes que esa muerte!

Quiere huir: imposible, los pedazos de su cuerpo están como clavados. Quiere reunirse:

cruje por todas partes, oye rechinar sus huesos los unos sobre los otros. Sin embargo es preciso salir de ahí. A toda costa.

Su razonamiento toma otra dirección: una vía férrea, es un objetivo militer para los asaltantes, un accidente del terreno para utilizar los atacados. Los alemanes van a utilizar ésta, replegarse, se van a agarrar a ella, le van a encontrar.

— ¡ Huir, oh! ¡ Huir! Alejarse unos centenares de metros al menos y esperar allí, en mayor seguridad, la llegada de los norteamericanos: ¡primeramente ponerse en pie!

Primeramente ponerse en pie. Ha pensado alto, su voz tiene resonancias cavernosas, el murmullo de sus labios hace salir de su boca unas granulaciones terrosas. Escupe con frecuencia:

— ¡Gg!…, ¡gg!…

Con infinitas precauciones, mueve sus brazos sucesivamente: a la izquierda, nada, pero a la derecha, sigue este dolor en el codo y en el hombro.

— Vaya, diríase que se atenúa…

Repite el movimiento: es verdad, el dolor se calma en el juego de los músculos y de las articulaciones; no se ha fracturado nada. Su pecho respira major.

Ahora en las piernas: contrae suavemente los músculos, esto le hace un daño horrible, gritaría… Por fin, ya está hecho, nada fracturado tampoco por este lado, al menos no lo parece. Se vuelve más tranquilo. Más metódico también.

Logra sentarse. Las contusiones de su cuerpo se hacen más dolorosas, la cataplasma de sus ropas más helada. Tiembla de frío. En la boca del estómago, siente unos retortijones:

tiene [31] hambre, es buen signo. Se extraña de no haber tenido hambre más pronto. Se lleva la mano a la cabeza: su boina de presidiario está todavía encima, este le hace reír. Piensa en sus chanclos: los ha perdido en la aventura, tanto peor. Se palpa: está cubierto de barro, y como enrollado en una masa de alambre de la que se compromete ya a desembarazarse. Se vuelve, se pone a gatas, un esfuerzo todavía y estará de pie.

De pie: está de pie, va a huir, los alemanes podrán replegarse, venir, pegarse a la vía férrea… No tan pronto, la cabeza le da vueltas, tiene ganas de vomitar, siente que vacila, que va a caer y que únicamente sus dos pies hundidos en la arena le mantienen en equilibrio, que no puede contar con ponerlos uno delante del otro. Se endereza, y se sostiene tanto rato como puede, pero siente que va a zozobrar, a hacerse todavía daño en la caída. Entonces lentamente, muy lentamente, se pone en cuclillas: ya que no puede caminar, se arrastrará, pero no quedará aquí, no, no quedará aquí. Y recuerda el convoy, los perros, los alemanes que van a replegarse. Los norteamericanos.

— Que están a doce kilómetros de aquí. No, decir esto sería demasiado tonto.

Saca sus pies del barro: ¡ploc, ploc!

Sobre las rodillas y sobre las manos, arrastrándose como un grueso gusano torturado, acaba de descender por una cuesta, atraviesa algo así como una zanja llena de agua pegajosa, un prado, llega a una parcela recientemente labrada: se arrastra la tierra por trozos, se pega en las rodillas, en las piernas, en los codos. Se para, toma aliento…

Sin embargo la noche es menos negra, el cielo más despejado. Las formas de los matorrales y de los árboles aislados de alrededor ya se perfilan en una tenue niebla.

Va a levantarse el día: otro peligro.

A unos centenares de metros, en la cima de una subida del terreno, distingue una masa oscura: los árboles sin duda.

Se fija como primera finalidad alcanzarlos antes del amanecer. Se pone en movimiento.

El esfuerzo ha calentado su cuerpo, suavizado sus músculos y sus articulaciones, localizado el dolor a lo largo del cuerpo, del lado derecho. Llega a ponerse de pie, a permanecer, a poner sus pies descalzos e insensibles uno tras otro, a caminar. A marchar lentamente pues tiene que arrastrar su pierna derecha y le duele mucho el hombro, pero camina, avanza:

[32] encorvado, molido, debilitado, decaído, se dirige hacia el bosque. El quiere, se endereza, se esfuerza y se afianza. Antes del amanecer estará allí, se esconderá, se cubrirá de tierra, llegarán los norteamericanos, estará salvado.

El resto ha pasado en un sueño, en un sueño con dos tiempos, largo, extenuante.

Al llegar al bosque, ha renunciado a internarse en la espesura, de la que teme la traición y juzgado más prudente el sentarse aquí, un poco retirado sin embargo, entre los escasos matorrales, desde donde puede ver venir de todas las direcciones, como en un oculto observatorio.

El día se ha levantado, la pendiente que descendía a sus pies ha salido poco a poco de la sombra. El tablero de damas de campos y prados indistintos se ha precisado, la vía férrea se ha estirado allá abajo, extendida como una larga cinta. En la hondonada de dos colinas en la lejanía, un campanario apunta su flecha entre las pequeñas humaradas que ascienden en línea recta de invisibles chimeneas.

Rápidamente, se destaca muy alta en el cielo la nube todavía gris pero irradiada de una gran mancha blanca denunciando el sol que intenta atravesarla. El paisaje se ha poblado, por aquí, por allá, de algunos carruajes que van y vienen, tranquilos. Un hombre, también un paisano pero del que se distingue el significativo brazalete, se ha puesto, descuidadamente por lo demás, a contar cien pasos a lo largo de la vía férrea…

Ha evocado un rincón de naturaleza parecida, en una misma época, bajo un mismo cielo, con el mismo tablero de damas de campos y prados, los mismos bosques, los mismos árboles aislados, el mismo campanario, la misma vía férrea, en alguna parte de los confines de la Alsacia y del Franco Condado.

Ha pensado que si su madre hubiera visto el de aquí a esta misma hora, no habría dejado de advertir que el cielo se «lavaba» o que el tiempo «se secaba». Ha observado largo rato dos caballos que arrastran, a quinientos metros, una especie de rastrillo, en un prado, para «extender» las toperas: este anciano que los conducía, mi palabra, era el abuelo Tourdot, ¡ y esta pequeña que tiraba de una cuerda sujeta detrás del rastrillo, era su pequeña [33] nieta cuyo padre, el Tony, estaba prisionero en Alemania! Por asociación de ideas, ha visto el rostro solícito de su mujer inclinarse sobre un pequeño mocosuelo de dos años…

Después ha vuelto a él de nuevo, en un sobresalto de inquietud.

— ¡ No, no, era una ilusión! Los norteamericanos no pueden estar a doce kilómetros, todo está demasiado tranquilo. A través de estos campos, de estos prados, de estos bosques, nada respira una atmósfera de guerra, con mayor razón de derrota. En Francia en 1940…

Se ha quedado aterrado: ¿qué será de él?

No hay medio de dirigirse a estas gentes, a pesar de todo ¡con semejante traje!

Ha tenido hambre, mucha hambre, y ha recogido una ramita que ha puesto en la boca:

era todavía una receta de su madre cuando él voceaba la sed en sus faldas, en las tardes de gran calor, durante la cosecha. Esto le ha cambiado las ideas.

Las horas han pasado, el sol ha logrado atravesar la nube, dividir el cielo. Una campana ha sonado: mediodía, el campo se ha vaciado. La tarde transcurre igual: los carruajes han vuelto en mayor número bajo un sol más cálido que ha secado también completamente sus vestidos. Un hombre ha pasado cerca de él con una guadaña al hombro, y casi le ha rozado: él no se ha movido pero ha deducido de ello que no podrá permanecer mucho tiempo en esta situación, sin provocar la alarma. Ha refexionado: al día siguiente es domingo, no le ha costado trabajo establecerlo tomando como referencia el embarque en el campo, que había tenido lugar un miércoles por la noche. Mañana por la mañana pues, estará tranquilo, pero habrá que temer mucho, por la tarde de la predisposición que tienen los alemanes, grandes y pequeños a pasearse por los bosques.

Ha venido la tarde, después la noche. El guardavía con su brazalete no ha cesado de ir y venir. Ninguna alarma, ni el mener ruido de motor en el cielo, durante todo este día.

— No, no…

La luna, una gran luna de color de brasa, ha difundido su extraña claridad sobre el paisaje. Unos golpes sordos han resonado en la lejanía.

— Están todavía a cuarenta o cincuenta kilómetros por lo menos. Si se sueltan los perros sobre mí, me habrán encontrado [34] antes de que estén ellos aquí. Sería preciso partir, ir a su encuentro, pero ¿ante todo, en qué dirección?

Iba a desesperar de todo cuando una sensación de peligro le ha vuelto a dar ánimos.

Los aviones han dado vueltas horas y horas por encima de él, y han dejado caer algunas bombas en los alrededores. Tranquilamente, sin ser inquietados, cazados o cogidos en lo más mínimo por el fuego de la defensa antiaérea. Después se han marchado, luego han vuelto otros: un continuo ir y venir hasta el amanecer.

¡ Un estar alerta, un verdadero estar en alerta, una buena puesta en alerta!

— Esta vez, sin embargo…

El día, una niebla que se disipa rápidamente bajo un sol penetrante, de pronto un cielo sereno: un cielo de domingo, un verdadero cielo de verdadero domingo, de verdadera primavera.

Podrían ser las diez de la mañana cuando ha comenzado por fin la gran conmoción.

–¡Tac!… Tac… ¡Tacatacatacatac!… Tac… Ha calculado la distancia: de cuatro a cinco kilómetros como máximo. Esto viene en la dirección del campo, un poco más allá.

— ¡ Tac! ¡ Tac!…, ¡ tactactac!… ¡ Tac!

La ametralladora ha insistido, otra ha contestado:

— ¡ Toc! ¡ Toc!… ¡ Toc, toc! ¡ Toc, toc!

Después un gran estruendo:

— ¡ Bum! ¡ bum! ¡bum!… ¡ Bum! El cañón: los proyectiles no han caído muy lejos, pero todavía más allá del pueblo.

— ¡ Bum!… ¡ Bum!… ¡bum!, bum… Una vez. ¡ Bum!… ¡ bum!… Otra vez. ¡ Bum! ¡ Bum! ¡ Bum!… ¡ Bum! ¡ Bum!… ¡ Bum!

Los disparos vienen directamente hacia él, el tiro es regular, vigoroso, sonoro. Va a ser preciso reflexionar.

Una formidable explosión rasga el aire tras él, casi sobre él.

— ¡ Buuum!

Después otra:

— ¡ Buuum!

Tiene los tímpanos destrozados.

— ¡ Buuum!… ¡ Buuum!

Esto no se para. Y allá abajo, el eco.

[35]

— ¡ Bum!… ¡ Bum!… ¡ Bum!… ¡ Bum!…

El sol es magnífico, el cielo está radiante, el campo desierto, el hombre del brazalete ha desaparecido. Nadie: está solo.

— ¡Buuum!… Bum, bum., bum., Bum… ¡Buuum!

Él está en el eje de tiro que corta la vía férrea casi perpendicularmente y hacia la cual se repliegan los alemanes: intentarán defenderla, pero no lograrán conservarla mucho tiempo, se retirarán hacia el bosque donde pararán un momento.Hacia el bosque, es decir, hacia él. Le encontrarán.

¡No, allí no se puede quedar!

Se levanta. Desciende por la cuesta dirigiéndose hacia su izquierda para salir del eje. Su pierna ya no arrastra casi, la tierra está seca, el suelo está duro, él está en posesión de todas sus facultades. El último acto de la tragedia va a representarse, no hará ningún falso movimiento, está seguro de sí, desciende.

— No demasiado cerca de la vía, tampoco demasiado cerca del bosque – decide.

Continúa el duelo:

— ¡ Bum!… ¡ Bum!… ¡ Bum!… ¡ Bum!…

— ¡ Buuum!… ¡ Buuum!… ¡ Bum!… ¡ Bum!

Alargan aún más el tiro: ya cae sobre la vía.

Ve saltar gavillas de tierra en el humo, a lo largo de una línea que corta la vía transversalmente. Siente el olor de las granadas.

— ¡Diablos, es preciso tumbarse!

Hubiera deseado ir más lejos, pero… Un matorral aislado está cerca.

— Mal refugio.

Y prefiere el surco profundo que separa dos parcelas a quince pasos delante de él; se agazapa dentro.

— Ss… ¡ Bum!… Ss… ¡ Bum!

¡Era el momento oportuno! Silban por encima, caen alrededor. Los estampidos que habían cesado tras él comienzan de nuevo, los disparos son más sordos, más lejanos.

— ¡ Retroceden!

Mientras que los norteamericanos alargan el tiro, los alemanes lo acortan a medida que van retrocediendo. Él se encuentra de pronto como en el centro de un espantoso terremoto, en una nube de humo, de hierro y de tierra. Está casi cubierto de tierra y se pregunta qué milagro hace que no sea pulverizado.

Entre dos estampidos, echa una mirada por encima del surco:

[36] unas formas grises atraviesan la vía, una tras otra, en saltos rápidos… Se esconden en el terraplén: un disparo… ¡Un cuerpo a tierra, un disparo! ¡Un cuerpo a tierra, un disparo!…

¡Aúpa!…. quince pasos hacia atrás… ¡ Aúpa!… ¡ Aúpa!…, se diría que se pasan la palabra y saltan a la vez.

Retroceden sobre él, tratan de abandonar el descampado, de llegar a la espesura.

¡Aúpa!… Quince pasos hacia atrás, un disparo…

— ¡ Con tal que no venga uno de ellos a ocultarse a mi lado, o encima de mí!

Un disparo restalla a menos de quince pasos a su izquierda, otro a menos de cinco a su derecha. El no ve a los adversarios para responderles:

— ¿Sobre quién disparan, Dios mío?

El tiro de los cañones se alarga poco a poco, alcanza el bosque, lo atraviesa de un salto.

Los disparos se cruzan por encima de él, desde que allá abajo otras formas grises han escalado la via férrea y avanzan hacia el bosque: ¡Aúpa!…, quince pasos hacia adelante, clac… ¡ Aúpa!, quince pasos hacia adelante, clac… ¡ Aúpa!

— ¡ Clac!… ¡ Clac!… ¡ Clac!… ¡ Clac!… ¡ Clac!

Un fuego nutrido. El de los atacados pierde fuerza, la réplica que parte del bosque se hace cada vez más débil, acaba por extinguirse completamente.

De repente, un inmenso clamor:

— ¡ Hurra!… ¡ Hurra!… ¡ Hurra!

Los cañones mantienen el fuego, sus disparos son cada vez más sordos, se alejan cada vez más, pero los fusiles y las ametralladoras han enmudecido.

— ¡Hurra!… ¡Hurra!… ¡Hurra!

Una multitud de hombres, con metralletas en la mano, se ha levantado. Hace un momento, los que huían eran algunas decenas, una centena como máximo: éstos son por lo menos un millar. Como obedeciendo a una misma e imperiosa atracción, se dirigen, se concentran todos en el mismo lugar .

— ¡ ¡ ¡ Hurra…a…a…a!!!

Vienen de una y otra parte, andan, corren… El fin del drama les ha hecho exaltarse a todos. Ninguno le ha visto: está contento, nunca se sabe lo que puede suceder en estos momentos de excitación y de enervamiento. Él pone cuidado en no señalar demasiado pronto su presencia, espera a que pase la multitud.

[37]

Finalmente, se atreve a moverse.

Se sienta. A ochocientos metros, unos hombres nerviosos, unos quince escasamente —

los otros deben haberse internado en la espesura–van y vienen de un lado para otro, en estado de alerta con las metralletas preparadas. Ante ellos, de espaldas al bosque están alineados otros hombres, con las manos a la nuca, rígidos. Otros por último, con los brazos en alto y un fusil en la mano, se presentan uno a uno, arrojan sus armas al suelo, estrechamente vigilados, se quitan el equipo y van a colocarse en fila en la formación.

— ¡ Dense prisa!

A uno de ellos, demasiado lento, se le recuerda su condición mediante una fuerte patada. A otro con un culatazo. Un tercero que ha querido parlamentar, tergiversar, quizá protestar: ¡Cra-a-ac! una metralleta se ha descargado a quemarropa en su pecho. Aún algunos puñetazos, patadas y culatazos y el convoy está preparado.

— ¡ En marcha hacia el campanario!

El grupo pasa a su altura, a unos cien metros. Los prisioneros en cinco filas, sin ningún equipo, con las chaquetillas desabrochadas, los zapatos desatados, las manos tras la espalda, avanzan molestos, silenciosos y dóciles. A cada lado, un cordón armado de siete a ocho hombres les colma de sarcasmos y de advertencias. El juzga oportuno darse a conocer, se endereza de un salto.

— ¡ Eh!… ¡ Eh!

Y levanta el brazo en un ademán de llamada.

No ha tenido que esperar mucho: el grupo se ha detenido, cuatro hombres se han destacado de él a paso de carrera, y antes de que haya tenido tiempo de darse cuenta de lo que le sucede están apoyados sobre su pecho y en su espalda los cañones de cuatro metralletas.

«¡De este modo, al menos, estoy seguro de que no dispararán!», piensa.

Las preguntas salen a borbotones, amenazadoras, en un lenguaje que él no comprende.

–French man –dice. Es todo lo que sabe de inglés, y ni siquiera está seguro de su autenticidad.

Se le mira con grandes ojos sorprendidos y desconfiados. Evidentememente no ha sido entendido. Entonces :

— Français!

Tampoco lo es más. Prueba su último recurso:

[38]

— Französische Häftling!… Franzus!

Esta vez lo es, una de las cuatro metralletas desciende.

— Was?

El explica brevemente, en frases entrecortadas, y se da cuenta de que está en presencia de un alemán, de dos españoles y de un yugoeslavo, cuya lengua común es una mezcolanza con italiano.

Han comprendido, todas las metralletas descienden, se le tiende una cantimplora. Él bebe: un líquido acre, frío, que le produce ganas de arrojar. Pone mal gesto.

— Koffé – dice el alemán -, gut Koffé! –Sacan todos unas galletas secas (duras, duras, oh, ¡tan duras!), chocolate, cajas, cigarrillos… Algunos cigarrillos.

— Primero un cigarrillo…

Pero no hay que perder tiempo.

— Schnell – ha dicho el alemán -, Wir müssen… –Se han dado cuenta de su estado.

Entre dos (han querido ponerse dos), le han levantado sobre sus hombros, y le han llevado como un trofeo viviente, riendo, hacia el grupo que esperaba.

— Sin-Sin? – ha preguntado uno de los jóvenes de la escolta., — Yes – ha respondido él, pero los otros no han replicado, no había más que un inglés (o norteamericano)en el equipo… Tropas de choque, ha pensado él, brigada internacional, y ha evocado la guerra de España.

Mientras cae la noche, la pequeña trope ha reanudado la marcha hacia el campanario.

Él, se mantiene difícilmente en equilibrio sobre dos hombros que pertenecen a dos hombres diferentes y roe lentamente, salivando bien, unas galletas y chocolate. Los sarcasmos y las advertencias, también los juramentos, han comen zado de nuevo a llover sobre los prisioneros, que siempre dóciles, molestos por sus zapatos desatados, avanzan con la cabeza inclinada y las dos manos sobre la nuca.

— Porco Dio!… Gott verdammt!

De vez en cuando, el alemán toma la palabra:

— Du!… Blöder Hund!… Du…- Y señala a un prisionero.

Después, sacando un revólver de la funda, se vuelve hacia el que le acaban de entregar:

— Muss ich erschiessen? (1) – le pregunta.

{1 ¿Voy a tener que matarte?}

El prisionero revuelve los ojos espantados y suplicantes, aguardando la respuesta: es una sonrisa neutra, resignada.

[39]

— Du hast Glück!… Mensch! Blöder Hund… – y escupe despreciativamente -: ¡ Gg!… Lumpen (2).

{2 ¡Tienes suerte!.., Idiota!… ¡Bribón!}

Los papeles se han invertido.

De sarcasmo en sarcasmo, de pulla en pulla, de amenaza en amenaza, el cortejo, vencedores triunfantes y vencidos chasqueados, hace su entrada en el pueblo todavía antes de la noche. Se ha pasado ante una estación muy pequeña, parecida a otra que él conoce bien de pasar a caballo en el Franco Condado y la Alsacia. En el frontispicio ha leído «Münchhof» en letras góticas. Se ha atravesado un paso a nivel. Le han depositado en tierra, se han separado con él del grupo, después, lentamente, ayudando los unos al otro, se han puesto en marcha entre el ruido ensordecedor de imponentes máquinas de guerra. Estas atraviesan el pueblo desierto aunque intacto a toda prisa y con las armas preparadas dirigiéndose hacia las nuevas posiciones.

Los débiles, los deprimidos, los que han permanecido mucho tiempo retirados de la vida del mundo son a menudo, como los nerviosos y los enfermos, de una sensibilidad extrema, y esta sensibilidad se manifiesta siempre a contrapelo. El empezó a chocar desde las primeras tomas de contacto con la libertad. En primer lugar en casa del comandante, luego cuando encontró el convoy, y, por último, en esta villa en la que pasó dos noches.

Un hombre raro, este comandante: el inglés, el alemán, el italiano, el francés, todas las lenguas parecían serle familiares. Y después, este tono, esta actitud:

— Primeramente, escoger un albergue, amigo mío, comer, reponerse, reposar, una buena cama. Después, ya veremos… Llame a la primera puerta que juzgue conveniente… No, no, con mis hombres no, ellos no tienen tiempo, deje en paz a mis hombres ahora. Llame: si le abren pida de comer, caliente, pues tiene necesidad de tomar algo caliente. Nosotros le daremos un pequeño suplemento, frío naturalmente… Si no le responden, entre a pesar de todo y, haya alguien o no, obre como en su casa, todas estos gentes son nuestros criados, les ha llegado el turno… ¡ No tienen más que comportarse bien! No, no, no tenga miedo, a la menor falta de consideración… Entendido, ¿no es así? Venga a verme de nuevo [40] mañana. Hasta entonces … ¿No está herido?… ¿No está enfermo?… Sí, con toda seguridad, débil, débil solamente. Hasta mañana pues. Y procure encontrar un par de zapatos por ahí… y otro smoking!

Al día siguiente volvió. El comandante, sentado en un sillón, estaba de coqueteo con dos personas muy lindas que reían a carcajadas y parecían muy dispuestas a «comportarse bien» en el sentido militar de la expresión cuando se aplica a los civiles del sexo contrario.

«La hembra siempre se somete riendo a la ley del vencedor – pensó -. En Francia, en 1940… Todas, hijas de Colas Breugnon.». (1)

{1 Personaje de una obra de Romain Rolland (N. Del T.)}

Pero el otro, inmediatamente:

— ¡Ah, es usted! Le diré pues, desde ayer por la noche he recibido a no pocos como usted: desde el amanecer, mis hombres no dej an. de transportarlos al «Arbeitsdienst»…(2)

{2 Campo del Servicio del Trabajo.}

¿Qué voy a hacer, Dios mío? ¡Un tren, suponen un tren! ¡Y no tengo medios para transportarlos hacia la retaguardia!… Van a morir todos, mi palabra, van a morir todos! Vaya, ¿qué tal era la pensión en la que estuvo?… ¡Ah! ¡Los cochinos! No te preocupes, amigo, estas dos muchachas…

— Bueno – prosigue -. ¿Puede usted andar?… Entonces no vaya al «Arbeitsdienst»…

Hacia el oeste, amigo mío, hacia el oeste. Evadido, llegado por sus proplos medios a tierra amiga…, convención de La Haya, deportado, prioridad… A la primera ambulancia que encuentre, hágale señal… En ocho días estará en París… Todos los derechos, se lo digo… Le daremos víveres para el camino. ¿Es esto en realidad todo lo que ha encontrado usted desde ayer por la noche? ¡Va a asustar a las chicas en el camino! ¿Es que no había nada donde ha dormido? ¡Pero hombre, la guerra la hemos ganado nosotros!… ¡ Qué broma más divertida! ¡ Ah! Estos franceses nunca aprenderán nada… ¡ Franz!…

Un ordenanza, algunas palabras en mezcolanza de inglés y alemán:

— Also, bye, bye!… Siga al guía, él le dará algunas provisiones para el viaje. Suerte, pero… ¡procure hacerlo mejor la próxima vez !

Abundantemente provisto con latas de conservas, azúcar, chocolate, galletas, cigarrillos, etc…, etc…, que no sabía dónde meter, [41] se encontró nuevamente fuera: quería ver el convoy, se dirigió hacia la estación.

La gente, paisanos y soldados, iba y venía atareada sobre los andenes, charlaba, se apresuraba. Se apartaron para que pasase: la ropa que llevaba le hacía digno de una especie de consideración. Unos equipos sacaban de los vagones cuerpos semidesnudos, andrajosos, descarnados, sucios, barbudos, enfangados, los paisanos ayudaban y miraban compasivamente horrorizados… Se alineaban los cadáveres a lo largo de la vía, después de haber tomado los números cuando los había sobre los pobres harapos. El buscó por si había alguna figura conocida entre los muertos… Dos hombres, dos paisanos alemanes, llegaron portando un gran cuerpo delgado.

— Kaputt, decía uno; nein, replicaba el otro, atmet noch… (1)

{1 No, respira todavía…}

Reconoció a Barray: ¡Barray!

Barray era un ingeniero de Saint-Etienne: en el campo, habían dormido tres semanas en el mismo jergón, se hicieron amigos; «si salimos de ésta, nos escribiremos», se habían prometido.

Se enteró por un superviviente de que el desdichado había sucumbido bajo los golpes de los presos alemanes por haber entonado La Marseillaise, en el delirio del hambre, del frío y de la fiebre. Los de la S,S. habían asistido al drama con una gran sonrisa, encontrando que era mucho más entretenido que el monótono y rituel disparo de revólver.

–¡ Barray!… Ninguna esperanza – dijo.

Y se alejó pensando que había verdaderamente una fatalidad en las casas y que ciertas predicciones se comprobaban en la vida: por lo menos quince días antes, Barray juraba por todo lo sagrado que estaría libre el lunos de Cuasimodo… Tomó sin embargo la resolución de escribir a su viuda y a los dos hijos de los que habían hablado tan frecuentemente por la noche antes de dormirse.

El superviviente – ¡ él decía el superviviente! – le contó la historia del convoy… Había sido inmovilizado dos kilómetros después de haber pasado la estación, en las primeras horas del sábado. Los de la S.S., precipitadamente, obligaron a descender a todos los hombres sanos, les agruparon en una gran columna que no terminaba nunca y les hicieron caer a tierra en media de los aullidos de los perros y los disparos asesinos. Allí abandonaron a [42]los muertos, a los moribundos y a todos los que, gracias a la confusión general, tuvieron la suerte de pasar por tales: había demasiados, visiblemente, y no tuvieron tiempo de matarlos uno a uno, no tuvieron el tiempo o el gusto. (2)

{2 Desde que se escribió este, se ha probado que ellos tampoco recibieron la orden: véase el preámbulo para la 2ª y 3ª edición, página 296.}

Continuó su inspección. En un gran vagón abierto y del que nadie se ocupaba, emergían de un montón de muertos unos troncos vivos, tiritando a pesar del fuerte sol; se apretujaban entre ellos contra un frío que eran los únicos en sentir.

— ¿Qué esperáis?

— Bien…, esperamos la muerte, ¿no lo ves? –¿ Eh?

— ¡Bah!… Estamos todavía vivos catorce, todos los demás han muerto, esperamos el turno…

No comprendió el que ellos estuviesen tan poco aferrados a la vida.

«Aquéllos la han abandonado – pensó -, no vole la pena ocuparse de ellos … Ya están al otro lado y se encuentran bien allí.» Recibirían la vida como un castigo del que tendrían prisa por verlo levantado.

Y pasó indiferente. Cuántos de estos seres había conocido en el campo, que arrastraban tras ellos una especie de fatalidad y a los que no se podía encontrar nunca de nuevo sin pensar que ya estaban muertos, que su cadáver se sobrevivía en cierto modo a sí mismo… Nunca les faltaba una ocasión para abordarle a uno, meterle a la fuerza en la cabeza que la guerra terminaría en dos meses, que los norteamericanos estaban aquí, los rusos allá, Alemania en revolución, etc. Eran irritantes, le consumían a uno la paciencia. Un buen día, ya no se les veía más: habían transcurrido los dos meses, no habían visto venir nada, como se decía habían «soltado la barandilla», se habían dejado morir en la fecha prevista. Estos abandonaban la lucha en la mata, terminaban los dos meses en el ¡día de la libertad! El sabía por experiencia que no había nada que hacer.

Dos pasos más allá, tuvo un remordimiento.

— No os quedéis así, levantaos, los norteamericanos están aquí, vacían el vagón de al lado, vienen a por vosotros. Van a daros de comer , hay un hospital en el pueblo.

[43]

No le creyeron, pero él se quedó con la conciencia tranquila. Diez, doce, quince vagones, muertos, moribundos.

— ¡ Morir aquí!… ¡ Venir a morir aquí!

En la cola del tren, los víveres: sacos de guisantes, de harina, latas de conserva, paquetes de todos los sucedáneos imaginables, alcohol, cerveza, licores, ropa, zapatos, accesorios, etc… Tomó una mochila de soldado y un par de zapatos italianos con lengüeta de tela y suelas lisas, que le iban maravillosamente a su pie, después partió, apresurándose a abandonar toda esta miseria.

Quiso sin embargo ver todavía el campo del «Arbeitsdienst» a dos pasos, donde le había dicho el comandante que se transportaba a los vivos: un gran terreno rodeado de barracones de madera, algunos esqueletos que iban y venían, apretando las manos sobre sus intestinos retorcidos, unos cadáveres acá y allá… Eran quinientos o seiscientos. Algunos enfermeros benévolos se ocupaban de ellos, corrían de uno a otro, esforzándose en vano en hacerles comprender que debían permanecer prudentemente extendidos sobre los jergones en el interior de los barracones. Escasos eran los que habían guardado en sus ojos la voluntad y en el corazón el ansia de vivir. Los que todavía se hubieran podido salvar empezaban a morir de diarrea disentérica por haberse arrojado demasiado vorazmente, desdeñando los consejos, sobre los víveres que se les distribuía con profusión: comían, sentían una gran necesidad de aire, querían salir e iban a morir en el patio… No, no, éste no era un lugar para él. Por lo pronto se estaba demasiado cerca de las líneas, aún se oían fuertemente los cañonazos. Se marcharía. A pie hasta el fin, si era preciso: evocó el regreso de Ulises.

Se encaminó hacia la villa en la que había dormido la víspera y en donde le esperaba una nueva desazón. En el intervalo encontró a un soldado norteamericano, que, en la puerta de un granero, divertido, quiso afeitarle.

A decir verdad, no era una villa sine una pequeña casa de ingeniero o de jubilado, como tantas que había en Francia, con un jardín y una verja alrededor. La víspera, él la había encontrado desierta, con todas las puertas abiertas. En la cocina ni siquiera se había levantado la mesa: queso blanco en un plato, confitura –¡ la mermelada de los alemanes!–en otro. En el comedor, las puertas del armario estaban entreabiertas, la ropa blanca y diversos objetos estaban apilados sobre el diván, sobre la mesa, sobre las sillas, todo revuelto, un baúl cuya tapa estaba abierta a la [44] espera. El dormitorio se encontraba en perfecto orden. En él había respirado la reciente angustia de gante acomodada que había tenido esperanza hasta el fin y esperó hasta el último minuto para marcharse.

«No están lejos – pensó -, van a volver de un momento a otro.”

Había dormido en la cama grande del dormitorio, en ella había matado el tiempo por la mañana fumando un cigarrillo; se había desperezado en el calor de las sábanas, bajo un amplio haz de rayos de sol que rebotaban sobre los muebles barnizados. Al abandonar esta vivienda para volver a casa del comandante, hacia las diez de la mañana, pensó en lo que le sucedió en 1940, cuando replegándose de la Alsacia quiso pasar por última vez por su casa. Se volvió a ver con un lápiz para escribir un letrero que hubiese fijado en la puerta si no le hubiese retenido en el último una especie de arrogancia que siempre había creído inoportuna: «Usen de todo, no roben nada, no rompan nada. No se venguen en las casas de lo que tengan que reprocher a los individuos… No hagan pagar a los individuos lo que crean que es un error de la colectividad». Y sólo había tomado en el armario la ropa blanca indispensable: una camisa, unos calzoncillos, un pañuelo, bajo el aparador de la cocina el par de sandalias imitación de cuero que tanto habían hecho reír al comandante… También había vencido una tentación muy fuerte cuando al pasar ante el garaje en el jardín, en el último momento antes de salir, había levantado el cierre ante un magnífico Opel.

Ahora todo había desaparecido, el magnífico Opel estaba lejos, los muebles despanzurrados, la lencería había volado, la vajilla estaba rota.

«Y yo que tuve tantos escrúpulos – pensó -. ¡La guerra, ah, la guerra!» En la mesilla de noche, un despertador que vio la noche anterior, había quedado intacto por milagro. Marcaba las 18,30.

Se tumbó vestido sobre la cama y se durmió.

A la mañana siguiente, temprano, cuando el sol ya estaba alto, se puso en camino… El estampido de los cañones seguía retumbando; detrás de él, las poatentes máquinas de guetra seguían subiendo para reforzar el frente… A la salida del pueblo, ante una [45] casa aislada, unos paisanos cocían algo en un caldero puesto sobre dos piedras: estaban allí una media docena, mal vestidos, mal lavados, sin afeitar, sucios, y vio que uno de ellos alimentaba el fuego con libros que cogía de un montón. Se acercó con curiosidad: eran obreros forzados belgas y holandeses, los libres eran los de la «Hitler-Jugend-Bücherei».

Echó una mirada sobre los títulos: Kritik über Feuerbach, Die Räuber, de Schiller; Kant und die Moral, Goethe, Hölderlin, Fichte, Nietzsche, etc., allí estaban todos como en una cita trágica y esperaban a que fuese decidida su suerte entre señores de linaje menos noble, como los Goebbels y los Streicher. El papel era bueno, la encuadernación sencilla, la presentación de buena contextura. Siempre había tenido una debilidad por los libros, cualesquiera que fuesen. Tomó uno de ellos : Tú y el arte, por un jefe del nacionalsocialismo.

Lo abrió maquinalmente y via una reproducción en colores de «La liberté guidant le peuple», de Delacroix. Pasó las hojas más atento: unas flores de Monet, un detalle de Renoir, «La Gioconda», «Madame Récamier», «El rnartirio de San Sebastián»… El contraste con el infierno del que salía le dolió, pidió autorización para llevarse este libroe, fruto sin embargo de esta civilización que había sido tan cruel con él y que asombrará y escandalizará al mundo hasta el fin de los siglos. La autorización le fue concedida con una sonrisa y un mal chiste.

Ciertamente, era difícil de comprenderlo.

Tomó de nuevo la dirección oeste, con el presentimiento de que no encontraría nunca una ambulancia de buena voluntad, de que tendría que ir a pie hasta el fin… Bruscamente se sintió en el umbral de una nueva aventura y, aunque en otra época y bajo otro cielo, hubiera querido que se pareciese a la de Ulises que había evocado el día anterior.

Ante él, veía carreteras, campesinos en los campos, zarzales en cierne, árboles brotando, granjas, gentes que le preguntaban su historia y a las cuales se la contaba de buena gana, carreteras y más carreteras y, allá abajo, en el fondo de este horizonte de espejismo, una casita bajo las tuyas, en las afueras de una pequeña ciudad. En el jardín, un chiquillo que seguía teniendo dos años y que jugaba con la arena, levantaba grandes ojos asombrados al verte llegar con su traje de presidiario… Le dirigió la palabra:

— ¿Cómo te llamas, pequeño? ¿Dónde está tu mamá?…

Y lloró.

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3.2. CAPÍTULO PRIMERO. UNA MUCHEDUMBRE DE TIPOS HUMANOS DIVERSOS ANTE LAS PUERTAS DEL INFIERNO

Las seis de la mañana, al parecer. Somos una veintena de hombres de todas las edades y condiciones, franceses todos, ataviados con los más inverosímiles oropeles y dócilmente sentados alrededor de una gran mesa rudimentaria. No nos conocemos ni tampoco intentamos conocernos. Mudos o poco menos, nos contentamos con observarnos y procurar, si bien con pereza, adivinarnos mutuamente. Sentimos que unidos en lo sucesivo a un destino común, estamos destinados a convivir en una dolorosa prueba y tendremos que resignarnos a confiarnos los unos a los otros, pero nos comportamos como si quisiésemos retrasar esto lo máximo posible. El hielo es difícil de romper.

Absorto cada uno en sí mismo, intentamos recuperar nuestros espíritus, reflexionar sobre lo que acaba de sucedernos: cien en el vagón durante tres días y tres noches, el hambre, la sed, la locura, la muerte; el desembarco en la noche, bajo la nieve, en medio de los chasquidos de las pistolas, los gritos de los hombres y los ladridos de los perros, bajo los golpes de los unos y los colmillos de los otros; la ducha, la desinfección, la «cuba de petróleo», etc… Estamos completamente atemorizados por todo ello. Tenemos la impresión de que acabamos de atravesar un no man’s land, de participar en una carrera de obstáculos más o menos mortales, sabiamente graduados y meticulosamente calculados.

Tras el viaje y sin transición, una larga serie de salas, oficinas y galerías subterráneas pobladas por seres extraños y amenazadores, [45] teniendo cada uno su no menos extraña y humiliante especialidad. Aquí la cartera, la alianza, el reloj, la pluma estilográfica; acá la chaqueta, el pantalón; allí los calzoncillos, los calcetines, la camisa; por último el nombre: se nos ha quitado todo. Después el peluquero ha cortado al rape en todas las partes, el baño de cresol, la ducha. Finalmente la operación inversa: en esta taquilla una camisa en jirones, en esa otra un calzoncillo agujereado, en la de más allá un pantalón remendado y así hasta los zapatos con suela de madera y la cinta que lleva el número del registro, pasando por el sobretodo gastado o la guerrera fuera de servicio, el gorro ruso o el sombrero de bersaglieri. No se nos ha devuelto ni una sola cartera, alianza, pluma estilográfica o reloj.

— Esto es como en Chicago – ha dicho blandiendo su número uno de entre nosotros que quería hacer un chiste -: en la entrada de la fábrica están los cerdos, a la salida las latas de conserva. Aquí se entra como hombre y se sale como un número.

Nadie ha reído. Entre el cerdo y la lata de conservas de Chicago, seguramente no hay más diferencia que la que media entre lo que éramos y esto en que nos hemos convertido.

Cuando nosotros, todo el primer grupo, hemos llegado a esta gran sala clara, limpia, bien aireada y a simple vista confortable, hemos experimentado algo así como un alivio:

idéntico sin duda al de Orfeo subiendo del infierno. Después nos hemos entregado a nuestro propio yo, a nuestras preocupaciones, en especial a la que domina y refrena todo deseo de especulación interior y que se lee en todos los ojos:

— ¿Comeremos hoy? ¿Cuándo podremos dormir?

Estamos en Buchenwald. Bloque 48, Flügel a. Son las seis de la mañana, al parecer. Y es domingo, el domingo 30 de enero de 1944. Un domingo sombrío.

El bloque 48 es una sólida construcción – levantada en piedra, cubierta de tejas – y contrariamente a casi todos los demás, que son de tablas, consta de un piso bajo y de otro sobre él. Hay comodidades arriba y abajo: lavabo con dos grandes pilones circulares de diez o quince plazas y chorro de agua que vuelve a caer en forma de ducha, W.C. con seis plazas para permanecer sentado y otras seis de pie. A cada lado, comunicándose por un [48] pequeño paso, hay un comedor (Ess-Saal) con otras grandes mesas rudimentarias y un dormitorio (Schlaf-Saal) que contiene treinta o cuarenta literas. Un domitorio y un comedor forman un ala o Flügel. Existen cuatro de éstas: «a» y «b» en el piso bajo, «c» y «d» en el primero. El edificio cubre de ciento veinte a ciento cincuenta metros cuadrados, veinte a veinticinco de largo por cinco o seis de ancho: el máximo de confort en el mínimo espacio.

En previsión de nuestra llegada, ayer fueron desalojados del bloque 48 sus ocupantes habituales. Sólo ha quedado el personal administrativo que a él pertenece: el Blockältester o decano, es decir el jefe de bloque, su Schreiber o contable, el peluquero y los Stubendienst —

dos por Flügel –o encargados de la limpieza y del orden interior. En total once personas.

Ahora, desde el amanecer, se llena de nuevo.

Nuestro grupo, que ha llegado el primero, ha sido alojado en el mismo Flügel del jefe de bloque. Poco a poco llegan otros grupos. También poco a poco se anima la atmósfera. Los compatriotas que han sido detenidos al mismo tiempo o por el mismo asunto se encuentran de nuevo. Se sueltan las lenguas. Por mi parte he vuelto a encontrar a Fernando, que acaba de sentarse a mi lado.

Fernando es uno de mis antiguos discípulos, un obrero enérgico y consciente. Veinte años. Durante la ocupación se me ha unido en forma totalmente espontánea. Hemos hecho el viaje hasta Compiègne encadenados el uno juno al otro, y, ya en Compiègne, hemos formado un simpático y retirado islote entre los diecisiete detenidos por la misma cuestión que nosotros. En verdad, les habíamos abandonado: primero estaba el que había confesado durante el interrogatorio; luego el inevitable suboficial de carrera convertido en agente de seguros y que, al mismo tiempo que se había condecorado con la Legión de Honor, había juzgado indispensable para su dignidad concederse el grado de capitán. En fin, había otros, todos ellos gante amante del orden y seria, cuyo silencio y mirada daban a conocer a cada instante que sentían en su conciencia haber dado un mal paso. Sobre todo los irritaba el agente de seguros con su megalomanía, sus modales grandilocuentes, sus aires afectados como si estaviese en el secreto de los dioses y las chanzas tontamente optimistas con las que no cesaba de abrumarnos.

[49]

–Ven – me dijo Fernando -, ésta no es gente de nuestro mundo.

En Buchenwald, adonde llegamos en el mismo vagón, nos hemos unido de nuevo el uno al otro, y hemos aprovechado un momento de distracción del grupo para escabullirnos y presentarnos a lo que habría que llamar las formalidades de registro del campo. Separados un momento, aquí nos hemos vuelto a encontrar.

A las ocho de la mañana no queda sitio para partir un huevo en la mesa y continúan las charlas, tan raidosas que llegan a molestar al jefe de bloque y a los Stubendienst. Se hacen las presentaciones, por encima de las cabezas se dan a conocer las profesiones acompañadas por los puestos ocupados en la resistencia: banqueros, grandes industriales, comandantes de veinte años, coroneles que apenas tienen algunos más, jefes supremos de la resistencia que gozan de la confianza de Londres y conocen sus secretos, en especial la fecha del desembarco. Algunos profesores, varios sacerdotes que se mantienen tímidamente aparte. Pocos son los que se confiesan empleados o simples obreros. Cada uno quiere tener una situación social más envidiable que la del vecino, y sobre todo haber sido encargado por Londres de una misión de la mayor importancia. Las acciones violentas no se cuentan. Nuestras dos modestos personas se encuentran por ello desfasadas.

— Lo mejor de la buena sociedad…, majaderos – me susurra Fernando al oído, muy bajo.

Tras un cuarto de hora, verdaderamente molestos, sentimos una irresistible gana de orinar. En el pequeño paso que conduce a los W.C. hay una animada conversación entre cinco o seis. Al pasar, nos enteramos de que se trata de millones.

— ¡Dios! ¿En qué ambiante hemos caído pues?

En los W.C. todas las plazas están ocupadas, se hace la cola y tenemos que esperar. Al volver, después de diez minutos largos, el mismo grupo sigue en el pequeño paso y la conversación gira siempre en torno a los millones. Ahora ya se habla de catorce. Queremos enterarnos de ello y nos paramos; es un pobre anciano el que se extiende en lamentos sobre las sumas fabulosas que su estancia en el campo le hará perder.

— Pero oiga – me atrevo a decir -, ¿qué es lo que hace usted, pues, en la vida civil para manipular tales sumas? Debe de tener una situación importante.

[50]

He tomado un aire de admirativa conmiseración al decir esto.

— ¡ Ah, señor mío! ¡ No me hable de ello, aquí!

Y me muestra los chanclos que lleva en los pies. No tango fuerza para reprimir la risa.

El no comprende y vuelve a comenzar para mí sus explicaciones.

— Comprenda usted, de éstos me han encargado ellos primeramente mil pares que han venido a recoger sin controlar ni el número ni las facturas. Después otros mil pares, luego dos mil, cinco mil, más tarde… En los últimos tiempos aumentaban los pedidos. Y nunca los controlaron. Entonces comencé a hacer un poco de trampa en las cantidades, más tarde sobre los precios. ¡Diantre!… Cuanto más dinero se les quitase, más se les debilitaba y se facilitaba a los ingleses su tarea. ¡Pero estos cochinos boches! Un buen día, han cotejado las facturas con las cuentas de sus destinatarios de esa gente hay que esperarlo todo. Han descubierto que se les había robado unos diez millones. Entonces me han enviado aquí. Directamente. Y sin el menor juicio, señor. Figúrese usted: ¿yo, un ladrón? ¡La ruina, ahora me arruinaré, señor mío!

Y sin el mener juicio…

Está verdaderamente escandalizado. Muy sinceramente, él tiene la impresión de que ha cumplido un indiscutible acte de patriotismo y de que es, como tantos otros, la víctima de una denegación de justicia. Otro, sin hacer una mueca, continúa:

— Lo mismo que a mí, señor, yo estaba de administrador en la…

— Vente – me dice Fernando -, ¡ya lo ves!

Los días pasan. Nos familiarizamos en la medida de lo posible con nuestra nueva vida.

Primeramente se nos dice que estamos aquí para trabajar, que muy pronto seremos asignados a un comando al parecer de fuera del campo y que entonces partiremos «en transporte». Entretanto permaneceremos en cuarentena de tres a seis semanas, según se declare o no una enfermedad epidémica entre nosotros.

Seguidamente se nos da a conocer el régimen provisional al cual estaremos sometidos.

Durante la cuarentena, prohibición absoluta de abandonar el bloque o su pequeño patio rodeado, por lo demás, de alambradas. Todos los días, levantarse a las cuatro y media con «charanga» por el Stubendienst –con la porra de goma [51] en la mano para aquellos a los que les entre la tentación de rezagarse–, lavado a paso de carrera, distribución de los víveres para el día (250 gr. de pan, 20 gr. de margarina, 50 gr. de salchichón, queso blanco o mermelada y media litre de sucedáneo de café no azucarado).

Llamada a las cinco y media para pasar lista que durará hasta las seis y media o siete. De siete a ocho faenas de limpieza del bloque. A eso de las once, recibiremos ún litro de sopa de nabos, y hacia las dieciséis tomaremos café. A las dieciocho, nueva llamada que podrá durar hasta las veintiuna raramente más, pero ordinariamente hasta las veinte horas. Después a dormir. En los intervalos, confiados a nosotros mismos, podremos contarnos nuestras pequeñas historias, nuestros desalientos, nuestros temores, nuestras aprensiones y nuestras esperanzas, sentados alrededor de las mesas y a condición de no meter demasiado ruido. De hecho, desde la mañana hasta la noche, la conversación girará en torno a la fecha del posible cese de las hostilidades y a la forma en que terminarán: la opinión general es que todo habrá acabado en dos meses, pues uno de nosotros ha dado a conocer con toda seriedad que había recibido un mensaje de Londres dándole el comienzo de marzo como fecha segura del de sembarco .

Fernando y yo establecemos conocimientos progresivamente entre las personas que nos rodean, guardando sin embargo las distancias y permaneciendo retraídos. En dos días, hemos adquirido la certeza de que la mitad por lo menos de nuestros compañeros de infortunio no se encuentran aquí por los motivos que declaran, y que en todo caso estos motivos no tienen más que un parentesco muy lejano con la resistencia: nos parece que el mayor número de víctimas procede del mercado negro.

Lo que resulta más complicado es coger el ritmo del círculo en el que acabamos de entrar. Por mediación de un luxemburgués que apenas conoce la lengua francesa, el jefe de bloque nos pronuncia todas las tardes largos discursos explicativos, pero…

Este jefe de bloque es el hijo de un antiguo diputado comunista en el Reichstag, que fue asesinado por los nazis. El es comunista, no lo oculta –lo cual me extraña– y lo esencial de sus charlas consiste en la afirmación reiterada de que los franceses son sucios, charlatanes como las urracas y perezosos; que no saben lavarse y que todos los que le escuchamos tenemos la doble suerte de haber llegado en el momento en que el campo se ha [52] convertido en un sanatorio, y de haber sido asignados a un bloque cuyo jefe es un político en vez de un delincuente. No se puede decir que sea un mal muchacho: hace once años que está encerrado y ha tomado las costumbres de la casa. Raramente golpea: sus manifestaciones de violencia consisten generalmente en unos vigorosos Ruhe! (1) lanzados en medio de nuestras charlas y seguidos de imprecaciones en las cuales siempre menciona el crematorio. Le tememos, pero tememos más aún a sus Stubendienst rusos y polacos.

{1 ¡Silencio!}

Del resto del campo no sabemos nada o casi nada, nuestra zona de investigaciones se limita a las cuatro Flügel del bloque. Presentimos que se trabaja alrededor nuestro y que el trabajo es duro, pero no disponemos más que de la «radio-bulo» para asegurarnos sobre su naturaleza. Conocemos muy rápidamente por el contrario todos los rincones y escondrijos de nuestro bloque y de sus ocupantes. Hay de todo dentro de él: aventureras, gante de origen y condiciones sociales mal definidas, resistentes auténticos, gante seria, Crémieux, el procurador general del rey de los belgas, etc. Inútil decir que Fernando y yo, no sentimos ningún deseo de aglatinarnos en cualquiera de los grupos afines que se han constituido.

La primera semana ha sido particularmente penosa.

Entre nosotros hay lisiados, mutilados de una o de ambas piernas, gente con parálisis congénita que ha tenido que dejar en la entrada, al mismo tiempo que su cartera o sus alhajas, sus bastones, sus muletas o sus piernas artificiales: se arrastran lamentablemente, se les ayuda o se les lleva. Hay también enfermos graves a los que les han sido retirados los medicamentos indispensables que llevaban siempre consigo: éstos, incapaces de alimentarse, mueren lentamente. Por otra parte, hay la gran revolución provocada en todos los organismes por el cambio brutal de la alimentación y su trágica insuficiencia: los cuerpos empiezan a supurar y pronto es el bloque un vaste absceso que unos médicos improvisados o sin medios cuidan o parecen cuidar. En fin, en el plano moral unos incidentes inesperados hacen todavía más insoportable la promiscuidad que nos es impuesta: el administrador [53] con grado de coronel es cogido mientras quitaba el pan a un enfermo del que había querido ser enfermero; una violenta disputa a propósito del reparto de pan ha enfrentado al procurador del rey de los belgas y a un doctor; un tercero que se pasaba de grupo en grupo encareciendo sus aptitudes para prefecto tras la liberación, ha sido sorprendido a punto de sustraer de la ración común al llegar al bloque, etc. Estamos en el Patio de los Milagros. (1)

{1 Cour des Miracles: asilo de los mendigos y maleantes parisinos. (N. del T.)}

Todo este provoca el despertar de los filántropos. No hay Patio de los Milagros sin filántropos y Francia, rica en este terreno, ha tenido que exportar hacia aquí a quienes no piden más que dar su patente y, de ser posible, remuneradora abnegación. Un buen día echan una altiva mirada de conmiseración sobre esta masa de seres harapientos, abandonados a todas las construcciones del espíritu y víctimas posibles de todo tipo de perversiones. Nuestro nivel moral les parece en peligro y se apresuran a socorrerle pues en una aventura como ésta el factor moral es esencial. Así es en la vida: hay gentes que os miran con el rabillo del ojo por vuestro pan, otras por vuestra libertad y otras por vuestra moral.

Un lionés que se titula director de L’Effort – ¡menuda referencia! -, un coronel si no recuerdo mal, un alto funcionario de abastecimientos y un pequeño cojo que dice que es comunista pero al que los habitantes de Toulouse acusan de haberles entregado durante su interrogatorio a la Gestapo, preparan un programa de turnos de cantos y conferencias sobre diversos temas Hasta el domingo, oímos un relato sobre la sífilis de los perros; otro sobre la producción petrolera en el mundo, y el papel del petróleo tras la guerra, un tercero sobre la organización comparada del trabajo en Rusia y en América. Estos discursos no llegan a nuestro nivel.

El domingo, un programa continuo desde las tres a las seis, con un director de escena.

Unos diez voluntarios han contribuido cada uno con lo que podía; los sentimientos más diversos han ascendido del fondo de las almas y las más variadas personalidades se han confirmado desde el «Violín roto» al «Soldado alsaciano» pasando por G.D.V., (2) «Margot se queda en el pueblo» y «Corazón de lila». Los más atrevidos chistes verdes y también [54] monólogos de lo más divertido. Estas payasadas desdicen del lugar, del público, de la situación en la cual nos encontramos, y de las preocupaciones que debiéramos tener:

{2 Gueules de Vaches: hocicos de vaca, insulto que se suele lanzar a los policías franceses. (N. del T.)}

decididamente, los franceses merecemos la fama de ligereza que el mundo nos ha conferido.

Como final, un joven inteligente, de buena presencia, de unos veinte años, canta con voz cálida La pequeña iglesia, de Jean Lumière y provoca en todos una nostálgica unanimidad.

Yo sé de una pequeña iglesia en el fondo de una aldea…

A todos les saltan las lágrimas, los rostroes adquieren de nuevo aspectos humanos, estos desequilibrados vuelven a ser hombres. Yo comprendo lo que «la lenta flauta de Bertrandou, el antiguo pastor pífano» fue para los cadetes de Gascuña de Cyrano de Bergerac.

3 Perdono a los filántropos y, desde el campo, dedico a Jean Lumière un eterno agradecimiento.

{3 Durante el sitio de Arras, los jóvenes soldados protestan por la falta de víveres. Uno de ellos toca la flauta y entonces callan sus compañeros, en los que hace revivir nostálgicamente los recuerdos y las canciones de la región. (N. del T.)}

En la segunda semana, cambio de decorado. Hay que cumplir todavía algunas formalidades. El lunes por la mañana, irrumpen los enfermeras en el bloque con la lanceta en la mano: las vacunaciones. Todos tenemos que desnudarnos en el dormitorio; se es cogido al pasar al comedor y pinchado en cadena. La operación se repite tres o cuatro veces con algunos días de intervalo. Por la tarde, es la politische Abteilung – Sección política del campo – quien actúa, y nos somete a un estrecho interrogatorio sobre el estado civil, la profesión, las convicciones políticas y los motivos de la detención y de la deportación. Son tres o cuatro días difíciles con las vacunaciones y el «servicio de m…» El servicio de m…, ¡ay, amigos! Todas las defecaciones de los treinta o cuarenta mil habitantes del campo convergen en un abajadero en forma de cono. Como es preciso que no se pierda nada, un comando especial vierte todos los días la valiosa cargo en los huertos que dependen del campo y producen legumbres para los de la S.S. Desde que los convoys extranjeros llegan al campo en forma continua, los presos alemanes que tienen la dirección [55] administrativa del campo han ideado el que estos trabajos sean realizados por los recién venidos: para ellos es algo así como la tradicional broma que se suele gastar a los reclutas en los cuarteles franceses y esto les divierte una enormidad. El servicio es uno de los más penosos: los presos, acoplados de dos en dos a una «Trage» (recipiente de madera en forma de tronco de pirámide de base rectangular) conteniendo la casa, dan vueltas como caballos de circo desde el depósito a los huertos, durante doce horas consecutivas, en el frío y en la nieve, regresando por la noche al bloque entumecidos y malolientes.

Un día, se nos anuncia que nuestro bloque, sin estar por tanto adscritos a un comando, se encargará mañana y tarde durante el resto de la cuarentena de suministrar las piedras. El jefe de bloque ha decidido que en vez de enviar por relevas grupos de cien hombres, que trabajarían doce horas de un tirón, nos resultará mucho más fácil si vamos todos, es decir los cuatrocientos, y permanecemos fuera sólo dos horas para cada servicio. Todo el mundo está de acuerdo.

A partir de este día, todas las mañanas y tardes marchamos a través del campamento para trasladarnos al Steinbruch –cantera– donde cada vez tomamos una piedra, de peso proporcional a nuestra fuerza, la llevamos al campo a unos equipos que la parten para construir las avenidas y una vez terminado el trabajo regresamos al bloque. Este trabajo es fácil, sobre todo en comparación con el de los canteros que extraen la piedra bajo los insultos y los golpes de los «Kapos» (K.A.Po., abreviatura de Konzentrationslager Arbeitspolizei o policía de control del trabajo.) Cuatro voces al día pasamos muy cerca de unos chalets, donde según los rumores se encuentran custodiados León Blum, Daladier, Reynaud, Gamelin y la princesa Mafalda, hija del rey de Italia. Todos envidiamos la suerte de estos privilegiados. Cada vez que pasamos oigo las observaciones:

— Los lobos no se comen entre ellos .

— Según seas poderoso o miserable…

— Los grandes, amigo, te juegas la piel por ellos y ellos se hacen gentilezas.

— Las leyes raciales de Hitler se aplican a todos los judíos excepto a uno.

Etc…, etc…

En nuestras filas, se encuentra un ex primer ministre de Bélgica, [56] un ex ministro francés, y otras personalidades de mayor o mener importancia. Ellos están más mortificados que nosotros por el tratamiento de que gozan los habitantes de los chalets.

Se cuenta que cada uno dispone de dos habitaciones, radio, periódicos alemanes y extranjeros, que comen tres veces al día. Existe la certeza de que no trabajan.

Se envidia en especial a León Blum. La casualidad ha querido que Fernando y yo, que siempre estamos juntos, nos encontremos en uno de los viajes al lado del ministre francés.

— ¿Por qué León Blum y no yo? – nos dice.

En la inflexión de su voz, percibimos que no encuentra extraño del todo el que nosotros estemos sometidos a estos viles trabajos de esclavos; pero él, vamos, ¡él, que fue ministro!

Fernando se encoge de hombros. Yo estoy perplejo.

Otro día, en vez de conducirnos al transporte de piedras se nos lleva al servicio de antropometría, donde se nos va a fotografiar de frente y de perfil y tomar las huellas digitales.

Unos individuos fuertes y gruesos, bien alimentados, por lo demás presos como nosotros, pero llevando en el brazo la insigna de una autoridad cualquiera y en la mano la porra que la justifica, gritan detrás de nosotros. Delante de mí van el doctor X…, y el pequeño cojo comunista que tiene los favores del jefe de bloque y pasa como su hombre de confianza ante los ojos de los franceses. Oigo la conversación. El doctor X…, del que todo el mundo sabe que fue varias veces candidato de la U.N.R. para el Consejo general o en otras elecciones de su departamento, explica al pequeño cojo que él no es comunista pero tampoco anticomunista sino todo lo contrario: la guerra le ha abierto los ojos y quizá cuando tenga tiempo para asimilar la doctrina… Desde hace dos días se habla de un posible transporte a Dora y el doctor X… empieza a dar los primeras pasos para quedarse en Buchenwald. ¡Qué miseria!

Súbitamente recibo un formídable puñetazo: absorto en los pensamientos nacidos de la conversación he debido salirme un poco de la fila. Me vuelvo y recibo en pleno rostro una sarta de injurias en alemán entre las que logro oír:

— Hier ist Buchenwald, du lump. Schau mal, dort ist das Krematorium. (1)

{1 ¡Aquí estamos en Buchewald, granuja! ¡Mira, allí está el crematorio!}

Esto es todo lo que he podido saber sobre el motivo del puñetazo.

[57] En cambio, y como para explicarme que estaba justificado, el pequeño cojo se ha vuelto hacia mí:

— ¡ Ya podías tener cuidado, es Thälmann!. (2)

{2 Ernst Thälmann, jefe del Partido comunista alemán tras la caída de Ruth Fischer en 1925. al subir al poder el nacionasocialismo fue internado en Buchenwald, donde murió en agosto de 1944. Al firmarse en 1939 el tratado de no agresión germanosoviético, el gobierno ruso pidió y obtuvo la entrega de unos cincuenta jefes comunistas que estaban en campos de concentración alemanes. Wilhelm Pieck, refugiado en la Unión Soviética y enemistado con Thälmann por viejas rencillas, intervino cerca de Stalin para que el jefe del K. P. D. no fuese reclamado. (N.del T.)}

Llegamos a la entrada del edificio de antropometría. Otro con porra y brazalete nos empuja brutalmente en filas contra la pared. Esta vez, es el pequeño cojo quien recibe un puñetazo acompañado de insultos. Una vez pasada la tormenta se vuelve hacia mí:

— No me extraña nada de este c…, es Breitscheid.

No siento la mener preocupación por cerciorarme de la identidad de los dos valientes.

Me limito a sonreír pensando que han logrado realizar finalmente la unidad de acción de la que tanto hablaban antes de la guerra y a admirar este agudo sentido de los matices que el pequeño cojo posee hasta en sus razonamientos.

Yo soy pesimista, al menos tengo la reputación de serlo.

En primer lugar, me resisto a aceptar como auténticas las noticias optimistas que cada atardecer trae Johnny al bloque. Johnny es un negro. Le he visto por vez primera en Compiègne, donde le oí contar con un acento americano muy pronunciado que era capitán de una fortaleza volante y que durante un raid sobre Weimar había sido alcanzado su aparato, por lo que tuvo que lanzarse en paracaídas. Una vez llegado a Buchenwald, se ha puesto a hablar corrientemente en francés y se ha ofrecido como médico. Habla otros dos idiomes más o menos tan bien como el francés: el alemán y el inglés. Gracias a esta superioridad, a su imaginación y a una indiscutible cultura, ha logrado que se le destine como médico a la enfermería, antes incluso de que haya terminado la cuarentena. Los franceses estamos convencidos de que no es médico ni capitán de fortaleza volante, pero nos inclinamos ante la habilidad con la que ha sabido ponerse a cubierto. Cada noche se le rodea por todas partes: la enfermería es considerada [58] como el único lugar de donde pueden venir noticias ciertas. También, pese a su fuma de charlatán, Johnny es tomado en serio por todos cuando habla de los acontecimientos de la guerra. Una noche nos viene con la revolución en Berlín, otra con la sublevación de las tropas en el frente del Este, una tercera con el desembarco de los aliados en Ostende, la cuarta con el paso de los campos de concentración a la Cruz Roja International, etc., etc. A Johnny no le faltan nunca buenas noticias que hacen que cada noche, tras su llegada al bloque, la opinión general sea, en febrero de 1944, de que la guerra habrá terminado en dos meses. El me gasta la paciencia y también los otros con su credulidad. A los que se me acercan con la certidumbre que les ha infundido Johnny, les contesto sistemáticamente que por mi parte estoy persuadido de que la guerra no terminará antes de dos años. Como por lo demás soy de los pocos que no creyeron en la caída de Stalingrado, por decirlo así, hasta que fue casa hecha, y lo he confesado incluso después, se me ha clasificado inmediatamente.

En efecto recibo todo con un escepticismo inquebrantable: los más refinados horrores que se cuentan sobre el pasado de los campos, las suposiciones optimistes sobre el futuro comportamiento de la S.S. que, como se suele decir, ya siente pasar el viento de la derrota sobre Alemania y quiere rescatar ante los ojos de sus futuros vencedores los rumores tranquilizadores sobre nuestra ulterior intercesión. Yo discrepo hasta en lo que parece ser evidente, por ejemplo la famosa inscripción que se encuentra sobre la verja de hierro que cierra el acceso al campo. Cuando íbamos a cargar piedras, leí un día: «Jedem das Seine», y los rudimentos de alemán que poseo me permitieron traducir: «A cada uno su destino». Todos los franceses están convencidos de que es la traducción de la célebre advertencia que Dante coloca en la puerta del infierno: «Abandonad toda esperanza los que aquí entráis.». (1)

{1 Al ser liberado en mayo de 1945, cuando todavía me encontraba en Alemania y en el camino de regreso, oí una charla radiofónica de un deportado –Gandrey Retty, si no recuerdo mal—, en la que ofrecía esta interpretación. Así nacen los bulos.}

Esto es el colmo y yo soy un incrédulo.

[59]

El bloque está dividido en dos castas: por un lado los recién llegados, por el otro los once individuos, jefe de bloque, escribiente, peluquero y Stubendienst, germanos o eslavos, que forman su aparato administrativo, con una especie de solidaridad que elimina todas las discrepancias, todas las diferencias de condiciones o de concepciones y les une a todos incluso en la reprobación contra los demás. Ellos, que también son presos como nosotros, pero desde hace más tiempo, y que conocen todas las bribonadas de la vida penitenciaria, se comportan como si fuesen nuestros amos, nos mandan con el insulto, la amenaza y el garrote. Nos es imposible considrarlos como agentes provocadores o esbirros de la S.S. Yo entiendo al fin lo que son los «Chaouchs», esos carceleros y sus hombres de confianza en los presidios, de los cuales nos habla la literatura francesa sobre prisiones de todo tipo. Desde la mañana hasta la noche, los nuestros, arqueando el torso, alardean del poder que tienen para enviarnos al crematorio a la mener salida de tono y con una simple palabra. Y, también desde la mañana hasta la noche, comen y fuman lo que insolentemente, visto y sabido por todos, nos roban de nuestras raciones: litros de sopa, rebanadas de pan con margarina, patataes guisadas con cebolla o con pimiento picante. Ellos no trabajan. Están gordos. Nos repugnan.

En este ambieante he conocido a Jircszah.

Jircszah es checo. Abogado. Antes de la guerra fue teniente alcalde de Praga. Lo primero que hicieron los alemanes al entrer en Checoslovaquia fue detenerlo y deportarlo.

Hace cuatro años que vive en los campos. Los conoce todos: Auschwitz, Mauthausen, Dachau, Oranienburg… Un incidente trivial le salvó hace dos años y le ha traído a Buchenwald en un transporte de enfermos. A su llegada, uno de sus compatriotas le ha encontrado el puesto de intérprete general para los eslavos. Espera poder conservarlo hasta el fin de la guerra que, aunque no lo cree próximo, siente que finalmente llegará. Vive con los «Chaouchs» del bloque 48 que le consideran como uno de los suyos, pero él nos da a continuación garantías que nos permiten considerarlo como uno de los nuestros: sus raciones que distribuye, los libros que se procura y nos presta.

Jircszah toma por primera vez contacto con los franceses. Nos [60] contempla con curiosidad. También con compasión, ¿son éstos franceses? ¿Es ésta la cultura francesa de la que tanto se hablaba en sus tiempos de estudiante? Está decepcionado, no vuelve más.

Mi escepticismo y la manera casi sistemática con la que me mantengo al margen de la bulliciosa vida del bloque, le aproximan a mí.

— ¿Es ésta la resistencia?

Yo no respondo. Para reconciliarle con Francia le presento a Crémieux.

El no aprueba ciertamente el comportamiento de los «Chaouchs», pero no se escandaliza por ello ni tampoco les desprecia.

— He visto cosas peores – dice -. No hay que pedir a los hombres demasiada imaginación en el camino del bien. Cuando un esclavo gana un galón sin salir de su estado es más tirano que sus propios tiranos.

Me cuenta la historia de Buchenwald y de los otros campos.

— Hay mucho de verdad en todo lo que se dice sobre los horrores de los cuales son escenario, pero también hay mucho de exageración. Hay que contar con el complejo de la mentira de Ulises que es el de todos los hombres, y en consecuencia también de todos los internados. La humanidad tiene necesidad de lo maravilloso, tanto en lo malo como en lo bueno, en lo feo como en lo bello. Cada uno espera y desea salir de la aventura con la aureola del santo, del héroe o del mártir y cada uno adorna su propia odisea sin darse cuenta de que la realidad ya se basta ampliamente a sí misma.

No tiene ningún odio hacia los alemanes. Para él los campos de concentración no son específicamente alemanes y no denotan instintos que sean propios del pueblo alemán.

— Los campos – los Lager, como él dice – son un fenómeno histórico y social por el que pasan todos los pueblos cuando llegan a poseer la conciencia de nación y de Estado. Se les ha conocido en la Antigüedad, en la Edad Media, en los tiempos modernos, ¿por qué quiere usted que sea la época contemporánea una excepción? Ya mucho antes de Cristo los egipcios en su prosperidad no encontraron más que este medio para hacer inofensivos a los judíos, y Babilonia sólo conoció su apogeo maravilloso gracias a los internados. Los propios ingleses tuvieron que recurrir a los campos con los desgraciados boers, tras Napoleón que ya había [61] inventado Lambessa. (1) Actualmente hay campos en Rusia que no tienen nada que envidiar a los de los alemanes; hay de ellos en Italia e incluso en Francia: aquí encontrará españoles y verá lo que le cuentan por ejemplo del campo de Gurs, en Francia, donde se les encerró al día siguiente de la victoria de Franco.

{1 Colonia de castigo en Argelia bajo el gobierno de Napoleón III. (N. Del T.)}

Yo me atrevo a hacer una observación:

— En Francia, después de todo, se ha recogido a los republicanos españoles por motivos humanitarios, y no sé nada de que hayan sido maltratados.

— También en Alemania es por motivos de humanidad. Los alemanes cuando hablan de la institución emplean el término «Schutzhaftlager» que quiere decir «campo para detenidos protegidos». En el momento de llegar al poder, el nacionalsocialismo ha querido impedir a sus adversarios, en un gesto de mansedumbre, el que le puedan perjudicar, pero también protegerles contra la cólera del público, acabar con los asesinatos en las esquinas de las calles, regenerar las ovejas descarriadas y llevarlas a una concepción más sana de la comunidad alemana, de su destino y de la tarea de cada uno en su seno. Pero el nacionalsocialismo ha sido rebasado por los acontecimientos, y sobre todo por sus agentes. En cierto modo es la historia que se cuenta en los cuarteles sobre el eclipse lunar. El coronel dice un día al comandante que habrá un eclipse de luna y que los jefes harán observer y explicarán el fenómeno a todos los soldados. El coronel lo transmite al capitán y la noticia llega por el cabo al soldado en la siguiente forma: «Por orden del coronel esta noche a las veintitrés horas tendrá lugar un eclipse de luna; todos los que no participen en él quedarán arrestados durante cuatro días». Lo mismo sucede en los campos de concentración; el estado mayor nacionalsocialista los ha concebido, y ha fijado el reglamento interior que antiguos parados ignorantes hacen aplicar a través de unos «Chaouchs» escogidos entre nosotros. En Francia el gobierno democrático de Daladier había concebido el campo de Gurs y había fijado el reglamento: la aplicación de este reglamento fue confiada a unos gendarmes y guardias móviles cuyas facultades de interpretación eran muy restringidas.

«Es el cristianismo el que ha introducido en el derecho romano [62] el carácter humanitario que ha sido conferido al castigo y le ha asignado como primera finalidad el lograr la regeneración del delincuente. Pero el cristianismo no ha contado con que la naturaleza humana no puede llegar a la consciencia de sí misma más que sobre un fondo de perversidad. Créame, hay tres clases de seres que permanecen invariables, cada uno en su género, durante todas las épocas de la historia y en todas las latitudes: los policías, los sacerdotes y los soldados. Aquí tenemos que ver con los policías.

Evidentemente, tenemos que ver con los policías. Yo no he tenido luchas más que con los policías alemanes, pero he leído y he oído decir frecuentemente que los policías franceses no se distinguen por una dulzara particular. Recuerdo que en este momento de la charla de Jircszah me vino a la memoria el asunto Almazian. Pero Almazian estaba implicado en un crimen de derecho común, mientras que nosotros somos «políticos». Los alemanes no parecen establecer diferencias entre el derecho común y el derecho político y esta promiscuidad de unos y otros en los campos…

— Vamos, vamos – me dice Jircszah -, usted parece olvidar que ha sido un francés, un intelectual del que Francia está orgullosa, de esmerada formación, un gran filósofo, Anatole France, quien escribió en cierta ocasión: «Soy partidario de la supresión de la pena de muerte en materia de derecho común y de su restablecimiento en materia de derecho político.» Al acabar la cuarentena, como la S.S. nunca se había mezclado en la vida interna del campo, que parecía de este modo confiado a sí mismo y señor de sus leyes y reglamentos, estaba convencido de que Jircszah en gran parte tenía razón: el nacionalsocialismo, la S.S., recordaba este medio clásico de coerción y los detenidos lo habían transformado empeorándolo.

Tratamos juntos otros problemas, en especial el de la guerra y la postguerra. Jircszah era un burgués demócrata y pacifista.

— La otra guerra dividió al mundo en tres bloques rivales – me decía -, los anglosajones como capitalistes tradicionales, los soviets y Alemania, esta última apoyándose en el Japón e Italia: sobraba uno de ellos. La postguerra conocerá un mundo dividido en dos, la democracia de los pueblos no ganará nada con ello y la paz no será menos precaria. Ellos creen que luchan por la libertad y que la edad de Oro nacerá de las cenizas de Hitler.

[68] Será terrible después: los mismos problemas se plantearán para dos en vez de para tres, en un mundo que estará material y moralmente arruinado. Bertrand Russell tenía razón en la época de su briosa juventud: «Ninguno de los males que se pretende evitar con la guerra es tan grande como la guerra misma.» Yo era de la misma opinión, e incluso iba más allá.

Posteriormente he pensado con frecuencia en Jircszah.

10 de marzo, las quince horas: un oficial de la S.S. entra en el bloque. A formar en el patio.

— Raus, los! Raus, raus!

Tenemos que partir y empiezan las formalidades. Desde hacía ocho días corría el rumor sobre este transporte y las suposiciones seguían su curso: a Dora, decían unos, a Colonia para descombrar las ruinas y salvar lo que se pueda todavía, recuperar lo aprovechable, decían otros. Es esta última suposición la que se abre camino en la opinión. La gante bien informada munifiesta que ahora, al sentir que ha perdido la partida, la jefatura del nacionalsocialismo suprime el comando de Dora, considerado como el infierno de Buchenwald, y no envía allá a nadie más. Añaden que al ser empleados en adelante en los peligrosos trabajos de descombro se nos tratará bien. En cualquier momento habrá el peligro de que explote una bomba, pero se comerá abundantemente, primero la ración del campo y luego lo que se encuentre en los sótanos, algunos de los cuales están repletos de comestibles.

Nosotros no sabemos qué es Dora. Ninguno de los que hasta ahora han sido enviados allí ha regresado. Se dice que es una fábrica subterránea en perpetuo estado de instalación y en la que se fabrican armas secretas. Se vive allí dentro, se come, se duerme y se trabaja sin salir nunca a la luz del día. Diariamente, camiones cargados de cadáveres los llevan a Buchenwald para ser quemados, y por estos cadáveres se deducen los horrores del campo. Felizmente, no iremos nosotros allá abajo.

Las dieciséis horas: nos encontramos todavía ante el bloque, en la posición de Stillgestanden, (1) bajo la mirada de la S.S. El jefe de bloque pasa por entre las filas y hace salir a un anciano o un mutilado así como a los judíos. Crémieux, que reúne en sí [64] esta triple condición, está en el grupo. El pequeño cojo también, y algunos rostros que no pertenecen a ancianos, mutilados, ni judíos, pero de los que sabemos todos que sus propietarios se han hecho pasar por comunistas o realmente lo son, están entre los favorecidos por el jefe de bloque.

{1 Firmes.}

Las dieciséis y media: en dirección a la enfermería para la inspección sanitaria – inspección sanitaria por llamarlo así -. Un médico de la S.S. fuma un enorme puro, arrellanado en un sillón; pasamos ante él uno tras otro en la fila, y ni siquiera nos mira.

Las diecisiete treinta: en dirección al Effektenkammer, (2) se nos viste de nuevo, pantalón, chaqueta y capote, todo a rayas, zapatos ad hoc (de cuero, con suelas de madera) para reemplazar los chanclos impropios para el trabajo.

{2 Vestuario.}

Las dieciocho treinta: formación que dura hasta las veintiuna. Antes de acostarnos, tenemos todavía que coser nuestros números sobre las prendas que acabamos de recibir, en la parte izquierda del pecho para la chaqueta y el capote, bajo el bolsillo derecho en el pantalón.

11 de marzo, las cuatro treinta: diana.

Cinco treinta: formación hasta casi las diez. ¡Estas formaciones! En marzo, en el frío, llueva o haga viento, tenemos que permanecer de pie horas y horas para ser contados una y otra vez. Esta es una formación general para todos aquellos, sin distinción de bloque, que han sido designados para el transporte, y tiene lugar en la plaza, ante la torre.

A las once, la sopa.

A las catorce horas, nueva formación que dura hasta las dieciocho o las diecinueve:

hemos perdido la noción del tiempo.

12 de marzo: nos despertamos como de costumbre, formación de cinco y media a diez.

Formaciones, siempre formaciones. Quieren volvernos locos. A las quince, abandonamos definitivamente el bloque 48 y, tras una estancia de algunas horas en la plaza, somos conducidos al bloque del cine, donde pasamos la noche, los más favorecidos sentados, la mayoría de pie.

Al día siguiente, nos despertamos a las tres y media, una hora antes de lo habitual. Se nos lleva junte a la torre, donde esperamos de pie, para ser embarcados, en la noche, en el frío, sin [65] nada en el vientre desde el día anterior a las once. Entre las siete y las ocho subimos a los vagones.

Viaje sin nada de particular. Nos ponemos cómodos y charlamos. Tema: ¿adónde iremos? El tren toma la dirección oeste: a Colonia, eso es. ¡Hemos ganado! Alrededor de las dieciséis para en pleno campo, en una especie de apartadero donde bajo la nieve, chapotean en el lodo unos seres desgraciados, pálidos, sucios, con unos harapos rayados al igual que nuestra ropa nueva. Descargan vagones, cavan en unas obras de canalización, transportan la tierra extraída. Unos individuos con brazalete y un número bien vestidos, rebosantes de salud, les aguijonean con amenazas, injurias y porras de goma. Está prohibido hablar a los que trabajan. Al pasar a su lado, si casualmente están fuera del alcance de la vigilancia, nos atrevemos a preguntarles en una voz lo más baja posible:

— Dime, ¿dónde estamos?

— En Dora, amigo, no has terminado de estar en la m…

Fernando y yo, nos miramos. Difícilmente llegamos a creer al charlatán optimista de Colonia. Sin embargo, un gran desánimo nos invade, los brazos nos cuelgan lacios, sentimos pasar la sombra de la muerte.

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3.3. CAPÍTULO II. LOS CÍRCULOS DEL INFIERNO

El 30 de junio de 1937, Buchenwald no era más que lo que indica su nombre: un bosque de hayas, un lugar asentado sobre una colina de las estribaciones del Harz, a nueve kilómetros de Weimar. Se ascendía allí por un sendero rocoso y serpenteado. Un día, llegaron unos hombres en coche hasta el pie de la colina. Subieron a pie a la cumbre, como en una excursión. Inspeccionaron minuciosamente el lugar. Uno de ellos señaló un calvario, y después se marcharon tras tomar un buen desayuno al pasar de nuevo por Weimar.

— Unser Fürher wird zufrieden sein (1) – declararon.

{1 Nuestro Führer estará contento.}

Algún tiempo después llegaron otros. Estaban encadenados de cinco en cinco y formaban un destacamento de cien unidades, rodeado por una veintena de la S.S., con el arma empuñada; ya no había más sitio en las prisiones alemanas. Treparon como pudieron por el sendero, entre insultos y golpes. Al llegar extenuados a la cumbre, fueron enviados al trabajo sin transición. Un grupo de cincuenta montó las tiendas para la S.S., mientras el otro colocaba un círculo de alambradas de tres líneas de altura y unos cien metros de radio. Esto es todo lo que pudo hacerse el primer día. Se comió de prisa, y casi sin parar el trabajo, un ligero bocadillo y, por la noche, muy tarde, se durmió en el mismo suelo, enrollado en una manta delgada. Al día siguiente, el primer grupo de cincuenta descargó durante toda la jornada materiales de [66] construcción, y unas piezas de madera para barracones, que lograban llevar hasta la mitad de la colina unos pesados tractores; desde allí hasta la cumbre, al interior de las alambradas, se los subió cargados a la espalda. El segundo grupo, derribó árboles para hacer un claro. Este día no se comió pues sólo se habían tomado provisiones para una jornada, pero por la noche se durmió mejor, al abrigo de los ramajes y entre la espesura de las pilas de tablas.

A partir del tercer día, las piezas de los barracones empezaron a llegar a un ritmo acelerado y a acumularse en medio de la pendiente. Junto a ellas se encontraban unas baterías de cocina, numerosos trajes rayados, herramientas y algunos víveres. La S.S. hizo saber en su informe diario que con cien hombres no lograrían descargar a medida que fuese llegando el material; se le envió otros más. Los víveres resultaban insuficientes. Al finalizar la semana, discutieron unos cincuenta de la S.S. con un millar de detenidos a los que no sabían dónde alojar por la noche, a los que apenas podían alimentar y en medio de los cuales estaban desbordados en la organización del trabajo. Habían formado varios grupos o comandos y a cada uno le habían asignado una tarea específica: primero la cocina de la S.S. y el mantenimiento de su campo, luego la cocina de los detenidos, el montaje de los barracones, el transporte de materiales, la organización interior y la contabilidad. Todo este se denominaba «S.S. Küche», «Barrakenkommando», «Bauleitung», «Arbeitsstatistik», etc., y, llevado al papel en los informes, significaba una organización clora y metódica. Pero de hecho, era un gran caos, una horrible muchedumbre que de comer sólo conservaba la forma, trabajaba gratis y dormía, apenas cubierta, en un fárrago de tablas y ramajes. Como resultaban más fáciles de vigilar en el trabajo que durante el sueño, las jornadas eran de doce, catorce y dieciséis horas.

Los vigilantes, en número insuficiente, se habían visto obligados a escoger un complemento de ayudantes entre la masa de detenidos, y como esos ayudantes se sentían en su conciencia oprimidos, hacían reinar el terror a modo de excusa y justificación. Llovieron los golpes, y no sólo los insultos y las amenazas.

Los malos tratos, la mala e insuficiente alimentación, el trabajo sobrehumano, la falta de medicamentos, la pulmonía, motivaron el que en este rebaño se empezase a morir a un ritmo espantoso y peligroso para la salubridad. Fue preciso pensar en hacer desaparecer los cadáveres en forma distinta a la inhumación, [68] que ocupaba demasiado tiempo y tendría que ser repetida con excesiva frecuencia: se recurrió a la incineración, más rápida y más conforme a las tradiciones germánicas. Un nuevo comando se hizo a su vez indispensable, el Totenkommando, y en la lista de los trabajos a efectuar, con carácter de urgencia impuesta por las circonstancias, se anotó la construcción de un horno crematorio: así resultó que se construyó el lugar en que estos hombres tenían que morir, antes que aquél en que se proyectaba permitirles vivir. Todo se encadena: el mal llama al mal, y cuando se está metido en el engranaje de las malas fuerzas…

Además de esto, el campo no estaba concebido en el espíritu del estado mayor nacionalsocialista para ser simplemente un campo sine una colectividad para trabajar sometida a vigilancia en la edificación del III Reich, con el mismo título que los otros individuos dé la comunidad alemana que habían quedado en la libertad relativa que se sabe. Tras el crematorio, la fábrica, la Gustloff. Con lo que se ve que el orden de urgencia de todas las instalacianes estaba determinado en primer lugar por el cuidado de guardar con fuerte vigilancia, después por el de la higiene, en tercer luger por las necesidades del trabajo rentable. Finalmente, y en última instancia por los derechos «prescriptibles» de la persona humana: el vigilante, el crematorio, la fábrica, la cocina… Todo está subordinado al interés colectivo que pisotea y aplasta al individu.

Buchenwald fue pues, durante el período de las primeras ins talaciones, un Straflager (1) donde no era enviada más que la población de las prisiones considerada como incorregible; después, y desde el momento en que la fábrica Gustloff estuvo en estado de funcionar, un Arbeitslager (2) con comandos de castigo, y finalmente un Konzentrationslager, (3) es decir, lo que era cuando nosotros lo conocimos, un campo organizado con todos sus servicios puestos a punto, al que se enviaba a todo el mundo indistintamente. A partir de este momento, hubo subcampos o comandos exteriores que dependían de él y a los que proporcionaba material humano o simplemente material. Todos los campos han pasado por estas tres etapas sucesivas. Desgraciadamente resultó que, habiendo sobrevenido la guerra, los detenidos de todos los orígenes [69] y condiciones, de todas las infracciones y penas disciplinarias, fueron indistintamente conducidos a los Strauager, Arbeitslager o Konzentrationslager, según lo que salió la suerte, de acuerdo con el grado de humor de los jefes o el desorden de las circunstancias. Resultó de eso una espantosa mezcla de humanidades diversas que formó, bajo el signo de la porra de goma, un gigantesco cesto de cangrejos sobre el cual el nacionalsocialismo, tan dueño de sí, tan metódico en sus manifestaciones, pero desbordado en todas partes por los acontecimientos que empezaban a subyugarle, arrojó para taparlo un no menos inmenso y gigantesco manto.

{1 Campo penitenciario.}

{2 Campo de trabajo.}

{3 Campo de concentración.}

Dora nació bajo el padrinazgo de Buchenwald y en las mismas condiciones. Creció y prosperó siguiendo idéntico proceso.

En 1903, ingenieros y químicos alemanes advirtieron que en este loger la piedra del Harz era rica en amoníaco. Como ninguna sociedad privada quiso arriesgar capitales en su extracción, el Estado se encargó de ello. El Estado alemán no poseía, como sus vecinos, colonias susceptibles de poner a su disposición una Cayena o una Numea: se veía obligado a conservar sus presidiarios en el interior y les encerraba en unos lugares determinados donde les empleaba en trabajos ingratos. En estas condiciones nació en Dora un penal parecido a todos los penales del mundo, con algunos matices majores y otros peores. En 1910, sin que se sepa bien el porqué, pero probablemente por ser el rendimiento en amoníaco muy inferior al que se había calculado, fue interrumpida la extracción de la piedra. Se reanudó durante la guerra de 1914-1918, bajo la forma de un campo de represalias para prisioneros de guerra, en un momento en que Alemania pensaba ya en enterrarse para limitar los estragos de los bombardeos. Fue nuevamente interrumpida por el armisticio. En el período entre las dos guerras Dora fue totalmente olvidado: una vegetación desordenada ocultó la entrada de este comienzo de subterránéo, y alrededor crecieron inmensos campos de remolacha para alimentar la refinería azucarera de Nordhausen, a seis kilómetros de allí.

Fue a estos campos de remolacha a los que Buchenwald desplazó, el I de septiembre de 1943, un primer comando de doscientos hombres con fuerte escolta. Alemania, sintiendo de nuevo la necesidad de enterrarse, de enterrar al menos sus industrias de guerra, volvía a adoptar el proyecto de 1915. Construcción del campo de la S.S., del crematorio, adaptación del subterráneo para fábrica, cocinas, duchas, el Arbeitsstatistik, el Revier o enfermería [70] en último lugar. Como había este subterráneo, se dormía allí el mayor tiempo posible, rechazando siempre para más tarde el trabajo no rentable de construcción de bloques para detenidos; y prefiriendo la perforación por delante de la galería del túnel, para conseguir poner a cubierto las fábricas amenazadas cada vez en mayor número a cielo abierto.

Cuando nosotros llegamos a Dora, el campo estaba todavía en el período de Straflager; hicimos de él un Arbeitslager. Cuando lo abandonamos, con sus 170 bloques, su enfermería, su teatro, su burdel, sus servicios instalados y su túnel terminado, estaba a punto de llegar a ser un Konzentrationslager. Ya otro campo, Ellrich, al final del doble túnel, había nacido bajo su padrinazgo y se encontraba en el período de Straflager. Pues no podía haber interrupción en la escala descendiente de la miseria humana.

Pero los angloamericanos y los rusos decidieron de otra manera y, el 11 de abril de 1945, vinieron a liberarnos.

Desde entonces, el sistema penitenciario de Alemania esta en manos de los rusos, que no han modificado en él ni una coma. Mañana, estará en manos de los…

Porque no es preciso tampoco que haya interrupción en la historia.

Un campo de concentración, cuando está terminado, es una verdadera ciudad aislada del mundo exterior, que la ha concebido como un cerco de alambradas electrificadas con cinco líneas de altura, a lo largo de la cual, cada cincuenta metros aproximadamente, unos miradores resguardan a una guardia especial armada hasta los dientes. Para que la pantalla entre ésta y él sea más opaca todavía, está igualmente interpuesto un campo de la S.S., y alrededor de unos cinco o seis kilómetros están situados centinelas invisibles en la periferia; así el que intentase evadirse tendría que superar una serie de obstáculos sucesivos, por lo que se puede decir que toda tentativa está materialmente destinada a un fracaso seguro. Esta ciudad tiene sus leyes propias, sus fenómenos sociales particulares. Las ideas que nacen en ella aisladas o en corrientes van a morir contra las alambradas y quedan insospechables para el resto del mundo.

Asimismo todo cuanto sucede en el exterior es desconocido en el interior, toda interpretación [71] a través de la pantalla, en la que no existe la menor fisura se hace imposible. (1) Llegan periódicos: están escogidos cuidadosamente y no dicen más que las verdades especialmente impresas para los internados. Sucedió que en tiempos de guerra las verdades para los internados en los campos eran las mismas que aquellas de las que los alemanes tenían que hacer su evangelio por lo que los periódicos eran comunes para ambos, pero esto era una pura casualidad. La radio está controlada. De lo que resulta que la vida del campo, basada en otros principios morales y sociológicos, toma una orientación muy diferente a la de la vida normal, que sus manifestaciones revisten aspectos tales que no puede ser juzgada con las unidades de medida comunas a todos los hombres. Pero es una ciudad, una ciudad humana En el interior – o en el exterior -, pero cerca, una fábrica es la razón de vivir del campo y su medio de existencia en Buchenwald, la Gustloff, en Dora, el túnel. Esta fábrica constituye la clave de todo el edificio y sus necesidades que hay que satisfacer son su ley de bronce. El campo está hecho para la fábrica y no la fábrica para emplear al campo.

{1 Se ha dicho, y lo creo, que casi toda Alemania ignoraba lo que pasaba en los campos: la S.S. que vivía en el mismo terreno ignoraba una gran parte de ello o no se enteraba de ciertos acontecimientos hasta mucho después de haber ocurrido. Por lo demás, ¿quién conoce hoy en Francia los pormenores de la vida de los presos de Carrère, La Noé y otros lugares? Véase en la pág. 154, en el apéndice al cap. II, la relación de Pierre Bernard sobre la prisión central de Riom y la opinión de E. Kogon en la pág. 219.}

El primer servicio del campo es el «Arbeitsstatistik», que lleva una contabilidad rigurosa de toda la población y que la sigue en su trabajo, uno por uno, día tras día. En la Arbeitsstatistik se puede especificar en cualquier del día en qué está empleado cada detenido y el lugar preciso en que se encuentra. Este servicio, al igual que los demás, lo administran unos presos y ocupa a un personal numeroso y relativamente privilegiado.

A continuación viene el «Politische Abteilung», que lleva la contabilidad política del campo, y se encuentra en disposición de ofrecer informes sobre cualquier detenido, bien sea sobre su vida anterior, su moralidad, motivos de la detención, etc. Es la antropometría del campo, su Sicherheitsdienst (policía de seguridad), y no ocupa más que a un personal que gaza de la confianza de la S.S. Más privilegiados.

Después la «Verwaltung» o administración general, que lleva [72] la contabilidad de todo lo que entra en el campo: alimentos, material, vestidos, etc. Es la intendencia del campo, con el sargento primero de la compañía. El personal empleado en un trabajo de oficina es siempre privilegiado.

Estos tres grandes servicios cubren el campo. Al frente de ellos hay un Kapo que asegura el funcionamiento bajo la inspección de un suboficial de la S.S. o Rapportführer.

Hay un Rapportführer para todos los servicios clave, y cada uno de ellos presenta por la noche su informe al Rapportführer general del campo, que es un oficial, generalmente un Oberleutnant. (1) Este Rapportführer general comunica con el campo de los detenidos por mediación de sus subalternes y del Lagerältester o jefe de los detenidos, que tiene la responsabilidad general del campo y responde de su buena marcha con todo, incluso con la propia vida.

{1 Teniente primero.}

Paralelamente, los servicios de segunda zona: el «Sanitätsdienst» o servicio sanitario, que comprende los médicos, los enfermeros, y los servicios de desinfección, enfermería y crematorio; la «Lagerschutzpolizei» o policía del campo; la «Feuerwerk» o servicio contra incendios; el «Bunker», o prisión para los detenidos cogidos en flagrante delito de infracción a los reglamentos del campo; el «Kino-Theater», o cine-teatro, y el burdel.

Además hay la «Küche» o cocina, el «Effektenkammer» o vestuario, dependiente de la administración; la «Häftlingskantine» o cantina, que suministra a los detenidos alimentos y bebidas complementarias mediante el pago en metálico, y la «Bank», instituto emisor de moneda especial que no tiene curso más que en el interior del campo.

Y ahora, la masa de trabajadores.

Está repartida en los bloques construidos según el mismo modelo que el Buchenwald 48, pero en madera y no disponiendo más que de un piso bajo. Ella no vive en él más que por la noche. Llega tras la formación, hacia las 21 horas, y los abandona antes del amanecer, a las cuatro y media. Está encuadrada por los jefes de bloque rodeados de sus escribientes, peluqueros y Stubendienst, que son verdaderos sátrapas. El jefe de bloque controla la vida del bloque bajo la vigilancia de un soldado de la S.S. o Blockführer que da cuenta al Rapportführer general. Los Blockführer no aparecen más que muy raramente: en general, se limitan a hacer una visita amistosa al jefe de bloque durante el día, [73] es decir en ausencia de los detenidos, de modo que es éste en ultima instancia el único juez y ante todas sus coacciones no hay prácticamente apelación.

Durante el día, es decir en el trabajo, los presos están cogidos en la malla de otro encuadramiento. Todas las mañanas, los que no trabajan más que durante el día, son repartidos en unos Kommandos, habiendo al frente de cada uno un Kapo asistido por uno, dos o varios jefes de equipo o Vorarbeiter. Diariamente, a partir de las cuatro y media, los Kapos y los Vorarbeiter se encuentran en la plaza, en un lugar determinado – siempre el mismo – y forman sus comandos respectivos que conducen al paso al lugar de trabajo donde un Meister o capataz les da a conocer la tarea que tienen que hacer cumplir a sus hombres durante el día.

Los comandos empleados por la fábrica trabajan dos veces cada doce horas y no tres cada ocho. Están repartidos en dos equipos o Schicht: hay el «Tagschicht» que se presenta a sus Kapos y Vorarbeiter, a las 9 de la mañana, y el «Nachtschicht», a las 9 de la noche. Los dos equipos cambian de turno, una semana de día y una semana de noche.

Así era Buchenwald cuando lo conocimos nosotros. La vida en él era soportable para los presos incorporados definitivamente al campo, un poco más dura para los transeúntes destinados a no permanecer en él más que el tiempo de la cuarentena. En todos los campos pudo ser igual. La mala suerte quiso que en el momento de las deportaciones masivas de extranjeros a Alemania, hubiese pocos campos terminados, aparte de Buchenwald, Dachau y Auschwitz, y de que la casi totalidad de los deportados no haya conocido más que campos en período de construcción, Straflager y Arbeitslager, no Konzentrationslager. Quiso también la mala suerte que, aun en los campos terminados, todas las responsabilidades fuesen confiadas ante todo a los alemanes, por la facilidad de relaciones entre la «gente» de la Häftling y la de la Führung, a supervivientes de los Straflager y Arbeitslager, que no concebían el «Kazett», (1) como ellos decían, sin los horrores que les habían endurecido a ellos mismos y que constituyeron para su humanización unos obstáculos mayores que los de la S.S. El «No hagas a otro lo que no quieras para tí» es un concepto de otro mundo que no tiene validez en éste. «Haz a los otros lo que se te hace», es la divisa de todos estos Kapos, que han pasado años y años en [74] Straflager y Arbeitslager, y en cuyo espíritu los horrores que han vivido han creado una tradición que, por una deformación muy comprensible, creen tener ellos la tarea de perpetuarla.

{1 KZ, abreviatura de Konzentrationslager.}

Y si la S.S. se olvida casualmente de maltratarnos, estos detenidos se encargan de reparar el olvido.

La población del campo, su condición social y su origen, son también un elemento que se alza contra su humanización. He indicado ya que el nacionalsocialismo no hacía ninguna distinción entre el delito político y el delito de derecho común y que, en consecuencia, el derecho y el régimen político no estaban diferenciados en Alemania. Como en la mayoría de las naciones civilizadas, en los campos hay de todo – de todo y más todavía -. Todos los presos, cualquiera que sea la categoría del delito del que dependan, viven juntos y están sometidos al mismo régimen. Sólo hay para distinguir a los unos de los otros el triángulo del color que es la insignia de su delito.

Los políticos llevan el triángulo rojo.

Los de delitos comunos, el triángulo verde: sencillo, para los Verbrecher o simples criminales; adornado con una «S» para los Schwerverbrecher, o grandes criminales, y con una «K» para los Kriegsverbrecher, criminales de guerra. Así están graduados los delitos de derecho común desde el simple ladrón al asesino y al salteador de intendencia o depósito de armas.

Entre los dos, toda una serie de delitos intermedios:

— El triángulo negro (saboteadores, parados profesionales) el triángulo rosa (pederastas); el triángulo amarillo sujeto sobre el rojo formando una estrella (judíos); el triángulo violado (objetores de conciencia).

— Los que habiendo cumplido un determinado tiempo de prisión, tienen que cumplir a continuación lo que llamaríamos el «doblaje», o la relegación por tiempo limitado o perpetua, y que llevan en lugar del triángulo, un círculo negro sobre fondo blanco con una gran «Z» en el centro: son los libertados del Zuchthaus o presidio.

— Otros por último que llevan el triángulo rojo con la punta hacia arriba: son los delitos leves cometidos en el ejército y con [75] motivo de los cuales ha sido pronunciada sentencia por un consejo de guerra.

Habría que añadir todavía algunas particularidades sobre la emblemática de los internados: el triángulo rojo con una barra transversal lo llevan los que han sido enviados al «Kazett» por segunda o tercera vez, tres puntos negros en un brazalete con fondo amarillo y blanco los ciegos, etc. Por último, los que entonces se denominaban Wifos: el mismo círculo que los presidiarios, pero habiendo sido reemplazada en él la «Z» por una «W». Estos últimos eran, en un principio, trabajadores voluntarios. Habían sido empleados por la empresa Wifo que fue la primera en dedicarse a la construcción de las «Vergeltungsfeuer», las famosas V1, V2, etc. Un buen día, y aparentemente sin motivos, recibieron los trajes rayados y fueron metidos en campos de concentración. El secreto de las V1 y V2 salía de la fase de ensayo, para entrar en la vía de la producción intensive y era preciso que este no circulase libremente, ni siquiera entre la población alemana: así fueron internados por razón de Estado. Los Wifos constituían la población más miserable del campo: continuaban cobrando su salario, del que les era remitido al campo la mitad, y el resto era enviado a sus familias. Tenían derecho a conservar los cabellos largos, a escribir cuando les pareciese, con la condición de no revelar nada sobre la suerte en que se encontraban y, como eran los más afortunados, introdujeron el mercado negro en los campos e hicieron subir los precios.

En cuanto a la población se refiere, los campos de concentración son pues verdaderas torres de Babel en las que chocan entre sí las individualidades por sus diferencias de nacionalidad, de origen, de condena y de condiciones sociales anteriores. Los delincuentes comunes odian a los políticos, a los que no comprenden, y éstos les pagan en la misma moneda. Los intelectuales miran por encima a los obreros manuales, y éstos se alegran de «verlos trabajar por fin». Los rusos envuelven en el mismo desprecio de hierro a todo el Occidente. Los polacos y los checos no pueden ver a los franceses, a causa de Munich, etc. En el terreno de las nacionalidades, hay afinidades entre los eslavos y los germanos, entre los germanos y los italianos, entre los holandeses y los belgas, o entre los holandeses y los alemanes. Los franceses, que llegamos los últimos y nos afanamos por recibir los majores paquetes de víveres, somos despreciados por todos excepto por los [76] belgas, suaves, francos y buenos. Se considera a Francia como un país de jauja, y a sus habitantes como sibaritas degenerados, incapaces de trabajar, que comen bien y sólo se preocupan de hacer el amor. A estos agravios, los españoles añaden los campos de concentración de Daladier. Recuerdo haber sido acogido en el bloque 24 de Dora por un vigoroso:

— ¡Ah!, franceses, ahora ya sabéis lo que es un campo. ¡No es ningún mal, así aprenderéis!

Eran tres españoles (en Dora había 26 en total) que habían sido internados en Gurs en 1938, enrolados en las compañías de trabajo en 1939, y enviados a Buchenwald al día siguiente de la batalla de Rethel. Afirmaban que el trabajo era la única diferencia entre los campos franceses y los campos alemanes, los otros tratamientos y la alimentación eran, en todos los puntos semejantes, casi igual. Incluso añadían que los campos franceses eran más sucios.

¡Oh, Jircszah!

La S.S. vive en un campo paralelo. En general, hay una compañía. Al principio, era una compañía de instrucción para jóvenes reclutas, y sólo formaban parte de ella los alemanes.

Más tarde hubo también de todo en la S.S.: italianos, polacos, checos, búlgaros, rumanos, griegos, etc. Habiendo acabado por imponer las necesidades de la guerra el envío de los jóvenes reclutas al trente, con una instrucción militar limitada, o incluso sin ninguna preparación especial, los jóvenes fueron reemplazados por viejos, gente que ya había hecho la guerra de 1914-18, y en los cuales apenas había marcado su infuencia el nacionalsocialismo.

Estos eran más indulgentes. En los dos últimos años de la guerra, al resultar insuficiente la S.S., fueron destinados a la guardia de los campos los desechos de la Wehrmacht y de la Luftwaffe, que no podían ser empleados en otra cosa.

Todos los servicios del campo tienen su prolongación en el campo de la S.S., en el que todo está centralizado y de donde parten directamente hacia Berlín, a los servicios de Himmler, los informes cotidianos o semanales. El campo de la S.S. es pues, de hecho, el administrador del otro. En los comienzos de los campos, durante el período de gestación , lo administraba directamente; [77] después y tan pronto como pudo, no administró más que por la interposición personal de los propios detenidos. Podría creerse que este era por sadismo y, después, no ha faltado quien lo haya dicho; pero este fue por economía de personal, y por la misma razón sucede en las prisiones y en los presidios de todas las naciones. La S.S. no ha administrado y hecho reinar el orden interior directamente más que en tanto que le fue imposible hacerlo de otro modo.

Nosotros no hemos conocido más que el gobierno de los campos por sí mismos. Todos los viejos detenidos que han sufrido ambos métodos están unánimes en reconocer que el antigno era en principio mejor y más humano, y si no lo fue de hecho, fue porque las circunstancias, la necesidad de obrar de prisa, la precipitación de los acontecimientos, no lo permitieron. Yo así lo creo: más vale habérselas con Dios que con sus santos.

Los de la S.S. no aseguran pues más que la guardia exterior y por así decirlo jamás se les ve en el interior del campo, donde se contentan con pasar exigiendo el saludo de los detenidos, el famoso: «Mützen ab». Están acompañados en esta guardia por una verdadera compañía de perros maravillosamente adiestrados, siempre dispuestos a morder y capaces de ir a buscar en unas decenas de kilómetros a un detenido que se hubiera podido evadir. Todas las mañanas, los comandos que van a trabajar al exterior, a menudo cinco o seis kilómetros a pie – cuando es preciso ir más lejos se utiliza el camión o el tren – van acompañados según su importancia, por dos o cuatro de la S.S., con el arma al puño y teniendo cada uno sujeto un perro abozalado. Esta guardia especial, que complota el encuadramiento por los Kapos, se contenta con vigilar y no interviene en el trabajo más que en el caso de que sea precisa mano dura, lo cual sucede rara vez.

Por la noche, tras el toque de silbato, mientras todos están en la formación por bloque, los Blockfübrer se dirigen al bloque del que tienen la responsabilidad, cuentan los presentes y se van para dar cuenta de ello. Durante esta operación, unos suboficiales circulan entre los bloques y hacen respetar el silencio y la inmovilidad. Los Kapos, jefes de bloque y Lagerschutz, (1) les facilitan enormemente la tarea en este sentido. De vez en cuando, uno de la S.S. se distingue del resto por su brutalidad, pero este sucede rara vez y, en todo caso, nunca se muestra más inhumanos que los anteriormente citados.

{1 Policías tomados entre los presos.}

[78]

El problema de la Häftlingsführung, (2) domina la vida de los campos de concentración, y la solución que se le dé condiciona su evolución en el sentido de lo peor o en el de la humanización.

{2 Dirección del campo por los propios detenidos.}

Al comienzo de todo campo, no hay Häftlingsführung: hay el primer convoy que llega encuadrado por los de la S.S., que asumen por sí mismos todas las responsabilidades, directamente y en su detalle. Lo mismo sigue hasta el segundo, tercero o cuarto. Esto puede durer seis semanas, dos meses, seis meses, un año. Pero cuando el campo toma una cierta extensión, al no ser extensible hasta el infinito el número de los de la S.S. que están asignados a él, se ven obligados éstos a tomar entre los detenidos el personal complementario preciso para la vigilancia y la organización.

Hay que haber pasado por la vida de los campos y asimilado su historia para comprender bien este fenómeno y el aspecto que ha tomado durante su aplicación.

En el momento en que nacen los campos, en 1933, el estado de espíritu es tal en Alemania que los adversarios del nacionalsocialismo son considerados como los peores bandidos. De donde viene la facilidad con la que los nuevos amas lograron hacer admitir que no había crímenes o delitos de derecho común y crímenes o delitos de derecho político, sino simplemente crímenes y delitos. ¡Eran tan parecidos los unos a los otros, e incluso en algunos casos había que hacer tan poco para volver los segundos más odiosos aparentemente que los primerps, ante los ojos de una juventud fanatizada, enrolada en la S.S. y a la que le había sido confiada la realización del proyecto! Pongámonos ahora en el lugar de los cincuenta S.S. de Buchenwald, el día en que, desbordados por un millar de detenidos y el embotellamiento de una enorme masa de material , tuvieron que hacer el primer encuadramiento de sus víctimas y designar el primer Lageral tester . Entre un Tahlmann o un Breitscheid, destacados en particular, y el primer criminal venido por haber asesinado a su suegra o haber violado a su hermana, pero que era vulgar y flexible en la medida de sus deseos, no titubearon, escogieron al segundo. A su vez, éste designó los Kapos y los Blockaltester y, forzosamente, les tom6 de entre su propio mundo, es decir, entre los delincuentes.

[79]

Sólo cuando los campos tomaron un cierto desarrollo, cuando se convirtieron en verdaderos centros etnográficos e industriales, fueron verdaderamente necesarios hombres con una cierta categoría moral e intelectual para aportar a la S.S.-Führung una ayuda eficaz. Esta última se dio cuenta de que los delincuentes eran la escoria de la población, tanto en el campo como en otras partes, y que estaban muy por debajo del esfuerzo que se les pedía. Entonces la S.S. recurrió a los políticos. Un día fue preciso reemplazar un Lagerältester verde por otro rojo, el cual empezó inmediatamente a liquidar de todos los puestos a los verdes, en provecho de los rojos. Así nació la lucha entre verdes y rojos, que tomó con rapidez un carácter permanente. Así se explica también que los viejos campos, Buchenwald y Dachau, estuviesen en manos de los políticos cuando nosotros los conocimos, mientras que los jóvenes, todavía en el período de Straflager o de Arbeitslager, salvo portentosas casualidades, continuaban en manos de los verdes.

Se ha intentado decir que esta lucha entre verdes y rojos, que por otra parte sólo estalló muy tarde y entre el contingente alemán de la población de los campos, era el resultado de una coordinación de esfuerzos de los segundos contra los primeros: esto es inexacto. Los políticos, desconfiados los unos para con los otros, desamparados, no tenían entre ellos más que unos lazos de solidaridad muy vagos y tenues. Por el contrario, por parte de los verdes todo era distinto: formaban un bloque compacto, poderosamente cimentado por la confianza instintiva que siempre existe entre gantes del mismo medio, carne de cárcel o racimo de horca.

El triunfo de los rojos no fue debido más que al acaso, a la incapacidad de los verdes y al discernimiento de la S.S.

Se ha dicho también que los políticos – sobre todo los políticos alemanes -, habían formado comités revolucionarios, que tenían asambleas en los campos, que almacenaban armas e incluso mantenían correspondencia clandestina con el exterior, o de un campo con otro: esto es una leyenda. Puede que una afortunada coincidencia de circunstancias haya permitido a un individuo, alguna vez por casualidad, sostener correspondencia con el exterior, o con un compañero de infortunio de otro campo, a espaldas de la S.S.-Fübrung :así un libertado que con marchas precauciones lleva noticias de un internado a su familia o a un amigo político, uno nuevo que al llegar hace la operación inversa, un transporte [80] que pasa noticias de un campo a otro. Pero era sumamente raro, al menos durante la guerra, que un detenido fuese puesto en libertad y, respecto a los transportes, nadie en el campo, ni siquiera el grueso de la S.S., conocía su destino hasta que habían llegado a él.

Generalmente, unas semanas o meses después, se sabía que un transporte había ido a Dora o Ellrich por los enfermos que excepcionalmente volvían, frecuentemente por los muertos, que se devolvían al campo para ser incinerados y sobre cuyo pecho se podía leer el número y la procedencia. Decir que estas relaciones eran premeditadas, organizadas y seguidas, pertenece a la más elevada fantasía. Pasemos por alto los almacenamientos de armas: en los últimos días de Buchenwald, gracias al desorden, los presos pudieron sustraer de la fabricación corriente piezas heterogéneas de armas, e incluso armas completas, pero de ahí a afirmar que se trataba de una práctica sistematizada hay el mundo que separa al buen sentido del ridículo. Dejemos a un lado también los comités revolucionarios y las asambleas que tenían; he reído con ganas cuando tras la liberación he oído hablar del comité de defensa de los intereses franceses del campo de Buchenwald. Tres o cuatro comunistas vocingleros: en cabeza Marcel Paul, (1) y el famoso coronel Manhès, que habían logrado escapar a los transportes de evacuación, hicieron surgir este comité de la nada tras la partida de la S.S. y antes de 1a llegada de los norteamericanos.

{1 Stubendienst en el bloque 56, después en el bloque 24, donde llegaban los paquetes. (Véase pág. 183.)}

Ellos lograron hacer creer a los demás que se trataba de un Comité nacidomucho antes, pero este es una pura burla y los americanos nunca lo tomaron en serio. (1) Su primera acción, al entrar en el campo, fue rogar a los alborotadores que se estuviesen callados, a la masa que se apretaba para escucharles que volviese dócilmente a los bloques y a todos que obedeciesen de antemano una disciplina de la cual pensaban quedar como único árbitro. Tras lo cual se ocuparon de los enfermos, del abastecimiento y de la organización de las repatriaciones, sin querer tomar siquiera en conocimiento los pareceres y sugerencias que algunos importantes de última hora intentaron en vano hacer llegar hasta ellos . Por otra parte, también este fue un bien: sólo ha costado una lección [81]de humildad a Marcel Paul y cierto número de vidas han podido ser salvadas.

Finalmente, se ha dicho que los políticos, cuando tenían la mano por encima de la HFührung, eran más humanos que los otros. En apoyo de esto se esgrime Buchenwald como argumento: es cierto. 2 Buchenwald era, al llegar nosotros, un campo muy soportable para los internados del lugar, sustraídos definitivamente a la amenaza de un transporte. Pero lo debía más al hecho de que había llegado al término de su evolución que al de tener una H-Führung política. En los otros campos más retrasados, no era sensible la diferencia entre rojos y verdes.

Hubiera podido resultar que el contacto con los políticos moralizase a los delincuentes:

sucedió lo contrario y fueron los delincuentes los que apartaron a los políticos del buen camino.

1 De hecho, comité nacido mucho antes; no hubo más que uno en todos los campos: una asociación de ladrones y saqueadores, verdes o rojos, detentando por añadidura, el poder de mando de la S.S. Tras la liberación ham procurado dar gato por liebre y hay que convenir en que han tenido éxito en gran 2 Aunque haya habido que llevar al activo de este campo las conocidas «pantallas de piel humana», de las que Ilse Koch, llamada la perra de Buchenwald, lleva hoy «sola» la tremenda responsabilidad… ¿Se paseaba por el campo la mujer del Lagerkommandant a la búsqueda de bellos tatuajes a cuyos desgraciados propietarios designaba ella misma para la muerte? No puedo confirmar ni desmentir. Preciso sin embargo, que en febreromarzo de 1944, los rumores en el campo acusaban de este crimen a los dos Kapos de la cantera y del jardin, perpetrado antaño por ellos con la complicidad de casi todos sus colegas. Los dos cómplices habían industrializado la muerte de los presos tatuados cuyes pieles vendían, a cambio de pequeños favares, a Ilse Koch y a otros, por mediación del Kapo y del S.S. de servicio en el crematorio. De tal modo que la tesis de la acusacyón, caso de que estuviese fundada, a pesar de todo sería bastante frágil. (Véanse las págs. 145 y 146.)

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3.4. CAPÍTULO III. LA BARCA DE CARONTE (1)

{1 Caronte, barquero del infierno en la Divina Comedia de Dante (N. del T.)}

Nuestra entrada en funciones en Dora se ha hecho bajo las reglas habituales en este medio.

Descenso de los vagones, carrera desordenada a bravés del fárrago de materiales, con el lodo hasta los tobillos, la nieve derritiéndose por debajo, los insultos y las amenazas a gritos, los ladridos, los golpes.

Recorrido a bravés del campo de la S.S.: unos cincuenta bloques acondicionados, sin caminos para ir de uno a otro – senderos enfangados a campo traviesa.

Entrada en el campo de internados: dos bloques de madera (todo es de madera), a cada lado una alambrada que se abre ante nosotros. Se nos cuenta.

— Zu fünfen! Zu fünfen! Mensch, blöder Hund! (2)

{2 ¡De a cinco! ¡De a cinco! ¡Tú, idiota!}

¡Pum!, un puñetazo. ¡Pum!, una patada.

Al otro lado de la alambrada, el propio campo. Una decena de bloques, a lo sumo una docena, diseminados, puestos allí al acaso, sin que aparezca ninguna intención coordinadora.

Al pasar, podemos leer desde lejos los números de los bloques: 4, 35, 24, 104, 17.

— ¿Dónde están los bloques intermedios?

Una pista marcada por multitud de pisadas parte de la entrada y sube la colina sin que se pueda decir que conduce a alguna [83] parte: tenemos que tomarla y llegamos al «Gemeindeabort» (W.C. público) donde quedamos encerrados en espera de órdenes. El Gemeindeabort es un bloque en el que no hay más que asientos, urinarios y unos lavabos con palangana. Imposible sentarse o recostarse, prohibición de salir. Estamos fatigados. También hambrientos. Hacia las dieciocho, una sopa, 300 gramos de pan, una barra de margarina, una rodaja de salchichón. Notamos que las raciones son más fuertes que en Buchenwald. Un soplo de optimismo se propaga entre nosotros.

— Se trabajará, pero al menos se comerá – se confía entre susurros.

La gente del brazalete aparece a las veinte horas: se prepara una mesa, se sienta un escribiente. Uno a uno pasamos ante la mesa, donde damos a conocer nuestro número de registro, apellidos, nombre, profesión. Los del brazalete son checos y polacos internados por diversos delitos: tienen la mano dura, y se hace más dura todavía por el uso generoso que hacen de la porra de goma.

— Hier ist Dora! Mensch! Blöder Hund! ¡ Zas!, ¡ zas!

A medianoche terminan las operaciones. Todos fuera: ahora recorremos en la noche el camino en sentido inverso, encuadrados siempre por los Kapos y la S.S. De repente, nos encontramos ante una inmensa excavación que se abre en el flanco de la colina: el túnel. Las dos enormes hojas de hierro se abren: ya está, vamos a ser enterrados, pues a nadie le viene la idea de que Ias hojas de hierro puedan abrirse de nuevo ante nosotros antes de la liberación.

Los horrores que hemos oído en Buchenwald sobre este subterráneo, nos torturan el espíritu.

Entramos al mismo nivel. Visión dantesca: fuera, estaba la oscuridad, en el interior la luz radiante. Dos vías férreas paralelas a un metro de distancia: los trenes van pues de un lado para otro en el vientre del monstruo. Un convoy de vagones cargados y entoldados: los torpedos, las famosas V1 y V2 – inmensos obuses más largos que los vagones que los llevan.

Se dice que tienen 13 metros de longitud y, al parecer, su diámetro rebasa la altura de un hombre.

— ¡ Esto sí que tiene que dar un buen trabajo donde caiga!

La conversación empieza a girar en torno al mecanismo y forma de lanzamiento de las V1 y V2, de las que oímos hablar y ahora vemos por vez primera. Con gran sorpresa, me doy cuenta [84] de que hay entre nosotros algunos muy informados que cuentan, con el aire más serio, detalles muy precisos sobre los ingenios en cuestión, pero que se revelan a continuación como los más fantásticos bulos.

Nos dirigimos hacia el interior. A cada lado, oficinas y cavidades acondicionadas para talleres. Llegamos a la parte del túnel que está todavía en gestación: unos andamios, hombres pálidos, delgados y diáfanos (unas sombras) encaramados por casi todas partes, pegados a las parades como murciélagos, perforan en la roca. En el suelo, se pasean los de la S.S., con el arma empuñada, los Kapos gritan en su idas y venidas en todos los sentidos a los desdichados que cargan sacos o llevan las carretillas llenas de tierra. Ruido de máquinas, cadáveres estirados sobre los caminos laterales.

Una cavidad está acondicionada como bloque habitable: ¡alto! En la entrada hay dos toneles para extraer las deyecciones y unos quince cadáveres. En el interior, corren enloquecidos unos hombres; tumultos individuales o colectivos entre filas de literas de tres, cuatro o cinco pisos. Entre ellos , serios e imponentes, los Stubendienst intentan en vano restablecer el orden. Aquí es donde tendromos que pasar la noche. Los Stubendienst interrumpen su tarea para ocuparse de nosotros.

–Los! Los! Mensch! Hier ist Dora! (1)

{1 ¡Venga, venga! ¡Estamos en Dora!}

Las porras empiezan a bailar, o más bien cambian simplemente de blanco de tiro. El jefe de bloque, un alemán corpulento, ve actuar, a la vez divertido, burlón y amenazador.

Pronto nos damos cuenta de que este bloque está habitado por rusos, cuyo equipo de día está descansando. Completamente vestidos nos echamos sobre los jergones que se nos señalan.

¡Por fin! Al amanecer nos despertamos: todos los zapatos y lo que nos quedaba de la distribución de víveres de la víspera, han desaparecido. Incluso nuestros bolsillos han sido vaciados de su contenido. Admiramos la destreza de los rusos que han logrado un buen éxito en este saqueo general sin despertarnos Apenas dos o tres han sido cogidos en flagrante delito:

las víctimas les han conducido ante el jefe de bloque pero los Stubendienst, cómplices de ellos , han hecho volver a aquéllas a porrazos a su jergón.

–Hier ist Dora, mein Lieber!

[85]

Con toda certeza, hemos caído en una guarida de bandidos cuya ley es la de la jungla.

Tras despertarnos, hemos vuelto a la luz del día. Respiramos: no estamos pues todavía definitivamente enterrados. La mañana la pasamos ante la Arbeitsstatistik, pateando en el lodo y en la nieve; estamos helados, y de nuevo tenemos hambre. Por la tarde se nos reparte en Kommandos. Fernando y yo, vamos a parar al comando de constructores de carreteras.

Inmediatamente, comienza el trabajo: hasta la hora de pasar lista transportamos pinos, al galope, desde el campo a la estación.

A las dieciocho, la formación: durará hasta las veintiuna horas.

Veintiuna horas: en dirección al bloque 35. Esta vez tenemos la certidumbre de que no seremos enterrados en el túnel, pero sabemos de no pocos de nosotros que habiendo dado a conocer fontásticas profesiones de especialistas para ser empleados en las fábricas, fueron enviados a él y, con toda probabilidad, no volverán a salir antes de la liberación.

El jefe del bloque 35 es checo, en consecuencia también lo son los Stubendienst. El bloque está todavía vacío: dormiremos hacinados sobre el entarimado, sin mantas, completamente vestidos. Antes, se nos distribuye, en un desorden indescriptible, un litro de sopa de nabos que tomamos de pie. Es todo lo que hemos comido este día.

A las veintidós horas, podemos dormirnos con la certidumbre de que ahora formamos parte integrante de Dora.

— ¡ Dora!…

El primer día de trabajo…

A las cuatro treinta, un golpe de gong resuena cuatro veces en este campo en embrión, se encienden las luces del bloque, los Stubendienst, con la porra en la mano, irrumpen en el dormitorio.

— Aufstehen! Aufstehen! Los! Waschen! (1)

{1 ¡Levantarse, levantarse! ¡Venga, a lavarse!}

Después, sin transición:

— Los, Mensch! Los! Waschen!

Los doscientos hombres se levantan como si fuesen uno solo, atraviesan en barahúnda el comedor, desnudos hasta la cintura, [86] y llegan al pequeño paso, a la puerta del lavabo, al mismo tiempo que los doscientos del otro ala. El lavabo puede contener unas veinte personas. En la entrada, dos Stubendienst con la manguera en la mano, contienen esta invasión.

— Langsam,langsam… Langsam, Lumpen! (2)

{2 ¡Despacio, despacio… despacio, granujas!}

Y al mismo tiempo, el chorro de agua entra en acción. Los desdichados retroceden…

Sin embargo, otros dos Stubendienst que han previsto el golpe contienen a su vez el repliegue.

— Los! Los! Schnell, Mensch! Ich sage waschen! (3)

{3 ¡Venga, venga! ¡Rápido, hombre! ¡Digo que a lavarse!}

Y las porras se descargan implacables sobre las espaldas desnudas y flacas.

Todas las mañanas tendrá lugar la misma tragicomedia. No obstante, no termina ahí.

Una vez vestidos, viene la distribución de víveres para el día; se pasa en fila india llevando en la mano la contraseña entregada en los lavabos, que hay que dar a un Stubendienst (sólo se puede recoger la comida tras demostrar que uno se ha lavado). Nueva y también inenarrable algarabía. La hora concedida por el reglamento para cumplir esta doble formalidad pasa rápidamente.

Las cinco treinta: los Kapos, bien abrigados, están en la plaza y allí esperan la llegada de la masa humana. Procedente de todos los bloques, corriendo en la fría mañana, se precipita hacia ellos, acabando de vestirse y tragando el último bocado de la escasa parte que de la ración cotidiana ha sido dejada para el desayuno. Los Kapos proceden a reunir a los comandos, llaman a sus hombres: llueven los golpes y los insultos. Después de pasar lista, empiezan a marchar los comandos por turnos, teniendo en cuenta la distancia al lugar de trabajo. Hay quienes van seis y ocho kilómetros: parten los primeros. A continuación vienen los que no tienen más que una hora de marcha, después los que no tienen más que media hora. El comando 52 tiene veinte minutos de camino: parte a las seis cuarenta. A las siete en punto, todo el mundo está en el lugar de su trabajo. Los comandos del túnel se rigen por otro horario: el equipo de día se levanta a las siete de la mañana, el de noche a las siete de la tarde, y todos los preliminares del trabajo tienen lugar en el mismo túnel.

Las siete: ya está, pues, el comando 52 en su obra de explanación, después de haber participado en las operaciones del aseo [87] y distribución de víveres, tras haber estado de plantón, tiritando en la posición de firmes, con los pies dentro de veinte centímetros de barro, durante una hora y diez minutos, y después de haber recorrido al paso los dos kilómetros aproximadamente que le separan del campo, extenuado ya antes de comenzar el trabajo.

El trabajo: construir una carretera que va desde la estación al campo, tomando el flanco de la colina. Una estrecha vía férrea en forma de elipse, cuyo diámetro mayor será de unos 800 metros, está colocada allí, en declive. Dos convoys de ocho vagonetas voIquetes, arrastrados por una locomotora de petróleo, forman una especie de circuito perpetuo sobre los raíles.

Mientras 32 hombres – cuatro por vagón – cargan el convoy que se encuentra en la cima, otros 32 descargan el que se encuentra al pie, teniendo cuidado en poner a nivel las masas de tierra.

Cuando el convoy vacío llega a la cima, el otro debe partir cargado: cada veinte minutos.

Generalmente, la primera salida se logra en el tiempo previsto. En la segunda, hay retrasos que provocan los gruñidos del Meister, del Kapo y de los Vorarbeiter. En la tercera, el convoy vacío está allí cinco minutos antes, y harán falta otros cinco antes de que esté dispuesto para partir: el Meister sonríe irónicamente y se encoge de hombros, el Kapo grita y los Vorarbeiter se lanzan sobre nosotros. Nadie se deja engañar por la galopada. El retraso aumenta con el tiempo, por lo que llegan a hacer falta tres hombres para apalear a los treinta y dos, y, a partir de este momento, no se volverá a ganar el tiempo perdido, el trabajo está desorganizado para el resto del día.

En el cuarto viaje, nuevo retraso, nuevas galopadas. En el quinto, el Kapo y los Vorarbeiter comprenden que no se puede hacer nada, y se cansan de golpear. Por la noche, en vez de los treinta y seis viajes previstos a razón de tres por hora, se llega trabajosamente a un total de quince o veinte.

Mediodía: se distribuye medio litro de café caliente en el mismo lugar de trabajo. Se bebe de pie y se come el resto del pan, de la margarina y del salchichón distribuidos por la mañana.

Doce y veinte: comienza de nuevo el trabajo.

Por la tarde, se arrastra el trabajo. Los hombres, hambrientos y helados, apenas tienen fuerzas para mantenerse en pie. El Kapo desaparece, los Vorarbeiter se ablandan, el propio Meister parece comprender que no se puede sacar nada de estos guiñapos que somos, y deja pasar. Hacemos como si trabajásemos: también [88] resulta penoso, pues hay que frotarse las manos, mover los pies para combatir el frío. De vez en cuando, pasa uno de la S.S.: los Vorarbeiter, al acecho, le ven venir de lejos y le señalan: cuando llega a la altura del comando, cada uno está efectivamente en su tarea. Habla unas palabras con el Meister:

— Wie geht’s? (1)

{1 ¿Qué tal va?}

Un descorazonado encogimiento de hombros le responde:

— Langsam, langsam. Sehr langsam! Schauen Sie mal diese Lumpen: was soll man mit ihnen machen? (2)

{2 ¡Lento, lento, muy lentamente! Mire estos granujas, ¿qué se puede hacer con ellos?}

El de la S.S. encoge a su vez los hombros, gruñe y pasa o bien según su humor, se desata en insultos, distribuye al azar algunos puñetazos, amenaza con su revólver y abandona el lugar. Cuando está fuera de alcance, el comando se detiene de nuevo.

— Aufpassen! Aufpassen! (3) – dice el Meister casi paternalmente.

{3 ¡cuidado! ¡Cuidado!}

Las seis de la tarde llegan con un relajamiento general.

–Feierabend (4) – dice el Meister.

{4 Descanso.}

El Kapo, reaparecido un momento antes, reúne a sus hombres para colocar las herramientas, lanza algunos gritos que estimulan a los Vorarbeiter, y distribuye algunos golpes: retorno a la disciplina por el terror.

Las seis cuarenta: el comando toma la dirección del campo, en filas de a cinco, marcando el paso. A las siete, formados por bloques y no por comandos, esperamos de nuevo, tiritando y con los pies en el barro, a que estos señores hayan acabado de contarnos: esto dura dos o tres horas.

Entre las ocho y las nueve, llegamos al bloque. En la entrada está un Stubendienst, con la porra en la mano: hay que descalzarse, lavar los chanclos, entrar llevándolos en la mano, y sólo si han sido considerados como limpios. Al pasar al comedor, hay que dejarlos en filas, luego tender la escudilla en la que otro Stubendienst sirve, teóricamente, un litro de sopa, y comer de pie en una algarabía inenarrable. Cumplidas estas diversas formalidades, un tercer Stubendienst autoriza a volver al dormitorio, donde podemos tumbarnos hacinados sobre un poco de paja que ha sido llevada durante el día. Son las diez y media. Hemos permanecido [89]en pie de diecisiete a dieciocho horas, sin la mener posibilidad de sentarnos, estamos entumecidos, tenemos hambre y frío. Al adormecernos, pensamos que el trabajo que nos ha sido impuesto tiene poco que ver con nuestro cansancio.

A la mañana siguiente, vuelve a comenzar esto a partir de las cuatro y media. Durante la noche, los rusos han robado los chanclos que habíamos alineado tan cuidadosamente en el comedor por orden de los Stubendienst; es preciso aprocurarse otro par, además del aseo y del reparto de víveres, antes de precipitarse corriendo, acabando de vestirse, y tragando el último bocado del débil desayuno, en la noche y bajo el frío, para alcanzar la plaza donde esperan los Kapos.

Hay comandos peores que el nuestro: el comando Ellrich, el Transport eins, y todos los comandos de transporte, el Steinbruch, el Gärtrnerei…

En el otro extremo del túnel, se construye el campo de Ellrich. Un comando muy importante, alrededor de mil hombres, se dirige allí, todas las mañanas, en un tren de balasto, que abandona la estación de Dora a las cuatro y media: hay cinco kilómetros de recorrido. A pie, bastaría con partir a las cinco y media para estar en el trabajo a las siete, pero esto sería demasiado simple: los de la S.S. han decidido mostrarse humanos y ahorrar al comando la fatiga de la marcha ya que es posible tomar el tren. El Ellrichkommando se levanta, por tanto, a las tres: se asea, toma sus raciones y se encuentra en la plaza a las cuatro. Marcha a la estación. El tren, que debiera pasar a las cuatro y media, nunca tiene menos de una hora de retraso: se espera. A las seis cuando antes, a las seis y media a más tardar, llegada a Ellrich.

Trabajos de explanación durante todo el día. A las dieciocho termina el trabajo. Teóricamente, debería tomarse el tren de regreso a las dieciocho treinta pero, como el de la mañana, nunca lleva menos de una hora de retraso: se vuelve a esperar. Hacia las veinte treinta, en el mejor de los casos, frecuentemente a las veintiuna e incluso a las veintidós, se vuelve a entrar en Dora.

Formalidades de entrada en el bloque, limpieza de zapatos, distribución de la sopa. Hacia las veintitrés, la gante de Ellrich por fin puede tenderse y dormir: cinco horas de sueño y de nuevo levantarse, [90] reunión, partida, espera. El curso de los días es inexorable, la medida de humanización que la S.S. cree o hace creer que ha tomado, se traduce por una tortura suplementaria: se es matado por el desplazamiento antes de serlo por el trabajo. Hay que añadir a esto que los Kapos del comando de Ellrich son de los más brutos entre los brutos, que los golpes llueven más abundantemente que en cualquier otra parte, que el trabajo es controlado sumamente y con rigor: es el comando de la muerte, todas las mañanas trae cadáveres.

En el campo, está el Transportkommando eins. La gente del Transport eins comienza la jornada en la misma forma y tiempo que todo el mundo: descargan vagones y llevan a la espalda pesados materiales desde la estación al túnel, o desde la estación al campo. Se les ve, desde la mañana hasta la noche, dando vueltas como caballos de circo de cuatro en cuatro, transportando largas tableras de madera, por grupos de dos con traviesas de ferrocarril, en filas de ocho o diez con raíles, de uno a uno con sacos de cemento. Andan despacio, despacio, doblados por la cargo, sin parar: andan, andan. Su Kapo es un polaco con triángulo rojo, que va de los unos a los otros jurando, amenazando y dando golpes.

El Gärtnerei o comando del jardín: caballos de circo como los del Transport eins, pero que llevan excrementos en vez de material. El Kapo es un verde; el mismo método que el polaco del Transport eins, y los mismos resultados.

El Steinbruch, la famosa contera de todos los campos: se extrae la piedra, se echa en vagones y, cargados éstos, se arrastran o empujan hacia unos lugares donde es picada para servir al empedramiento de las cal]es del campo. La gente del Steinbruch tiene la mala suerte suplementaria de trabajar en el flanco del cerro, en la entrada de la cantera: por el menor incidente, reciben una bofetada que les precipita abajo, donde se matan. Todos los días traen muertos a la plaza: cuatro de ellos llevan el cadáver, cada uno por un pie o un brazo. Eins, zwei, drei, vier, dice en cabeza el Kapo que marca el paso del comando; ploc, ploc, ploc, hace al final de las filas la cabeza del cadáver contra el suelo. De vez en cuando, se oye decir en el campo que un desdichado del Steinbruch, al recibir un puñetazo, se ha tambaleado y ha caído en la machacadora, o en la hormigonera, que ni siquiera se han parado.

También hay comandos que son mejores: todos los que [91] componen la administración del campo, el Lagerkommando, el Holzhof, la Bauleitung, los Schwung.

En la «Effektenkammer», se lleva la contabilidad de las ropas recogidas a los detenidos al entrar en el campo, y se las mantiene en estado de limpieza: es descanso absoluto.También es lucrativo: de vez en cuando, se puede robar un pantalón, un reloj, una pluma estilográfica, que son un valioso medio de cambio por alimentos. En la «Wascherei», se lava la ropa que cambian los detenidos en teoría cada quince días. Se está a cubierto, con calor, y se tienen también no pocas facilidades para procurarse comida. En la «Schusterei», se reparan los zapatos, en la «Schneiderei», se recomponen los vestidos y la ropa blanca desgarrada, en la «Küche»…

El major comando es indudablemente el de la cocina o «Küche». No se escatima la comida a los que forman parte de él, y el trabajo no es duro. En primer lugar , tienen la ración general, que reciben en el bloque antes de ir a trabajar. En el mismo lugar del trabajo, reciben oficialmente una ración suplementaria. Luego, cada vez que tienen hambre, pueden tomar y comer de los víveres que manejan. Finalmente, rouban para proporcionarse tabaco, calcetines, ropas, favores. Además, están exentos de formaciones. Llevan la vida de los cocineros de regimiento. Se precisa cierta influencia para lograr hacerse integrar en el «Küchenkommando»:

los franceses no tenemos acceso a él, los puestos están reservados a los alemanes, checos y polacos.

En el mismo orden, están la «Arbeitsstatistik» y la gente del «Revier». Ninguna formación para los unos ni para los otros. Los golpes no son usales. En la Arbeitsstatistik , se hace un trabajo de oficina, se come cuando se tiene gana porque aquellos a los que se ha puesto a cubierto pagan en especies, se está bien vestido por el mismo medio, se tiene tabaco a voluntad. He conocido a dos franceses que lograron introducirse en la Arbeitsstatistik , los demás eran alemanes, checos y polacos como en la cocina.

En el «Revier», hay médicos, Pfleger y Kalfaktoren; los primeros diagnostican, los segundos cuidan, los otros mantienen en estado de limpieza. Como suplemento, un montón de escribientes, generalmente antiguos enfermos, que comen lo que quieren, no trabajan, por así decirlo, y no son golpeados.

Viene a continuación el «Lagerkommando», comando de mantenimiento del campo.

Están asignados a él los individuos [92] considerados de salud delicada: esto en principio. De hecho, están en él todos los enchufados, los favoritos de los Kapos y de los Lagerschutz, aquellos que tienen un amigo influyente en la enfermería o en la cocina, los que reciben buenos paquetes. El Lagerkommando provee todos los servicios de recogida de papeles, de barrer, de pelar en la cocina de la S.S., los servicios de los internados y de los trabajadores libres de los alrededores, sustenta la «Altverwaltung», o sección de aprovechamiento de las cosas viejas. Al principio, cuando el campo era todavía pequeño, y el comando le era proporcional, éste era un puesto muy solicitado. Después, la situación sólo fue sostenible para los favoritos, pues el Lagerkommando llegó a abarcar centenas y centenas de individuos, de entre los cuales se extraía para completar los comandos deficitarios en material humano.

También otros dos comandos son solicitados: los de la «Tabakfabrik», y la «Zuckerfabrik». Ambos van a trabajar a Nordhausen y son transportados en camiones. Por la noche, vuelven, los del primero, con los bolsillos llenos de tabaco, que cambian por pan o sopa, los del segundo saciados de azúcar. Después un bercer comando fue destinado a los mataderos de Nordhausen, que fue el que introdujo en el campo el comercio de la carne.

Tener un comando bueno o malo es una cuestión de suerte que las relaciones en la Arbeitsstatistik favorecen poderosamente: la caza del buen comando es la preocupación de todos los detenidos y se hace permanentemente con el empleo de las armas y de los medios más incompatibles con la dignidad humana.

Los comandos del túnel son considerados a la vez como lo peor y lo mejor. Están agrupados en un único comando: «Zabatsky», nombre del jefe de la empresa que explota en comandita el túnel.

Al frente hay un Kapo general – el gran Georges – que tiene bajo sus órdenes un equipo de Kapos para encuadrar a los presos por especialidades. Estar destinado a un comando que trabaje en una de las diez o quince fábricas cobijadas en el túnel, supone la certeza de hacer un trabajo ligero, y de estar protegido del viento, de la lluvia y del frío. Y esto es muy estimable. Supone también la certidumbre de escapar a las formaciones: no hay [93] formación para los individuos del túnel. Pero supone también la de no volver a salir nunca a la luz del día, respirar en galerías mal aireadas o nada en absoluto, miasmas de todo género, polvo durante meses y meses , y el riesgo de morir antes de la liberación. Mientras que en el terraplén se trabaja durante todas las épocas: aunque llueva, nieve, haga viento, con sol plomizo, con tormenta, nunca se para el trabajo. Todavía más: las formaciones ni se suprimen ni se acortan. Con tiempo lluvioso, nos ha sucedido el no ver secar, durante quince días, tres semanas, los andrajos que nos sirven de prenda de vestir: por la noche, al volver al bloque, se les ponía debajo de la paja o del jergón, esperando que el calor del cuerpo llegase a vencer la humedad, y a la mañana siguiente, se les recogía calientes pero mojados y había que meterse de nuevo bajo la lluvia. La pulmonía simple o doble reinaba con carácter endémico entre la gente del terraplén y llevaba a muchos al crematorio, pero al menos se vivía al aire libre. Y durante la buena temporada… La opinión estaba dividida entre el deseo de trabajar en el túnel y el de quedar en la terraza.

— Haría falta poder pasar el invierno en el túnel y volver a salir en el verano – me decía Fernando.

Esto era evidentemente imposible y yo no estaba seguro de que eventualmente hubiese sido una buena solución.

Lo que se llamaba Túnel, era un sistema de dos galerías paralelas que atravesaban la colina de parte a parte. En un extremo, se encontraba Dora, y en el otro su infierno, Ellrich.

Estas dos galerías principales, cada una de cinco kilómetros de longitud, estaban unidas por unas cincuenta galerías transversales o salas de unos 200 metros de longitud por 8 de anchura y otros 8 de altura. Cada una de las salas resguardaba un taller. En abril de 1945, el túnel estaba terrninado, hasta tal punto que, si no hubiese sido por el sabotaje, hubiera podido dar el máximno de rendimiento. Se calculaba que en esa fecha tenía un total de 13 a 15 kilómetros de galerías excavadas y acondicionadas frente a los 7 u 8 que había en agosto de 1943, en el en que nació Dora: ambas cifras dan la dimensión del esfuerzo que fue impuesto a los presos. Todavía es preciso tener en cuenta que los dos campos reunidos de Dora y Ellrich no pudieron emplear nunca en el trabajo un efectivo superior a los 15.000 hombres, los cuales tenían que instalar además las barracas y producir cierto número de V1, V2, motores o fuselajes de aviones y armas secundarias.

[94] Y si se quiere, por otra parte, establecer el coste de realización de este trabajo, hay que añadir a los francos o a los marcos las 20.000 o 25.000 vidas humanas que costó en menos de dos años.

Dos veces al día, a las 7 de la mañana y a las 7 de la tarde, son despertados por mitad los comandos del túnel, que duermen en galerías o en partes de ellas acondicionadas para bloques. Disponen de poquísima agua, y en consecuencia la higiene es defectuosa, las pulgas y los piojos prosperan a sus anchas.

A las 9 de la mañana y a las 9 de la noche, según el turno al que pertenezcan, ya están en el trabajo.

También hay malos comandos en el túnel: los que perforan las galerías, los que están asignados al transporte de material y de masas de tierra. Aquéllos son verdaderos galeotes que mueren como moscas, con los pulmones envenenados por el polvo amoniacal, víctimas de la tuberculosis. Pero la mayoría son buenos. El taylorismo ha sido llevado al extremo: un comando pasa su tiempo sentado ante las taladradoras, haciendo avanzar las piezas una tras otra bajo la roca; otro comprueba los giroscopios; un tercero, los contactos eléctricos; un cuarto alisa la chapa; un quinto está compuesto de torneros o ajustadores. Hay finalmente algunos que no son ni buenos ni malos: los que montan las V1 y V2. De una manera general el rendimiento es escaso: se emplean diez hombres, que trabajan por fuerza, donde bastarían uno o dos que lo hiciesen de buena voluntad. Lo más difícil consiste en aparentar siempre que se trabaja, estar de pie continuamente, tomar aspecto atareado, y sobre todo vivir en este ruido y en estas emanaciones, recibiendo el aire del exterior, muy escasamente, a través de unos pocos y malos tubos de aireación.

A mediados de marzo, por petición de Zavatzky, que quería suprimir, según su opinión, una de las causas esencia]es del mal rendimiento, los comandos del túnel empezaron a subir a la luz del día para tomar la sopa en el campo en vez de llevarla al interior. A finales de abril, comienzo de mayo, el equipo del terraplén había levantado casi todos los bloques previstos hasta el número 132: se decidió que no durmiese nadie en el túnel, todos los comandos volvieron a subir y en lo sucesivo no descendieron más que para trabajar, es decir 12 horas por día.

Es preciso decir, para terminaer, que también hay población civil empleada en las diversas fábricas del túnel. En abril de 1945, son de 6.000 a 7.000: alemanes como maestros de taller, y los [95] S.T.O. o voluntarios procedentes de todas las naciones de Europa. Ellos están agrupados en comandos, viven en un campo situado a dos kilómetros de Dora, trabajan diez horas diarias, reciben elevados salarios y una manutención poco variada, pero sana y abundante. En fin, son libres en un radio de 30 kilómetros: más allá necesitan un permiso especial. Entre ellos , hay muchos franceses que se mantienen a distancia de nosotros y en cuyos ojos se lee continuamente el miedo que tienen a participar un día en nuestra suerte.

31 de marzo de 1944. Desde hace ocho días, los Kapos, los Lagerschutz y los jefes de bloque están especialmente irritados. Varios presos han muerto bajo los golpes: se han encontrado piojos no solamente en el túnel sino también en los comandos del exterior y la S.S.-Führung ha hecho responsable de este estado de cosas a la H-Führung. Por añadidura, ha hecho un tiempo espantoso durante todo el día: el frío es más riguroso que de costumbre, y una lluvia glacial entremezclada con chaparrones, ha caído ininterrumpidamente. Por la noche, llegamos a la plaza helados, empapados y hambrientos hasta tal punto que no se sabría describir. ¡Confiemos en que la formación no dure demasiado! Mala suerte: a las diez de la noche estamos todavía de pie, bajo los chaparrones, esperando el ¡Rompan filas! que nos liberará. Al fin llega, se acabó, vamos a poder tomar de prisa la sopa caliente y dejarnos caer sobre la paja. Llegamos al bloque: limpieza del calzado, después, manteniéndonos fuera con una indicación, el jefe de bloque, de pie en el borde de la puerta, nos echa un discurso. Nos anuncia que, como se han encontrado piojos, va a ser desinfectado todo el campo… Se comenzará esta noche: cinco bloques, entre los que se encuentra el 35, han sido designados para pasar a la desinfección. En consecuencia, no tomaremos la sopa hasta después de la operación. Nos indica las formalidades a las que tendremos que someternos, y pasa a su ejecución.

— Alles da drin! – Entramos en el comedor con el calzado en la mano.

— Ausziehen! – Nos desnudamos, empaquectamos nuestras ropas, con el número visible.

— Zu fünf! – Estamos aterrados.

[96]

— Zu fünf! – Obedecemos. Los Stubendienst, que llevan nuestras ropas en unas mantas, nos rodean, y completamente desnudos, en el frío, bajo la lluvia y la nieve, tomamos la dirección del edificio en que vamos a ser desinfectados: hay que atravesar unos ochocientos metros.

Llegamos. Los otros cuatro bloques, desnudos como nosotros, se apretujan ya en la entrada: sentimos descender la muerte sobre nosotros. ¿Cuánto tiempo va a duror esto?

Estamos aquí alrededor de un millar, completamente desnudos , tiritando en el frío húmedo de la noche, que nos penetra hasta los huesos, apretándonos contra las puertas. No hay manera de entrar. Sólo se puede pasar de cuarenta en cuarenta. Se producen atroces escenas.

Primeramente se intenta forzar la entrada: los individuos de la desinfección nos contienen con el chorro de agua. Entonces se intenta volver al bloque para esperar allí el turno: imposible, los Lagerschutz, con la porra en la mano, nos tienen cercados. Hay que quedar aquí, enclavados entre el chorro de agua y la porra de goma, rociados y golpeados. Nos estrechamos los unos contra los otros. Cada diez minutos, son admitidos cuarenta, para entrar en un espantoso alboroto que es una verdadera lucha contra la muerte. Se dan codazos, se golpea, los más débiles son pisoteados implacablemente y se encontrarán sus cadáveres al amanecer. Hacia las dos de la madrugada, consigo penetrar en el interior y Fernando detrás de mí, en la tanda que he logrado: peluquero, cresol, ducha. Al salir, se nos da una camisa y un calzoncillo con los que nos lanzamos en la noche para volver al bloque. Tengo la impresión de haber realizado un verdadero acto de heroísmo. Llegamos al bloque . Entramos en el comedor, donde un Stubendienst nos entrega nuestras ropas, que han vuelto de la desinfección antes que nosotros.

La sopa y a dormir.

Al despertarnos, apenas termina la siniestra comedia. Por lo menos la mitad del bloque no ha vuelto más que con el tiempo justo para vestirse, tomar la sopa, recibir la ración cotidiana y saltar a la plaza de las formaciones para ir al trabajo. Hay algunos que faltan: los que han muerto durante el cumplimiento de esta mala jugada. Otros no han sobrevivido más que algunas horas o dos o tres días y se los ha llevado consigo la casi inevitable congestión pulmonar resultante: la operación ha matado probablemente tantos hombres como piojos.

¿Qué es lo que ha sucedido?

[97]

La S.S.-Führung se ha limitado a ordenar la desinfección a razón de cinco bloques por día y la H-Führung ha sido dejada como árbitro, totalmente libre, para establecer la forma de aplicación. Ella hubiera podido establecer un horario o turno por bloques: a las 11 el 35, a medianoche el 24, a la 1 el 32, etc. Dentro de este horario, los jefes de bloque hubiesen podido enviarnos, por ejemplo, por grupos de cien cada veinte minutos de intervalo y además vestidos, lo cual de todas formas ya era bastante penoso tras la jornada de trabajo. Pero no, hubiese sido demasiado simple.

Y en vez de esto…

Los sucesos de la noche del 31 de marzo llegaron a oídos de la S.S.-Führung, que, a partir del día siguiente, estableció por sí misma un horario preciso para los bloques que quedaban por desinfectar.

2 de abril de 1944. Pascua. La S.S.-Führung ha decretado 24 horas de descanso que sólo serán alteradas por una formación general, es decir en la que participarán tanto los del túnel como los del terraplén. El tiempo es magnífico: sol radiante en un cielo puro y sereno.

Alegría: los dioses están con nosotros.

Levantarse a las seis en vez de a las cuatro y media: aseo, distribución lenta de los víveres, descanso.

Las nueve: todos los comandos están en la plaza en posición de firmes. Los Lagerschutz circulan entre los grupos, los jefes de bloque están en su puesto. El Lageraltester charla familiarmente con el Rapportführer. Tiene un papel en la mano: la situación detallada de los efectivos del campo establecida por la Arbeitsstatistik. Una treintena de soldados de la S.S., con cascos, pistola al cinto, están concentrados en la entrada del campo: son los Blockführer. Todo parece desarrollarse bien.

Un toque de silbato: los Blockführer se dirigen en abanico hacia el bloque que cada uno tiene por misión controlar. Cada uno cuenta y confronta el resultado que ha obtenido con la situación de los efectivos del bloque que, después, le entrega el jefe de éste.

— Richtig. (1)

{1 Exacto.}

Uno a uno, los Blockführer van a dar cuenta al Rapportführer [98] que espera, con el lápiz en la mano, y anota los resultados a medida que le van llegando.

Ninguna nota discordante, este no durará mucho: los de la S.S. quieren aprovochar el domingo y se apresuran. Estamos contentos: un día de descanso, sin hacer nada, sólo tomar la sopa e ir a tumbarse al sol.

Un momento: el total obtenido por el Rapportführer no concuerda con la cifra suministrada por la Arbeitsstatistik, en la plaza hay 27 hombres menos que sobre el papel.

Problema, ¿qué ha sido de ellos ?

El Kapo de la Arbeitsstatistik es llamado urgentemente. Se le pide que vuelva a hacer sus sumas sobre el campo. Vuelve una hora después: ha obtenido la misma cifra.

Entonces, quizá se han equivocado los de la S.S.: se vuelve a contar otra vez y el Rapportführer obtiene de nuevo la misma cifra.

Se registran los bloques, se registra el túnel: no se encuentra a nadie.

Llega el mediodía. Los diez mil presos continúan en la plaza en espera de que la Arbeitsstatistik y la S.S.-Führung se pongan de acuerdo. Empieza el cansancio, unos se desmayan, a los que les llega el turno de morir caen para no levantarse más, los disentéricos se van por los calzones, los Lagerschutz notan el relajamiento y empiezan a golpear. Los de la S.S., cuyo domingo está comprometido, están furiosos: ellos se deciden por ir a comer, pero nosotros permanecemos allí. A las 14 horas, vuelven.

Súbitamente, llega corriendo el Kapo de la Arbeitsstatistik: ha obtenido una nueva cifra. Un murmullo de esperanza sale de la masa. El Rapportführer se inclina sobre la nueva cifra y entra en una violenta cólera: faltan todavía ocho hombres. El Kapo de la Arbeitsstatistik parte de nuevo. Vuelve a las 16 horas: ya no faltan más que cinco hombres. A las veinte horas, ya no falta más que uno y nosotros seguimos allí, pálidos, extenuados, cansados por la permanencia de pie durante once horas, con el estómago vacío: los de la S.S.

deciden enviarnos a comer. Partimos: detrás de nosotros, recoge el Totenkommando una treintena de muertos.

A las 21 horas, se vuelve a empezar para encontrar al que falta: a las 23,45, tras diversas operaciones, es encontrado este que faltaba, la S.S.-Führung y la Arbeitsstatistik ya están de acuerdo.

[99] Regresamos al bloque y podemos irnos a acostar, dejando todavía tras nosotros una decena de muertos.

Ahora la explicación del prolongamiento de las formaciones: los individuos empleados en la Arbeitsstatistik , analfabetos o poco menos, sólo se han convertido en contables por recomendación y son incapaces de hacer inmediatamente una relación exacta de los efectivos.

El campo de concentración es un mundo en el que el lugar de cada uno está determinado por su maña, y no por su capacidad: los contables son empleados como albañiles, los carpinteros son contables, los carreteros médicos y los médicos ajustadores, electricistas o terraplenadores.

Diariamente, un vagón de diez toneladas, lleno de paquetes procedentes de todas las naciones de Europa occidental, excepto de España y Portugal, llegaba a la estación de Dora:

salvo en algunas raras ocasiones, los paquetes estaban intactos. Sin embargo, en el momento de la entrega al interesado estaban totalmente saqueados, o al menos en sus tres cuartas partes.

En numerosos casos, no se recibía más que la etiqueta acompañada de la lista del contenido, o de un jabón de afeitar, una pastilla de jabón, un peine, etc. Un comando de checos y de rusos estaba destinado a la descarga del vagón. Desde allí se conducían los paquetes a la «Poststelle», (1) donde los escribientes y los Stubendienst de cada bloque iban a recogerlos.

{1 Oficina de correos.}

Después el jefe de bloque los remitía a los interesados. Es en este corto recorrido en el que eran saqueados.

El mecanismo del pillaje era sencillo. Primeramente, eran sobre todo los paquetes franceses, famosos por la riqueza de su contenido, las víctimas de esto. En el mismo lugar de la descarga era abierto el vagón por el Kapo del comando, bajo la mirada de un S.S. encargado del control de las operaciones. El paquete pasaba por tres manos: un checo lo lanzaba desde el vagón a un ruso que lo tenía que coger al vuelo en tierra y volverlo a lanzar a otro ruso o a otro checo que tenía por misión colocarlo en el carruaje. De vez en cuando el ruso del vagón decía «Franzous» y el checo separaba las manos: el paquete caía a tierra, donde se [100] aplastaba, su contenido se dispersaba por el suelo y rusos y checos se llenaban los bolsillos o la talega. Si al de la S.S. le agradaba algo del paquete reventado, tendía la mano, y de este modo era comprada su complicidad.

Una vez lleno el carruaje, se ponía en movimiento, tirado por seis hombres, en dirección a la Poststelle; en este primer trayecto, desaparecerían numerosos paquetes o eran desvalijados.

El reglamento prescribía que en la Poststelle los paquetes debían ser minuciosamente registrados y había que retirar de ellos los medicamentos, vino, alcohol, armas u objetos diversos que pudieran ser utilizados como armas. Este registro oficial era hecho por un equipo de presos, alemanes o eslavos, bajo la vigilancia de dos o tres de la S.S.: nueva sustracción.

Los mismos de la S.S. se dejaban tentar por un pedazo de tocino, una tableta de chocolate que deseaba la pequeña amiga, un paquete de cigarrillos, un encendedor: se aseguraban el silencio de los presos cerrando los ojos ante los robos que éstos cometían.

Desde la Poststelle al bloque, los escribientes y los Stubendienst se ponían de acuerdo para efectuar una tercera sustracción y, al final del viaje, estaba el jefe de bloque que llevaba a cabo la cuarta y última, tras lo cual entregaba el resto al interesado.

La ceremonia de la entrega al interesado tenía algo de grotesco. El preso era llamado por su número e invitado a presentarse ante el jefe de bloque. En la oficina de éste, se encontraba el paquete abierto e inventariado. Al pie de la mesa para escribir había una gran cesta con un cartel: “Solidarität”. Cada preso estaba moralmente obligado a dejar caer un poco de lo que recibía para aquellos que nunca recibían nada, especialmente los rusos y los españoles, los niños, los desheredados de todas las nacionalidades que no tenían padres o bien éstos ignoraban el paradero, etc. Esto en teoría, pues en la práctica el jefe de bloque, después de cada distribución, se apropiaba pura y simplemente de lo que había caído en la cesta y se lo repartía con su escribiente y los Stubendienst.

Cada vez que llegaban mercancías, los de la S.S., los Kapos, los Lagerschutz, los Blockältester, todos aquellos que tenían un grado cualquiera en la S.S.-Führung, estaban después abundantemente surtidos de productos franceses, lo que me persuadió de que los saqueos eran obra de una banda organizada.

Yo recibí mi primer paquete el 5 de abril de 1944; faltaba toda [101] la ropa, una tableta de chocolate, y creo que una lata de conserva, pero quedaban tres paquetes de cigarrillos, un buen kilo de tocino, una lata de mantequilla y otros diversos pequeños comestibles. Habíamos cambiado de bloque la antevíspera, nos encontrábamos en el 11 y nuestro jefe de bloque era un alemán de placa negra. Le pregunté qué le agradaría.

— Nichts, geh’mal. (1)

{1 Nada, vete.}

Resueltamente, le tendí un paquete de cigarrillos y después, señalando la cesta de la “Solidarität”, le interrogué con los ojos:

— Brauch’nicht! Geh’mal, blöder Kerl! (2)

{2 ¡No es preciso! ¡Lárgate, imbécil!}

Había apostado bien. Dos días después, fui llamado nuevamente: esta vez tenía tres paquetes. De uno de ellos no quedaba más que la etiqueta, pero los otros dos estaban casi intactoes: en uno, había un enorme pedazo de tocino.

— Dein Messer (3) — le digo al jefe de bloque.

{3 Tu cuchillo.}

Corto una buena cantidad que le ofrezco, después me voy sin preguntar siquiera si tango que dejar algo para la “Solidarität”. El me mira con los ojos muy abiertos mientras me alejo: los franceses teníamos la fama, por otra parte muy justificada, de ser celosos de nuestros paquetes y poco generosos. Súbitamente, me vuelve a llamar:

-Dein Nummer?

Lo anota, y después:

-Hör mal, Kamerad, deine Pakete werden nie mehr bestollen werden — me dice. Das sage ich. Geh’ jetzt! (4)

{4 Oye, camarada, tus paquetes nunca más serán robados. Lo digo yo. ¡Ahora, vete!}

En efecto, a partir de este día, todos mis paquetes me han sido remitidos casi intactos:

el jefe de bloque había hecho pasar mi número por las diferentes fases del desvalijamiento, notificando la orden de “No tocarlo”. A este debo el haber salvado la vida, pues los paquetes que venían de Francia, además del suplemento que traían a la ración del campo eran un magnífico medio de cambio con el cual se podían facilitar exenciones en el trabajo, prendas suplementarias, enchufes. Ellos me han permitido pasar ocho meses en la enfermería que otros, también enfermos, han pasado bajo unos tratamientos de los que han muerto.

A propósito de los paquetes, se produjo otro fenómeno trágico:

[102] la mayoría de los franceses, incluso de familia muy acomodada, recibían uno saqueado en sus tres cuartas partes, y después nada más. Fue tras la liberación cuando obtuve la explicación de esto. Al entrar en el campo, los presos escribían una vez a su familia, precisando que tenían el derecho de escribir dos veces por mes. La familia enviaba un paquete y, como éste era el primero, antes de enviar el segundo esperaba el acuse de recibo, que no llegaba nunca, pues, a excepción de la primera, solamente una de cada diez cartas que escribíamos llegaba a su destino. En el campo, el preso que escribía regularmente se preguntaba qué era lo que pasaba, y mientras moría de inanición, su familia estaba persuadida en Francia de que no valía la pena enviarle un segundo paquete: como no había acusado recibo del primero, seguramente había muerto. Mi esposa que me envió regularmente un paquete diario me ha dicho que ella no lo hacía más que para tranquilizar su conciencia y contra toda esperanza, pues mi madre había logrado persuadirla, por este razonamiento, de que los enviaba a un muerto y que además del luto cierto, era dinero perdido.

El 1 de junio de 1944, el campo está desfigurado.

Desde el 15 de marzo, no han cesado de llegar convoys (de 800, 1.000 y 1.500), una o dos veces por semana, y la población ha ascendido a cerca de 15.000 unidades. Si no ha sobrepasado esta cifra, es porque la muerte ha segado en una proporción inuy cercana a la totalidad de las personas llegadas: diariamente, de cincuenta a ochenta cadáveres han seguido la dirección del crematorio. La H-Führung comprende exclusivamente una décima parte de la población del campo: de mil cuatrocientos a mil ochocientos enchufados, omnipotentes y sintiendo su importancia, reinan sobre la plebe fumando cigarrillos, tomando sopa y bebiendo cerveza a voluntad.

Se está levantando el bloque 141, destinado para teatro-cine y el burdel está en disposición de recibir mujeres. Todos los bloques, geométrica y agradablemente puestos sobre la colina, están comunicados entre ellos por calles de hormigón; unas escaleras de cemento y en rampa conducen a los bloques más elevados; delante de cada uno de ellos hay pérgolas, con plantas trepadoras, pequeños jardincillos con césped de flores, por aquí, por allá, [103] pequeñas glorietas con surtidores o estatuillas. La plaza, que cubre algo así como medio kilómetro cuadrado, está totalmente pavimentada, tan limpia que en ella no se podría perder un alfiler.

Una piscina central con trampolín, campo de deportes, frescas sombras, un verdadero campo para colonia de vacaciones, y cualquier transeúnte al que le fuese concedido el visitarlo en ausencia de los presos saldría convencido de que en él se lleva una vida agradable, llena de poesía silvestre y especialmente envidiable, en todo caso fuera de toda medida común con los azares de la guerra que son el destino de los hombres libres. La S.S. ha autorizado la creación de un comando de música. Todas las mañanas y tardes, una banda de unos treinta instrumentos de viento, con tambores y platillos, somete a ritmo la cadencia de los comandos que van al trabajo o vuelven de él. Durante el día, se ejercita y ensordece el campo con los más extraordinarios acordes. El domingo por la tarde, da conciertos ante la indiferencia general, mientras los enchufados juegan al fútbol o hacen acrobacias en el trampolín.

Las apariencias han cambiado pero sigue la misma realidad. La H-Führung es lo que era: los políticos se han introducido en ella en número apreciable y los presos, en vez de ser maltratados por los delincuentes, lo son por los comunistas o los que así se titulan. Cada individuo percibe regularmente un salario: dos a cinco marcos por semana. Este salario es guardado en caja por la H-Führung que lo distribuye en general el sábado por la noche en la plaza de la Arbeitsstatistik, pero procediendo de tal manera, organizando tales alborotos que manifestar la pretensión de cobrarlo equivaldría a presentar la candidatura para el crematorio.

Pocos son ]os temerarios que se presentan. Los Kapos, jefes de bloque y Lagerschutz se dividen entre ellos lo que ya no tienen que repartir. También se distribuyen cigarrillos – oce cada diez días – mediante el pago de 80 pfennigs. No se tiene dinero para pagarlos y los jefes de bloque encargados del reparto exigen de los que lo tienen tales virtudes de higiene y comportamiento que resulta casi imposible entrar en posesión de la ración. En fin, se distribuye también cerveza: en principio para todos, pero también aquí hay que poder pagar.

Las familias de los presos están autorizarlas a enviarles cada mes 30 marcos que al igual que su salario semanal o sus cigarrillos dejan de percibir por idénticas razones. Y de modo análogo: un día, la gente de la H-Führung ha [104] decidido repartirse la ropa y los objetos diversos de los cuales fuimos despojados al llegar a Buchenwald.

Conviene añadir que para obtener este resultado miles y miles de presos han pasado por el crematorio, bien en forma natural a consecuencia de la vida que se les hacía llevar, o bien al habérseles enviado por motivos diversos, especialmente el sabotaje, haciéndoles tomar el camino previo del Strafkommando, del Bunker y del patíbulo. De marzo de 1944 a abril de 1945, no ha pasado semana sin sus tres o cuatro ahorcados por sabotaje. Finalmente se les colgaba en grupos de diez o de veinte, un lugar a la vista de los otros. La operación se hacía en la plaza, en presencia de todos. Había sido levantada una horca, los desdichados llegaban con una mordaza de madera en forma de bocado, las manos a la espalda. Se subían sobre un taburete, pasaban la cabeza por el nudo corredizo. El Lagerschutz de servicio tiraba el taburete de un puntapié. No era nada rápido: los desgraciados tardaban en morir cuatro, cinco, seis minutos. Uno o dos de la S.S. vigilaban. Una vez terminada la operación, toda la población del campo desfilaba ante los cadáveres colgados de la cuerda.

El 28 de febrero de 1945, han colgado a 30, que han subido al patíbulo de diez en diez.

Los diez primeros han pasado su cabeza por los nudos corredizos, los diez siguientes esperan su turno en posición de firmes, cerca de los taburetes, los diez últimos esperan el suyo permaneciendo a cinco pasos. El siguiente 8 de marzo han colgado a diecinueve; esta vez, la operación ha tenido lugar en el túnel y solamente han sido testigos los comondos de éste. Los 19 desventurados han sido puestos en fila trente a la sala 32. Una gran polea en la que habían sido fijadas 19 cuerdas ha caído lentamente por encima de sus cabezas. El Lagerschutz ha pasado los 19 nados corredizos, después la polea ha vuelto a subir lentamente, lentamente:

¡ay, los ojos de los desdichados que se agrandaban y sus pobres pies que trataban de conservar el contacto con el suelo! El domingo de Ramos han colgado a 57, ocho días antes de la liberación, mientras oíamos muy próximos ya los cañones aliados y el desenlace de la guerra no podía ser dudoso para la S.S. 1 Esto sucedía así: los de la S.S. descubrían por sí mismos cierto número de actos de sabotaje (en 1945, y desde mediados de 1944, [105] se había hecho imposible para cualquiera de dentro o fuera del campo el vivir sin sabotear), pero la H-Führung les señalaba implacablemente un mayor número todavía. Por otra parte, se tendrá una idea exacta de lo que podía ser esta H-Führung, cuando se sepa que con la liberación, en el momento de los transportes de evacuados, todos los alemanes que formaban parte de ella, rojos o verdes, nos encuadraban, con un brazalete blanco y el fusil cargado bajo el brazo. Todos los alemanes, digo, contemplados con ojos llenos de envidia por los otros, rusos, polacos y checos, cuyos servicios habían sido rechazados de antemano.

Sería inútil insistir sobre el coste de la empresa en vidas humanas. El 1 de junio de 1944, la población del campo estaba integrada casi exclusivamente por gente llegada en marzo o con posterioridad. Aún se podían encontrar siete detenidos cuyas matrículas estaban comprendidas entre el 13.000 y 15.000: habían llegado 800 el 28 de julio de 1943. Se encontraba todavía una docena entre los 20.000 y 21.000: habían llegado 1.500 en octubre. De los 800 tomados entre los 30.000 a 31.000 llegados en diciembre y enero, quedaban unos cincuenta, de los 1.200 tomados entre los 38.000 a 44.000 llegados en febrero y marzo, sobrevivían trescientos o cuatrocientos. Las matrículas 45.000 a 50.000 llegadas en el curso de mayo estaban todavía casi completas: pero no por mucho tiempo.

{1 Véase más adelante la página 147.}

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3.5. CAPÍTULO IV. UN PUERTO DE SALVACIÓN, ANTESALA DE LA MUERTE

Cuando, el 28 de julio de 1943, llegó el primer convoy a la entrada del túnel, en los campos de remolacha, no se habló de instalar ninguna enfermería. Sólo se habían enviado presos de Buchenwald considerados como de buena salud y no estaba previsto que pudiesen caer enfermos inmediatamente: en caso de que se produjese tal eventualidad, no obstante los de la S S. tenían orden de tomar en consideración solamente los casos graves, notificarlos por mediode un mensajero y esperar la decisión. Naturalmente, los de la S.S. nunca descubrieron enfermedades graves: todo el que haya sido soldado comprenderá este fácilmente.

Aquel año hizo un tiempo de perros. Llovía, llovía. La pulmonía y la pleuresía se presentaron: tuvieron buena condiciones entre estas debilitadas víctimas, mojadas a lo largo del día y que, por la noche, dormían aún en las húmedas cavidades de la roca. En ocho días, los infelices estaban aquejados por lo que a la S.S. le parecía una pequeña fiebre, complicada finalmente sin que ellos supiesen exactamente el porqué. El reglamento preveía que no se estaba enfermo por debajo de los 39,5 grados, caso en el cual se podía disfrutar de un “Schonung” o dispensa del trabajo: en tanto que no se alcanzase esta temperatura, se estaba astricto al trabajo, y cuando se llegaba a ella significaba la muerte.

Vino también lo que llamamos la disentería, pero que no era en realidad más que una diarrea incontenible. Un buen día, sin razón aparente, sentía uno trastornos digestivos que se transformaban rápidamente en una intolerancia total: por la alimentación [107] (invariablemente nabos rehogados y pan de mala calidad) y la intemperie (una lluvia o un resfriado durante la digestión). Ningún remedio: había que esperar a que parase – sin comer -. Esto duraba ocho, diez o quince días, según la capacidad de resistencia del enfermo, que se debilitaba, acababa por caer, sin tener fuerzas para moverse, ni siquiera para hacer sus necesidades, y después era arrebatado por una fiebre combinada. Esta enfermedad, afortunadamente más fácil de localizar que la pulmonía o la pleuresía, decidió a los de la S.S.

a tomar medidas para contenerla con los medios posibles: ordenaron la construcción de un “Bude”, en el que eran admitidos los diarreicos, a medida que había plazas disponibles, en unos cuartos adecuados pero sin temperatura acondicionada.

El Bude podía contener unas treinta personas: rápidamente hubo cincuenta, cien y más candidates, aumentando su número sin cesar a medida que llegaban nuevos convoys de Buchenwald y el campo se extendía. Generalmente, los diarreicos eran enviados allí en el último período y allí morían. Estaban aglomerados en el suelo, encajados los unos los otros, olvidándose por debajo: era una peste. Hasta tal punto que, por motivos de higiene, la S.S.

encargó a la primera H-Führung de designar un Pfleger o enfermero para disciplinar a los enfermos y ayudarles a mantenerse limpios. El puesto fue confiado a un verde – ¡naturalmente! – de profesión carpintero y condenado por asesinato: ¡ fue una buena faena!

Durante todo el día, se formaba la cola a la entrada del Bude: el Pfleger, con la porra en la mano, calmaba a los impacientes. De vez en cuando era sacado un cadáver de la hediondez y dejaba una plaza libre que era tomada al asalto. El número de diarreicos no hacía más que aumentar: habiendo advertido la S.S. que el Pfleger estaba por debajo de su tarea, éste hizo valer que era demasiado trabajo para uno solo y se le asignó un ayudante al que la S.S. exigió que participase en las tareas. El puesto recayó en un médico holandés empleado hasta entonces en el transporte de material, desde la estación al túnel. A partir de este momento el Bude se humanizó, el Pfleger pasó a ser Kapo y el holandés trabajó bajo sus órdenes haciendo prodigios de diplomacia: logró salvar a un diarreico y tuvo buen cuidado de disimular la curación para conservarle junto a él como enfermero. Con gran refuerzo de carbón vegetal, la diarrea fue contenida, la S.S. se dio por satisfecha, el [108] Bude pudo servir para otra cosa: había nacido la primera enfermería.

En efecto, el holandés consiguió que en las plazas que habían dejado disponibles los diarreicos, se admitiesen en el Bude los casos declarados de pulmonía y pleuresía, a partir de 38 grados de temperatura: ¡al precio de qué discusiones con su Kapo! Incluso afirmaba que con un poco de carbón, era posible cuidar eficazmente las diarreas, si eran tratadas a tiempo, sin necesidad de hospitalización, y que así se podía dejar sitio para las pulmonías y las pleuresías. El duelo fue homérico. Un médico de la S.S., que había sido destinado al campo y había llegado en noviembre acompañando a un convoy, tras permanecer mucho tiempo indiferente a este conflicto que le divertía, terminó por dar la razón al holandés: se emprendió la construcción de un bloque, pues el Bude rápidamente resultó demasiado exiguo.

Después llegó el turno a las nefritis. La nefritis era inherente a la vida del campo: la subalimentación, las permanencias de pie excesivamente largas, las consecuencias de las intemperies, las pulmonías, las pleuresías, la sal gema – la única que había en Alemania – de la que los cocineros hacían un uso inmoderado y que puede ser nociva por no contener yodo.

Los edemas formaban legión, todos tenían las piernas más o menos hinchadas.

— Esto pasa – se decía -, es la sal la que lo produce.

Y no se tomaba en cuenta. Cuando se trataba de un edema común, solía pasar. Cuando el edema era consecuencia de la nefritis, llevaba un día a una crisis de uremia.

El holandés consiguió que también fuesen hospitalizados los nefriticos: fue preciso construir otro bloque.

Después llegó el turno a los tuberculosos, y así sucesivamente.

Tanto y de tal manera que, el 1 de junio de 1944, la enfermería comprende los bloques 16, 17, 38, 39, 126, 127 y 128, agrupados en la cima de la colina. Se pueden alojar en ellos 1.500 enfermos a razón de uno por cama, o sea una décima parte de la población del campo.

Cada bloque está dividido en salas, en las que son reunidas las enfermedades similares.

El bloque 16 es el centro administrativo de todo el sistema. El holandés ha sido nombrado médico-jefe. Entretanto, la S.S. ha reemplazado al Lagerältester verde por uno rojo y ha habido una gran lucha en la H-Führung. El Kapo de la enfermería ha sido la primera víctima del Lagerältester: se las han arreglado para [109] sorprenderle cuando estaba a punto de robar la alimentación de sus enfermos. En represalia, se le ha enviado a Ellrich, y ha sido reemplazado por Pröll.

Pröll es un joven alemán de 27 a 28 años. En 1934, tenía la intención de ser médico.

Hijo de comunista y comunista él mismo, fue detenido cuando era todavía casi un niño. Lleva diez años en diversos campos.

Enviado primeramente a Dachau, sobrevivió a los rigores del naciente campo gracias a su juventud: la S.S., así como los detenidos, generalmente no se ensañaban sobre los niños; los primeros por una especie de regresión ante la inocencia indudable, los segundos por una ternura particular que les alimentaba la esperanza de ver convertirse a aquéllos en invertidos.

Gracias a esta doble circunstancia, Pröll logró infiltrarse en la enfermería como Pfleger, y permanecer allí algunos años, hasta ser enviado a Mauthausen con este título. La Häftlingsführung verde de Mauthausen pronto se desembarazó de él en provecho de Auschwitz que le incluyó en el primer convoy que partió para Natzweiler. Fue en Natzweiler donde tuvo su mayor permanencia: fue Kapo del Lagerkommando y adjunto del Lagerältester. Los presos, pocos en verdad, que le conocieron en este campo, eran unánimes en declarar que nunca habían visto un animal semejante. Una revolución de palacio en la HFührung de Natzweiler determinó su envío a Buchenwald, de donde fue reexpedido a Dora como hombre de confianza de los comunistas y Kapo de la enfermería.

En Dora, Pröll se porta como los otros Kapos, ni major ni peor. Inteligente, organiza la enfermería salida del apostolado del holandés, que le considera a pesar de todo como una valiosa ayuda por su competencia. Ciertamente, no obedece siempre los mandatos morales de la medicina: es brutal y, en la composición del ejército de Pfleger que precisa para asegurar la marcha de la empresa, prevalecen las referencias políticas sobre las profesionales. Es así como el herrero Heinz, que era comunista y había logrado infiltrarse en la enfermería ya bajo el reinado del Kapo verde, como Oberpfleger o enfermero mayor, gozó siempre de su total confianza, frente a la opinión de los médicos. Así es como prefiere siempre a no importa gué mozo de cuerda alemán, checo, [110] ruso o polaco, en vez del estudiante de medicina del que sabe que sus opiniones políticas no concuerdan con las de él. Tiene una gran admiración por los rusos y cierta debilidad por los checos que, según él, fueron abandonados a Hitler por los anglosajones y los franceses, a los que desprecia. Pero es un organizador de primera clase.

En menos de un mes, la enfermería está ordenada bajo los principios de los grandes hospitales: en el bloque 16, la administración, las entradas y los cuidados urgentes; en el 17 y en el 39, medicina general, nefritis y neuritis; en el 38, cirugía; en el 126 pulmonías y pleuresías; en el 127 y 128 los tuberculosos. En cada bloque hay un médico responsable, asistido por un Oberpfleger en cada sala un Pfleger para los cuidados y un Kalfaktor para diversos servicios. Para los enfermos hay literas de sólo dos pisos con jergones de viruta de madera, sábanas y mantas. Hay tres regímenes alimenticios: el “Hauskost” o alimentación semejante en todo a la del campo, para los enfermos que no estén afectados en las vías digestivas; el “Schleimkost” o sopa fina de sémola (sin pan, margarina ni salchichón) para aquellos cuyo estado requiera dicta; y el “Diatkost” que consiste en dos sopas diarias una de ellas azucarada, pan blanco, margarina y confitura pará los que tienen necesidad de un fortificante.

No se puede decir que en la enfermería se esté muy bien cuidado. La S.S.-Führung sólo concede unos pocos medicamentos y Pröll sustrae del cupo todo lo necesario para la HFührung no dejando filtrar a los enfermos más que aquello de lo que ella no tiene necesidad.

Pero se duerme limpio, se reposa y la ración alimenticia, aún en el caso de que no sea de mejor calidad que en el campo, es siempre más abundante. Pröll limita el cumplimiento de su oficio de Kapo a una visita diaria, que acompaña con algunos gritos y golpes distribuidos generosamente entre el personal y los enfermos cogidos en flagrante delito de transgresión de los reglamentos de la enfermería. La vida que se lleva en ella contrastaría con el régimen que impera en el resto del campo si el Pfleger y el Kalfaktor, tanto por celo y fidelidad a las tradiciones como por temor al Kapo, no pusiesen toda su voluntad en procurar hacerla intolerable.

[111]

Todas las noches, después de pasar lista, se organiza una barahúnda en la entrada del bloque 16. Este comprende, además del aparato administrativo de la enfermería, una “Aussere Ambulanz” y una “Innere Ambulanz”. La primera presta los cuidados inmediatos a todos los enfermos o accidentados que no cumplan las condiciones requeridas para ser hospitalizados, la última decide, tras un examen, la hospitalización o no de los otros.

Salvo la gente de la H-Führung, todos los habitantes del campo están enfermos y, en el mundo normal, todos estarían hospitalizados sin excepción y sin dudas, aunque sólo fuese por debilidad general extrema. En el campo todo sucede de otra forma, la debilidad general no cuenta. Sólo se cuida lo que excede de lo común, y aun bajo ciertas condiciones extraterapéuticas, o bien cuando no hay medio de hacerlo de otro modo.

Cada preso es, pues, un cliente más o menos asiduo de la enfermería: ha sido preciso establecer un turno que vuelve de nuevo, por término medio, cada cuatro días.

En primer lugar están los furúnculos. Todo el campo supura, la furunculosis, consecuencia de la falta de carne y de legumbres frescas en la alimentación, hace estragos en estado endémico, tal como el edema común y la nefritis. Seguidamente, están las heridas en las manos, en los pies o en ambas extremidades a la vez. Los chanclos rozan, y frecuentemente es necesario hacer trabajos inesperados con las manos, cuya piel se desgarra con facilidad. Hay, finalmente, los dedos cortados, los brazos o piernas fracturados, etc. Todo esto constituye la clientela de la “Aussere Ambulanz”, y, a partir del 1 de junio de 1944, se releva al negro Johnny, cuya competencia como médico acabó por ser de tal modo discutida en la enfermería de Buchenwald, que a pesar de las garantías políticas que había dado (1) nos fue remitido en un transporte. Naturalmente como médico, pero acompañado por una nota en la que se precisaba que era más prudente emplearle como enfermero. Pröll pensó que el lugar indicado para él era la Aussere Ambulanz y le confió la responsabilidad de ella.

{1 Posteriormente, he sabido que Johnny fue lo bastante astuto para obtener al mismo tiempo la protección de Katzenellbogen, ese preso que decía ser de origen americano, que era médico general del campo y que cometió suficientes exacciones para ser considerado tras la liberación como criminal de guerra.}

[112]

Johnny tiene bajo sus órdenes toda una compañía de Pfleger alemanes, polacos, checos o rusos, que no conocen nada del trabajo que se les ha encargado y que hacen, deshacen y vuelven a hacer las curas a lo que salga. Furúnculos o heridas, sólo tienen un remedio: la pomada. Estos señores tienen ante ellos tarros de pomada de todos los colores: para el mismo caso, ponen seriamente un día la negra, otro la amarilla o la roja, sin que se pueda adivinar la razón interior que ha determinado su elección. ¡Y tenemos una suerte extraordinaria con que todas las pomadas sean antisépticas!

En la “Innere Ambulanz”, se presenta la gente que tiene la esperanza de ser hospitalizada. Todas las noches son quinientos o seiscientos, los unos tan enfermos como los otros. A veces hay diez o quince camas disponibles: póngase usted en lugar del médico que debe escoger los diez o quince elegidos… Los otros son despedidos con o sin Schonung; se vuelven a presentar al día siguiente y todos los días hasta que tengan la suerte de ser admitidos: sin contar los que mueren antes de que haya sido dictaminado sobre su caso en la medida de sus deseos.

Yo he conocido a presos que no se presentaban nunca en las duchas porque tenían miedo de verlas vomitar gas (2) en vez de agua. Un día, durante la visita semanal al bloque, los enfermeras les encontraban piojos… Entonces se les hacía sufrir tal tratamiento, a modo de desinfección, que morían a causa de él. De la misma manera, he conocido a quienes no se presentaban nunca en la enfermería: tenían miedo de ser tomados como cobayas o de ser inyectados. Ellos se resistían, se resistían, se resistían contra y respecto a todos los consejos, hasta que una noche el comando llevaba su cadáver a la plaza.

{2 Las cámaras de gas, cuya existencia negaron algunos de la S. S., y otros justificaban por los razonamientos de Mme Simone de Beauvoir, no existieron en Dora. Tampoco hubo de ellas en Buchenwald. Yo anoto, de paso, que entre todos los que han descrito tan minuciosamente los horrores de este género de suplicio, por otra parte perfectamente legítimo en los E.E. U.U., no hay que yo sepa ningún testigo ocular. (Véanse las páginas 187 y siguientes.)}

En Dora no había bloque de cobayas ni se practicaban inyecciones. Por otra parte, en general y para todos los campos, las inyecciones no se utilizaban contra la masa de detenidos sine por uno de los dos clanes de la H-Führung contra el otro: los verdes empleaban este medio para desembarazarse elegantemente de un rojo del que sentían subir su estrella al cielo de la S.S., o viceversa.

[113]

Una feliz coincidencia de circunstancias hizo que yo lograse entrer en la enfermería el 8 de abril de 1944: desde hacía quince días arrastraba febrilmente por el campo un cuerpo que se hinchaba de modo visible.

La hinchazón había comenzado en los tobillos.

— Ich auch, blöder Hund! (3) –había manifestado mi Kapo.

{3 ¡Yo también, idiota!}

Y no me quedó más remedio que continuar yendo a cargar las vagonetas del Strassenbau 52. Una mañana, tuve que presentarme en la plaza con el pantalón en el brazo, pues no había logrado ponérmelo.

— Blöder Hund – dijo mi Kapo -, du bist verrückt! Geh’ mal zum Revier! (1)

{1 ¡Idiota, estás loco! ¡vete a la enfermería!}

Y firmó esta orden con unos vigorosos puñetazos. Era el 3 de abril.

En la enfermería me encontré entre el griterío. Tras una hora de espera, me llegó el turno para pasar ante el médico.

— Sólo tienes 37,8 grados, es imposible hospitalizarte: tres días de Schonung.

Permanece tumbado en el bloque con las piernas al aire, ya pasará. Si no pasa, vuelves.

En lo tocante al reposo, estuve empleado durante tres días por los despiadados Stubendienst en las faenas de limpieza del bloque. Al expirar el plazo, me volví a presentar en un estado sensiblemente agravado.

— Ciertamente, sería preciso hospitalizarte – me dijo el médico -, pero no hay más que tres plazas vacantes y sois por lo menos trescientos candidatos, entre los cuales hay quienes están en un estado peor que el tuyo. Todavía tres días de Schonung: luego vuelves…

Sentí entrar en mí la certidumbre del crematorio. Resignado, volví al bloque, donde me esperaba mi primer paquete gracias al cual pude obtener de los Stubendienst que me dejasen tendido en la cama en vez de emplearme en las faenas.

El 8 de abril, cuando me llegó el turnoe para volverme a presentar, un paquete de cigarrillos me clasificó entre los tres o cuatro elegidos. Lo peor en mi caso, es que no encontré anormal el hecho. Antes de alcanzar la cama que me fue concedida, tuve [114] aún que depositar en la entrada mis ropas y las botas, que naturalmente fueron robadas durante mi estancia, y pasar bajo una ducha individual que un Kalfaktor polaco mantuvo tan fría como pudo.

La ducha era la última formalidad que había que cumplir. Estaba previsto que fuese caliente, pero cuando no se trataba de un checo, polaco o alemán, el Kalfaktor juraba por todos los dioses que el aparato estaba descompuesto. El número de hospitalizados por pulmonía o pleuresía que perecieron de esto es incalculable.

He permanecido seis veces en la enfermería: del 8 al 27 de abril, del 5 de mayo al 30 de agosto, del 7 de septiembre al 2 de octubre, del 10 de octubre al 3 de noviembre, del 6 de noviembre al 23 de diciembre y del 10 de marzo de 1945 hasta la liberación. Desde la primera, perdí de vista a Fernando, que fue enviado en un transporte a Ellrich, donde murió…

Yo estaba enfermo, este es evidente, incluso gravemente enfermo pues lo estoy todavía, pero…

La vida en la enfermería está minuciosamente reglamentada. Todos los días, nos despertamos a las 5,30, una hora después de levantarse los del campo. Aseo: en cualquier grupo de enfermos al que se pertenezca, con 40 grados de fiebre como con 37 grados, es preciso levantarse, ir al lavabo, y después al volver hacer la cama. En principio, el Pfleger y el Kalfaktor están allí para ayudar a los que no pueden, pero, salvo en raros excepciones, se limitan a exigir de los enfermos, bajo la amenaza de los golpes, que se ocupen ellos mismos de estos cuidados.

Cuando está terminado este primer trabajo, el Pfleger toma las temperaturas mientras que el Kalfaktor limpia la sala con agua.

Hacia las siete, el médico del bloque pasa entre las camas, mira las hojas de temperatura, escucha las observaciones del Pfleger, las quejas de los enfermos, dice unas palabras a cada uno y ordena los cuidados particulares o los medicamentos a tomar durante el día. Si el médico no es polaco, alemán, ni checo, suele ser generalmente un hombre bueno y comprensivo. Quizá demasiado confiado en el Pfleger, que aprecia a los enfermos en función de sus opiniones políticas, nacionalidad. profesión o paquetes que reciben, [115] pero a pesar de todo aquél raramente se deja influenciar por éste en el mal sentido, aunque siempre lo sea en el bueno. Un enfermo grave arriesga a veces una pregunta:

— Krematorium?

— Ja, sicher… Drei, vier Tage (1)

{1 Sí, seguramente… En tres o cuatro días.}

Hay risas. El pasa sin preocuparse del efecto producido en el interesado por su respuesta. Llega a la última cama, abandona la sala; se acabó, no se le volverá a ver más durante el día: hasta mañana.

A las 9, distribución de medicamentos. Esto va muy de prisa. Los medicamentos son el reposo o la dieta – de vez en cuando una tableta de aspirina o de piramidón concedidas muy parcamente.

A las 11, la sopa. El Pfleger y el Kalfaktor comen opíparamente, se sirven de cada dieta y distribuyen el resto entre los enfermos: esto no es grave, queda bastante para asegurar una mediana ración reglamentaria a todos, incluso para dar un pequeño suplemento a los amigos.

Por la tarde, se duerme la siesta hasta las 16, después de lo cual siguen su curso las conversaciones hasta la toma de temperatura y el apagamiento de las luces. Sólo son interrompidas cuando, al pasar bajo nuestras ventanas, retienen especialmente nuestra atención las largas filas de cadáveres que lleva la gente del Totenkommando al crematorio.

Algunos favorecidos, entre los que estoy, reciben paquetes: están un poco más desvalijados que en el campo porque pasan por un intermediario más antes de llegar al destinatario. El tabaco que contienen no es entregado: se deposita en la entrada, pero los Pfleger son complacientes y, mediante una razonable retribución, un reparto equitativo, también se puede recibir el tabaco y ser autorizado a fumar a escondidas. Por el mismo procedimiento, repartiendo el resto, se logra del Pfleger que prepare fraudulentamente las temperaturas y se prolonga la estancia de uno en la enfermería.

En verano, se duerme la siesta al aire libre, bajo las hayas: los comandos que trabajan en el interior del campo nos miran con envidia y tememos en igual proporción la hora del restablecimiento que nos devolverá junto a ellos.

[116]

En octubre de 1944, sólo se admite muy raramente a los diarreicos en la enfermería:

todas las tardes se presentan en el bloque 16, se les sacia de carbón vegetal y se les despide.

Suele suceder que el mal pasa. También suele suceder que persista más allá de los ocho días calculados, que se complique con una fiebre cualquiera, y entonces, son hospitalizados en la medida que lo permitan las conjeturas de todo tipo.

Están reunidos en el bloque 17, sala 8, en la que el Pfleger es el ruso Iván, que dice ser “Dozent” de la Facultad de Medicina de Charkov, y el Kalfaktor, el polaco Stadjeck. La sala 8 es el infierno de la enfermería: todos los días suministra dos, tres o cuatro cadáveres al crematorio.

Para todo diarreico que entra, el médico ordena, además del carbón, un régimen de dieta vigilada: comer muy poco, de ser posible nada, y ninguna bebida. Aconseja a Iván no dar nada el primer día y repartir al día siguiente un litro de sopa en dos o tres veces, y así progresivamente, hasta que el retorno a la ración completa viene determinado por la desaparición del mal. Pero Iván considera que es Pfleger para cuidarse él y no a los enfermos:

en todo caso, seguir los consejos es un trabajo muy penoso para él, y fuera de lugar en un campo de concentración; juzga más sencillo aplicar la dieta absoluta, repartirse con Stadjeck las raciones de los enfermos, nutrirse abundantemente de ellas y comerciar con el resto. Los desdichados no comen pues nada, absolutamente nada: al tercer día, salvo pocas excepciones, se encuentran en tal estado que no pueden levantarse más y hacen sus necesidades por debajo, pues Stadjeck tiene otras casas que hacer antes de llevarles el bacín cuando lo piden. Desde entonces están condenados a muerte.

Stadjeck se pone a vigilar más especialmente la cama del desdichado al que acaba de rehusar el bacín. De pronto siente el olor y entra el furor. Empieza por administrar una fuerte paliza al delincuente, después le saca de su lecho, le empuja al lavabo contiguo, y allí, una buena ducha muy fría, pues la enfermería debe permanecer limpia y a los enfermos que no quieren lavarse es necesario que se les lave… Luego, desatándose en imprecaciones, Stadjeck se lleva la sábana y la manta de la cama y cambia el jergón: el enfermo, apenas se ha recostado de nuevo, prosigue con [117] los cólicos, vuelve a pedir el bacín que se le niega, lo hace por debajo, es pasado de nuevo bajo la ducha fría, y así consecutivamente. Veinticuatro haras después, generalmente, está muerto.

Desde la mañana hasta la noche, se oyen los gritos y las súplicas de los desgraciados que son metidos en la ducha fría por el polaco Stadjeck. Dos o tres voces, durante la operación han pasado cerca el Kapo o algún médico. Han abierto la puerta. Stadjeck ha dado por explicación:

— Er hat sein Bett ganz besch… Dieser blöde Hund ist so faul… habe kein warmes Wasser! (1)

{1 ¡El ha c… totalmente su cama! Este idiota es tan perezoso… y no tengo agua caliente!}

El Kapo o el médico han vuelto a cerrar la puerta y se han marchado sin decir nada.

Pues, ciertamente, la explicación era inatacable: es necesario lavar a los enfermos incapaces de hacerlo por sí mismos, y cuando no se tiene agua caliente…

En la enfermería se está al corriente, poco más o menos, de los acontecimientos de la guerra. Llegan los diarios alemanes, en especial el Völkische Beobachter, y todo el personal escucha regularmente la radio. Evidentemente sólo se tienen las noticias oficiales, pero se las tiene rápidamente y esto ya es algo.

También se está al corriente de lo que pasa en los otros campos: unos infelices que han estado en dos o tres campos antes de venir a parar a Dora, cuentan a lo largo de la jornada la vida que han llevado en ellos. Así es como se conocen los horrores de Sachsenhausen, Auschwitz, Mauthausen, Oranienburg, etc. Es así cómo también se sabe que existen campos muy humanos.

En agosto, el alemán Helmuth fue mi vecino de cama durante unos diez días. Venía directamente de Lichterfelde, cerca de Berlín. En este campo estaban 900 y, vigilados por la Wehrmacht, procedían a limpiar de escombros los barrios bombardeados: doce haras de trabajo, como en todas partes, pero tres comidas al día y las tres abundantes (sopa, carne, legumbres, frecuentemente vino), sin Kapos ni H-Führung, en consecuencia sin golpes. Una vida dura, pero muy soportable. Un día, se pidieron especialistas: Helmuth era ajustador, se levantó, le enviaron al túnel de Dora [118] donde se le puso en las manos el perforador de roca. Ocho días después escupía sangre.

Anteriormente, había visto llegar a mi lado a un preso que pasó un mes en Wieda y me contó que los 1.500 ocupantes de este campo no eran demasiado infelices. Naturalmente se trabajaba y se comía poco, pero se vivía en familia: el domingo por la tarde, los habitantes del pueblo iban a bailar a las afueras del campo al son de los acordeones de los internados, mantenían con ellos amistosas conversaciones e incluso les llevaban víveres. Parece ser que esto no duró mucho, que la S.S. se dio cuenta de ello y en menos de dos meses Wieda se volvió tan duro e inhumano como Dora.

Pero, por lo demás, la mayoría de la gente que llega de otros sitios no cuenta más que casas horribles, y entre ellas las más pavorosas son las de Ellrich. Nos llegan en un estado inimaginable y no hay más que verlos para estar persuadido de que no inventan nada. Cuando se habla de los campos de concentración, se citan Buchenwald, Dachau, Auschwitz, y esto es una injusticia: en 1944-45 era el turno de Ellrich el peor de todos. Allí no había alojamiento, vestido ni alimentación, tampoco enfermería, y sólo se era empleado en trabajos de explanación bajo la vigilancia de la escoria de los verdes, de los rojos y de la S.S.

Fue en la enfermería donde conocí a Jacques Gallier, llamado Jacky, payaso de circo en Medrano. Era fuerte entre los fuertes. Cuando uno se lamentaba de los rigores de la vida del campo, él respondía invariablemente:

— Yo he pasado dos años y medio en Calvi, (2) comprende.

{2 Penal francés en la isla de Córcega. (N. del T.)}

Desde entonces estoy acostumbrado. –Y continuaba–: Amigo, en Calvi la cosa era igual: el mismo trabajo, la misma alimentación insuficiente, allí sólo había de menos los golpes, pero había hierros y el mitard, (1) entonces …

{1 Término especial con el que se designa en las prisiones francesas las celdas de castigo. (N. del T.)}

Champale, el marino del mar Negro que había pasado cinco años en Clairvaux, apenas le desmentía, y en cuanto a mí, que en otro tiempo fui testigo de la vida de los “alegres” en Africa, me solía preguntar si no tenían razón. (2)

{2 En “La escoria de la tierra”, Arthur Koestler presenta un cuadro de la vida en los campos de concentración franceses que, después, ha confirmado aún más mi punto de vista. Lo mismo, por otra parte, que el libro de Julien Blanc “Alegre, haz tu trampa” (en Francia, un “alegre” es un soldado de una compañía de castigo. (N. del T.)}

[119]

El 23 de diciembre, salí de la enfermería con la firme intención de no volver a poner más los pies en ella. Se habían producido diverses incidentes.

En julio, Pröll se había inyectado a sí mismo en el brazo cianuro de potasio. Nunca se supo el porqué: corrió el romor de que estaba en vísperas de ser detenido y a punto de ser ahorcado por complot. Fue reemplazado por Heinz, el herrero comunista.

Heinz era una bestia: un día, sorprendió a punto de humedecerse los labios a un enfermo febril a quien le había sido probibida el agua, y le molió a paIos hasta que le produjo la muerte. Se le consideraba capaz de todo: en el bloque de cirugía se dedicaba a operar del apéndice –a espaldas del cirujano responsable, el checo Cespiva… Se contaba que, en los primeros tiempos de la enfermería, bajo el reinado del Kapo verde, había cuidado a un argelino que se aplastó el brazo entre dos vagones en el túnel: había deshuesado la articulación de la espalda, como un carnicero lo habría hecho con un jamón, y en vez de anestesiar previamente a su víctima la había machacado previamente a puñetazos… Un año después, aún resonaba la enfermería entera a causa de los gritos del desdichado.

Y además se contaban marchas otras cosas. En todo caso los enfermos no se sentían en seguridad junte a él. En lo que a mí me concierne, un día, a finales de septiembre, pasó cerca de mi cama con Cespiva y decidió que, para curarme, era preciso que se me amputase el riñón derecho. Inmediatamente rogué a uno de mis camaradas, atacado por otra enfermedad, que orinase en mi lugar, lo que me sirvió, al obtenerse un análisis negativo, tal como deseaba, para ser devuelto al comando. No pudiendo resistir el trabajo, tuve que volverme a presentar en la enfermería unos días después –el tiempo justo para dejar pasar el temporal–, y fui fácilmente readmitido.

Todo marchó bien hasta diciembre, fecha en la cual Heinz fue detenido a su vez por complot, como su predecesor, y reemplazado por un polaco. En la misma redada de la S.S.

figuraban: Cespiva, cierto número de Pfleger, entre ellos el abogado Boyer de Marsella, y diversas personalidades del campo. Tampoco se supo nunca el porqué, pero es verosímil que fue por haber hecho circular [120] noticias sobre la guerra que, según decían, tomaban de la radio extranjera, escuchada clandestinamente, y que los de la S.S. juzgaron subversivas.

Con el nuevo Kapo los polacos invadieron la enfermería y nuevos médicos fueron colocados al trente de los bloques: el nuestro era un polaco ignorante. A su llegada, decidió que la nefritis era una consecuencia de la mala dentición y dio la orden de arrancar todos los dientes a los nefríticos. El dentisto fue llamado urgentemente y comenzó a ejecutar sin comprender, pero extrañándose y protestando. Con el fin de salvar mis dientes, me las arreglé de nuevo para salir de la enfermería con un volante de “leichte Arbeit” o trabajo ligero.

La casualidad, con unas circunstancias excepcionalmente favorables, quiso que yo fuese destinado como Schwung (ordenanza) del S.S. Oberscharführer (3)que mandaba la compañía de perros.

{3 Sargento primero}

A mi regreso a la vida en común, encontré el campo muy cambiado.

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3.6. CAPÍTULO V. NAUFRAGIO

Lo que pasó seguidamente no tiene gran interés.

En diciembre de 1944, Dora es un gran campo. Ya no depende más de Buchenwald, sino que Ellrich, Osterode, Harzungen, Ilfeld, etc., en vías de construcción, dependen de él.

(1) Los convoys llegan allí directamente, como en otro tiempo a Buchenwald, allí son desinfectados, numerados, y repartidos en los subcampos. Ahora se está en los números de registro que pasan de 100.000. Todas las noches, los camiones traen cadáveres de los subcampos para ser quemados en el crematorio. La rueda sigue rodando…

{1 La H-Führung de estos campos estaba en manos de los verdes que la H-Führung roja de Dora habla enviado allí para desembarazarse de ellos y evitar su vuelta al poder.}

Se termina el bloque 172: el teatro-cine y una biblioteca funcionan para la gente de la H-Führung y sus protegidos; las mujeres instaladas desde hace unos meses en el burdel hacen frente a las necesidades de esa misma clientela. Los bloques son confortables: llega a ellos el agua, también la radio, las camas están alineadas, sin sábanas pero con jergón y manta. El período de opresión ha pasado, los de la S.S. son menos exigentes, su meta, la terminación del campo, ha sido alcanzada; pero están más atentos a la vida política, se excitan sobre complots imaginarios y persiguen con firmeza los actes de sabotaje, que son reales y numerosos.

Todas estes majoras materiales no traen sin embargo a la masa de detenidos el bienestar que prometen: la mentalidad de la gente [122] de la H-Führung no ha cambiado, y tales hombres de las cavernas que querrían hacernos vivir en los edificios la vida que ellos pasaron con los medios de su época, se ensañan en hacernos una vida lo más cercana posible a la que ellos conocieron en los comienzos de los campos. Así va el mundo.

En la noche del 23 al 24 de diciembre, un comando ha montado en la plaza, bajo vigilancia, un gigantesco árbol de Navidad que a la mañana siguiente, a las cinco y media, en el momento de reunirnos para la salida al trabajo, resplandece con sus luces multicolores. A partir de este día y hasta la Epifanía, hemos escuchado todas las noches, antes de rompar filas, el O Tannenbaum, interpretado por el Musikkommando… Escuchar con recogimiento era una obligación a la cual sólo podía uno sustraerse arriesgándose a los golpes.

En cuanto a este del bienestar, entran en juego dos elementos inesperados: el avance conjugado de rusos y angloamericanos ha hecho evacuar los campos del Este y del Oeste a Dora, y los bombardeos cada vez más intensivos impiden un abastecimiento normal.

A partir de enero, no han cesado de llegar convoys de evacuados en un estado indescriptible. (2) El campo, concebido para una población de unas 15.000 personas alcanza a veces las 50.000 y más.

{2 Vésae en el prólogo el relato de un transporte de evacuación vivido por el autor.}

Duermen dos y tres por lecho. No se recibe más pan, pues no llega la harina: en su lugar se reciben dos o tres patates pequeñas. La ración de margarina y salchichón es reducida a la mitad. Los depósitos se vacían en la medida en que la población aumenta, por ello se habla de distribuir sólo medio litro de sopa en vez de uno. Más vestidos para reemplazar a los que están fuera de uso: Berlín no envía más. Más botas: se saca el major partido posible de las viejas. Y todo en forma análoga.

En el terreno del trabajo, el campo se ha convertido en una verdadera empresa de sabotaje. Las primeras materias no llegan más al túnel, se trabaja a marcha lenta. Es invierno.

Resulta inútil pedir cristales para reemplazar a los rotos: no hay, pero cualquier detenido se busca uno clandestinamente en el túnel. Tampoco hay pintura para tapar los agujeros en los bloques: el jefe de bloque que tiene necesidad de ella la hace robar en un depósito Zavatsky por uno de sus protegidos. Un día falta hilo eléctrico [123] para la construcción de las V1 y V2: cada uno de los presos del túnel ha robado un metro para hacerse cordones de zapatos. Otro día, hay que instalar una vía suplementaria de ferrocarril. Por lo menos desde hace un año, están allí las traviesas necesarias, apiladas en las proximidades de la estación. La S.S.-Führung cree que siguen allí y da por fin la orden de construir la vía, ya que no se puede hacer otra cosa: entonces se descubre que las traviesas han desaparecido y una encuesta revela que al entrar el invierno los civiles las han hecho serrar una a una por los presos y se las han llevado poco a poco en su mochila para paliar las deficiencias de las raciones de calefacción que no se distribuyen más porque no llegan. Se imponen algunas sanciones, se piden traviesas y unos días después se reciben giróscopos.

En el túnel, son innumerables los actos de sabotaje. La S.S. ha tardado meses en descubrir que los rusos inutilizaban gran número de V1 y V2 orinando en el instrumental radioeléctrico. Los rusos, maestros en el pillaje son también maestros del sabotaje y además testarudos: nada les detiene, también suministran ellos el mayor contingente de ahorcados. Lo suministran por una razón suplementaria: ¡creen haber logrado poner a punto una técnica de la evasión!…

Muy pocos presos han tenido la idea de evadirse de Dora, y todos los que lo intentaron fueron encontrados nuevamente por los perros. Generalmente, se les colgaba al volver al campo, no por tentativa de evasión sine por crimen de guerra, pues era muy raro que no se pudiese poner a su cuenta un robo cualquiera cometido en alguno de los lugares por los que habían pasado…

El sabotaje parece haber ganado las esferas más elevadas: las V1 y V2, antes de ser utilizadas, deben probarse, y las “fallidas” son enviadas a Harzungen para desmontarlas y examinarlas. En Harzungen, pues, se las desmonta, y se ponen las diferentes piezas en un embalaje ad hoc que se reexpide a Dora donde se las vuelve a montar en la misma manera. Así hay una treintena de V1 y V2 que no dejan de ser montadas y desmontadas y de ir y venir de un lado para otro entre Harzungen, Dora y el lugar de ensayo.

La propia dirección de Dora está a la vez desbordada y desorientada. A la entrada del túnel, en Dora, hay una especie de almacén donde se recogen todas las piezas inutilizables:

tuercas, pernos, láminas de chapa, tornillos de todas las clases, etc. Un comando especial para trabajos ligeros está encargado de escoger [124] todas estas piezas y de colocarlas por clases: en una caja se ponen los pernos, en otra los tornillos, en la tercera los trozos de chapa. Cuando todas las cajas están llenas, el Kapo da la orden de ir a vaciarlas desordenadamente en un vagón. Cuando el vagón está lleno, es enganchado a un tren, parte hacia un destino desconocido, dos días después va a parar a la entrada de Ellrich, donde se le ha remitido para ser descargado y clasificado. El comando encargado de este trabajo transporta en carretilla hasta el almacén de Dora las piezas que clasifica y las vacía allí en desorden. También hay pues toda una porción de desechos que no dejan de ser seriamente clasificados en los dos extremos del túnel.

Así, de incidentes en incidentes, de bombardeos en escaseces de la alimentación, de complots virtuales en sabotajes y en colgamientos, esperamos la liberación.

Todo este período, lo he vivido yo como ordenanza del Oberscharführer que manda la compañía de perros: fácil trabajo consistente en dur lustre a sus butas, cepillar sus trajes, hacer la cama, tener la habitación y la oficina en un estado de meticulosa limpieza, ir a buscar sus comidas a la cantina de la S.S. Todas las mañanas, hacia las ocho, termino mi servicio. El resto lo paso charlando a derecha e izquierda, calentándome en el rincón de la lumbre, leyendo periódicos o escuchando la radio. El cocinero de la S.S., en cada comida, al mismo tiempo que me da la sopa de mi patrón me da subrepticiamente un tanto para mí. Por añadidura, los treinta de la S.S. que ocupan el bloque me emplean de vez en cuando en pequeños trabajos, me hacen lavar sus platos, alustrar sus botas, barrer las habitaciones, etc. En cambio, ellos me dan sus sobras que subo todas las noches para los camaradas. Una buena vida.

Este contacto directo con los de la S.S. me hace verlos bajo otra luz diferente a aquella bajo la cual son vistos en el campo. No hay comparación posible: en público, son brutales, tomados individualmente, unos corderos. Ellos me observan con curiosidad, me interrogan, me hablan familiarmente, piden mi opinión sobre el fin de la guerra y la toman en consideración: todos –antiguos mineros, obreros de fábricas, albañiles, etc.– son gentes que estaban en paro en 1933 y a las que el régimen ha sacado de la miseria haciéndoles que se consideren como en una situación maravillosa. Son sencillos y su nivel intelectual es excesivamente bajo: a cambio del bienestar que el régimen les ha proporcionado, ellos ejecutan [125] sus tareas inferiores y se creen en regla con su conciencia, la moral, la patria alemana y la humanidad. Muy sensibles al infortunio que me ha afectado enviándome a Dora, pasan con la cabeza alta, orgullosos, inflexibles y despiadados en medio de los otros presos cuya custodia les ha sido confiada: ni siquiera una vez les viene el pensamiento de que son gente como ellos, o incluso… como yo.

Las anomalías del régimen del campo no les entran en la cabeza y cuando, casualmente, las observan, muy sinceramente hacen responsable a la H-Führung (1) o a la propia masa de los presos. Ellos no comprenden que estemos delgados, débiles, sucios y andrajosos.

{1 La gran masa de detenidos, también ella, considera que la H-Führung es mucho más responsable que la S.S. del género de vida que se le hace llevar.}

Entretanto, el III Reich nos suministra de todo lo que tenemos necesidad: alimentación, medios para una higiene impecable, alojamiento confortable en un campo modernizado todo lo posible, distracciones sanas, música, lectura, deportes, un árbol de Navidad, etc. Y nosotros no sabemos aprovecharlo. ¡Esta es la prueba de que Hitler tiene razón y de que, salvo raros excepciones, nosotros pertenecemos a una humanidad física y moralmente inferior! ¿Son individualmente responsables del mal que se hace ante sus ojos, con su complicidad o su cooperación, a la vez inconsciente y deliberada? Seguramente no: son víctimas del ambiente – de este ambiente particular en el cual todos los pueblos, sin distinción de régimen o de nacionalidad, escapando al control de los individuos y rompiendo colectivamente con las tradiciones, zozobran periódicamente y uno tras otro en las peligrosas encrucijadas de su historia.

El 10 de marzo, un convoy de mujeres Bibelforscher (2) ha llegado a Dora, seguido por una orden de Berlín estipulando que estas mujeres – que son 24 – deben ser empleadas en trabajos ligeros.

{2 Investigadores de la Biblia”, testigos de Jehová, objetores de conciencia.}

En lo sucesivo, el puesto de ordenanza será ocupado por ellas. Yo soy relevado y enviado al campo. Para librarme de un mal comondo, juzgo más prudente aprovochar mi estado de salud para hacerme hospitalizar en la enfermería, desde cuyas ventanas – tres semanas después -, he asistido a los bombardeos de Nordhausen, el 3 y el 5 de abril de 1945, precisamente dos días antes de ser incluido en el transporte de evacuación cuyo relato constituye el prólogo.

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4. SEGUNDA PARTE. LA EXPERIENCIA DE LOS OTROS (1)

{1 Aparecido en 1950 con el título de “La mentira de Ulises”.}

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4.1. CAPÍTULO PRIMERO. LA LITERATURA SOBRE LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

En política, los campos de concentración alemanes pertenecen al pasado. En literatura están «gastados», carecen de interés. Cediendo como a una orden oculta y quemando alegremente las etapas, la opinión pública se ocupa ahora de los campos rusos.

Perfectamente consciente de esta situación de hecho, he publicado sin embargo hace poco un testimonio rigurosamente limitado a mi experiencia personal sobre el régimen de los campos de concentración hitlerianos. Por supuesto, llegaba con algún retraso y es esto sobre todo lo que se ha señalado. Hoy, reincido bajo otra forma: no faltará quien diga que me obstino inconsideradamente y contra la corriente. En consecuencia, conviene que ante todo pida perdón por ello.

En el campo, todas las conversaciones que nos permitían nuestros escasos instantes de reposo, estaban centradas sobre tres temas: la fecha probable del cese de las hostilidades y nuestra suerte individual o colectiva de sobrevivirla, las recetas de cocina para los días siguientes y lo que se podría denominar como «chismes» del campo, si la palabra tuviese alguna relación con la trágica realidad que designa. Ninguno de los tres nos ofrecía grandes posibilidades de evadirnos de la situación del momento. Los tres, por el contrario, separadamente o en conjunto, según el tiempo de que dispusiésemos para da la vuelta a nuestro universo restringido, nos volvían a él a la mener tentativa a través del «Cuando se cuente esto…», pronunciado con un tono y puntuado en las miradas por un fulgor tal que yo estaba asustado. Reconociendo [130] en cierto modo mi impotencia para elevar estas rápidas tomas de consciencia por encima del ambiente, yo me replegaba entonces en mí mismo y me transformaba en un testigo obstinadamente silencioso.

Por instinto, me sentía trasladado a los días posteriores de la otra guerra, con los antiguos combatientes, a sus relatos y a toda su literatura. Sin duda alguna esta postguerra tendría, además de este, ex prisioneros y deportados que se reintegrarían a sus hogares con recuerdos más horribles aún. Me parecía libre el camino para el anatema y el espíritu de venganza. En la medida en que me era posible abstraer mi suerte personal del gran dramae que se representaba, todos los montescos, capuletos, armagnacs y borgoñones de la Historia, tomando de nuevo sus disputas desde el comienzo, se ponían a bailar ante mis ojos una zarabanda desenfrenada, sobre un escenario ampliado a la escala de Europa. Yo no lograba hacerme a la idea de que la tradición de odio en vías de nacer pudiera ser contenida cualquiera que fuese el resultado del conflicto.

Si trataba de medir las consecuencias de ello, me bastaba con pensar que tenía un hijo, para llegar no solamente a preguntarme si no sería major que nadie regresase sino también a esperar que las supremas autoridades del III Reich tomarían conciencia bastante pronto de que no podrían obtener perdón más que ofreciendo, en un inmenso y horrible holocausto para la redención de tanto mal, lo que quedaba de la población de los campos. En esta disposición de ánimo, decidí predicar con el ejemplo si regresaba y juré no hacer nunca la mener alusión a mi aventura.

Durante un tiempo que me pareció muy largo, incluso cuando era demasiado tarde, mantuve mi palabra. Esto no resultó fácil.

Por lo pronto tuve que luchar conmigo mismo. A propósito de este, nunca olvidaré una manifestación que los deportados organizaron en Belfort en los primeras días para indicar su regreso. Toda la ciudad se había molestado en ir a escuchar y recoger su mensaje. La inmensa sala de la Casa del Pueblo estaba llena hasta reventar. Delante, la explanada era una negra mancha de gente. Se había tenido que instalar altavoces hasta en la calle. Al no permitirme mi estado de salud asistir a esta manifestación, ni como orador ni como oyente, mi pena era grande. Pero fue mayor todavía cuando al día siguiente los periódicos locales me aportaron la prueba de que con todo lo que se había dicho era absolutamente [131] imposible construir un mensaje valedero. Mis aprensiones del campo estaban justificadas. Por otra parte, la masa no fue cándida: nunca más se la pudo reunir en lo sucesivo con el mismo objeto.

También fue preciso luchar contra los otros. Dondequiera que fuese, siempre encontraba a los postres o ante la taza de té una cotorra distinguida en busca de raras emociones o un amigo benévolo que creía hacerme un favor atrayendo la atención sobre mí para llevar la conversación al tema: «¿Es verdad que…?» «¿Cree usted que…?» «¿Qué piensa usted del libro de…?» Todas estes preguntas, cuando no estaban inspiradas por una curiosidad malsana, traicionaban visiblemente la duda y la necesidad de confrontación. Ellas me consumían la paciencia. Sistemáticamente, acortaba, lo que no dejaba de provocar a veces juicios severos.

Yo me daba cuenta de ello y, si llegaba a suceder que sintiese algún remordimiento, hacía responsables de ello a mis compañeros de infortunio, salvados como yo, que no terminaban de divulgar relatos frecuentemente fantasiosos en los cuales se atribuían de buena gana la conducta de los santos, de los héroes o de los mártires. Sus escritos se amontonaban sobre mi mesa al igual que muchas solicitudes. Convencido de que se aproximaban los tiempos en que me vería obligado a salir de mi reserva y a hacer perder a mis recuerdos su carácter de santuario prohibido al público me sorprendí, más de una vez, al pensar que la frase atribuida a Riera (1) y según la cual, después de cada guerra, habría que matar despiadadamente a todos los ex combatientes, merecía mejor suerte que la de una simple salida de tono.

{1 Humorista francés contemporáneo. (N. del T.)}

Un día, me di cuenta de que la opinión pública se había forjado una falsa idea de los campos alemanes, que el problema de los campos de concentración seguía en pie pese a todo lo que se había dicho, y que los deportados, aunque no gozaban ya de ningún crédito, no habían dejado de contribuir en gran manera a cambiar hacia vías peligrosas las agujas de la política internacional. El asunto se salía del marco de los salones. De repente tuve el sentimiento de que, con obstinarme, me haría cómplice de una mala acción. Y de un tirón, sin ninguna preocupación de orden literario, en una forma lo más simple posible, escribí mi Passage de la ligne, para volver a poner las cosas en su punto e intentar [132] llevar a la gente a la vez al sentido de la objetividad, y a una noción más aceptable de la probidad intelectual.

Hoy, los mismos hombres que presentaron al público los campos de concentración alemanes, le presentan los campos rusos y le tienden las mismas trampas. De esta empresa ha nacido ya, entre David Rousset por una parte, Jean-Paul Sartre y Merleau-Ponty por la otra, una controversia en la cual todo tiene que ser falso pues descansa esencialmente sobre la comparación entre los testimonios quizás inatacables – yo digo: quizás – de los que han salido a salvo de los campos rusos y aquellos que no lo son, con toda seguridad, de los que han sobrevivido a los campos alemanes… Sin duda, no hay ninguna probabilidad de volver a colocar esta controversia en las vías que debiera haber seguido. Ya todo está hecho: los antagonistas obedecen a unos imperativos mucho más categóricos que la propia naturaleza de las cosas sobre las cuales disputan.

Sin embargo, podría pensarse que las discusiones del futuro en torno al problema de los campos de concentración, harían progresos si tomasen su punto de partida en una reconsideración general de los acontecimientos de los que fueron teatro los campos alemanes, a través de la masa de testimonios que ellos han suscitado. Al pasar esta idea a convicción, me obligaba a reunir y publicar los primeras elementos de esta reconsideración. Así se explica y se justifica esta «Ojeada sobre la literatura de los campos de concentración».

El lector comprenderá ahora que si después de haber tardado tanto en hablar, intento todavía rejuvenecer un tema que me parece prematuramente envejecido, cuando todo el mundo está callado y parece que nadie tiene nada más que decir, puedo creerme con el derecho a pedirle el beneficio de las circunstancias atenuantes y ésta será mi primera tarea.

La experiencia de los ex combatientes, tan fresca todavía aunque haya sido gratuita, ofrece sin embargo la posibilidad de un paralelo que yo creo significativo.

Ellos volvieron con un gran deseo de paz, jurando que pondrían todo en obra para que ésa fuese «la última de las últimas». Se les testimonió por ello un agradecimiento que no iba sin una [133] cierta admiración. En la alegría y en la esperanza, en el entusiasmo, toda una nación les dispensó una acogida afectuosa y confiada.

Sin embargo, en vísperas de esta guerra fueron muy discutidos. Sus testimonios eran comentados abundantemente en sentidos diversos, y lo menos que se podría decir es que aunque la opinión no les era indulgente, se apercibió o se preocupó de ellos. Incluso frecuentemente fue injusta. Si bien establecía una separación entre sus discursos y sus relatos, no dejaba menos por ello de pronunciar sobre ambos, juicios definitivos que se unían en su ligereza. Se reía irónicamente de los primeras, por considerar que se trataba del inevitable viejo chocho – ésta era la palabra que ella empleaba – cuyos recuerdos enfrascaban todas las conversaciones, o bien de los líderes de las asociaciones departamentales y nacionales, cuya misión parecía estar limitada a la reivindicación dominical. Respecto a los segundos, era asimismo totalmente categórica, y sólo reconoció un testimonio: Le Feu, de Barbusse.

Cuando en sus raros momentos de benevolencia llegó a hacer alguna excepción, ésta fue para Galtier-Boissière y para Dorgelès, pero por otro título: en razón a su pacifismo burlón e impenitente para uno, y a lo que ella interpretó por realismo en el otro.

¿Quién podría decir las razones exactas de este cambio?

A mi juicio, todas ellas pueden ser inscritas en el marco de esta verdad general: Los hombres están mucho más preocupados por el porvenir que les aguarda que por el pasado del que no tienen nada por esperar. Además, es imposible congelar la vida de los pueblos con un acontecimiento, por extraordinario que sea, con mayor razón por una guerra, fenómeno que tiende a valgarizarse y que se pasa muy rápidamente de moda, al menos en los caracteres que le son peculiares.

Poco antes de 1914, mi abuelo que todavía no había digerido la guerra de 1870, se la contaba a lo largo del domingo a mi padre, que bostezaba de aburrimiento. En vísperas de 1939, mi padre todavía no había acabado de contar la suya y, para no quedar en deuda, cada vez que entraba en ella yo no podía remediarlo y pensaba que Du Guesclin, surgiendo entre nosotros arrogante por las hazañas obtenidas con su ballesta, no hubiese estado más ridículo.

De esta manera se oponen las generaciones en sus pensarnientos. También se oponen en sus intereses. Esto me lleva a decir, [134] para mayor detalle, que las generaciones que crecieron entre las dos guerras tuvieron la impresión de que no les era posible intentar el menor esfuerzo de arranque hacia la realización de su destino sin estar en oposición al antiguo combatiente, a sus derechos preferentes. Se le habían reconocido «derechos sobre nosotros». El los aprovechó para reclamar otros continuamente. Pues bien, son derechos que incluso el hecho de haber sufrido una larga guerra y haberla ganado no confiere, especialmente el de ser declarado apto para construir una paz, o el más modesto del mérito preferente, bien se trate de un estanco, de un empleo de guarda o de unas oposiciones.

El divorcio tuvo lugar, sin esperanza de un cambio, en los años 30, con la crisis económica. Se agravó hacia 1935, por el olvido de los unos de sus promesas de enmienda, así como por la extrema facilidad con la que aceptaron la enventualidad de una nueva guerra, y por la voluntad de paz de los otros. Sigue siendo una ley de la evolución histórica, que las jóvenes generaciones son pacifistas, pues es por medio de ellas como a lo largo de los siglos la humanidad se consolida progresivamente en la búsqueda de la paz universal. La guerra es siempre, en cierta medida, la redención de la gerontocracia.

Aun exponiéndolo con la reserva necesaria, parece sin embargo que los antiguos combatientes cometieron un error óptico aumentado por una falta de psicología. En todo caso, tras veinte años de agitación tenaz e ininterrumpida, los problemas de la guerra y de la paz quedaron intactos al no haber sido apenas tratados. No obstante, es de justicia reconocérselo:

contaron su guerra tal como fue. Al leerles o al escucharles, no hay una palabra que no se sienta profundamente verdadera, o por lo menos verosímil. No se podría decir lo mismo de los deportados.

Los deportados, regresaron con el odio o el resentimiento en la lengua o en la pluma.

Cometieron, ciertamente, el mismo error óptico, la misma falta de psicología que los ex combatientes. Además, no estaban curados de la guerra y pedían venganza. Sufriendo un complejo de inferioridad – para hablar a 40 millones de habitantes, apenas se encontraban 30.000 y ¡ en qué estado! – para inspirar con mayor seguridad la piedad y el reconocimiento, se pusieron a cultivar con afán el horror, ante un público que había conocido Oradour y que quería cada vez más lo sensacional.

Excitándose los unos a los otros, fueron cogidos como por un [135] engranaje y, algunos sin saberlo pero la mayoría a sabiendas, pintaron progresivamente el cuadro con más negros colores todavía. Así le había sucedido a Ulises, que trabajaba en lo fantástico y añadía diariamente durante su viaje una nueva aventura a su odisea, tanto para satisfacer el gusto del público de la época como para justificar ante los suyos su larga ausencia. Pero si Ulises logró crear su propia leyenda y fijar sobre ella la atención de veinticinco siglos de historia, no es exagerado decir que los deportados fracasaron.

Todo fue bien en los primeras tiempos de la Liberación. No se podían discutir sus testimonios sin correr el riesgo de resultar sospechoso y, si se hubiera podido, no se hubiera tenido el gusto. Pero, lentamente, y como en el silencio de una conspiración, la verdad tomó su desquite. Con el tiempo a favor y el retorno a la libertad de expresión en condiciones de vida cada vez más normales, se manifestó a la luz del día. Con la certidumbre de traducir el malestar general y de no equivocarse, se pudo escribir:

“Quien viene de lejos puede mentir bien… Yo he leído numerosos relatos de deportados:

siempre he sentido la reticencia o el artificio. Incluso David Rousset, nos engaña a ratos: explica demasiado.”

Abate Marius Perrin, Profesor en la Facultad Católica de Lyon. (Le Pays Roannais, 27 de octubre de 1949.)

o también:

“la última etapa es una película para imbéciles o fallida.”

Robert Pernot, (Paroles françaises, 27 de noviembre de 1949.)

cosas que nadie se hubiera atrevido nunca a pensar, ni siquiera de Le Feu, de Les Croix de Bois, de La Grande illusion, de Nada nuevo en el Oeste, o de Cuatro de la Infantería.

Los ex combatientes tardaron quince años en perder su crédito ante la opinión pública:

bastaron menos de cuatro para que los [136] deportados, mejor armados sin embargo, tuviesen que quemar sus naves. Salvo esta diferencia, su sino político fue común. Tal es la importancia de la verdad en la Historia.

Yo desearía contar aún una pequeña anécdota personal que es típica en lo que se refiere al valor relativo que hay que conceder a los testimonios en general.

La escena tiene lugar ante un tribunal, en el otoño de 1945. Una mujer está en el banco de los acusados. La Resistencia, que sospecha de ella por colaboracionismo, no ha logrado matarla antes de la llegada de los norteamericanos, pero una noche del invierno 1944-45, su marido ha caído bajo una ráfaga de metralleta en la esquina de una sombría calle. Yo no he sabido nunca qué es lo que había hecho la pareja, sobre la cual había oído antes de mi detención las más inverosímiles habladurías. Al regresar, para asegurarme de la verdad, me he dirigido a la audiencia.

En los asuntos no hay gran cosa. Por ello los testigos son más numerosos y más despiadados. El principal de ellos es un deportado, antiguo jefe de grupo de la Resistencia local, como él dice. Los jueces están visiblemente molestos por las acusaciones que vienen desde la barandilla y cuya consistencia les parece muy discutible.

El abogado defensor busca un error en las deposiciones.

Llega el principal testigo. Declara que unos miembros de su grupo han sido denunciados a los alemanes y que este sólo pudieron hacerlo la acusada y su marido, que vivían en íntima amistad con ellos y conocían sus actividades. Añade que él mismo ha visto a la acusada en amable y quizá galante conversación con un aficial de la Kommandantur que vivía en un patio, tras la tienda de sus padres, mientras cambiaban unos papales, etc.

El abogado. — ¿Iba usted, pues, frecuentemente a esta tienda?

El testigo. — Sí, precisamente para vigilar ese comercio.

El abogado.– ¿Puede usted hacerme una descripción de ella?

(El testigo se presta al juego de muy buena gana. Sitúa el mostrador, las estanterías, la ventana del fondo, dice las dimensiones aproximadas, etc., todo lo cual no provoca ningún incidente.)

El abogado. — Usted ha visto, por la ventana del fondo que da al patio, darse mutuamente papales la acusada y el oficial.

[137]

El testigo. — Exactamente.

El abogado. — ¿Puede usted precisar entonces dónde se encontraban ellos en el patio y dónde se encontraba usted en la tienda?

El testigo. — Los dos cómplices estaban al pie de una escalera que conduce a la habitación del oficial, la acusada reclinada en la barandilla, su interlocutor muy próximo a ella, lo que daba que pensar…

El abogado. — Esto me basta. (Dirigiéndose al tribunal y entregando un papel):

Señores, no hay ningún sitio desde el cual pueda verse la escalera en cuestión: he aquí un plano de la casa trazado por un perito geómetra.

(Sensación. El Presidente examina el documento, lo pasa a sus asesores, reconoce lo evidente, y después, al testigo):

El Presidente. — ¿Mantiene usted su declaración?

El testigo. — Es decir que… No soy yo quien lo ha visto… Fue uno de mis agentes quien me suministró un informe a petición mía… Yo…

El Presidente (secamente).– Puede retirarse.

La continuación del proceso carece de importancia pues el testigo no fue detenido en plana audiencia por ultraje al magistrado o falso testimonio, y puesto que la acusada, habiendo reconocido que siguió los cursos franco-alemán, lo cual le había creado, decía ella, cierto número de relaciones amistosas con algunos de la Kommandantur, fue condenada finalmente a una pena de prisión por un conjunto de circunstancias que no le afectaban más que implícitamente.

Pero, si se hubiera acorralado al testigo, probablemente se hubiese descubierto que el agente al cual pretendía haber solicitado un informe era inexistante y que su declaración sólo era un conjunto de estos “se dice” que envenenan la atmósfera de las pequeñas poblaciones donde todos se conocen.

Lejos de mí la idea de asemejar a éste todos los testimonios que han aparecido sobre los campos de concentración alemanes. Mi propósito aspira solamente a establecer que hubo algunos que no tienen nada que envidiarle, incluso entre aquellos que tuvieron la mejor fortuna en la opinión pública. Y que aparte de la buena o mala fe, hay tantos imponderables que influyen en el narrador, que siempre es preciso desconfiar de la historia contada, especialmente cuando está aún a lo vivo. Les Jours de notre mort, que consagraron el prestigioso de David Rousset, son, desde [138] el principio hasta el final, y en la mayoría de los hechos a los que el autor se refiere, si no un conjunto de “se dice” que corrían en todos los campos y que nunca se podía comprobar sobre el terreno, sí al menos, una serie de testimonios de segunda mano yuxtapuestos – armoniosamente, hay que reconocerlo – con el designio de servir una interpretación particular.

En esta obra, donde se trata de la verdad y no del virtuosismo, no se encontrará ningún extracto de ellos.

Los textos que cito, están transcritos literalmente. En su mayoría, van precedidos o seguidos por un comentario personal.

Para hacer más cómoda la confrontación, he clasificado a sus autores en tres categorías:

los que no estaban preparados para ser testigos fieles y a los cuales – por lo demás, sin ninguna intención peyorativa – yo llamaría los testigos menores; los psicólogos víctimas de una predisposición demasiado pronunciada por el argumento subjetivo; y los sociólogos o los estimados como tales.

En guardia hasta conmigo mismo, para no ser acusado de hablar sobre cosas que se situarían un poco en exceso fuera de mi propia experiencia, de caer en el defecto que yo reprocho a los otros y de arriesgar, por mi parte, alguna retorsión de las reglas de la probidad intelectual, he renunciado deliberadamente a presentar un cuadro de la literatura sobre los campos de concentración. No se trata más que de una “ojeada”, insisto aún, y sólo descansa sobre hechos o argumentos que he podido apreciar por mí mismo.

El número de los autores recogidos está pues forzosamente limitado en cada categoría y en el conjunto: tres testigos menores (1) (el abate Robert Ploton, el hermano Birin, de las escuelas cristianas de Epernay, el abate Jean-Paul Renard), un psicólogo (David Rousset), un sociólogo (Eugen Kogon). Fuera de categoría: Martin-Chauffier.

{1 Ruego que no se vea indirectamente ninguna intención de anticlericalismo en el hecho de que los tres sean sacerdotes.}

Una afortunada casualidad ha querido que fuesen ellos los más representativos, la claridad de la exposición gana con ello y las vías de la reconsideración del problema de los campos de concentración pueden ser señaladas mejor.

El lector tratará naturalmente de situar estas posturas en el [139] gran drama de la deportación, enfrente de sus trágicas consecuencias de conjunto, sobre el plano humano, y quizás obtenga como conclusión que me he detenido excesivamente en los detalles. Si yo recalco que los transportes de Francia a Alemania se hacían a razón de cien en vagones destinados a recibir cuarenta personas como máximo, y no a razón de ciento veinticinco como algunos han pretendido, se observará que esto no mejora sensiblemente las condiciones del viaje. Si yo preciso que un campo llevaba el nombre de Bergen-Belsen y no el de Belsen-Bergen, no cambio nada, de seguro, en la suerte de los que allí se internaba. Que la palabra “Kapo” esté formada por medio de las iniciales de las que componen la expresión alemana “Konzentrationslager Arbeits Polizei”, o derive de la expresión italiana “Il Capo”, no tiene en sí ninguna importancia. Y los malos tratamientos, el hambre, la tortura, etc., que hayon tenido lugar en un campo u otro, quedarán siempre como malos tratamientos, los haya visto o no el que los refiera, hayon sido cometidos directamente por la S.S. o por una persona interpuesta de los presos escogidos cuidadosamente.

Observaré por mi parte que un conjunto está compuesto por detalles y que un error de detalle de buena o mala fe, además de ser susceptible de falsear la interpretación en el espectador, le lleva lógicamente a dudar de todo si lo descubre. A dudar solamente cuando no hay más que un error: si hay muchos…

Se me comprenderá meajor si me remito a un suceso que entretuvo a la actualidad hace algunos años. Poco antes de la segunda guerra mundial, un estudiante extranjero, aprovechando un momento de descuido de los guardianes, robó en el Louvre un cuadro de Watteau conocido por el nombre de El indiferente. Algunos días después, lo devolvió o se le encontró en su casa, pero le había hecho sufrir una pequeña modificación: molesto por la mano que se elevaba en un ademán que todos los especialistas consideraban incompleto, sea a causa del propio maestro o bien por la depredación, la había apoyado sobre un bastón. Este bastón no cambiaba en nada el personaje. Por el contrario, armonizaba maravillosamente con su apostura. Pero él determinaba el sentido de su indiferencia y modificaba sensiblemente la interpretación que se podía dar en sus causas o en su finalidad. Por ejemplo, se podía sostener que esta interpretación hubiese sido diferente si en vez del bastón se hubiese puesto en su mano un par de guantes o se hubiese dejado caer negligentemente un ramo de flores.

[140]

A pesar de que no se pueda jurar que en el origen, si el bastón no existió efectivamente en el cuadro, él no había estado en las intenciones de Watteau más que el par de guantes o el ramo de flores, se le borró y se puso de nuevo el cuadro en su sitio. Si se le hubiera dejado subsistir, nadie habría notado una disonancia, ni en el propio cuadro, ni en el general de las galerías de pintura del Louvre. Pero si, en vez de limitarse a la corrección de El indiferente, nuestro estudiante se hubiese atrevido a resolver todos los enigmas de todos los cuadros, si hubiera colocado un antifaz de terciopelo sobre la sonrisa de la Gioconda, sonajeros en las manos de todos los Niños Jesús que reposan, admirados, en las rodillas y en los brazos de vírgenes inmóviles, gafas a Erasmo, etc., si se hubiera dejado subsistir todo esto, ¡imagínese el aspecto que habría tomado el Louvre!

Los errores que se pueden censurar en los testimonios de los deportados son del mismo orden que el bastón de El indiferente, o una máscara fortuita sobre el rostro de la Gioconda:

sin modificar sensiblemente el cuadro de los campos, han falseado el sentido de la historia.

Pasando de un hecho al otro y asociándolos, el deportado de buena fe tiene la misma impresión que si recorriese las galerías de un Louvre de atrocidades totalmente revisado y corregido.

Así será también para el lector si, antes de pronunciar su juicio sobre cada uno de los textes citados, haciendo abstracción de otras consideraciones, se pregunta si su autor podría mantenerlo íntegramente ante un tribunal regularmente constituido y que además fuese minucioso.

Mâcon, 15 de mayo de 1950.

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4.2. CAPÍTULO II. LOS TESTIGOS MENORES

Estos testigos sólo cuentan lo que han visto o pretenden haber visto, sin comentar mucho; la crítica sólo lleva aquí a detalles frecuentemente insignificantes. El lector me disculpará por ello: los grandes enigmas del problema de los campos de concentración solamente pueden ser abordados con los testigos mayores, pero no se pueden olvidar los otros.

I.–Hermano Birin (Verdadero nombre: Alfred Untereiner)

Publicó un relato cronológico de su paso por Buchenwald y Dora.

Título: 16 meses de presidio.

Publicado por la editora Matot-Braine, en Reims, el 20 de junio de 1946.

Prefacio de Emile Bollaert.

En el prólogo las circunstancias que motivaron su arresto y su deportación.

En el apéndice, un poema en versos libres del abate Jean-Paul Renard: He visto, he visto y he vivido…

Y en el epílogo, dos notificaciones; una comunicando la [142] concesión de la Cruz de guerra, otra el ingreso en la orden de la Legión de honor, así como un extracto del discurso pronunciado por Emile Bollaert, entonces comisario de la república de Estrasburgo, con motivo de esto último.

Fue detenido en diciembre de 1943, deportado a Buchenwald el 27 de enero de 1944 y a Dora el 13 de marzo siguiente. Formamos parte de los mismos convoys de deportación y de transporte desde un campo al otro. Por otra parte, nuestros números de registro se seguían muy de cerca: 45.652 para él, 44.362 el mío.

Hemos sido liberados juntos. Pero en el interior del campo nuestros destinos fueron divergentes: gracias al perfecto conocimiento de la lengua alemana que él tenía por su origen alsaciano logró hacerse asignar como secretario de la Arbeitsstatistik, puesto privilegiado por excelencia, mientras que yo seguía la suerte común que sólo interrumpió la enfermedad.

Como secretario en la Arbeitsstatistik prestó innumerables servicios a un número considerable de presos, y especialmente a los franceses. Su abnegación carecía de límites.

Implicado en un complot que yo siempre he creído aparente, fue encarcelado en la prisión del camnpo durante los cuatro o cinco últimos meses de su deportación.

Actualmente enseña – salvo error – en las escuelas cristianas de Epernay.

16 meses de presidio pretende ser un fiel relato. «Yo, sin embargo, sólo quiero relatar lo que he visto», escribe el autor (página 38.) Quizá, por otra parte, lo cree muy sinceramente.

Se le va a juzgar.

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4.2.1. LA SALIDA HACIA ALEMANIA.

(Desde la estación de Compiègne).

«Se nos hizo entrar en un vagón “8 caballos, 40 hombres”… pero en número de 125.» (Página 28.)

En realidad, a la salida del campo de Royallieu, se nos colocó en columnas de a cinco y por secciones de cien, siendo destinada cada sección a un vagón. Quince o veinte enfermos habían sido llevados a la estación en coche y se beneficiaron de un vagón completo para ellos solos. La última sección de la larga columna que desfiló aquella ma–ana por las calles de Compiègne, entre soldados [143] alemanes armados hasta los dientes, era incompleta. Comprendía unas cuarenta personas que fueron repartidas por todos los vagones al final del embarco. Nosotros recibimos a tres en nuestro vagón, lo cual subió nuestro número a ciento tres. Yo dudo de que haya habido razones especiales para que el vagón en el cual se encontraba el hermano Birin recibiese veinticinco.) De todas maneras, aunque hubiese sido así, hubiera sido necesario presentar honestamente el hecho coma una excepción.

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4.2.2. LA LLEGADA A BUCHENWALD.

«Todo recién llegado debe pasar a la desinfección. Primeramnente al “esquileo” general, donde barberos improvisados, riendo con ironía, se divierten en nuestra confusión y de las cortaduras que por prisa o torpeza ocasionan a sus pacientes Tal como un rebaño de ovejas privadas de su vellón, los detenidos son arrojados desordenadamente a un gran estanque de agua cresolada a fuerte dosis.

Manchado de sangre, ensuciado por inmundicias, este baño sirve para todo el destacamento. Fustigadas con porras, se obliga a las cabezas a meterse debajo del agua. Al final de cada sesión, los ahogados son extraídos de este abyecto depósito.» (Página 35.)

El lector desprevenido pensará con toda seguridad que estos barberas improvisados que ríen con ironía y acribillan a sus pacientes son de la S.S. y que las porras que fustigan las cabezas son manejadas por los mismos. De ningún modo, son presos. Y al estar ausentes los de la S.S. de esta ceremonia que sólo vigilan de lejos, nadie les obliga a comportarse coma lo hacen. Pero la precisión es omitida y la responsabilidad recae en su totalidad sobre la S.S.

Esta confusión, que ya no censuraré más, es mantenida a lo largo del libro por el mismo procedimiento.

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4.2.3. EL RÉGIMEN DEL CAMPO.

«Levantarse a las tres de la mañana, alimentación claramente insuficiente para doce haras de trabajo: un litro de sopa, de doscientos a doscientos cincuenta gramos de pan y veinte gramos de margarina.» (Página 40.)

[144]

¿Por gué diablos haber olvidado u omitido mencionar el medio litro de café por la mañana y por la noche y la rodaja de salchichón o la cucharada de queso o de confitura que acompañaban regularmente a los veinte gramos de margarina? El carácter de insuficiencia de la nutrición cotidiana no hubiese sido menos marcado y la veracidad de la información hubiera sufrido menos.

«Después de marzo, mil doscientos franceses, entre los que me encontraba, fuimos designados para un destino desconocido. Antes de partir recibimos los trajes de presidiarios, con rayas azules y blancas: chaqueta y pantalón solamente, que no podían protegernos del frío.» (Página 41.)

Yo era de este convoy. Todos teníamos, además, un capote. Si esta indumentaria no podía resguardarnos del frío no se debía al número de piezas que la formaban, sine a que estas piezas eran de fibrana.

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4.2.4. EN DORA.

«El campo de Dora comenzó a instalarse en noviembre de 1943…» (Página 46.)

El primer convoy llegó allí, con toda exactitud, el 28 de agosto de 1943.

«Allí, como en Buchenwald, al descender de los vagones nos esperaban los de la S.S. Un camino atravesado por baches llenos de agua conduce al campo. Fue recorrido a paso de carrera. Los nazis, calzados con botas altas, nos perseguían y lanzaban sus perros sobre nosotros… Esta corrida de toros de un nuevo género iba acompañada por numerosos disparos de fusil y alaridos inhumanos…» (Páginas 43 y 44.)

Yo no recuerdo que se lanzase a los perros sobre nosotros, ni [145] que se disparasen tiros. Por el contrario, recuerdo muy bien que los Kapos y los Lagerschutz que vinieron a hacerse cargo de nosotros eran mucho más brutales que los soldados de la S.S. que nos habían escoltado.

Antes de pasar a dos errores muy graves, quisiera todavía citar otros dos que lo son menos, pero que acusan la ligereza del testimonio, sobre todo cuando se sabe que por sus funciones en el campo su autor estaba en posesión de la situación de los efectivos, lo cual le quita toda excusa:

«Sólo mencionaré a este buen anciano doctor Mathon, conocido con el apodo de papá Girard…» (Página 81.)

«Durante diez meses, he llevado siempre sobre mí la Sagrada Forma.

Algunos sacerdotes exponiéndose constantemente a la muerte, me abastecieron de nuevo sin cesar. Debo nombrar aquí al abate Bourgeois, al R. P. Renard, trapense, y al querido abate Amyot d’Inville…» (Página 87.)

Por una parte, había en Dora un doctor Mathon y un doctor Girard. El segundo era muy anciano y es al que hemos llamado el buen papá Girard. Por otra, el abate Bourgeois murió en el segundo mes después de su llegada a Dora, entre el 10 y el 30 de abril de 1944, antes de la salida de un transporte de enfermos para el cual había sido designado. Por tanto, él no ha podido abastecer al hermano Birin durante diez meses. Se podría añadir aún que si bien los sacerdotes eran maltratados por las mismas razones que los demás deportados y además por su condición religiosa, sin embargo no se exponían a la muerte conservando junto a ellos la Sagrada Forma.

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4.2.5. UNOS ERRORES GRAVES.

«Las mujeres de la S.S. designaban también a sus víctimas y con mayor cinismo todavía que sus maridos. Lo que ellas deseaban eran bellas pieles humanas, tatuadas artísticamente. Para complacerlas, se ordenaba una reunión en la plaza, siendo obligatorio el [146]

vestido a lo Adán. Después, pasaban estes damas entre las filas y, como en la exposición de una modista, hacían su elección.» (Páginas 73 y 74.)

No es exacto que hayan sucedido tales cosas en Dora. En Buchenwald hubo el asunto de una lámpara de piel humana tatuada. Figura en los documentos de Ilse Koch llamada «la perra de Buchenwald». E incluso en Buchenwald, el hermano Birin no puede haber asistido a la elección de las víctimas coma pretende en su ya citada declaración de la página 38, por ser anteriores a nuestra llegada los hechos incriminados, si es cierto que se produjeron realmente.

Además, él da a esta selección de las víctimas un carácter de costumbre y de generalización, y hace de ella una descripción notablemente precisa. ¿Cómo no se va a pensar que la acusación que pesa sobre Ilse Koch respecto a este, resulta muy frágil si el que ha situado el hecho en Buchenwald basándose sobre el cuerpo del delito (las lámparas en cuestión) lo ha hecho por el mismo procedimiento? (1)

{1 Tan frágil, que incluso la audiencia de lo criminal de Augsburg, que tuvo que conocer la acusación, no la retuvo contra la acusada… !por falta de pruebas! (Nota de la 2a edición francesa).}

Para terminar con este asunto, quisiera precisar que en febrero y marzo de 1944, el rumor de los internados en Buchenwald acusaba a los dos Kapos del Steinbruch y del Gärtnerei (2) de este crimen, perpetrado antaño por ellos con la complicidad de casi todos su colegas.

{2 Cantera y jardinería.}

Los dos compinches, se decía, habían industrializado la muerte de los presos tatuados, y por conducto del Kapo y del S.S. de servicio en el crematorio vendían las pieles a Ilse Koch y a otros a cambio de pequeños favores.

Pero ¿se paseaban por el campo la mujer del comandante y las otras mu jeres de los oficiales en busca de bellos tatuajes a cuyos propietarios designaban ellas mismas para la muerte? ¿Se organizaban formaciones con vestido a lo Adán para facilitarles esta búsqueda?

Yo no puedo confirmarlo ni anularlo. Todo lo que puedo decir es que, contrariamente a lo que afirma el hermano Birin, esto no se ha producido nunca en Dora ni en Buchenwald du rante nuestro internamiento común.

[147]

«Cuando el sabotaje parecía cierto, se colgaba de una manera más cruel. Los reos eran levantados de la tierra por la tracción de un torno eléctrico que les despegaba lentamente del suelo. No habiendo sufrido la sacudida fatal que acogota al reo y frecuentemente le parte la nuca, los desdichados pasaban por todos los horrores de la agonía.

»Otras veces se plantaba un gancho de carnirero bajo la mandíbula del condenado que era suspendido por este bárbaro medio.» (Página 76.)

Es exacto que al final de la guerra, a fines de 1944 y comienzos de 1945, los sabotajes se hicieron tan numerosos que se ahorcaba en grupos. Se tomó la costumbre de ahorcar no solamente en la plaza sino en el mismo túnel, con la ayuda de un polipasto movido por un torno, y con maderos de ejecoción semejantes a los de un campo de fútbol. El 8 de marzo de 1945, fueron colgados de esta manera dieciocho reos, y el domingo de Ramos cincuenta y siete – ¡el domingo de Ramos, ocho días antes de la liberación cuando ya oíamos muy cerca los cañones aliados y el resultado de la guerra no podía ser dudoso para la S.S.!

Pero la historia del gancho de carnicero, contada con referencia a Buchenwald, donde se encontró el instrumento en el horno crematorio, tiene todas las probabilidades de ser falsa en lo concerniente a Dora. En todo caso, yo nunca oí hablar de elloe en los propios lugares y no cuadra además con las costambres habituales del campo.

«Por instigación del famoso Oberscharführer Sanders, S.S. con el que tuve que habérmelas, fueron empleados otros medios de ejecución para los saboteadores.

»Los desgraciados eran condenados a cavar estrechas zanjas, y se obligaba a sus camaradas a enterrarles en ellas hasta el cuello. Quedaban abandonados en esta situación durante cierto tiempo. Luego, un S.S. armado con un hacha de mango largo cortaba las cabezas.

»Pero el sadismo de ciertos S.S. les hizo encontrar un género de muerte más cruel. Ordenaron a los otros [148]

presos que pasasen con carretillas de arena sobre estas pobres cabezas. Todavía estoy obsesionado por estes miradas que, etc…» (Página 77.)

Esto tampoco sucedió nunca en Dora. Pero la historia me fue contada en el campo, poco más o menos en los mismos términos, por presos llegados de otros campos y que pretendían haber asistido a la escena: Mauthausen, Birkenau, Flössenburg, Neuengamme, etc.

De regreso en Francia, la he encontrado en diversos autores: no había ningún interés en hacerla figurar en un testimonio escrito a cuenta de un campo donde no se ha producido. Tomando a un autor en flagrante delito de error, la opinión pública francesa duda respecto a todos los campos y la opinión pública alemana saca argumento de la mentira.

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4.2.6. EL DESTINO DE LOS DEPORTADOS.

«Como Geheimnisträger (portadores del secreto de las V1 y V2) nosotros sabíamos que estábamos condenados a muerte y destinados para ser matados al acercarse los aliados.» (Página 97.)

Aquí no se trata de un hecho sino de un argumento. Ha sido utilizado por todos los autores de declaraciones, hasta incluso por León Blum en El último mes. Este ha encontrado una apariencia de justificación en el caso de los deportados a los que poco tiempo antes de la liberación se les metió en unos barcos y perecieron ahogados en el Báltico al ser hundidos los barcos desde tierra, (1) así como en una declaración del doctor de la S.S. de Dora que atestiguó la existencia de órdenes secretas en este sentido y por eso salvó la vida.

{1 Véase el prefacio del autor para la 4a edición francesa, página 296, tesis de M. Sabille y la nota 178. Sobre los presos ahogados en el Báltico, la tesis actualmente admitida por el mundo entero es la de que el “Arcona” navío que transportaba deportados a Suecia, fue hundido por las fuerzas aeronavales que atacaron al convoy sin conocer su naturaleza. La réplica de las baterás costeras alemanas a la defensa antiaérea debió ser el origen de la confusión al creer los horrorizados testigos que los cañones tiraban sobre el “Arcona” cuando en realidad disparaban sobre los aviones aliados.}

El problema planteado es el de saber si los presos ahogados en el Báltico constituyen un hecho aislado debido a las iniciativas [149] demasiado celosas de los subalternos a última hora, o bien forrnaban parte de un plan de exterminio general elaborado en los servicios del Reichsführer de la S.S., Himmler, jefe del departamento de policía. Que yo sapa, no parece que existan textos en favor de la segunda hipótesis y el historiador puede sospechar que el médico de la S.S. de Dora sólo hizo esta declaración para salvar la vida.

En todo caso, los Geheimnisträger de Dora no fueron exterminados. El convoy en el que se encontraba León Blum tampoco. Siempre se podrá decir que si pasó esto poco más o menos en cualquier otro lugar que no fuese el Báltico, fue únicamente porque en el desorden de la derrota alemana la S.S. no tuvo el tiempo ni los medios para poner en ejecución sus siniestros proyectos.

Pero el razonamiento es gratuito. Ya que en lo que concierne a los ahogados del Báltico, la tesis alemana (nota 67 de la página anterior) parece tan plausible como la tesis francesa; de ello hace fe la acogida que le ha dispensado el mundo entero.

II.–Abate JEAN-PAUL RENARD Fue deportado con el número de registro 39.727. En Buchenwald nos precedió al hermano Birin y a mí en algunas semanas, y después en Dora donde le volvimos a encontrar.

Publicó una colección de poemas inspirados en un misticismo a veces conmovedor con el título de Cadenas y luces. Estos poemas constituyen una serie de reacciones espirituales más que una prueba de testimonio objetivo.

Sin embargo, uno de ellos enumera hechos: «Yo he visto, he visto y he vivido…» El hermano Birin lo publica coma apéndice de su propio testimonio, tal como indiqué én otro lugar.

En él se puede leer:

«Yo he visto entrar en las duchas a miles y miles de personas sobre las cuales se vertían gases asfixiantes a modo de líquido.

»Yo he visto inyectar en el corazan a los ineptos para el trabajo.”

[150]

En realidad, el abate Jean-Paul Renard no ha visto nada de esto, ya que ni en Buchenwald ni en Dora existían cámaras de gas. En cuanto a la inyección, método que tampoco se practicó en Dora, ya no se empleaba más en Buchenwald en el momento en que él estuvo allí.

Cuando a comienzos de 1947 se lo hice observar, me respondió:

«De acuerdo, pero este sólo es un giro literario… y, como estas cosas a pesar de todo han sucedido en alguna parte, ello apenas tiene importancia.» Yo encontré el razonamiento delicioso. En aquel momento no me atreví a objetar que la batalla de Fontenoy también fue una realidad histórica pero que no era una razón para decir en un “giro literario” semejante que él había asistido a ella. Ni me atreví a decirle que si veintiocho mil supervivientes de los campos nazis pretendieran haber asistido a todos los horrores recogidos por todos los testimonios, los campos tomarían ante la historia un aspecto muy diferente al que tendrían si cada uno de ellos se limitase a decir solamente lo que había visto. Ni tampoco a afirmar que había interés en que ninguno de nosotros fuese tomado en flagrante delito de mentira o de exageración.

Posteriormente, en julio de 1947, «Yo he visto, he visto y he vivido…», apareció en Cadenas y luces. Tuve la satisfacción de comprobar que si bien el autor había dejado subsistir íntegramente su testimonio sobre la inyección, sin embargo en lo concerniente a las cámaras de gas había añadido honestamente una nota marginal que trasladaba la responsabilidad sobre otro deportado.

III.–Abate ROBERT PLOTON Fue párroco de la iglesia de la Natividad, en St. Etienne. Actualmente es párroco de Firminy.

Deportado en Buchenwald con el número de registro 44.015, en enero de 1944, en el mismo convoy que yo. Fuimos a parar juntos al bloque 48, que abandonamos también juntos para ir a Dora.

Publicó en marzo de 1946 De Montluc à Dora, en la editorial Dumas de St.-Etienne.

[151]

Testimonio sin pretensiones que ocupa 90 páginas. El abate Robert Ploton cuenta simplemente los hechos, tal como los ha visto sin profundizar nada y frecuentemente sin control. Manifiestamente es obra de buena fe, y si peca es por una predisposición natural hacia lo superficial, agravada por la prisa que se ha dado en contar sus recuerdos.

En el momento de la derrota alemana fue conducido a Bergen-Belsen: él escribe Belsen-Bergen a lo largo del capítulo que relata el acontecimiento, lo cual hace que no se pueda penser en un error tipográfico.

En el bloque 48 de Buchenwald ha oído decir que «Nosotros estamos bajo las órdenes de un preso alemán, ex diputado comunista en el Reichstag.» (Página 26.)

y lo ha admitido. En realidad, este jefe de bloque, Erich, sólo era hijo de un diputado comunista.

En lo que a la alimentación se refiere, sin duda en condiciones similares, ha escrito:

«En principio el menú diario comprendía un litro de sopa, 400 gramos de un pan muy denso, 20 gramos de margarina obtenida de la hulla y un postre variable: unas veces una cucharada de confitura, otras queso blanco, o bien un ersatz de salchichón.» (Páginas 63 y 64.)

Tanta gente ha dicho que la margarina era extraída de la hulla, tantes periódicos lo han escrito sin ser desmentidos, que ya no se planteó más la cuestión sobre el origen exacto de este producto. En definitiva, Louis Martin-Chauffier ha obrado major escribiendo:

«Parece que nada les agradaba (a los de la S.S.) que no fuese artificial: y la margarina que nos distribuían parcamente les gustaba por ser un producto obtenido de la huila. En la caja de cartón se podía leer: Garantizado sin materia grasa.» De El hombre y la bestia. (Página 95.)

[152]

Cuando el abate Ploton empieza a hablar de la emblemática de los detenidos, encuentra ocho categorías sin darse cuenta de que realmente hubo unas treinta y de que es incompleto.

Cuando habla del régimen del campo, escribe:

«Uno de los medios más eficaces y más innobles de degradación moral inspirada en las consignas de Mein Kampf es el de confiar la policía del campo a algunos presos escogidos de manera casi exclusiva entre los alemanes.» (Página 28.)

pues no sabe que este procedimiento innoble es utilizado en todas las prisiones del mundo precisamente parque es eficaz, y lo era mucho antes de que Hitler escribiese Mein Kampf (1)

{1 Véase en el apéndice a este capítulo “La disciplina en la prisión central de Riom en 1939” por Pierre Bernard, que estuvo internado en ella, y “en las prisiones de la “Liberación”, un testimonio comunicado por A. Paraz.}

¿Es necesario recordar que en el Dante no vio nada de Albert Londres se determina la parte de Francia en su aplicación a sus prisiones y presidios?

Sobre la duración de las formaciones, que afectó a todos los presos, él da la siguiente explicación:

« Esperamos a que las cifras sean comprobadas, trabajo laborioso cuya duración depende del talante del Rapport-Führer de la S.S.» (Página 59.)

Pues bien, si la duración de las formaciones dependía del talante del Rapportführer de la S.S., también dependía de la gente encargada de establecer diariamente la situación de los efectivos. Entre ellos, estaban los de la S.S., que generalmente sabían contar, pero había también y sobre todo presos analfabetos o poco menos, que sólo se habían convertido en secretarios o contables de la Arbeitsstatistik por recomendación. No hay que olvidar que el empleo de cada preso en un campo de concentración estaba determinado por su maña y no por su capacidad. En Dora, coma en todas partes, se encontraban albañiles que eran contables, los contables eran albañiles o carpinteros, los carreteros médicos o cirujanos, e incluso podía suceder que un médico o un cirujano fuesen ajustadores, electricistas o terraplenadores. (2)

{2 Véase la primera parte la página 99.}

[153]

Respecto a las inyecciones, el abate Robert Ploton se coloca entre la opinión general:

«Sin embargo la enfermería tuvo que extenderse y multiplicar sus barracones por la ladera de la colina. Los tuberculosos incurables terminaban allí su pobre existencia bajo el efecto de una inyección eutanásica.» (Página 67.) lo cual es falso. ( 3)

{3 Véase la página 150.}

Salvo estas observaciones, a este testigo improvisado no le ofusca la manía de exagerar. Está solamente abrumado por una experiencia que le rebasa. Y las inexactitudes de que se ha hecho culpable son de mener tamaño en comparación a las del hermano Birin: por eso es bastante menor su trascendencia.

El afán de objetividad obligaba sin embargo a señalarlas.

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4.2.7. Apéndice al Capítulo II. LA DISCIPLINA EN LA PRISIÓN CENTRAL DE RIOM

«Tres destacados elementos deben ser recogidos en cuanto a los medios de disciplina.

»El primero es la institución de una jerarquía interior de presos que cooperan con los guardianes en el mantenimiento del orden. He oído frecuentemente a franceses indignarse por la institución de estos auxiliares benévolos de los cabos de presidio en los penales nazis: son los mismos que no pueden admitir que algunos alemanes ignoraban lo que pasaba en su suelo, y que no saben lo que pasa en Francia. Hay precedentes, no obstante, para los Kapos, los Schreiber, los Vorarbeiter, los Stubendienst, etc… Los contables de los talleres, los capataces (annque hay también civiles), toda la administración, son tomados entre los presos, y gozan evidentemente de ciertas ventajas. Hay que dejar aparte a los prebostes u oficiales, explícitamente encargados de mantener el orden. Esto va desde el preboste de dormitorio, que tiene cerca de su cama un botón para alertar a los carceleros cuando sucede algo anormal (fumar, lectura, conversaciones, etc.) y del que felizmente hace poco uso – hasta el verdugo aficial o preboste del «Quartier».

»Ahora me falta por decir lo que es el «Quartier»: la prisión especial en el interior de la cárcel, y de hecho el lugar de tortura (aseguro que la palabra no es exagerada). Este segundo elemento de la disciplina lleva, como en el «Infierno» de Dante, diversos círculos. Empieza con la sala de disciplina, donde en principio se [155] contentan con hacer andar en círculo a los condenados, con pauses muy breves, a un ritmo sostenido por una ración especial para el entrenador – mientras que la regla para los otros es la disminución de la comida -; de hecho, llueven los golpes. Yo mismo he tenido la suerte de escapar a ellos, pero puedo afirmar que muy frecuentemente he visto salir de la «Sala» a las pobres víctimas con las huellas visibles de los recientes golpes. Y va hasta la celda – en principio hasta 90 días consecutivos, equivalentes prácticamente a la pena de muerte – con una escudilla de sopa cada cuatro días y unes crueles refinamientos que repugna el expresarlos. En especial, afirmo que ha sido frecuentemente aplicada la llamada tortura de la camisole, camisa de fuerza que junta los brazos tras la espalda y muy frecuentemente los lleva después hasta el cuello. Aseguro, por haber reunido innumerables testimonios concordantes, que ciertos carceleros – ayudados especialmente por el preboste – golpean con diversos instrumentos, incluyendo la aguja de forja, y a veces hasta que sobreviene la muerte.

Igualmente afirmo que los nazis sólo han aportado perfeccionamientos de detalle al arte de matar lentamente a los hombres.

»Ahora bien, y éste es el tercer instrumento de la disciplina, estas condenas aaccesorias» que van a veces hasta la pena de muerte implícita, no son pronunciadas por los tribunales instituidos por la ley, sine por una jurisdicción que, me parece, ella ignora: el Prétoire. Este es un tribunal interno de la prisión, presidido por el director, el cual está asistido por el subdirector (en el argot penitenciario el sous-mac) y el jefe de guardia en funciones de escribano. Ninguna defensa, una acusación en ocasiones ininteligible, ninguna respuesta salvo el ritual “Gracias, señor director” que sigue a la condena. Por mi parte, yo siempre he podido salir de él con una simple multa, reduciendo solamente el derecho de compra en la cantina (los recursos están limitados al salario, o más bien a una parte disponible muy escasa, y a una ayuda exterior que entonces era extremadamente reducida pues sólo se permitía el paquete de ropa interior.) Pero las condenas severas llueven, incluso por el simple incumplimiento de la tarea impuesta.» Pierre Bernard. (Revolución Proletaria, junio de 1949.)

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4.2.8. EN LAS PRISIONES DE LA «LIBERACIÓN»

«Todos los franceses han querido esto», dicen nuestros «patriotas».

«Edouard Gentez, impresor en Courbevoie, condenado en julio de 1946 no como criminal sino como impresor, es trasladado de Fresnes a Fontevrault en septiembre de 1956.

A consecuencia de los golpes, de las privaciones y del frío, ha cogido una pleuresía, por lo que ha sido borrado de la lista para el traslado a Fontevrault.

»Una hora antes de la salida, los condenados de la S.P.A.C (1) que estaban incluidos en esta lista son borrados de ella por orden superior; todavía se tiene necesidad de ellos. Se les reemplaza y Gentez está entre los nuevos inscritos.

{1 Sección especial de la administración central de prisiones. (N. del T.)}

»Al llegar a la prisión central, dos horas y media de pie, en pleno sol, después ocho días en un agujero llamado mitard; tras este plazo, Gentez es admitido en la enfermería, donde reina como amo un carnicero asesino, Ange Soleil, mulato que había descuartizado y emparedado a su amante, lo cual le preparó para las funciones de preboste-enfermero-doctor de la prisión, más poderoso que el joven médico civil, un fatuo llamado Gaultier o Gautier.

»Soleil, con una regla sumamente clara y simple, admite en la enfermería sólo a los enfermos que reparten con él los dos tercios de sus paquetes y rechaza a aquellos cuyos paquetes son los más pequeños.

»Gantez, que no tiene pequetes ni giros, no puede pagar, y a pesar de su grave enfermedad es trasladado a los “desocupados”. Estos se encuentran sometidos diariamente, desde la mañana hasta la noche, incluso los domingos, a tres cuartos de hora de marcha rápida separados por un cuarto de hora de descanso.

»A Gentez, demasiado débil, se le exime de esta tortura, pero no por ello se le autoriza a acostarse, ni siquiera a sentarse, durante la marcha tiene que permanecer de pie, inmóvil, con las manos tras la espalda, sin prenda de abrigo.

»Al agravar el frío su pleuresía, Gentez va semanalmente a la consulta, donde se le da aspirina, aceite de hígado de bacalao y se le ponen ventosas, pero sin admitirle nunca en la enfermería.

»El se queja sin cesar durante la noche. Los dos médicos presos, [157] el cirujano Percibert y el doctor Lejeune, le auscultan el sábado por la mañana, descubriéndole una bronconeumonía doble.

»Gantez cae en el patio, y avisado el enfermero éste busca a Ange Soleil, que empieza a gritar, le acusa de simulador y le hace encerrar en el calabozo, así como al doctor Perribert, culpable de haber auscultado sin au torización.

»A Gentez se le desnuda para el registro y de este modo es encerrado en la celda a 15 grados bajo cero. Golpea y llama durante toda la noche, nadie va. Al día siguiente, el 14 de enero de 1947, se le encuentra muerto.

»Se le conduce – ¡finalmente! – a la enfermería, donde se le declara muerto en este lugar de una crisis cardíaca. Se le entierra con un simple núrnero: 3.479.

»Pero hubo un testigo embarazoso, el hijo de Gentez al que conocí en prisión y junto al cual he vivido las peripecias de este sombrío drama. Obtuvo una investigación. Esta fue correcta. Ange Soleil fue enviado a Fresnes, pero se le puso en libertad a consecuencia de las medidas de amnistía (sic). Los directores Dufour, Vessieres y Guillonnet fueron trasladados.

»Después de este trágico asunto, André Marie prometió reducir la pena del hijo de Gentez a tres años. Hace ya más de tres años de esto y si estoy bien informado aún sigue en prisión. Firmado: BENOIT C. » Este es el extracto de una carte que me ha sido enviada desde la prisión de X.. en algún lugar de Francia. (Mi discreción se explica por el cuidado que tengo en no exponer a su autor a la jurisprudencia de la cual se habla en el documento precedente.)

Benoit C… no ha leído Bailad, salchichas, que desconoce, pero sí Vértigos.

Me informa sobre la proporción de los asistentes sociales que hablan a borbotones – no lo digo de ningún modo para reprochárselo a ellos – y me cuenta sin lamentarse demasiado por ello los curiosos modales de ciertos «señores de la obra de San Vicente de Paul con los dedos cargados de sortijas».

Este testimonio, al proceder de una persona preocupada por el sexo débil pero en ningún modo por la política, no puede ser más concluyente. (Comunicado por Albert Paraz.)

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4.2.9. EN POISSY

«En febrero de 1946 se encuentra Henry Béraud (1) en el taller 14 del segundo piso de la prisión central de Poissy, con la cabeza rapada, chanclos y un traje de droguete.

{1 Periodista y novelista francés que obtuvo el premio Goncourt en 1922 con su obra Le Martyre de l’Obèse. Salió de la prisión en grave estado el año 1950 y murió poco después. (N. del T.)}

Bajo la mirada de un vigilante que hace respetar la “ley del silencio”, una ley que pesa sobre la prisión día y noche, confecciona etiquetas con nudo americano o alambre enroscado por 0,95 francos el millar.

»Estupidez penitenciaria: el jefe de la mesa es un ladrón profesional que tiene bajo sus órdenes, además de Bérand, al general Pinsard, un coronel, dos presidentes de audiencia, un fiscal, el redactor jefe del Journal de Rouen, un catedrático de universidad y algunos periodistas.

»En su libro Salgo del presidio, uno de sus compañeros de prisión en Poissy, así como en la isla de Ré, recoge las ganancias del presidiario Béraud durante el mes de abril de 1945: Trabajo manual: 15 francos. Descuento de la administración penitenciaria: 12 francos.

Remanente: 3 francos. Fondo de reserva: 1,50 francos. A disposición del preso: 1,50 francos.» »Se trata de un trabajo de más de siete horas diarias. (La Bataille, 21 de septiembre de 1949.)

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4.2.10. PRISIONEROS ALEMANES EN FRANCIA

La Rochelle, 18 de octubre de 1948.– El juez de instrucción de La Rochelle enterado de los hechos escandalosos de los que se hizo culpable el ex oficial Max Georges Roux, de 36 años, que fue adjunto del comandante del campo de prisioneros alemanes de Chatelaillon-

Plage, los ha sometido ante el tribunal militar de Burdeos al que ha sido trasladado Roux. El ex oficial purga actualmente una pena de 18 meses de prisión que le fue impuesta en La Rochelle el pasado mes de agosto por abuso de confianza y estafas en perjuicio de diversas asociaciones.

Infinitamente más graves son los delitos cometidos por Roux en el campo de prisioneros. Se trata de auténticos crímenes y de [159] una amplitud tal que parece difícil que sólo Roux lleve responsabilidad de ella ante los jueces. En Chatelaillon, el innoble personaje hizo desnudarse a varios prisioneros de guerra, por ejemplo, y les derribó a golpes de un látigo con plomo. Dos de los desdichados sucumbieron a estas sesiones de látigo.

Un testimonio abrumador es el del médico alemán Klaus Steen, que estuvo internado en Chatelaillon. Interrogado en Kiel, donde vive, Steen ha declarado que desde mayo a septiembre de 1945 comprobó en el campo de prisioneros el fallecimiento de cincuenta de sus compatriotas. Su muerte había sido provocada por una alimentación insuficiente, por los ímprobos trabajos y por el perpetuo temor a ser torturados en el cual vivían los desgraciados.

El régimen alimenticio del campo, que fue puesto bajo las órdenes del comandante Texier, consistía efectivamente en un plato de sopa clora con un poco de pan. El resto de las raciones sin distribuir iba al mercado negro. Hubo un período en el que el porcentaje de los disentéricos alcanzó el 80 por ciento.

Texier y Roux, con sus subordinados, sometían además a los prisioneros a unos registros quitándoles todos sus objetos de valor. Se valora en cien millones el total de los robos y de las ganancias obtenidas por los gangsters con galones. Tenían tan bien organizado su negocio que los billetes de banco y las joyas eran enviados directamente a Bélgica en automóvil.

Es de esperar que con Roux serán encarcelados pronto en el fuerte del Hâ los otros culpables y que será tomada una sanción ejemplar contra estos verdaderos criminales de guerra. (De los diarios, 19 de octubre de 1948.)

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4.3 CAPÍTULO III. LOUIS MARTIN-CHAUFFIER

Es intermediario entre los testigos menores, a los que supera intentando dominar o por lo menos explicar doctamente los acontecimientos que ha vivido, y las grandes figuras como David Rousset, del que no tiene la potencia de análisis, o como Eugen Kogon de cuya precisión y minaciosidad carece. Por este motivo, y teniendo en cuenta el lugar que ocupa en la literatura y el periodismo de la postguerra, no podía ser clasificado entre los primeros ni entre los últimos.

Es un literato profesional.

Pertenece a esta categoría de autores a los que se llama “comprometidos”. El se compromete, pero también se desliga a menudo – para volverse a comprometer -, pues el compromiso constituye en él una segunda naturaleza. Se le conoció como simpatizante del comunismo – bastante tarde – y ahora es anticomunista. Probablemente, además, por las mismas razones y en las mismas circunstancias: la moda.

El no podía dejar de testificar sobre los campos de concentración. En primer lugar porque su profesión es la de escritor. Después, parque tenía necesidad de darse a sí mismo una explicación del acontecimiento que le había afectado. Con elloe ha permitido que otros se aprovechen de su explicación. Sin duda no ha advertido que salvo en la manera de expresarse decía lo mismo que todos.

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Título del testimonio: El hombre y la bestia, publicado en 1948 por las ediciones Gallimard.

Originalidad: ha visto las cajas de cartón que contenían la margarina que se nos distribuía – obtenida de la hulla, naturalmente – adornadas ridículamente con la indicación de “Garantizado sin materia grasa.” (Página 95. Ya citado.)

Testimonio que es un largo razonamiento con referencia a hechos que el autor caracteriza con anterioridad a toda reflexión moral o de otra clase.

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4.3.1. TIPO DE RAZONAMIENTO.

Antes de ser deportado a Neuengamme, Louis Martin-Chauffier permaneció en Compiègne-Royallieu. Conoció al capitán Douce, que entonces era jefe del campo. Sobre él expresa el siguiente juicio:

«El capitán Douce, “decano” del campo y celoso servidor de los que le habían confiado este puesto escogido, hacía su cuenta en voz alta, encaramado sobre una mesa, fumando sin parar cigarrillos que no nos habían sido entregados en contra de lo dispuesto por el reglamento.» (Página 51.)

En Neuengamme conoció a André, que era uno de los primeroas personajes del campo, funcionario con autoridad escogido por la S.S. entre los detenidos. He aquí el retrato que hace de él:

«Estrechamente vigilado por la S.S., especie de lo más desconfiada, se veía obligado a hablar rudamente a los presos, a mostrarse brutal en sus palabras, insensible, inflexible, para poder conservar el papel que había escogido y desempeñado no sin cierta pena. El sabía que la menor debilidad traería consigo una denuncia y su destitución inmediata. La mayoría se dejaban engañar por sus modales, le creían cómplice de la S.S., su protegido, nuestro enemigo. Como él era responsable de las salidas y de la asignación de los puestos, se le acusaba de enviar gente a los comandos, [162]

con una indiferencia que más bien era aparente, sin tener en cuenta las súplicas, las quejas, las recriminaciones… Cuando un millar de deportados tenían que salir en comandos y solamente 990 eran encerrados en unos vagones de ganado, no se daban cuenta de todas las artimañas que había empleado André, de todos los riesgos que había corrido para sustraer a diez hombres de una muerte probable… El sabía que era generalmente detestado o sospechoso. Había escogido serlo prefiriendo el servicio prestado, a la estima…

»Tal como vi a André, aceptaba con el mismo ánimo la amenazadora cordialidad de la S.S., el servilismo cómplice de los Kapos y jefes de bloque o la hostilidad de la masa. Yo creo que había vencido la humillación, reemplazando su propia virtud por una especie de helada pureza extraña a él. Renunció a su ser en favor de un deber que ante sus ojos merecía esta sumisión.» (Páginas 167, 168 y 169.)

De este modo, de dos hombres que cumplen las mismas funciones, uno merece la seve ridad lacónica y el menosprecio del autor, mientras que el otro se beneficia no sólo de su indulgencia aprobatoria sine también de su admiración. Si se profundiza más al leer la obra se entera uno de que el segundo ha prestado un apreciable servicio a Martin-Chauffier en una circunstancia que puso en peligro su vida. Yo no he conocido al capitán Douce en Compiègne, pero es muy probable que, en comparación a André, su única culpa sea la de no haber sabido escoger la gente a la cual prestaba servicios – pues ciertamente, también él tenía sus clientes – y la de tener unos conocimientos literarios demasiado limitados para saber que en su jurisdicción había cierto número de Martin-Chauffieres y el propio Martin-Chauffier.

Por otra parte, no está de más añadir lo que este razonamiento postula:

«Yo he admirado siempre con un poco de temor y alguna repulsión, a aqellos que para servir a su patria o a una causa que estiman justa, optan por todas las consecuencias de la duplicidad: o la desconfianza despectiva del adversario que les emplea, o su [163]

confianza si les engaña; y la aversión de sus compañeros de combate que ven en él un traidor; y la camaradería abyecta de los auténticos traidores o de los simples vendidos que al verle asociado a su misma tarea le consideran como uno de los suyos. Es necesaria una renuncia a sí mismo que me asombra, un artificio que me confunde y me irrita.» (1). (Página 168.)

{1 Esta cita no está truncada, a pesar de la falta de sintaxis que podría hacerlo creer y que ponen en evidencia las palabras subrayadas. En «El derecho de vivir» del 15 de diciembre de 1950, el señor Martin-Chauffier ha pretendido en los siguientes términos que el texto estaba correctamente escrito: “Es inútil añadir que la falta de sintaxis no existe —una mentira más— sino que un punto y coma introducido por el señor Rassinier en lugar de los dos puntos que yo había puesto pueden engañar a los que no están muy seguros de su gramática.” Pues bien, el señor Martin-Chauffier está persuadido de que un clavo saca otro clavo. Y está demasiado «seguro de su gramática» para que se le pueda contar fácilmente las relaciones que existen entre el verbo y su sujeto o el pronombre y su antecedente. Moraleja: un señor que sale de la Escuela de Archiveros parece ser que no está obligado a saber lo que se exige a un niño de diez años para admitirle en la 6.ª clase. Nada de discutir por discutir, hemos restablecido los dos puntos reclamados por el señor Martin-Chauffier y que una malhadada errata había reemplazado efectivamente por un punto y coma en la primera edición; al lector que vea que esto modifica en algo la cuestión le rogamos que nos escriba (se le recompensará!).}

Uno se pregunta qué esperan los abogados de Pétain para recoger este argumento que tiene el valor de ester escrito por la pluma de una de las más destacadas figuras del criptocomunismo.

Si la moda vuelve al «petainismo», Martin-Chauffier podrá retirar en todo caso alguna arrogancia, y quizá… sacar de nuevo algún provecho.

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4.3.2. OTRO TIPO DE RAZONAMIENTO.

En el campo, Martin-Chauffier conversa con un médico que le dice:

«Actualmente hay en el campo tres veces más enfermos de los que puedo recibir. La guerra acabará en cinco o seis meses a más tardar. Se trata para mí de hacer resistir al mayor número posible. Yo he escogido.

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Usted y otros se van restableciendo lentamente. Si les devuelvo al campo en ese estado y en esta estación del año (estábamos a finales de diciembre) morirán en tres semanas. Yo les cuido. Y –escúcheme bien– yo hago entrar a los que no están muy gravemente enfermos y una estancia en el Revier puede salvar. A los que están perdidos les rechazo. (1) No puedo permitirme el lujo de acogerlos para ofrecerles una muerte apacible. Yo garantizo el cuidado de los vivos.

{1 Subrayado en el texto.}

Los otros morirán ocho días antes: de todas maneras, morirán demasiado pronto. Tanto peor, yo no obro por sentimiento, obro por eficacia. Este es mi papel.

»Todos mis colegas están de acuerdo conmigo, es el camino justo. Cada vez que niego la entrada a un moribundo y me mira con estupor, con terror, con reproche, yo quisiera explicarle que cambio su vida perdida por otra quizá salvada.

El no comprendería, etc…» (Página 190.)

Yo había comprobado ya sobre el terreno que se podía entrer en el Revier (2) y ser cuidado en él – relativamente – par motivos entre los cuales la enfermedad o su gravedad a veces sólo eran secundarios: maña, influencias, necesidad política, etc.

{2 Enfermería.}

Yo cargaba el hecho a cuenta de las condiciones generales de vida. Si los médicos presos han hecho por añadidura el razonamiento que Martin-Chauffier atribuye a éste, conviene registrarlo como argumento filosófico, y hacerle entrar al lado del sadismo de la S.S. como elemento causal en la explicación del número de muertos. Pues le hace falta mucha ciencia, seguridad y también presunción a un médico para determinar en algunos minutos quién puede ser salvado y quién no puede serlo. Y si ha sucedido así, yo temo mucho que habiendo dado los médicos este primer paso hacia una concepción nueva del comportamiento en la profesión, no hayan dado un segundo para preguntarse no ya quién puede, sino quién debe ser salvado y quién no debe serlo, y para resolver este caso de conciencia mediante la referencia a unos imperativos extraterapéuticos .

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4.3.3. EL RÉGIMEN DE LOS CAMPOS.

«El tratamiento que nos infligía la S.S. era la puesta en práctica de un plan concertado en las altas esferas. Podía admitir algunos refinamientos, embellecimientos, floreos, debidos a la iniciativa, a la fantasía, a los gustos del jefe de campo: el sadismo tiene matices. El designio general estaba determinado. Antes de matarnos o de hacernos morir, era preciso envilecernos.» (Página 85.)

Bajo la ocupación, existía en Francia una Asociación de familias de deportados e internados políticos. Si una familia se dirigía a ella para tener noticias sobre la suerte de su deportado, recibía un informe retransmitido por radio procedente de esa «alta esfera» alemana.

(*) Rassinier observa que en la cita recogida como la palabra “aquéllos” va en plural el resto de las palabras subrayadas debiera ir en el mismo número. Al replicar, Martin-Chauffier comete de nuevo la falta cuando dice “un punto y coma.., pueden engañar…”. Véase también la página 295, nota 176. (N. del T.)

He aquí. el informe (1):

{1 Que yo sepa sólo ha sido citado por Jean Puissant en su libro La colina sin pájaros (ediciones del Rond-Point, 1945). Una monografía honesta y minuciosa —el mejor testimonio sobre los campos.}

«Campo de Weimar.– El campo está situado a 9 kilómetros de Weimar y comunicado con esta ciudad por ferrocarril. Está a 800 metros de altura.

»Le rodean tres cercos de alambradas concéntricas. En el primer cerco están los barracones de los prisioneros, entre el primero y el segundo cerco se encuentran las fábricas y los talleres donde se fabrican accesorios para aparatos de radio, piezas de mecánica, etc.

»Entre el segundo y el tercer cerco se extiende un terreno no edificado en el que se acaban de talar árboles y donde se construyen las carreteras del campo y el pequeño ferrocarril.

»El primer cerco de alambradas está electrificado y rodeado por innumerables torretas en lo alto de cada una de las cuales se encuentran tres hombres armados. En el segundo y tercer cerco no hay centinelas pero en la zona de las fábricas hay un cuartel de la S.S.:

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en esa zona y en el tercer cerco patrullan durante la noche soldados con perros.

»El campo se extiende sobre ocho kilómetros y contiene unes 300.000 internados. En los comienzos del régimen nazi, los enemigos eran internados en él.

De la población, la mitad son franceses, la mitad extranjeros, alemanes antinazis pero que siguen siendo alemanes y suministran la mayor parte de los jefes de bloque. También hay rusos, entre ellos algunos oficiales del ejército rojo, húngaros, polacos, belges, holandeses, etcétera.

»El reglamento del campo es el siguiente:

»4,30 horas: levantarse, aseo vigilado con el torso desnudo, lavado obligatorio del cuerpo.

»5,30: 500 centímetros cúbicos de potaje o café, con 450 gramos de pan (a veces tienen menos pan pero tienen en cambio una abundante ración de patatas de buena calidad); 30 gramos de margarina, una rodaja de salchichón o un pedazo de queso.

»A las 12, café.

»18,30: un litro de buena sopa espesa.

»Por la mañana, a las 6, partida hacia el lugar de trabajo. El agrupamiento se hace por oficios: fábrica, cantera, leñadores, etc. En cada destacamento los hombres se colocan en filas de a cinco y se cogen del brazo para que las filas estén bien alineadas y separadas. Después se sale con la banda de música en cabeza (formada por 70 u 80 ejecutantes, internados de uniforme: pantalóon rojo y chaquetilla azul con bocamangas negras.)

»El estado sanitario del campo es muy bueno. Al frente se encuentra el profesor Richot, deportado. Visita médica diaria. Hay numerosos médicos, una enfermería y un hospital, como en un regimiento. Los internados llevan el traje de los presidiarios alemanes en paño artificial relativamente caluroso. Su ropa interior fue desinfectada al llegar. Tienen una manta para cada dos.

»No hay capilla en el campo. No obstante, hay numerosos sacerdotes entre los internados, pero en [167]

general han disimulado su condición. Estos sacerdotes reúnen a los fieles para charlas, rezo del rosario, etc.

»Tiempo libre.– Libertad completa en el campo el domingo por la tarde.

Estas horas de asueto están amenizadas por las representaciones que da una compañía teatral organizada por los internados. Hay cine una o dos veces por semana (películas alemanas), radio en cada barracón (comunicados alemanes) y bellos conciertos dados por la orquesta de prisioneros »Todos los presos están de acuerdo en considerar que se encuentran major en Weimar que en Fresnes o en las otras prisiones francesas en las que estuvieron antes.

»Recordamos a las familias de los deportados que el aliado de las fábricas de Weimar que tuvo lugar a finales de agosto no hizo ninguna víctima entre los deportados del campo.

»Recordamos también que la mayoría de los trenes que partieron de Compiègne y de Fresnes en agosto de 1944 se dirigieron a Weimar.» Jean Puissant, que ha citado este texto, le hace seguir de la siguiente apreciación: un monumento de picardía y de mentiras.

Evidentemente, está escrito en un estilo benévolo. No se dice en él que en los talleres de Buchenwald las piezas sueltas de mecánica que se fabrican son de armas. No se habla en él de los que son ahorcados por sabotaje, de las formaciones para pasar lista una y otra vez, de las condiciones de trabajo, de los castigos corporales. No se precisa que la libertad del domingo por la tarde está limitada por los azares de la vida del campo, ni que si los sacerdotes reúnen a sus fieles para charlas u oraciones es clandestinamente y con el riesgo de crueles incidentes que el ambiente podría asemejar a complots. Incluso se miente en él cuando se pretende que los deportados se encontraban allí mejor que en las prisiones francesas, que el de agosto de 1944 no ocasionó ninguna víctima entre los internados o que la mayoría de los trenes que partieron en esa fecha de Compiègne o de Fresnes se dirigieron a Weimar.

Pero tal como está, este texto se acerca más a la verdad que el testimonio del hermano Birin, especialmente en lo relativo a [168] la alimentación. Y queda el hecho de que es un resumen del reglamento de los campos tal como fue establecido en las esferas dirigentes del nazismo. Es cierto que no fue aplicado.

La historia dirá el porqué. Verosímilmente, retendrá la guerra coma causa principal, luego el principio de la administración de los campos por los propios detenidos, y finalmente las alteraciones que sufren todas las órdenes al descender en una administración jerarquizada desde la cima hacia la base. Lo mismo sucede en un regimiento con las órdenes del coronel leídas delante de la tropa por el brigada y cuya responsabilidad en cuanto a la ejecución incumbe al cabo: todo el mundo sabe que en un cuartel no es peligroso el coronel sino el brigada. Así sucede también en Francia con los reglamentos de la administración pública concernientes a las colonias: están redactados en un espíritu de acuerdo con la descripción de la vida en las colonias que hacen todos los maestros de las escuelas de pueblo; destacan la misión civilizadora de Francia y sin embargo hay que leer a Louis-Ferdinand Céline, a Julien Blanc o a Félicien Challaye para tener una idea exacta de la vida que los militares de nuestro Imperio colonial hacen llevar a la población indígena por cuenta de los colonos.

Yo estoy persuadido por mi parte de que, aun en los límites impuestos por el hecho de la guerra, nada impidió a los presos que nos administraban, nos mandaban, nos vigilaban, nos encuadraban, el hacer de la vida en un campo de concentración algo que se hubiera parecido bastante al cuadro que presentaban los alemanes, a través de intermediarios, a las familias que pedían informes.

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4.3.4. MALOS TRATOS.

«Yo he visto a mis desdichados compañeros culpables solamente de tener los brazos débiles, morir bajo los golpes que les prodigaban los presos políticos aIemanes elevados al cargo de capataces y convertidos en cómplices de sus antiguos adversarios.» (Página 92.)

Sigue la explicación:

[169]

«Estos hombres brutales al golpear desde luego no tenían la intención de matar; mataban sin embargo en un acceso de furor placentero, con los ojos inyectados, el semblante escarlata y la baba en los labios, parque no podían pararse: les era necesario llegar en su placer hasta el final.» Se trata de un hecho que desacostumbradamente es imputado por él a los presos sin ningún falso rodeo. Nunca se sabe: es posible que haya individuos que maten «en un acceso de furor placentero» y no tengan otro fin que «llegar en su placer hasta el final». En el mundo, aunque no sea normal sí es al menos habitual y admitido por la tradición que haya anormales:

también puede haberlos en un mundo en el que todo sea anormal. Pero yo me inclino más bien a creer que si un Kapo, un jefe de bloque o un Lagerältester llegaban a este extremo, obedecían a móviles ligados a complejos más accesibles: el deseo de venganza, el afán de agradar a los amos que les habían confiado un puesto selecto, el deseo de conservarlo a cualquier precio, etc. Incluso añado que, si bien maltrataban, se abstenían de provocar la muerte de un hombre, lo cual era susceptible de atraerles molestias con la S.S., al menos en Buchenwald y Dora.

A pesar de esta explicación, hay que perdonar a Martin-Chauffier por haber citado también dos hechos cuyo carácter criminal no puede ser considerado en modo alguno como resultante de la «puesta en práctica de un plan concertado en las altas esferas».

«Semanalmente, el Kapo del Revier pasaba reconocimiento (de lo que no entendía nada), examinaba las hojas de temperatura cuyos márgenes estaban cubiertos de observaciones en torno a un diagnóstico inquietante, y miraba a los enfermos: si sus cabezas no le agradaban, les declaraba aptos para abandonar el Revier, cualquiera que fuese su estado. El médico procuraba anticiparse o inclinar su decisión, que era difícil de prever, pues el Kapo, que tenía impresiones en lugar de ciencia, además era un lunático.» (Página 185.)

[170]

Y también:

«La corriente de aire polar, y el aseo obligatorio con el torso desnudo, eran medidas de higiene. Cada procedimiento de destrucción se cubría así de una impostura sanitaria. Este se reveló de los más eficaces. Todos los que sufrían de alguna enfermedad en el pecho fueron arrebatados por ella en pocos días.» (Página 192.)

Nada obligaba al Kapo a adoptar este comportamiento ni a los Stubendienst, Kalfaktor y Pfleger (1) del Revier a formar esta corriente de aire polar o hacer pasar al lavabo, con el torso desnudo, agua fría y sin distinción, a los infelices confiados a su tutela.

{1 Jefes de cuarto, ayudantes y enfermeros.}

Ellos lo hacían sin embargo con el propósito de agradar a la S.S., que lo ignoraba la mayoría de las veces, y con el fin de conservar un puesto que les salvaba la vida.

Hubiera sido deseable que Martin-Chauffier hubiese dirigido su acusación contra ellos con tanto vigor como lo hace contra la la S.S., o que por lo menos hubiese repartido equitativamente las responsabilidades.

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[171]

4.3.5. EPÍLOGO

El momento en el cual se publicó este libro en Francia no me ofreció la posibilidad de aprovechar los testimonios recogidos por la fundación Hoover y publicados muy posteriormente.

Para finalizar, indicaremos lo que escribe la pluma de Dominique Canavaggio (ex director de Temps de Paris y yerno del pastor Boegner) sobre Martin-Chauffier:

Louis Martin-Chauffier – que posteriormente sería detenido por la Gestapo y enviado a Auschwitz – era colaborador de Sept jours, un semanario dirigido por Jean Prouvost. Una mañana, cuando me encontraba en Lyon, se me acercó a mí con un rostro desfigurado por la angustia.

— Mi hija tiene tuberculosis; su estado es muy grave: he intentado hacerla tratar en Francia, es imposible; aquí no se encuentra en ningún sitio la altura necesaria unida a la comodidad y a los cuidados; sólo una estancia en Suiza podría salvarla. ¿Cree usted que ella podría recibir de Laval un pasaporte?

Yo le prometí hacer todo lo posible, y al regresar a Vichy visité inmediatamente al jefe del gobierno. La palabra justa era «imposible», pues desde noviembre de 1942 los alemanes controlaban severamente las entradas y salidas en la frontera suiza: por decirlo así, no dejaban pasar a nadie excepto a algunas personalidades oficiales.

[172]

Además el nombre de Martin-Chauffier (1) ya era entonces ligeramente sospechoso para ellos y nada conveniente para facilitar las cosas. Laval oyó mi ruego sin interrumpirme y cuando terminé me dijo:

{1 Dominique Canavaggio dice justamente “ya”: es decir, no lo había sido siempre.}

— ¿Martin-Chauffier?… ¿Es éste el que escribió durante la época de Munich artículos en los cuales exigía que yo fuese enviado a la horca?

— Sí, señor presidente, es el mismo.

Permaneció inmóvil un momento; mi mirada sostuvo la suya. Finalmente dijo:

— Dígale usted que su hija irá a Suiza. Arregle usted las formalidades con Bousquet.

— Gracias, señor presidente. Estaba seguro de que usted lo haría; y no estoy seguro de si Martin-Chauffier quedará agradecido…

El me retuvo con un movimiento:

— No pido agradecimiento; lo hago por sentimiento humano.

(Dominique Canavaggio. Periodista)

Como se ve, Martin-Chauffier estaba especialmente inclinado para llegar a ser una de las cabezas pensadoras de la Resistencia. El «honró» además con su colaboración esporádica a Le Figaro, Paris-Presse y Paris-Match. La obra biográfica de consulta Pharos dice de él que antes de la guerra dia a conocer claramente sus opiniones políticas y sus simpatías hacia el comunismo, lo cual confirmó durante la guerra civil en España: en 1937 se fue a la Unión Soviética. En 1945 se encontraba naturalmente de nuevo al lado de los comunistas en el famoso «Comité national des écrivains» y era uno de los más furiosos perseguidores.

Sin duda alguna debió tratar de conseguir perdón por lo que había ocurrido entre estas dos fechas. Hoy se encuentra Martin Chauffier – como también Eugen Kogon y David Rousset – en frías relaciones (obra al menos como si estuviese en frías relaciones) con los comunistas, cuyo juego ha hecho y en cierto modo sigue haciendo.

¿Por cuánto tiempo?

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[173]

4.4. CAPÍTULO IV. LOS PSICÓLOGOS. DAVID ROUSSET Y EL MUNDO DE LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

De todos los testigos, ninguno consiguió esta habilidad, esta potencia de evocación y esta exactitud en la reconstitución de la atmósfera general de los campos, eomo esta gran figura conocida a escala universal Pero tampoco ninguno de elloes ha novelado más ni mejor.

La historia conservará su nombre: yo tengo miedo de que esto sea sobre todo por su calidad de literato. En el plano histórico propiamente dicho, el embalaje ha logrado la venta del producto. El, por otra parte, lo ha presentido y ha tomado la delantera:

«He contado ciertos hechos tal como eran conocidos en Buchenwald, y no como los presentan los documentos publicados ulteriormente…”

«…Existen sobre todo contradicciones de detalle, no solamente entre los testimonios sino también entre los documentos. La mayoría de los textos publicados hasta ahora sólo se apoyan sobre aspectos muy exteriores de la vida de los campos, o bien son apologías cuyo procedimiento se basa en alusiones, y más que a recoger hechos se limitan a afirmar principios. Tales documentos son valiosos pero a condición de conocer ya íntimamente aquello sobre lo que hablan:

entonces, permiten encontrar a menudo una concatenación [174]

todavía desapercibida. Yo me he esforzado precisamente en reproducir las relaciones entre los grupos en su complejidad real y en su dinámica.” (Los días de nuestra muerte, anexo, página 764)!

Este razonamiento le ha permitido descuidar los documentos totalmente o casi, y apoyándose en el hecho de que los relativos a los campos del Este son a la vez escasos y pobres, declarar que « El recurso a los testimonios directos es el único método serio de prospección.» (Ibídem.)

después de escoger entre estos testimonios directoes aquellos que servían mejor su manera de ver del momento.

«Se trataba en estas condiciones (señala él), más bien de una atrevida tentativa – arriesgada, se podria decir quizá – que de querer un panorama de conjunto del mundo de los campos de concentración.» (Ibídem.)

No se le podría caracterizar mejor de lo que lo hace él mismo. Pero entonces, ¿por qué ha presentado los campos en esta forma que procede de la afirmación categórica?

El mundo de las campos de concentración (Pavois, 1946) tuvo un éxito merecido. En el concierto de los testigos menores que pedían la venganza a gritos y la muerte de los alemanes vencidos (1) intentaba llevar las responsabilidades sobre el nazismo e indicaba un giro, una orientación nueva.

{1 «Los franceses deben saber y deben guardar en la memoria que los mismos errores llevarán a los mismos horrores. Deben quedar advertidos del carácter y de las taras de sus vecinos más allá del Rhin, raza de dominadores, y es por eso por lo que el n° 43.652 ha escrito estas líneas. Franceses, estad alerta y no olvidéis nunca.» (Hermano Birin, 16 meses de presidio, pág. 117.) Por otra parte, «el boche» había vuelto a florecer en todos los labios, con el odio que se une a la palabra cuando se la pronuncia bien.}

La Francia pacifista le agradeció a David Rousset por haber concluido en estos términos:

«La existencia de los campos es una advertencia. La sociedad alemana, en razón a la vez de la potencia de su estructura económica y del rigor de la crisis que la ha derrotado, ha conocido una descomposición hasta [175]

ahora excepcional en la actual coyuntura del mundo. Pero sería fácil demostrar que los rasgos más característicos de la mentalidad de la S.S. y de los cimientos sociales se encuentran en muchos otros sectores de la sociedad mundial. Sin embargo, menos acusados, y ciertamente sin medida común con el desarrollo en el Gran Reich. Pero esto no es más que una cuestión de circunstancias. Sería un engaño, y criminal, pretender que es imposible a los otros pueblos pasar por una experiencia semejante por «razones» de oposición de «naturaleza». Alemania ha interpretado con la originalidad propia a su historia, la crisis que le ha conducido al mundo de los campos de concentración. Pero la existencia y el mecanismo de esta crisis depende de los fundamentos económicos y sociales del capitalismo y del imperialismo. Bajo una nueva forma, mañana pueden aparecer todavía efectos análogos. (2) Se trata en consecuencia de una batalla muy concreta que hay que llevar.» (Página 187.)

{2 La prueba. — «Mientras que varias centenas de millares de “personas desplazadas” adultas han logrado abandonar los campos y partir hacia las dos Américas, millares de niños han quedado con los ancianos bajo el control del I.R.O. en los siniestros barracones de Alemania, Austria e Italia. Pero la organización internacional de refugiados cesará definitivamente sus trabajos en unos meses y uno se pregunta cuál será la suerte de estos huérfanos abandonados dos veces. De aquí en adelante su situación es trágica, pues en ciertos campos sólo reciben la alimentación equivalente a trescientas o cuatrocientas calorías diarias, y nadie sabe si esta ración insuficiente podrá ser mantenida. La mortalidad, en tales condiciones, ocasiona terribles estragos.» (La Bataille, 9 de mayo de 1950.) El diario precisa que son 13 millones los que viven así, en una Europa desembarazada de Hitler, de Mussolini y de toda preponderancia fascista reconocida. Yo pido que se avergüen los tratamientos a los cuales les someten sus guardianes. P. R.}

Los días de nuestra muerte (1947), obra en la que se vuelven a tomar los antecedentes de El mundo de los campos de concentración y se especula con ellos hasta agotarlos, está bastante alejada de esta profesión de fe que, por otra parte, El payaso no ríe olvida totalmente.

De donde hay que concluir que David Rousset ha evolucionado con el pretexto de hacerse más preciso, lo cual ha hecho que su obra haya acabado por tomar un carácter mucho más antialemán que antinazi a los ojos del público. Esta evolución, en su punto de partida, fue más notable al estar matizada de ciertas debilidades por el comunismo, pero después de cierto tiempo [176] ha encontrado su conclusión en un antibolchevismo del que sería aventurado decir que no se transformaría en rusofobia para y simple si la crisis mundial se precipitase en una guerra.

La originalidad, pues, de El mundo de los campos de concentración ha sido distinguir entre Alemania y el nazismo en el establecimiento de las responsabilidades. Y es doble por una teoría que hizo sensación en tanto que justificaba el comportamiento de los presos encargados de la dirección de los asuntos del campo, por la necesidad de conservar para la postguerra ante todo la élite de revolucionarios. (3)

{3 Esta teoría está afirmada con mayor claridad en Los días de nuestra muerte.}

Martin-Chauffier justificando al médico que quiere salvar al mayor número posible de presos para lo que concentra sus esfuerzos, ante todo, en ciertos enfermos, y David Rousset justificando la política que quiere salvar la calidad y no el número, pero una calidad definida en funciones de ciertos imperativos extrahumanitarios, ofrecen muchos argumentos, y de no poca importancia, que irritan los ánimos de la masa anónima de los internados. Y si, a propósito de uno y otro caso, se habla algún día de impostura filosófica ello no tendrá nada de extraño.

Los espíritus maliciosos podrían incluso añadir que David Rousset probablemente fue salvado de la muerte por el Kapo alemán Emile Künder, que le consideraba como perteneciente a esta élite revolucionaria, que por este motivo le manifestó una gran amistad y que hoy reniega de él.

Esto sea dicho sin perjuicio de otras salvedades.

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4.4.1. EL POSTULADO DE LA TEORÍA.

«Es normal, cuando todas las fuerzas vivas de una clase están en juego en la batalla más totalitaria hasta ahora inventada, que se les impida a los adversarios hacer daño y, si es necesario, se les extermine.» (Página 107.)

Es inatacable. Su conclusión, enunciada inmediatamente después, lo es mucho menos:

«La finalidad de los campos es la destrucción física.» (Ibíd.)

[177]

No se puede dejar de observar que, en el propio postulado, la destrucción física está subordinada a la necesidad y no decretada por principio: se considera solamente para los casos en que la medida del internamiento no bastase para poner al individuo fuera de la posibilidad de dañar.

Después de tal paso o de una libre deducción de esta talla, no hay razón alguna para detenerse y se puede escribir:

«La orden lleva la señal del amo. El comandante del campo ignora todo. El Blockführer (1) ignora todo.

{1 Soldado de la S. S. Responsable de la vida de un bloque.}

El Lagerältester (2) ignora todo. Los ejecutores ignoran todo.

{2 Jefe de los presos, escogido entre ellos por la S.S.}

Pero la orden indica la muerte y el género de muerte y la duración necesaria para hacer morir. Y en este desierto de ignorancia, es suficiente.» (Página 100.)

lo que constituye una manera de dar consistencia al cuadro, de llevar la responsabilidad sobre las «altas esferas» señaladas por Martin-Chauffier, y permite deducir un plan preestablecido de sistematización del horror, que se justifica por una filosofía.

«El enemigo, en la filosofía de la S.S., es la potencia del mal intelectual y físicamente expresado. El comunista, el socialista, el liberal alemán, los revolucionarios, los resistentes extranjeros son las figuraciones activas del mal.

Pero la existencia objetiva de ciertas razas: los judíos, los polacos, los rusos, es la expresión estática del mal. No es necesario a un judío, a un polaco o a un ruso actuar contra el nacionalsocialismo: por su nacimiento, por predestinación, son heréticos no asimilables, destinados al fuego apocalíptico. La muerte no tiene pues sentido completo. Sólo la expiación puede satisfacer, apaciguar a los señores.

Los campos de concentración son la sorprendente y compleja máquina de la expiación. Los que deben morir van a la muerte con una lentitud calcutada para que su degeneración física y moral, realizada por grados, les vuelva [178]

finalmente conscientes de que son malditos, expresiones del mal y no de los hombres. Y et sacerdote experimenta una especie de placer secreto, de íntimo deleite, en aniquilar los cuerpos.» (Páginas 108 y 109.)

Por lo que se ve cómo partiendo de los campos de concentración entendidos como medio de impedir a los enemigos el hacer daño, se puede hacer fácilmente de ellos instrumentos de exterminio por principio y escribir hasta el infinito sobre la finalidad de este exterminio. A partir del momento en que se llega a esto, ya sólo se trata de una cuestión de aptitud para las construcciones del espíritu y de virtuosismo. Pero el esfuerzo literario que produce tan excelentes efectos de sadismo es perfectamente inútil y no hay necesidad de haber vivido el acontecimiento para pintarlo así: bastaría con volver a Torquemada y copiar de nuevo las tesis de la Inquisición.

No me detengo en la primera parte de la explicación que asemeja los rusos y los polacos a los judíos en el espíritu de los dirigentes nazis: la fantasía salta a la vista.

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4.4.2. EL TRABAJO.

«El trabajo es considerado como medio de castigo. La mano de obra de los internados es de interés secundario, preocupación extraña a la naturaleza íntima del mundo de los campos de concentración. Psicológicamente, va ligada a este sadismo de obligar a los detenidos a consolidar los instrumentos de su servidumbre. .

Es por motivo de accidentes históricos como los campos se han convertido también en empresas de obras públicas. La extensión de la guerra a escala mundial, al exigir un empleo total de todo y de todos, cojos, sordos, ancianos, y prisioneros de guerra, hizo que la S.S. reuniese bajo una dirección común a golpe de látigo en las tareas más destructoras a la ciega jauría de los internados… El trabajo de los presos no tenía por fin esencial la realización de tareas concretas, sino el mantenimiento de los [179]«presos protegidos» (1) en la sujeción más estrecha y más envilecedora.» (Páginas 110, 111 y 112.)

{1 En alemán los campos eran denominados “Schutzhaftlager”, es decir, campo de presos protegidos (contra el furor del pueblo).}

Si se ha decidido que la finalidad de los campos era exterminar, es evidente que el trabajo ya sólo entra en la teoría de la mística exterminadora como un el emento despreciable en sí mismo. Eugen Kogon, del que se tratará en el capítulo siguiente, partiendo del mismo principio aunque con mucho menos refinamiento en la forma, escribe a propósito de esto en El infierno organizado:

«Se decidió que los campos tuviesen una finalidad secundaria, un poco más realista, un poco más práctica y más inmediata: gracias a ellos, se iba a reunir y utilizar una mano de obra compuesta por esclavos de la S.S. y que en tanto que se les permitiera vivir, no vivirían más que para servir a sus amos… Pero éstos que se han denominado fines secundarios (asustar a la población, empleo de la mano de obra de esclavos, mantenimiento de los campos como lugar de entrenamiento y terreno de experimentación para la S.S.) ascendieron poco a poco, en lo concerniente a las verdaderas razones de envío a los campos, a un primer plano, hasta el día en que la guerra desencadenada por Hitler, considerada y preparada por él y la S.S. de una manera cada vez más sistemática, provocó el enorme desarrollo de los campos.» (Páginas 27 y 28.)

De la yuxtaposición de los dos textos resulta que, para el primero, es el accidente histórico de la guerra e incluso solamente en el de su extensión a la escala mundial, el que hace pasar a un primer plano en los fines de los campos la utilización de los presos como mano de obra, mientras que para el segundo este resultado había sido alcanzado «antes de la guerre», habiéndole dado ésta sólo mayor importancia.

Yo opto por el segundo: la división de los campos en Konzentrationslager, Arbeitslager y Straflager (2) era un hecho consumado en el momento de declararse la guerra.

{1 En alemán los campos eran denominados “Schutzhaftlager”, es decir, campo de presos protegidos (contra el furor del pueblo).}

La operación del [180] internamiento, antes y durante la guerra, se hacía en dos tiempos: se concentraba a los detenidos en un campo previsto u organizado para el trabajo, y que desempeñaba además la función de apartadero de ferrocarril ; desde allí se les enviaba a otros según las necesidades del trabajo. Había un tercer tiempo para los delincuentes en trámite de internamiento: el envío coma castigo a un campo generalmente en construcción, considerado como campo de represalias, pero que una vez terminado se convertía a su vez en un campo ordinario.

Añado que a mi juicio el trabajo siempre ha estado previsto. Esto forma parte del código internacional de la represión: en todos los países del mundo el Estado hace ganarse la vida y sudar los beneficios a los que encarcela, salvo en algunas excepciones (régimen político en las naciones democráticas, deportados de honor en los sistemas de dictadura). Lo contrario no se concibe: una sociedad que tomase a su cargo a los que infringen sus leyes y la minan en sus fundamentos, sería un absurdo. Sólo varían las condiciones del trabajo y el margen de beneficios a obtener según se esté en libertad o internado.

En Alemania, se ha producido este caso particular de que ha sido preciso construir los campos desde el prirnero hasta el último y de que además vino la guerra. Durante todo el período de construcción se pudo creer que su única finalidad era hacer morir: se ha continuado así durante la guerra e incluso se ha creído después. El engaño es tanto menos evidente porque al hacer necesaria la guerra un número de campos cada vez mayor, el período de construcción no se terminó nunca y porque ambas circunstancias, al superponerse en sus efectos, han permitido mantener a sabiendas la confusión en las apariencias.

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4.4.3. LA HÄFTLINGSFÜHRUNG (1)

{1 Dirección del campo por los propios detenidos (Véase la página 78).}

Se sabe que la S.S. delegó en los detenidos la dirección y la administración de los campos. Hay pues los Kapos (jefes de los Kommandos), los Blockältester (jefes de bloque), los Lagerschutz (policías), los Lagerältester (jefes de campo), etc., una burocracia que ejerce de hecho toda la autoridad en el campo. También es una regla que forma parte del código de la represión en todos [181] los países del mundo. Si los presos en los cuales recaen todos estos puestos tuviesen la menor noción de la solidaridad, el menor espíritu de clase, esta disposición intervendría en todas partes como un factor de aligeramiento de la pena para el conjunto. Desgraciadamente, nunca ha sucedido esto en ninguna parte: al tomar posesión del puesto que se le confía, el preso designado cambia en todas partes de mentalidad y de clan. Es un fenómeno demasiado conocido para que se insista en él y demasiado general para que se les impute solamente a los alemanes o a los nazis. El error de David Rousset ha sido creer, o en todo caso hacer creer, que en un campo de concentración podían ser las cosas de otra manera y que de hecho también habían sucedido de otro modo –que los presos políticos eran de una especie superior a la común de los hombres y que los imperativos a los cuales obedécían eran más nobles que las leyes de la lucha individual por la vida.

Esto le ha llevado a sentar el principlo de que la burocracia de los campos al no poder salvar a la masa tuvo el mérito de salvar la calidad al máximo:

«Con la estrecha colaboración de un Kapo, se podrían crear majores condiciones de vida incluso en el infierno.» (Página 166, nota marginal.)

Pero él no dice cómo se podría obtener la estrecha colaboración de un Kapo. Ni que esta colaboración, ann cuando el Kapo fuese un político, sólo excepcionalmente pudo ir más allá del estadio de Ias relaciones individuales del patricio con el cliente. Ni tampoco que, en consecuencia, sólo pudo beneficiar a un número ínfimo de presos.

Todo se encadena:

«La detentación de estos puestos es pues de un interés capital, y la vida y la muerte de muchos hombres depende de ella.» (Página 134.)

Entonces aquellos que los detentan se organizan, luego los que mejor se organizan entre ellos son los comunistas, éstos hacen después verdaderos complots políticos contra la S.S., luego redactan programas de acción para la postguerra. Así, sin discriminacion alguna:

[182]

«En Buchenwald, el comité central de la fracción comunista agrupaba alemanes, checos, un ruso y un francés.» (Página 166.)

«Desde 1944, se preocupaban de las condiciones que se crearían para la liquidación de la guerra. Tenían un gran miedo a que la S.S. les matase entes. Y no era un miedo imaginario.» (Página 170.)

«En Buchenwald, aparte de la organización comunista que alcanzó sin duda un grado de perfección y de eficiencia único en los anales de los campos, hubo reuniones más o menos regulares entre elementos políticos que iban desde los socialistes a la extrema derecha, y que preparaban un programa de acción común para el regreso a Francia.» (Páginas 80 y 81.)

Todo esto es lógico: lo discultible es el hecho que sirve de punto de partida.

Hubo en todos los campos, ciertamente, aproximaciones entre los detenidos y discretas formaciones de grupos: por afinidades y para soportar major la suerte común (en la masa), por interés para conquistar el poder, para conservarlo o para ejercerlo mejor (en la Häftlingsführung).

Tras la liberación los comunistas han podido hacer creer corroborados en esto por David Rousset, que la base de su asociacyón era la doctrina a la cual habían conformado sus actos. En realidad, esta base era el provecho material que podían sacar en cuanto a la alimentación y a la salvaguardia de la vida los que formaban parte de la asociación. En los dos campos que he conocido, la opinión general era que todo «comité», político o no, comunista o de otro tipo, tenía principalmente el carácter de una asociación de ladrones de alimentos, bajo cualquier forma que fuese. Nada vino a desmentir esta opinión. Por el contrario, todo la corroboraba: los grupos de comunistas o de otros políticos enfrentándose; las modificaciones en la composición de aquel grupo de entre ellos que detentaba el poder, y que siempre ocurrían tras las diferencias sobre la repartición de lo obtenido en los pillajes; la distribución de los puestos de mando, que seguía idéntico proceso, etc., etc.

Durante las semanas que pasé en el bloque 48 de Buchenwald, un grupo de presos que acababa de llegar decidió tomar en sus [183] manos el estado de ánimo de la masa. Poco a poco fue obteniendo cierta autoridad, y, en especial, las relaciones entre el jefe de bloque y nosotros terminaron por hacerse sólo por su conducto. Reglamentaba la vida en el bloque, organizaba conferencias, designaba los servicios, repartía la comida, etc. Daba lástima ver el concierto de adulaciones rastreras de todo tipo que ofrecían los que formaban parte de él al omnipotente jefe de bloque. Un día, el principal animador de este grupo fue atrapado por uno de la masa a punto de repartirse con otro unas patatas que había sustraído de la ración común…

Eugen Kogon cuenta que los franceses de Buchenwald, los únicos que recibían paquetes de la Cruz Roja, decidieron repartirlos equitativamente con todo el campo:

«Cuando nuestros camaradas franceses se declararon dispuestos a repartir una buena parte de ella entre todo el campo, este acto de solidaridad fue recibido con agradecimiento. Pero el reparto estuvo organizado en forma escandalosa durante algunas semanas; en efecto, no había más que un solo paquete por cada grupo de diez franceses…, mientras que sus compatriotas encargados de la distribución, que tenían a su frente al jefe del grupo comunista francés en el campo (1) reservaban para ellos montones de paquetes, o los utilizaban en favor de sus amigos destacados.”

{1 Esta distinción le había sido acordada por la pandilla reinante. Se trata de Marcel Paul. (Véase la pág. 80.)}

(El infierno organizado, página 120.)

David Rousset distingue por otra parte un lado nocivo en este estado de cosas, supuesto que no haga de ello una causa dirimente o esencial del horror, cuando escribe:

«La burocracia no sirve solamente a la gestión de los campos: ella está totalmente acoplada en su cúspide al comercio con la S.S. Berlín envía paquetes de cigarrillos y de tabaco para pagar a los hombres. Camiones de alimentos llegan a los campos. Se debe de pagar semanalmente a los presos; se les pagará cada quince días o cada mes; se disminuirá el número de [184]

cigarrillos, se harán listas de malos trabajadores que no recibirán nada. Los hombres reventarán por no poder fumar. ¿Qué importa? Los cigarrillos pasarán al mercado negro. ¿Carne?, ¿mantequilla?, ¿azúcar? ¿miel?, ¿conservas? Una ración más fuerte de lombardas, remolachas, nabos sazonados con un poco de zanahorias, esto bastará. Incluso es buenísimo… ¿Leche? Mucha agua blanqueada, será perfecto.

Y el resto: carne, mantequilla, azúcar, miel, conservas, leche, patatas, al mercado para la población civil alemana que paga y está compuesta por correctos cindadanos. La gente de Berlín se dará por satisfecha con saber que todo ha llegado bien. Basta con que los registros y la contabilidad estén en orden… ¿Harina? Pero ¿cómo?, se disminuirán las raciones de pan. Sin dar a conocer nada. Las raciones se cortarán un poco más pequeñas. Los registros no se ocupan de estas cosas. Y los amos de la S.S. estarán en excelentes relaciones con los comerciantes del lugar.» (Páginas 145, 146 y 147.)

He a quí desmentida, al menos en lo que concierne a la alimentación, la leyenda según la cual se había establecido en las «altas esferas» un plan para matar por hambre a los presos.

Berlín envía todo lo que hace falta para servirnos las raciones previstas, conforme a lo que se ha escrito a las familias, pero sin que lo sepa esto no se nos distribuye. (1) ¿Y quién roba?

{1 El mismo fenómeno se ha puesto en evidencia en el proceso recientemente incoado contra la “Obra de las madres y de los niños” de Versalles, cuya directora era la mujer del general Pallu. La instrucción del expediente ha revelado que: “Los niños estaban mal vestidos, en una repugnante suciedad, en una sala donde pululaban plagas de insectos. Los jergones estaban podridos por los excrementos y la orina; los gusanos bullían en algunos de ellos. Había una sola sábana y una manta. Todos los retretes estaban obstruidos. Los niños hacían sus necesidades donde se encontraban. Estaban llenos de erupciones y de piojos.”

Los presos encargados [185] de la distribución. David Rousset nos dice que es por orden de la S.S. a la cual entregan el producto del robo: no, en primer lugar roban para ellos, se regalan de todo ante nuestros ojos y pagan tributo a los de la S.S. para comprar su complicidad.

Así pues, estos famosos comités revolucionarios, de defensa de los intereses del campo o de preparación de planes políticos para la postguerra, se reducen a esto y sin embargo han podido engañar a la opinión pública en este punto. Yo dejo a otros el culidado de averiguar las razones por las cuales ha sucedido así. Me permitiría sin embargo añadir aún que los que lograron constituirlos, formar parte de ellos o asegurarles la autoridad que tuvieron en todos los campos, sostenían el espíritu de adulación del que se hacían ellos mismos culpables frente a la S.S. A propósito de las conferencias organizadas en el bloque 48 y a las cuales se ha hecho alusión anteriormente, David Rousset cuenta también:

«Yo organicé pues una primera conferencia: un Stubendienst ruso, de

Eso como decorado. Allí han muerto de hambre 13 niños. Sin embargo la obra de la mujer del general, reconocida de utilidad pública, además de las raciones normales recibía otras suplementarias. De esto, los niños no veían nada:

la mitad de la leche era agua, las materias grasas servían para la alimentación del personal, el azúcar estaba racionado al máximo.

— Los niños tenían demasiado —ha dicho una vigilante.

A la mujer del general había que entregarle diariamente litro y medio de leche, chocolate, arroz, carne óy de primera calidad. La directora, una morena menuda, enviaba a su familia paquetes de veinte kilos “de sus fondos personales”.

Todos ellos estaban bien alimentados y no se extrañaban de esta alimentación escogida en la época de los nabos para cada día.

¿Y los niños? Ah, era tan fácil. Ellos no reclamaban nada.

¿No había pues médicos? Naturalmente que sí. Se contentaban quizá con una visita temprano…

— ¿Este caso de sarampión? —dice el doctor Dupont—. Es corriente. Lo he cuidado normalmente. (¡sobre un jergón podrido, con una sola manta!… entonces vino una bronconeumonía y la muerte…

El sustituto interroga al otro médico, el Dr. Vaslin.

— ¿Acudió usted pues cuando se le hizo saber que el joven Dagorgne había sido transportado al hospital donde murió a los dos días?

— No pude. Era la hora de mi almuerzo…. quiero decir de mi consulta. (Le Populaire, 16 de mayo de 1950).

Esta página es digna de los mejores relatos de los campos de concentración. El drama ha tenido lugar en Francia y la opinión pública no ha sabido nada de ello, ni tampoco la administración de la cual dependía la “Obra de las madres y de los niños”, los niños morían allí como los presos de los campos, en las mismas condiciones y por las mismas razones… ¡sin embargo en un país democrático!}

veintidós o veintitrés años, obrero de la fábrica Marly de Leningrado nos expuso largamente la situación obrera en la U.R.S.S. La discusión que siguió duró dos tardes. La segunda conferencia fue dada por un koljosiano sobre la organización agrícola soviética. Un poco más tarde, yo mismo di una charla sobre la Unión Soviética desde la Revolución hasta la guerra…» (Página 77.)

Yo asistí a esta conferencia: fue una obra maestra de bolchevismo, bastante inesperada si se conocían las anteriores actividades [186] trotskistas de David Rousset. Pero Erich, nuestro jefe de bloque, era comunista y tenía una gran consideración en la «célula» que ejercía la influencia preponderante en la Häftlingsführung del momento: era hábil en atraer su atención y prevenirla para el día en que él tulviese que distribuir favores.

«Tres meses después, prosigue Rousset, yo no hubiese comenzado de nuevo esta tentativa La situación había cambiado. Pero en aquel entonces éramos todavía muy ignorantes. Erich, nuestro jefe de bloque, refunfuñó pero no se opuso al asunto…» (Página 77.)

Ciertamente. Además, tres meses después era el Kapo Emil Künder a quien había que conquistar, el tiempo de las conferencias había pasado, la palabra la tenían ahora los paquetes llegados de Francia. Si yo he entendido bien Los días de nuestra muerte, Rousset hizo uso de ellos y estoy lejos de reprochárselo: yo mismo, el haber regresado lo debo solamente a los que recibí y nunca lo he ocultado. (1)

{1 Parte primera, capítulo IV.}

Puede sostenerse, y así se hará quizá por medio de palabras tomadas a los que consideran el hecho como insignificante o lo justifican, que no era esencial establecer que la Häftlingsführung nos hizo sufrir un tratamiento más horrible aún que el previsto para nosotros en las esferas dirigentes del nazismo y sin obligarle nada a ello. Observaré entonces que me ha parecido indispensable el fijar exactamente las causas del horror en todos sus aspectos, aunque sólo fuese para reducir a su justo valor el argumento subjetivo del cual se ha hecho un uso tan frecuente, y para orientar un poco más hacia la naturaleza misma de las cosas las investigaciones del lector en cuyo espíritu sólo esté imperfecta o incompletamente resuelto este problema.

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4.4.4. LA OBJETIVIDAD.

«Birkenau, la mayor ciudad de la muerte. Las selecciones a la llegada: los decorados de la civilización puestos como caricaturas para engañar y esclavizar.

Todos los domingos, selecciones regulares en el campo. En [187]

el bloque 7, la lenta espera a las destrucciones inevitables: El Sonderkommando (2)

{2 Comando especial destinado en el crematorio.}

totalmente aislado del mundo, condenado a vivir cada segundo de su eternidad con los culerpos tortulrados y quemados. El terror destroza tan decisivamente los nervios que las agonías conocen todas las humillaciones, todas las traiciones. Y cuando ineluctablemente se cierran las potentes puertas de la cámara de gas, todos se precipitan aplastándose aún en el ansia de vivir, de modo que al abrirse los batientes los cadáveres inextricablemente mezclados se desploman en cascadas sobre los raíles.» (Página 51.)

En un panorama de conjunto como Los días de nuestra muerte, novelado y reconstituido además con medios de los cuales el propio autor y aun sin saberlo ha reconocido la ingenuidad (páginas 174 y 175), este pasaje no estaría de más. En El mundo de los campos de concentración que tiene en tantos aspectos el carácter de un relato vivido, parece improcedente. En efecto, David Rousset no ha asistido nunca a este suplicio del que hace una descripción tan precisa y tan conmovedora a la vez.

Es todavía demasiado pronto para exponer un juicio definitivo sobre las cámaras de gas: los documentos son escasos, y los que existen, imprecisos, incompletos o truncados, no están exentos de sospechas. Por mi parte, estoy persuladido de que un examen serio de la culestión con los materiales que no dejarán de descubrirse si la buena fe preside las investigaciones, abrirá nuevos horizontes en lo relativo a las cámaras. Entonces, uno se asombrará del número de individuos que han hablado de ellas y de los términos en los cuales lo han hecho.

De todos los testigos, Eugen Kogon es el que se ha oculpado del asunto con más seriedad y su testimonio ofrece para mí el mayor interés. En la ya citada obra de El infierno organizado (1) escribe:

{1 En una nota de la edición alemana de La mentira de Ulises se señala que la siguiente cita ya no está redactada en estos términos en la 5ª edición alemana del libro de Kogon (N. del T.)}

«Un número muy reducido de campos tenían sus propias cámaras de gas.» (Página 154.)

[188]

Y exponiendo el mecanismo de la operación continúa:

«En 1941, Berlín envió a los campos las primeras órdenes (2) de formación de transportes especiales para exterminarlos con el gas.

{2 ¿Se han encontrado estas órdenes? Si es así, por qué no se publican? En caso contrario, ningún historiador aceptará nunca que se haga mención de ellas.}

Se escogió en primer lugar a los delincuentes comunes, a los presos condenados por atentados contra las costumbres y a ciertos políticos mal vistos por la S.S. Estos transportes partían hacia un destino desconocido. En el caso de Buchenwald, a partir del día siguiente se veían volver las ropas, comprendido en ello el contenido de los bolsillos, las dentaduras postizas, etc. Por un suboficial de la escolta (3) se supo que estos transportes habían llegado a Pirna y a Hohenstein y que los hombres que los integraban habían sido sometidos a los ensayos de un nuevo gas y habían perecido…

{3 Si su nombre fue publicado, quizá se le podría interrogar.}

Durante el invierno de 1942-43, se examinó a todos los judíos desde el punto de vista de su capacidad de trabajo. En lugar de los transportes mencionados anteriormente, fueron entonces los judíos inválidos quienes siguieron el mismo camino en cuatro grupos de 90 hombres, pero fueron a parar a Bernburg, cerca de Kothen. El médico-jefe del sanatorio del lugar, un tal doctor Eberl, era el instrumento dócil de la S.S. En los documentos de la S.S. esta operación llevó la referencia 14 F. 13. Parece haber sido llevada a cabo simultáneamente al aniquilamiento de todos los enfermos de los sanatorios, que se generalizaba poco a poco en Alemania bajo el nacionalsocialismo.» (Páginas 225 y 226.)

Habiendo afirmado el hecho bajo esta forma que permite la duda en cuanto a las órdenes de utilización de las cámaras de gas, especialmente en este sentido de que sólo obra por referencia a documentos de los cuales uno puede preguntarse si existen, Eugen Kogon cita sin embargo otros dos, sin duda parque le han parecido más concluyentes:

[189]

«Hemos podido conservar el dulplicado de las cartas cursadas entre el doctor Hoven (de Buchenwald) y este sorprendente sanatorio:

Weimar-Buchenwald, 2-2-1942.

KL. Buchenwald El médico del campo.

Asunto: Judíos ineptos para el trabajo en el KL de Buchenwald.

Referencia: Conversación personal.

Escritos adjuntos: 2.

Al Sanatorio de Bernburg a.d., Saale.

Apartado de Correos 263.

«Refiriéndome a nuestra conversación personal, adjunto le remito por duplicado para todos los efectos la lista de los judíos enfermos e ineptos para el trabajo que se encuentran en el campo de Buchenwald.

El médico del campo de Buchenwald, (firmado) Hoven.

S.S. Obersturmführer d. R.» Se advertirá que los dos escritos anunciados como incluidos en el envío no son publicados.

He aquí el segundo documento:

Bernburg, 5 de marzo de 1942.

Sanatorio de Bernburg. Ref. Z. Bc, gs. pt.

Al Sr. Comandante del campo de concentración de Buchenwald.

(Weimar).

Referencia: Nuestra carta del 3 de marzo de 1942.

Asunto: 36 presos. Lista 12 del 2 de febrero de 1942.

«Por nuestra carta del 3 del corriente, le pedíamos pusiese a nuestra disposición los 36 últimos presos con ocasión del último transporte.

»Con motivo de la ausencia de nuestro médico-jefe que debe proceder al examen médico de estos presos, [190]

le pedimos que no nos los envíe el 18 de marzo de 1942 sino que los incluya en el transporte del 11 de marzo, y con sus expedientes, que le serán devueltos el 11 de marzo.

Heil Hitler!

(firmado) Godenschweig.”

Habrá que convenir que hace falta forzar singularmente los textos para deducir de este intercambio de correspondencia que se refería a una operación de exterminio por medio de las cámaras de gas. Incluso si no se le completa por un informe que el doctor Hoven envió al mismo tiempo a uno de sus superiores jerárquicos, y que según Eugen Kogon decía lo siguiente:

«Las obligaciones de los médicos contratados y las negociaciones con los servicios del cementerio han llevado frecuentemente a dificultades insuperables…

Por elleome puse inmediatamente en contacto con el doctor Infried Eberl, médicojefe del sanatorio de Bernburg (Saale), apartado de correos 252, teléfono 3169. Es el mismo médico que ha llevado a cabo el 14.F.13. El doctor Eberl muestra una extrema comprensión y una gran amabilidad. Todos los cuerpos de Ios presos fallecidos en Schonebeck-Wernigerode serán transportados al doctor Eberl a Bernburg e incinerados allí inmediatamente, incluso sin el acta de defunción.”

(Página 256.)

Eugen Kogon hace también mención de las cámaras de gas de Birkenau (Auschwitz).

Cuenta cómo se procedía al exterminio por este medio, según el testimonio:

«… de un joven judío de Brno, Janda Weiss, que pertenecía en 1944 al Sonderkommando (del crematorio y de las cámaras de gas), del cual provienen los siguientes detalles, confirmados por otras personas…» (Página 155.)

Que yo sepa, este Janda Weiss es el único personaje de toda la literatura de los campos de concentración del cual se dice que [191] ha asistido al suplicio y se indica su dirección exacta. Y el único que se ha aprovechado de sus declaraciones es Eugen Kogon. Dada la importancia histórica y moral de la utilización de las cámaras de gas como instrumento de represión, quizá se hubieran podido tomar disposiciones (1) que hubiesen permitido al público conocer su declaración, de otro modo que a través de personas interpuestas, extendiéndola a dimensiones un poco mayores que las de un párrafo llevado por incidencia a un testimonio de conjunto.

{1 ¡Por una singular casualidad se encuentra en zona rusa!…}

Una operación que era practicada periódicamente en todos los campos bajo el nombre de «Selektion» no ha contribuido poco en difundir entre el público una opinión que ha conseguido ganar su favor respecto al número de las cámaras de gas y al de sus víctimas.

Un buen día, los servicios sanitarios del campo recibían la orden de preparar la lista de todos los enfermos considerados como ineptos para el trabajo por un período relativamente largo o definitivamente y de reunirlos en un bloque especial. Después, llegaban camiones – o un convoy de vagones – donde se les embarcaba y partían hacia un de stino desconocido . El rumor entre los internados quería que fuesen dirigidos directamente a las cámaras de gas y, por una especie de cruel irrisión, a los grupos formados en estas ocasiones se les denominaba «Himmelskommandos», lo cual significaba que estaban compuestos por gente que partía hacia el cielo. Naturalmente, todos los enfermos procuraban escapar a ellos.

Yo he visto llevar a cabo dos o tres «selecciones» en Dora: incluso escapé por casualidad a una de ellas. Dora era un campo pequeño. Si bien el número de enfermos ineptos fue siempre superior a los medios de que se disponía para cuidarlos, sólo alcanzó en muy raras ocasiones proporciones susceptibles de entorpecer el trabajo o de paralizar la administración.

En Birkenau, del cual habla David Rousset en el resumen objeto de esta aclaración, era diferente. El campo era muy grande: un hormiguero humano. El número de los ineptos era considerable. Las «selecciones» en vez de hacerse como en Dora por la vía burocrática y por el conducto de los servicios sanitarios, se decidían en el momento en que llegaban los camiones o el convoy de [192] vagones. Eran numerosas hasta el punto de repetirse a un ritmo cercano al de una por semana y se practicaban según el aspecto. Entre la S.S. y la burocracia del campo por una parte, y por otra la masa de presos que intentaba escapar, se podía asistir pues a verdaderas escenas de caza del hombre en una atmósfera de locura general. Después de cada «selección», los que quedaban tenían el sentimiento de haber escapade provisionalmente a la cámara de gas.

Pero nada prueba irrefutablemente que todos los ineptos o considerados coma tales, reclutados así por el procedimiento de Dora o bien por el de Birkenau, eran conducidos a las cámaras de gas. En la operación de «selección» a la cual escapé en Dora, uno de mis camaradas no tuvo la misma suerte que yo. Le vi partir y le compadecí. En 1946, yo creía aún que había muerto asfixiado con todo el convoy del que formaba parte. En septiembre del mismo año, le vi con asornbro presentarse en mi casa para invitarme a una manifestación oficial que ya no recuerdo. Como le dije el sentimiento en el cual había vivido respecto a él, me contó que el convoy en cuestión había sido conducido no a una cámara de gas sino a Bergen-Belsen cuya misión era, al parecer, y más especialmente entonces, recibir para su convalecencia (2) a los deportados de todos los campos.

{2 De hecho, tras un viaje realizado en espantosas condiciones, llegó a un Bergen-Belsen en el cual convergían convoys de ineptos procedentes de toda Alemania, a los cuales no se sabía donde alojar ni cómo alimentar, lo que tenía el don de excitar a la S.S. y a las porras de los Kapos… El vivió allí días horribles y finalmente fue devuelto al trabajo.}

Se puede comprobar: se trata del señor Mullin, empleado en la estación de Besançon. Por otra parte, en el bloque 48 de Buchenwald yo había encontrado ya a un checo que había regresado de Birkenau en las mismas condiciones.

¿Mi opinión sobre las cámaras de gas? Las hubo: no tantas como se cree. Exterminios por este medio los hubo: no tantos como se ha dicho. El número no hace desaparecer en nada la naturaleza del horror, pero el hecho de que se tratase de una medida dictada por un Estado en nombre de una filosofía o de una doctrina aumentaría singularmente esa naturaleza. ¿Hay que admitir que ha sido así? Es posible, pero no es seguro. La relación de causa a efecto entre la existencia de las cámaras de gas y los exterminios no está in discutiblemente establecida por los [193] textos que publica Eugen Kogon (3) y me temo que aquellos a los cuales se refiere sin transcribirlos lo establezcan aún menos.

{3 Ni tampoco por los testimonios presentados ante el Tribunal de Nuremberg.}

Lo repito una vez más: el argumento que representó el mayor papel en este asunto parece ser la operación «Selección» de la cual no hay un deportado que pueda hablar como testigo bajo una u otra forma y que no lo haga en función principalmente detodo lo que ha temido en aquel momento. Los archivos del nacionalsocialismo no están todavía completamente examinados. No se puede anticipar con certeza que en ellos se descubrirán documentos de índole tal como para anular la tesis admitida: esto sería caer en el exceso contrario. Pero si un día permitiesen descubrir uno o varios escritos ordenando la construcción de las cámaras de gas con un propósito completamente distinto al de exterminar – nunca se sabe, con este terrible genio científico de los alemanes – habría que admitir que la utilización que ha sido hecha de ellas en algunos casos, recae sobre uno o dos locos entre la S.S. y una o dos burocracias de internados para agradarles, o viceversa, por una o dos burocracias de internados con la complicidad, comprada o no, de uno o dos de la S.S. particularmente sádicos.

En el estado actual de la arqueología de los campos, (1) nada permite esperar o confiar en semejante descubrimiento pero nada permite tampoco el excluirlo.

{1 Otros dos textos son citados por David Rousset en El payaso no ríe. El primero es una declaración de un tal Arthur Brosch en Nuremberg, refernte a la construcción de las cámaras de gas y no a su empleo. El segundo, relativo a unos coches que provistos de un dispositivo asfixiante habrían sido utilizados en Rusia, lleva la firma de un alférez y está dirigido a un teniente. Ninguno de ambos escritos permiten acusar a los dirigentes del régimen nazi de haber ordenado exterminios por gas.? Se les encontrará en el apéndice a este capítulo.}

En todo caso, hay un hecho sintomático que ha sido destacado muy poco: en los escasos campos en que se han encontrado cámaras de gas, estaban más bien unidas a los bloques sanitarios de la desinfección y de las duchas que contenían instalaciones de agua que a los hornos crematorios, y los gases empleados eran emanaciones de sales prúsicas, productos que entran en la composición de las materias colorantes, particularmente del azul, de las cuales hizo Alemania durante la guerra un uso tan abundante.

Bien entendido, este es sólo una suposición. Pero en la historia como en las ciencias, ¿no han tomado su partido la mayoría [194] de los descubrimientos si no en la suposicón al menos en una duda estimulante?

Si se objeta que no hay ningun interés en proceder de esta manera con el nacionalsocialismo cuyas malas acciones están por otra parte sólidamente establecidas, se me permitirá el pretender que no lo hay mayor en apuntalar una doctrina o una interpretación quizía verdadera sobre hechos dudosos o falsos. Todos los grandes principio de la democracia mueren no por su contenido sino por exponerse excesivamente a la crítica por detalles que se creen tan insignificantes en lo accesorio como en la sustancia, y las dictaduras sólo triunfan generalmente en la medida en que se esgrimen contra ellas argumentos mal estudiados.

Apropósito de esto, David Rousset cita un hecho que ilustra magistralment e esta manera de ver las cosas :

«Yo hablaba con un médico alemán… visiblemente este no era un nazi. Estaba harto de la guerra e ignoraba dónde se encontraban su mujer y sus cuatro hijos. Dresde, que era su ciudad, había sido cruelmente bombardeada. «vamos a ver – me dijo – ¿ se ha hecho la guerra por Dantzig? Yo le respondí que no. «Entonces, ve Usted, la política de Hitler en los campos de concentración ha sido horrible (yo asentí); pero en todo lo demás tenía razón. (Página 176)

Así pues, por este insignificante detalle, porque se había creído astuto declarar que se iba a la guerra por Danzig y esto se había revelado como falso, este médico juzgaba toda la política de Hitler y la aprobaba. Yo me pregunto horrorizado qué es lo que pensará ahora si ha leído a David Rousset.

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4.4.5. TRADUTTORE, TRADITTORE…

Esto carece de gran importancia:

La expresión Kapo es verosimilmente de origen italiano y significa la cabeza: otras dos explicaciones posibles: Kapo, abvreviatura de Kaporal, o procede de la contracción de la expresión Kamerad-Polizei, empleada en los primeros meses de Buchenwald» (Página. 131.)

[195]

Eugen Kogon es más categoricos:

«Kapo: del italiano «Il capo», la cabeza, el jefe… « (El infierno organizado, p; 59).

Yo sugiero otra expresión que hace derivar la palabra de la expresión Konzentrationsläger Arbeits Polizei, de la que forma las iniciales, como Schupo deriva de Schutz Polizei y Gestapo de Geheime Staats Polizei. El afán de David Rousset y de Eugen Kogon es interpretar más bien que analizar en le fondo, no les ha permitido pensar en ello.

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[196]

4.4.6. Apéndice al Capítulo IV. DECLARACION JURADA

Yo el infrascrito Wolfgang Grosch, atestiguo y declaro lo siguiente :

«en lo que atañe a la construcción de las cámaras de gas y de los hornos crematorios, esta tuvo lugar bajo la responsabilidad del grupo de trabajo C, después de haber hecho la petición el grupo D. La vía jerárquica era la siguiente :

el grupo de trabajo D se poná en relación con el grupo C. La oficina CI elaboraba los planos para estas instalaciones en la medida en que se tratase de construcciones propiamente dichas, los trasmitía entonces a la oficina CIII que se ocupaba del aspecto mecánico de estas construcciones, como por ejemplo la ventilación de las cámaras de gas o los preparativos para el gaseamiento. La oficina CIII confiaba entonces estos planos a una empresa privada, que debía enviar las máquinas especiales o los hornos crematorios. Siempre por la vía jerárquica, la oficina CI II avisaba a la aficina CIV la cual transmnitía el encargo por medio de la inspección de construcciones Oeste, Norte, Sur y Este a las direcciones centrales de construcciones. La dirección central de construcciones transmitía entonces la orden de construcción a las respectivas direcciones de construcciones en los campos de concentración, las cuales hacían ejecutar [197]

las construcciones propiamente dichas a los presos que la oficina del grupo DIII ponía a su disposición. El grupo D daba al grupo C las órdenes y las normas refe”

rentes a las dimensiones de las construcciones y a su finalidad… En el fondo, era el grupo D quien daba las órdenes en cuanto a las cámaras de gas y los homos crematorios.

Firmado: WOLFGANG GROSCH.(Según David Rousset, en El payaso no ríe.)

Esta declaración fue hecha ante el Tribunal de Nuremberg. Aunque no sea exclusivamente de su incumbencia, la jerga en la cual está redactada parece haber sido respetada escrupuIosamente por el traductor, visiblemente para mantener la confusión.

No puede sin embargo escapar al lector:

1.* que sólo se habla de la «construcción» de las cámaras de gas, y no de su «destino”

ni de su «empleo»; 2.* que el testigo se remite a hechos de los cuales seria fácil establecer la materialidad y a «instrucciones» que se podrían publicar y sin embargo parece que se evita cuidadosamente el hacerlo, especialmente en lo tocante a la finalidad de las mencionadas cámaras de gas; 3.* que del conjunto de construcciones para los campos cuyo estudio y realización estaba confiado al grupo de trabajo D (bloques habitables, enfermerías, cocinas, talleres, fábricas, etc.) las cámaras de gas y los hornos crematorios han sido aislados y señaladamente acercados con el propósito de impresionar major a una opinión pública que acepta fácilmente que le sean presentados los hornos crematorios como instrumentos de tortura especialmemente inventados para los campos de concentración porque ella no sabe que la práctica de la cremación es de uso corriente – tan corriente como la inhumación – en toda Alemania.

Por todas estas razones, ningún historiador aceptará nunca esta declaración en su integridad.

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[198]

4.4.7. INFORME DE UN ALFÉREZ A UN TENIENTE

N.* del sector postal: 32.704 B.N. 440/42.

501 P.S.

Kiev, 16 de abril de 1942.

Asunto secreto del Reich.

Al S.S. Obersturmführer Rauff.

Berlín.

Prinz Albrecht Strasse 8.

501 P.S.

Kiev, 16 de abril de 1942.

La revisión de los coches de los grupos D y del grupo C está completamente terminada. Mientras que los coches de la primera serie pueden ser utilizados incluso con mal tiempo (es preciso sin embargo que no lo sea excesivamente) los coches de la segunda serie (Saurer) se atascan completamente con tiempo lluvioso (1).

{1 Subrayado en el texto.}

Cuando, por ejemplo, ha llovido, en media hora está el coche inutilizable, sencillamente patina. Sólo es posible servirse de ellos con tiempo totalmente seco. La única cuestión que se plantea es la de saber si se puede utilizar el coche en el mismo lugar de ejecución cuando está parado. Primeramente es necesario conducir el coche hasta el lugar en cuestión, lo cual sólo es posible con buen tiempo.

El lugar de ejecución se encuentra generalmente alejado de 10 a 15 Km. de las carreteras principales, y está ya escogido poco accesible. Es completamente inaccesible cuando el tiempo es húmedo o lluvioso. Si se conducen las personas a pie o en coche al lugar de ejecución, se dan cuenta inmediata de lo que pasa y se inquietan, cosa que conviene evitar en todo lo posible. Sólo queda como única solución la consistente en cargarlos en camiones en el lugar de reunión y llevarlos entonces al lugar de ejecución.

He mandado pintar el coche del grupo D como coche-vivienda y con este fin he hecho fijar a cada lado de los pequeños coches una pequeña ventana, tales como las que se ven frecuentemente en nuestras casas de labradores en el campo, y dos pequeñas ventanas a cada lado de los coches grandes. Estos coches fueron [199] advertidos tan rápidamente que recibieron el sobrenombre de «coches de la muerte». No solamente las autoridades sino también la población civil les designaba por este mote tan pronto como aparecían. A mi entender, incluso esta pintura no podrá preservarlos por mucho tiempo de ser reconocidos.

Los frenos del coche Saurer que yo conducí de Simféropol a Taganrog resultaron defectuosos en el camino. El S.K. de Mariampol comprobó que la palanca del freno está combinada al aceite y a la compresión. Por la persuasión y la corrupción del H.K.P. se logró hacer preparar para ambos un molde con arreglo al cual se han podido ajustar dos palancas.

Cuando llegué algunos días más tarde a Stalino y Gerlowka, los conductores de los coches se quejaban del mismo defecto (2).

{2 Subrayado en el texto.}

Después de una entrevista con los jefes de estos comandos, volví de nuevo a Mariampol para mandar hacer otras dos palancas para cada uno de estos coches. Según lo acordado, en cada coche serán ajustadas dos palancas, otras seis quedarán en reserva en Mariampol para el grupo D, y otras seis aún serán enviadas al S.S.

Untersturmführer Ernst para los coches del grupo C. Para los grupos B y A las palancas podrían enviarse desde Berlín, pues su transporte de Mariampol hacia el Norte es demasiado complicado y llevaría demasiado tiempo. Las pequeñas averías en los coches son reparadas por técnicos de los comandos o de los grupos en su propio taller.

El terreno lleno de baches y el estado apenas concebible de los caminos y carreteras, desgastan poco a poco los puntos de empalme y las partes impermeabilizadas. Se me preguntó si sería preciso entonces efectuar la reparación en Berlín. Pero esta operación costaría demasiado caro y exigiría demasiada gasolina. Con el fin de evitar estos gastos, di la orden de hacer sobre el terreno pequeñas soldaduras y en caso de que esto resultase imposible de telegrafiar inmediatamente a Berlín diciendo que el coche P.O.L. número… estaba fuera de servicio. Además, ordené alejarse a todos los hombres en el momento de los gaseamientos a fin de no exponer su salud a las posibles emanaciones de estos gases. Quisiera con este motivo hacer todavía la siguiente observación: varios comandos hacen descargar los coches por sus propios hombres después del gaseamiento. He llamado la atención al S.K. en cuestión sobre los daños tante morales como físicos a que se exponen estos hombres, si no inmediatamente al menos un poco [200] más tarde. Los hombres se me quejaban de dolores de cabeza después de cada descarga.

Sin embargo no se puede modificar la ordenanza (1), porque se teme que los detenidos (2)

{1 Es curioso que se haya encontrado este inforne del alférez y no la ordenanza a la cual se refiere – a no ser que se publique el uno, pero no la otra.}

{2 Qué detenidos?}

empleados en este trabajo podrían escoger un momento favorable para emprender la huida.

Para proteger a los hombres contra este inconveniente, le ruego que dicte las órdenes oportunas.

El gaseamiento no se lleva a cabo como debiera. A fin de terminar antes con esta acción, los chóferes aprietan siempre a fondo el acelerador (3).

{3 El gaseamiento se hacía, pues, por los vapore de carburante: la palabra queda ahora para los técnicos.}

Esta medida ahoga a las personas que se ejecuta en vez de matarlas adormeciéndolas. Mis instrucciones son las de abrir las manivelas de tal forma que la muerte sea más rápida y más apacible para los interesados.

Ya no tienen los rostros desfigurados ni dejan eliminaciones como se podía comprobar hasta ahora.

Hoy me dirijo hacia los lugares de estacionamiento del grupo B, y las posibles noticias me pueden llegar allí.

(firmado) DR. BECKER. S.S. Untersturmführer.

(Según la obra de David Rousset El payaso no ríe.)

Este informe viene en apoyo de una afirmación de Eugen Kogon, que en El infierno organizado escribe:

«… ella (la S.S.) empleaba también cámaras de gas ambulantes: eran autos que por fuera parecían coches celulares y en el interior estaban adecuadamente instalados. En estos cochos, no parece haber sido muy rápido el gaseamiento, pues de ordinario rodaban bastante tiempo antes de pararse y de descargar los cadáveres.» (Página 154.)

Eugen Kogon, que no dice si se han encontrado estos coches de la muerte, tampoco cita este informe.

Sea lo que sea, hay que felicitar al traductor que si bien no ha logrado llenar ciertas lagunas ni satisfacer algunas curiosidades, ha dado al menos a la forma una extraordinaria fisonomía latina en la expresión del pensamiento.

[201]

Y es preciso advertir:

1.* que les es más fácil a los actuales investigadores de documentos encontrarlos sobre lo que pasaba en Mariampol que sobre 1o que pasaba en Dachau; 2.* que omitiendo una ordenanza procedente de un ministroe, se destaca la simple «carta de un alférez a su teniente» relativa a la cuestión.

3.* que si se ha encontrado un escrito, no parece que se hayan encontrado los coches – o al menos si se han encontrado el acontecimiento ha hecho muy poco ruido.

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4.5. CAPÍTULO V. LOS SOCIÓLOGOS. EUGEN KOGON Y EL INFIERNO ORGANIZADO (1)

{1 Publicado con el título de Der SS-Staat en la edición original alemana.}

Yo no conozco a Eugen Kogon. Todo lo que sé de él lo he conocido en el momento de la publicación de su obra, por lo que dice en ella sobre sí mismo y por lo divulgado en la prensa. Bajo reservas: periodista austríaco, de tipo cristiano-social o cristiano-progresista, detenido a consecuencia del Anschluss, deportado a Buchenwald. Presentado al público francés como sociólogo (2).

{2 Este periodista es actualmente catedrático en el Instituto politécnico de Darmstadt. En la edición alemana de La mentira de Ulises observa el editor que según dio a conocer el semanario Reisruf de Hanover el 21 de febrero de 1959, Kogon fue redactor del órgano oficial de los nacionalsocialistas autríacos Osterreichischen Beobachter en los comienzos del nazismo. También lo fue de un semanario católico. A partir de 1934 pasó a ser administrador de los bienes del príncipe austrohúngaro de Sajonia-Coburgo-Gotha. Detenido en Viena en el otoño de 1939, pasó al campo de Buchenwald como preso político y permaneció en él hasta la derrota alemana. A principios de 1942 fue secretario de la sección de Patología y en la primavera de 1943 secretario del Sturmbahnführer Ding. (N. del T.)}

El infierno organizado es el testimonio mejor difundido y está escrito en forma conveniente. Trata de una cantidad considerable de hechos, en su mayor parte vividos. No está exento de ciertas ingenuidades ni de ciertas exageraciones pero es falso sobre todo en la explicación y en la interpretación. Esto depende por una parte de la manera de relatar del autor que obra con «espíritu político”

[203] (prefacio, página 14) y por otra de que ha querido justificar el comportamiento de la burocracia de los campos de concentración de una manera más categórica todavía y más concreta que David Rousset.

Por lo demás, Eugen Kogon expone los acontecimientos – dice – “desnudamente…

como hombre y como cristiano” (prefacio, página 14) sin ninguna intención de escribir «una historia de los campos de concentración alemanes» ni «tampoco una compilación de todos los horrores cometidos, sino una obra esencialmente sociológica, cuyo contenido humano, político y moral, con una fundada autenticidad, posee un valor de ejemplo». (Introducción, página 20.)

La intención era buena.

Se creía capacitado para esta misión, y quizá lo estaba. El se presenta como:

«…teniendo por lo menos cinco años de cautiverio… ascendiendo desde abajo en las condiciones más penosas y habiendo llegado poco a poco a una posición que le había permitido ver claro y ejercer una influencia…, no habiendo pertenecido nunca a la clase prominente del campo… no estando manchado por ninguna infamia en su comportamiento de preso.» (Página 20.)

En la práctica, después de ester destinado durante un año en el comando de la Effektenkammer (almacén de vestuario), empleo privilegiado, pasó a ser secretario del médicojefe del campo, doctor Ding-Schuller, empleo más privilegiado aún. Por esta última razón tuvo que conocer en detalle todas las intrigas del campo durante los dos últimos años de su internamiento.

Después de haberlo leído, he vuelto a cerrar el libro. Luego lo he vuelto a abrir. Y bajo el título de la página de guarda he escrito como subtítulo: o Plegaria pro domo.

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4.5.1. EL PRESO EUGEN KOGON.

En Buchenwald había una «Sección para el estudio del tifus [204] y de los virus». Ocupaba los bloques 46 y 50. El responsable de ella era el S.S.

médico-jefe del campo, doctor Ding-Schuller.

He aquí cómo funcionaba:

«En el bloque 46 del campo de Buchenwald – que era por otra parte un modelo de limpieza aparente y estaba bien instalado – no se realizaban solamente experiencias sobre hombres sino que se aislaba igualmente a todos los tíficos contaminados en el campo por vía natural o que ya lo estaban cuando fueron entregados a él. Se les curaba allí, en la medida en que resistían esta terrible enfermedad. La dirección del bloque fue confiada… por parte de los presos… a Arthur Dietzsch que había alcanzado algunos conocimientos médicos sólo por la práctica (1). Dietzsch era comunista y se encontraba en prisión desde hacía más de 20 años (2). Era un ser muy endurecido y naturalmente una de las personas más odiadas y más temidas del campo de Buchenwald. (3).

{1 Durante este tiempo, el doctor Seguin nunca pudo hacerse tomar en consideración por la Häftlinsführung. El doctor Seguin es el doctor X… de la página 56: murió por no haber sido reconocido nunca como médico por los comunistas que le enviaron al Steinbruch (cantera).}

{2 En consecuencia, el nacionalsocialismo le había recibido de la rebública de Weimar. Este hecho no carece de humor, ya que caracteriza una meta común en ambos regímenes.}

{3 No parece haber encontrado a un Martin-Chauffier.}

»Como la jefatura de la S.S. del campo y los suboficiales tenían un temor insuperable al contagio y pensaban que también se podía contagiar el tifus por simple contacto, por el aire, por la tos del enfermo, etc., nunca penetraban en el bloque 46… Los presos se aprovechaban de esto en colaboración con el Kapo Dietzsch: la dirección ilegal del campo se servía de ello por una parte para desembarazarse de las personas que colaboraban con la S.S. contra los presos (o que parecían colaborar, o simplemente que eran impopulares) (4) y por otra para ocultar en el bloque 46 a ciertos prisioneros políticos de importancia [205]

{4 O más simplemente aún, que la molestaban, que amenazaban con ascender a puestos importantes. El argumento de colaboración con la S.S. carece por otra parte de valor: esta “dirección ilegal” (sic) colaboraba “abiertamente” con la S.S. como será demostrado en otro lugar.}

cuya vida estaba amenazada, lo cual era a veces muy difícil y muy peligroso para Dietzsch, pues sólo tenía como criados y enfermeras a algunos verdes.. (Página 162.)

«En el bloque 50 se preparaba vacuna contra el tifus exantemático con pulmones de ratones y de conejos, según el procedimiento del profesor Girond de Paris. Este servicio fue fundado en agosto de 1943. Los mejores especialistas del campo, médicos, bacteriólogos, serólogos, químicos, fueron escogidos para esta tarea, etc…» (Página 163.)

Y he aquí cómo fue destinado Eugen Kogon a su puesto:

«Una hábil política de los presos tuvo como finalidad, desde el comienzo, el llevar a este comando a los camaradas de todas las nacionalidades cuya vida estaba amenazada, pues la S.S. sentía tanto temor respetuoso ante este bloque como ante el bloque 46. No sólo por el capitán de la S.S. doctor Ding-Schuller sino también por los presos, y por diferentes motivos, este temor fetichista de la S.S. fue mantenido (por ejemplo colocando letreros sobre el cerco de alambradas que aislaba al bloque). Algunos candidato para la muerte, tales como el físico holandés Van Lingen, el arquitecto Harry Pieck y otros holandeses, el médico polaco doctor Marian Ciepielowski (jefe de producción en este servicio), el profesor doctor

Balachowski, del Instituto Pasteur de París, el autor de esta obra en su calidad de periodista austríaco y siete camaradas judíos, encontraron un asilo en este bloque con la aprobación del doctor Ding-Schuller.» (Página 163.)

Es necesario admitir que Eugen Kogon dio serias garantías al núcleo «comunista» que tenía preponderancia en el campo – ¡contra otros grupos verdes, políticos, o sea comunistas! – para lograr ser desiguado por él para este puesto de confianza. Y no hay que olvidar estoe:

«con la aprobación del doctor Ding-Schuller…» Veamos ahora lo que él podía permitirse en este puesto:

[206]

«Con motivo de las peticiones que cada vez sugería, redactaba y sometía a la firma, ellos fueron protegidos contra súbitas levas, transportes de exterminio, etc.» (Página 163.)

o también:

«Durante los dos últimos años que he pasado en calidad de secretario del médico, redacté con ayuda de especialistas del bloque 50, por lo menos media docena de informes médicos sobre el tifus exantemático firmados por el doctor Ding-Schuller… Sólo mencionaré de paso el hecho de que yo estaba igualmente encargado de una parte de su correspondencia privada, incluyendo cartas de amor y de condolencia. Frecuentemente él no leía ni siquiera las respuestas, me arrojaba las cartas después de haberlas abierto y me decía: «Despache esto, Kogon. Usted ya sabe bien lo que hay que responder. Es alguna viuda que busca un consuelo…» (Página 270.)

Y podía declarar:

«Tenía en mis manos al doctor Ding-Schuller.» (Página 218.)

hasta tal punto que estar «en malas relaciones con el Kapo del bloque 46» ni siquiera le preocupaba.

Resulta de todo este que habiendo sabido granjearse los favores del equipo influyente en la Häftlingsführung (1), se había atraído al mismo tiempo los de una de las más altas autoridades [207] de la S.S. del campo.

{1 En una nota de la edición alemana de La mentira de Ulises recoge el editor un pasaje del libro Sobre el patíbulo no crece la hierba de Friedrich Oscar. En él se acusa a los testigos de diferentes procesos de la posguerra cuyos testimonios eran contradictorios entre sí. Dice Oscar que en los interrogatorios realizados por la defensa de algunos acusados quedó patente que la mayoría de los testimonios de Eugen Kogon no eran directos como éste pretendió al principio, sino que los conocía de haberlos oído decir a otros. Como testigo de cargo sus declaraciones fueron contradictorias. En el proceso de los médicos – señala Oscar – declaró Kogon bajo juramento que él no sabía nada acerca de la “dirección ilegal de los presos”: sin embargo en el proceso de Buchenwald que tuvo lugar en Dachau en 1947, Kogon manifestó, también bajo juramento, que él mismo había pertenecido a esa “direccion ilegal de los presos” del campo. (N. del T.)}

Todos los que hayan vivido en un campo de concentración estarán de acuerdo en que semejante resultado apenas era susceptible de ser obtenido sin algunas retorsiones a las reglas morales de uso habitual fuera de los campos.

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4.5.2. EL MÉTODO.

«Para disipar ciertos temores y demostrar que este relato (así es como él designa a su Infierno organizado) no corría peligro de transformarse en acta de acusación contra ciertos presos que habían ocupado una posición dominante en el campo, lo leí, a comienzos de 1945, cuando ya estaba casi terminado y sólo faltaban los dos últimos capítulos de un total de doce, ante un grupo de quince personas que hablan pertenecido a la dirección clandestina (2) del campo, o que representaban a ciertos grupos politicos de presos. Estas personas aprobaron la exactitud y la objetividad de ella.

{2 Eugen Kogon emplea tanto la palabra “ilegal” como la de “clandestina” para caracterizar a la Häftlingsführung. En realidad ésta no tenía nada de ilegal ni de clandestina.}

Asistieron a esta lectura:

1.– Walter Bartel, comunista de Berlin, presidente del Comité internacional del campo.

2.– Heinz Baumeister, socialdemócrata, de Dortmund, que durante años habla pertenecido al secretariado de Buchenwald; subsecretario del bloque 50.

3.– Ernst Busse, comunista, de Solingen, Kapo de la enfermería de los presos.

4.– Boris Banilenko, jefe de las juventudes comunistas en Ucrania, miembro del comité ruso.

5.– Hans Eiden, comunista, de Treves, primer Lagerältester.

6.– Baptist Feilen, comunista, de Aquisgrán, Kapo del lavadero.

7.– Franz Hackel, independiente de izquierda, de Praga. Uno de nuestros amigos, sin función en el campo.

[208]

8.– Stephan Heymann, comunista, de Mannheim, miembro de la oficina de información del campo.

9.– Werner Hilpert, del Zentrum, de Leipzig, miembro del comité internacional del campo.

10.– Otto Horn, comunista de Viena, miembro del comité austríaco.

11.– A. Kaltschin, prisionero de guerra ruso, miembro del comité ruso.

12.– Otto Kipp, comunista de Dresde, Kapo suplente de la enfermería de los presos.

13.– Ferdinand Römhild, comunista de Frankfurt del Main, secretario de la enfermería de los presos.

14.– Ernst Thappe, socialdemócrata, jefe del comité alemán.

15.– Walter Wolf, comunista, jefe de la oficina de información del campo.» (Páginas 20 y 21.)

Por sí sola, esta declaración que en cierto modo podria ir como introducción del libro, basta para hacer sospechoso todo el testimonio: «Para disipar ciertos temores y demostrar que este relato no corría peligro de transformarse en acta de acusación contra ciertos presos que habían ocupado una posición dominante en el campo…» Eugen Kogon ha evitado pues el referir todo lo que pudiera acusar a la Häftlingsführung, guardando sólo agravios contra la S.S.: ningún historiador aceptará esto jamás. Por el contrario, se puede creer fundadamente que obrando así él ha pagado una deuda de gratitud hacia los que le procuraron en el campo un empleo completamente tranquilo y con los cuales tiene intereses comunes que defender ante la opinión pública.

Además, las quince personas citadas que han decidido de su «exactitud y de su objetividad» resultan sospechosas. Todas ellas son comunistas o simpatizantes del comunismo (incluso las que figuran bajo la denominación de socialdemócrata, independiente o centrista) y si casualmente hubiera alguna excepción sólo se trataría de un agradecido. En fin, constituyen un cuadro de los más altos personajes de la burocracia del campo de Buchenwald: Lägeraltester, Kapos, etc.

Yo considero como insignificantes o fantásticos los títulos de presidente o de miembro del comité de este o de aquello que se [209] han atribuido en forma encubierta: se los han concedido mutuamente entre ellos en el momento de la liberación del campo por los norteamericanos e incluso posteriormente. Y no me detengo en la noción de «comité» que se ha introducido en la discusión y de la cual ya he tratado en otro lugar: ellos han dicho esto y han logrado hacerlo admitir invocando motivos muy nobles (1).

{1 Véase en la primera parte la página 79}.

A mi juicio, estas quince personas se han alegrado sumamente de encontrar en Eugen Kogon una pluma hábil para descargarles de toda responsabilidad a los ojos de las futuras generaciones.

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4.5.3. LA HÄFTLINGSFÜHRUNG.

«Sus tareas eran las siguientes: mantener el orden en el campo, velar por la disciplina para evitar la intervención de la S.S., etc. Durante la noche – que permitía suprimir las patrullas de la S.S. en el campo – su tarea era acoger a los recién llegados, lo cual evitó poco a poco los brutales enredos de la S.S. Esta era una tarea difícil e ingrata. La guardia del campo de Buchenwald golpeaba raramente, aunque hubo a menudo brutales altercados. Los recién llegados, que venían de otros campos, desde luego estaban asustados cuando eran recibidos por la gente de la guardia del campo de Buchenwald, pero siempre sabían apreciar seguidamente esta acogida más benigna que en otros sitios… Siempre había ciertamente tal o cual miembro de la guardia del campo que con arreglo a su manera de expresarse podía pasar por un S.S. malogrado. Pero esto tenía poca importancia. Sólo contaba el fin:

manfener un núcleo de prisioneros contra la S.S. Si la guardia del campo no hubiese hecho reinar una impecable apariencia de orden frente a la S.S., ¿qué hubiera sido del campo entero y de los millares de prisioneros en el de las llegadas y salidas en grupo, durante las operaciones de castigo y «last not least» (1) en los últimos días antes de la liberación?» (Página 62.)

{1 “last but not least” : lo que va en último lugar pero no en último orden de importancia. (N.delT.)}

[210]

Si me remito solamente a mi experiencia personal acerca de la acogida que se le dispensó a mi convoy en dos campos diferentes, no me es posible convenir que fue mejor en Buchenwald que en Dora, sino más bien lo contrario. Pero debo reconocer que las condiciones generales de vida en Buchenwald y en Dora no eran comparables: el primero era un sanatorio en relación al segundo. Deducir de ello que esto se debía a una diferencia de composición, de esencia y de convicciones políticas o filosóficas entre las dos Häftlingsführung sería un error:

si se las hubiese invertido en bloque el resultado hubiese sido el mismo. En ambos casos, su comportamiento estaba impuesto por las condiciones generales de existencia y no viceversa.

En la época de la que habla Eugen Kogon, Buchenwald estaba en el término de su evolución. Todo estaba acabado o casi: los servicios ya funcionaban, se había establecido un orden. Los de la S.S., menos expuestos a las molestias que el desorden trae consigo, insertados en un programa regular y casi sin azares, se irritaban mucho menos que antes. En Dora, por el contrario, el campo estaba en plena construcción, era preciso crear todo e instalarlo con los medios limitados de un país en guerra. El desorden era el estado natural.

Allí todo chocaba entre sí. La S.S. era inabordable y la Häftlingsführung no sabiendo qué inventer para complacerla iba a menudo más allá de sus deseos. En Buchenwald, las exigencias de un Kapo o de un Lagerältester, idénticas en sus móviles y en sus fines, eran menos sensibles en su alcance solamente porque en una situación major en todos los puntos ellas no entrañaban consecuencias tan graves para la masa de detenidos.

Conviene añadir como prueba suplementaria, aun redundante, que en el otoño de 1944 el campo de Dora estaba también terminado poco más o menos, y aun sin haber modificado en nada la Häftlingsführung su comportamiento, las condiciones materiales y morales de existencia podían compararse a las de Buchenwald. En aquel momento se precipitó el fin de la guerra, los bombardeos limitaron las posibilidades de abastecimiento, el avance de los aliados en ambos frentes aumentó la población con la de los campos evacuados del Este y del Oeste y todos los problemas se plantearon de nuevo.

Queda por señalar el razonamiento según el cual para mantener un núcleo contra la S.S.

era importante el sustituirla: no lo entiendo, pues todo el campo estaba naturalmente contra la [211] S.S. Podría sostenerse que hubiera sido preferible mantener «en vida» a todo el mundo contra la S.S., y no solamente a un núcleo a sus órdenes, aunque sólo fuese para suscitarle dificultades suplementarias… En lugar de esto, se empleó un medio que si bien salvó a este precioso núcleo hizo morir a la masa. Porque como reconoce Eugen Kogon, después de David Rousset, no eran sólo las buenas maneras las que intervenían en la cuestión:

«De hecho, los presos no han recibido nunca las escasas raciones que les eran asignadas en principio. Primeramente, la S.S. tomaba lo que le agradaba. Después los presos que trabajaban en el almacén de víveres y en las cocinas se las “arreglaban” para descontaõ ampliamente su parte. Luego los jefes de cuarto apartaban una buena cantidad para elles y para sus amigos. El resto iba a los miserables presos ordinarios.» (Página 107.)

Conviene precisar que todo el que detentaba una pequeña parte de autoridad en el campo era colocado por esa razón para «sustraer»: el Lagerältester que entregaba globalmente las raciones, el Kapo o el jefe de bloque que se servían copiosamente en primer lugar, el jefe de equipo o el Stubendienst (jefe de cuarto) que cortaban el pan o ponían la sopa en las escudillas, el policía, el secretario, etc. Es curioso que Kogon ni siquiera lo mencione.

Toda esta gente se regodeaba literalmente con los productos de sus robos, y paseaban por el campo unos semblantes florecientes. Ningún escrúpulo les detenía:

«Para la enfermería de los presos había en los campos una alimentación especial de enfermos, lo que se llamaba la dieta. Esta era muy solicitada como suplemento y en su mayor parte era sustraída en provecho le las personalidades del campo: Blockältester, Kapos, etc. En cada campo se podían encontrar comunistas o criminales que durante años recibían además de otras ventajas tas suplementos para enfermos. Era sobre todo una cuestión de relaciones con la cocina de los enfermos compuesta exclusivamente por gente que pertenecía a la clase de presos que dominaba el campo, o bien un asunto de intercambio de buenos servicios: los [212]

Kapos del taller de costura, de la zapatería, del almacén de vestuario, del de herramientas, etc., entregaban a cambio de esta alimentación lo que los otros les pedían. En el campo de Buchenwald, de 1939 a 1941 se desplazaron cerca de cuarenta mil huevos en el interior mismo del campo.» (Páginas 110, 111 y 112.)

Durante ese tiempo, los enfermos morían en la enfermería al ser privados de esta alimentación especial que les asignaba la S.S. Explicando el mecanismo del robo, Kogon hace de él un simple aspecto del «sistema D», empleado indistintamente por todos los presos que se encontraban en el recorrido por los alimentos. Esto constituye a la vez una inexactitud y un acte de benovolencia con respecto a la Häftlingsführung.

El trabajador de un comando cualquiera no podía robar: el Kapo y el Vorarbeiter vigilaban estrechamente dispuestos a denunciarle. A lo más que podía arriesgarse era a coger algo a uno de sus compañeros de infortunio una vez hecha la distribución de las raciones. Pero el Kapo y el Vorarbeiter podían sustraer de acuerdo del conjunto de las raciones antes de distribuirlas, y lo hacían cínicamente. También impunemente porque era imposible denunciarles en otra forma que no fuese la vía jerárquica, es decir, pasando por ellos. Robaban para ellos, para sus amigos, para los funcionarios de autoridad a los cuales les debían el puesto y, en los escalones superiores de la jerarquía, para la S.S. de la cual querían asegurarse o conserver la protección.

De la dieta de los enfermos, el Kapo de la enfermeria – ¡el que ha confirmado la exactitud y la objetividad del testimonio de Kogon! – sustraía una importante cantidad en provecho de sus colegas y de los comunistas acreditados (1).

{1 Había muchos comunistas que no lo estaban, aquellos que ante todo eran gentes honradas. Estaban perdidos en la masa y seguían la suerte común.}

Durante mi estancia en Buchenwald, hizo guardar una cantidad de leche cercana al litro, y de paso algunas otras golosinas, para Erich, jefe del bloque 48. Si se lleva esta operación a la escala del campo ya se puede calcular la cantidad de leche de la que así eran privados los enfermos. En comparación, los pequeños robos en el circuito eran insignificantes.

Así pues, bien se tratase del menú ordinario o de la dieta, enfermos o no, para morirse de hambre los presos tenían dos razones [213] que añadir; las detracciones de la S.S. (2) y las de la Häftlingsführung. Tenían por tanto dos razones para recibir golpes y ser maltratados en general. En estas condiciones, había pocos

{2 Es preciso observar que los de la S.S. no sustraían generalmente por sí mismos o lo hacían muy tímidamente: “dejaban” robar por su cuenta y así eran mejor servidos.}

detenidos que no profiriesen tratar directamente con la S.S.: el Kapo que robaba con exceso golpeaba también más fuerte para agradar a la S.S. y era raro que una simple reprimenda de uno de la S.S. no entrañase por añadidura una tunda del Kapo.

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4.5.4. LOS ARGUMENTOS.

Los argumentos que justifican la salvación de un núcleo ante todo y a toda costa, no son más concluyentes que los hechos.

«¿Qué habría sido del campo entero, sobre todo en el momento de la liberación?» (Página 273 de la obra citada.)

empieza por preguntarse Kogon atemorizado. De esto que precede resulta ya que el campo entero sólo hubiera tenido un motivo de menos para morir a este ritmo. No basta con añadir:

«Es así como los primeros carros de combate norteamericanos que venían del Norte-Oeste, encontraron liberado Buchenwald.» (Página 304.)

y hace recaer el mérito de ello sobre la Häftlingsführung, para que esto sea verdad. Según eso se podría decir también que entraron en una Francia liberada, lo cual sería ridículo. La verdad es que la S.S. huyó ante el avance norteamericano e intentando llevar consigo el mayor número posible de presos lanzó a la Häftlingsführung con las porras en la mano a la caza del hombre en el campo.

Gracias a esto, la operación se hizo con un mínimo de desorden. Y si por una milagrosa casualidad la ofensiva de los norteamericanos hubiera sido detenida ante el campo, hasta tal punto que una contraofensiva alemana llevada vigorosamente hubiese podido decidir el resultado de la guerra en otro sentido, el razonamiento ofrecería una cierta ventaja que se trasluce de estas líneas:

[214]

«Las jefaturas de la S.S en los campos no eran capaces de ejercer un control sobre decenas de millares de presos de otra manera que no fuese la exterior y esporádica.» (Página 275.)

Dicho de otro modo, en una Alemania victoriosa cada uno de los funcionarios de autoridad del campo hubiese podido alegar su contribución personal al mantenimiento del orden, su abnegación, etc., para obtener la liberación.

Y el texto que se acaba de leer hubiera podido aparecer sin cambiar ni una sola coma.

«Mediante un combate sin cesar había que romper y hacer inoperante el método de la S.S. que mezclaba las diversas categorías de presos, mantenía las oposiciones naturales y provocaba otras artificiales. Los motivos de esto eran claros entre los rojos. Entre los verdes no era de ningún modo por motivos políticos; querían poder dar libre curso a sus prácticas habituales: corrupción, chantaje y búsqueda de ventajas materiales Todo control les era insoportable, en especial un control procedente del interior del mismo campo.» (Página 278.)

Es evidente que ningún método de la S.S. podía hacerse inoperante desde el momento en que practicado por otros con eI mismo propósito se aplicaba al mismo objeto y en la misma forma. Más aún: era innecesario. La S.S. ya no tenía necesidad de golpear puesto que aquellos en los cuales había delegado sus poderes golpeaban mejor; ni de robar, pues ellos robaban mejor y el beneficio era el mismo cuando no era más substancial; ni de hacer morir a fuego lento para hacer respetar el orden, pues se ocupaban de ello en su lugar y el orden era más resplandeciente.

Por otra parte, yo no he observado nunca que la intervención de la burocracia del campo haya borrado las oposiciones naturales, ni que las diverses categorías de presos hayan estado menos mezcladas de lo que había decidido la S.S.

Los métodos empleados, se estará de acuerdo, no eran convenientes para obtener este resultado. Y el fin perseguido – el confesado – no era sino aquel de «dividir para reinar», este principio [215] que vale para todo poder deseoso de sostenerse y que valía tanto para la Häftlingsführung como para la S.S. En la práctica, mientras que la última oponía indistintamente la masa de presos a los que ella había escogido para gobernarles, la primera se servía del matiz político, de la naturaleza del delito y de la selección de un núcleo de cierta calidad.

Lo que es divertido – ¡a distancia! – en esta tesis es la distinción que hace entre los rojos y los verdes en el poder, acusando a estos últimos de corrupción, de chantaje y de búsqueda de ventajas materiales: ¿qué hacían pues los rojos que no fuese esto? Y para el preso ordinario, ¿cuál era la diferencia si le era imposible medirla en un resultado?

En un mundo bizantinizado por décadas de una enseñanza para pequeños-burgueses, la yuxtaposición de proposiciones abstractas adquiere mayor importancia que el inexorable encadenamiento de los hechos. Una moral que para establecer un contraste entre el delito de derecho común y el delito político tiene necesidad de suponer una diferencia esencial entre los culpables no da importancia a una identidad de los móviles del comportamiento en los unos y en los otros, en cualquier circunstancia que sea. Ella incita a despreciar demasiado la influencia del ambiente, pero las reacciones de los individuos más desinteresados y más irreprochables son diferentes si se les trasplanta a un medio que ponga diariamente la vida en peligro.

Es lo que se ha producido en los campos de concentración: las necesidades de la lucha por la vida y los apetitos más o menos confesables, han prevalecido sobre todos los principios morales. En la base, estaba el deseo de vivir o de sobrevivir. En los menos escrupulosos, iba acompañado por la necesidad de robar comida y después por la de asociarse para robar major.

Los más hábiles en asociarse para alimentarse mejor – los políticos, pues en la coyuntura la operación requería más destreza que fuerza – fueron los más fuertes para conquistar el poder parque eran los mejores alimentados. Y también fueron los más fuertes para conservarlo porque intelectualmente eran los más hábiles. Pero ningún principio moral en el sentido en el que lo entendemos en el mundo exterior a los campos ha intervenido en esta concatenación de hechos de otro modo que por su ausencia.

Después de esto, se puede escribir:

[216]

«En cada campo, los presos políticos se esforzaron en tomar en sus manos el aparato administrativo interno, o, llegado el caso, lucharon por conservarlo. Esto a fin de defenderse por todos los medios contra la S.S., no solamente para llevar el duro combate por la vida sino también para ayudar en la medida de lo posible a la disgregación y al hundimiento del sistema. En más de un campo, los jefes de los presos políticos han realizado durante años un trabajo de este género, con una admirable perseverancia y un desprecio completo de la muerte.» (Página 275.)

Pero esto no es más que un descargo cuya forma por laudatoria que sea no logra ocultar que él asemeja a todos los presos políticos – incluso a aquellos que no han buscado nunca el ejercer ninguna autoridad sobre sus compañeros de infortunio – con los menos escrupulosos de entre ellos. Ni la declaración: «Defenderse por todos los medios…» Por todos los medios, he aquí lo que esto podía significar:

“Cuando la S.S. pedía a los políticos que hiciesen una selección de los presos “ineptos para vivir” (1) con el fin de matarlos, y una negativa hubiese podido significar el fin de los rojos y el regreso de los verdes, entonces era preciso estar dispuesto a asumir este delito.

{1 Entre comillas en el texto.}

Sólo había la elección entre una participación activa en esta selección o un retiro probable de las responsabilidades en el campo, lo cual, después de todas las experiencias hechas, podía tener todavía peores consecuencias.

Cuanto más sensible era la conciencia, más difícil resultaba el tomar esta decisión.

Como había que tomarla y sin tardar, era preferible confiarla a temperamentos vigorosos, con el fin de que no fuésemos transformados todos en mártires.» (Página 327.)

He advertido anteriormente que no se trataba de seleccionar a los ineptos para vivir sino a los ineptos para et trabajo. El matiz es perceptible. Si se quiere despreciarlo a toda costa, yo confieso [217] públicamente que sería preferible «arriesgar un retiro probable (1) de las responsabilidades en el campo» que cargar la conciencia con esta participación activa», siempre diligente en la práctica. ¿Habrían vuelto los verdes al poder? ¿Y después?

{1 Probable solamente, lo subrayo.}

Primeramente, no eran bastante fuertes para conservarlo. Luego, en este caso concreto, no habrían tenido más celo respecto a la masa. No hubieran designado a mayor número de ineptos ni habrían tomado menos en consideración la calidad, pues, en estas selecciones, los rojos no se preocupaban más que los verdes del color político, a menos que la Häftlingsführung estuviese interesada por alguno de los suyos.

Por tanto, y si esto era para asumir este delito a los ojos de la moral, ¿por qué tomar el poder a los verdes o querer conservarlo contra ellos? Es posible que al estar los verdes en el poder, los ineptos seleccionados de este modo no hubieran sido los mismos, salvo en algunos casos. Pero nada hubiese cambiado en cuanto al número, que estaba determinado por la estadística general del trabajo y según la posibilidad material del campo para sostener un número más o menos grande de no trabajadores. El mismo Eugen Kogon quizá no hubiese tenido la posibilidad de llegar a ser o de permanecer como secretario particular del capitán médico de la S.S., doctor Ding-Schuller, y, arrojado en la masa, quizás hubiese caído también él entre el número de estos ineptos a fuerza de ser golpeado y de tener hambre. Posiblemente, hubiese sucedido lo mismo a los otros quince que han dado la absolución a su testimonio.

Entonces, hubiera sobrevenido la catástrofe más inesperada: sólo hubiese podido ocurrir lo siguiente:

«No todos nosotros fuimos transformados en mártires, sino que pudimos continuar viviendo como testigos.» (Ya citado.)

Como si importase para la historia que Kogon y su equipo fuesen testigos antes que otros – como Michelin de Clermont-Ferrand, François de Tessan, el doctor Seguin, Crémieux, Desnos, etc.-, pues este todos y este nosotros sólo se aplican, bien entendido, a los privilegiados de la Häftlingsführung, y no a todos los políticos que a pesar suyo constituían la mayor parte de la masa. Ni siquiera por un instante le ha venido al autor la idea de que [218] contentándose con comer menos y golpear menos la burocracia del campo hubiese podido salvar a la casi totalidad de los presos y de que hoy sólo reportaría ventajas el que también ellos fuesen testigos.

Para que un hombre tan prevenido y que ostenta por otra parte una cierta cultura, haya podido llegar a conclusiones tan miserables es preciso ver la causa en el hecho de que ha querido juzgar a los individuos y los acontecimientos del mundo del campo con unidades de medida que le son ajenas. Cometemos el mismo error cuando queremos apreciar todo lo que sucede en Rusia o China con unas reglas morales que son propias del mundo occidental, y tanto los rusos como los chinos hacen lo mismo en sentido inverso. Aquí y allí se ha creado un orden y su aplicación ha dado origan a un tipo de hombre cuyas concepciones de la vida social y del comportamiento individual son diferentes y aún opuestas.

Lo mismo sucede con los campos de concentración: diez años de experiencia han bastado para crear un orden en función del cual debe ser juzgado todo, y máxime teniendo en cuenta que este orden dio origan a un nuevo tipo de hombre intermedio entre el delincuente común y el preso político. La característica de este nuevo tipo de hombre resulta del hecho de que el primero ha descarriado al segundo y le ha vuelto casi semejante a él, sin herir demasiado su conciencia, al nivel de la cual estaba adaptado el campo por aquellos que lo habían concebido. Es el campo el que ha dado un sentido a las reacciones de todos los presos, verdes o rojos, y no a la inversa.

De acuerdo con esta comprobación y en la medida en que se quiera admitir que no se trata de una simple construcción del espíritu, las reglas de la moral en curso en el mundo exterior a los campos pueden intervenir para perdonar, pero en ningún caso para justificar.

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4.5.5. EL COMPORTAMIENTO DE LA S.S.

Comparo entre sí dos afirmaciones:

«Algunos presos que maltrataban a sus camaradas, o incluso les golpeaban hasta causarles la muerte, [219]

evidentemente nunca eran castigados por la S.S. y tenían que ser matados por la justicia de los detenidos.» (Página 98.)

y:

«Una mañana se encontró a un preso colgado en un bloque. Se abrió una encuesta y se descubrió que el «ahorcado» había muerto después de haber sido horriblemente golpeado y pateado, y que el Stubendienst dirigido por el Blockältester Osterloh (1) le colgó para simular un suicidio. La víctima había protestado contra una sustracción de pan por el Stubendienst. La dirección del campo de la S.S. logró (2) echar tierra al asunto y reposo al asesino en su puesto, de forma que no cambió nada.» (Página 50.)

{1 Un verde, y por eso se relata el incidente como si tuviese un “valor de ejemplo”.}

{2 Subrayado por nosotros.}

Es exacto que la jefatura del campo de la S.S. generalmente no intervenía en las discusiones que enfrentaban a los presos entre sí, y en vano se podía esperar de ella cualquier decisión de justicia. No podía ser de otra manera:

«Ella ignoraba lo que sucedía realmente detrás de las alambradas.» (Página 275.)

La Häftlingsführung, en efecto, multiplicaba los esfuerzos para que ella lo ignorase.

Erigiéndose en verdadera «justicia de los detenidos», aprovechando para tomar las más inverosímiles decisiones que no se podía apelar de ningún modo contra ellas, no recurría nunca a la S.S. más que para reforzar su autoridad cuando sentía que se debilitaba. No obstante, no quería ver intervenir a aquélla, temiendo a la vez que fuese menos severa, lo cual pubiera puesto a discusión en la masa su autoridad y las apreciaciones de ella en cuanto a su aptitud para gobernar, y hubiese creado el problema de su destitución y de su reemplazo.

Prácticanente, todo esto se resolvía con un compromiso: la Häftlingsführung «evitando los chismes», impidiéndoles atravesar [220] la pantalla que ella formaba; la S.S. no interesándose por nada, con la salvedad de que reinase el orden y fuese inatacable.

En el caso que se ha expuesto, si el jefe de bloque Osterloh hubiese sido un rojo, nada habría llegado a oídos de la S.S. de otro modo que no fuese el de la versión del suicidio de la víctima, lo cual no ofrecía dificultades. Pero era un verde y representaba una de las últimas partículas del poder que su categoría conservaba en el campo: los rojos le denunciaron con la esperanza de eliminarle. La S.S. no resolvió en la medida de sus deseos. Así lo quería el orden: un jefe de bloque, incluso culpable, no podía resultar sospechoso ni ser castigado más que por la autoridad superior, en ningún caso a petición o por reacción de la masa. Que fuese verde o rojo, era igual.

Se pueden invertir los términos de la proposición, transformar al acusado en víctima y a la víctima en asesino: en este caso la propia Häftlingsführung hubiese hecho éste razonamiento. Sin preocuparse del color de Osterloh, ella se hubiera considerado como afectada o amenazada en sus prerrogativas y hubiese dado aviso a la S.S. pidiendo un castigo ejemplar – a menos que, lo cual es más probable, ella no hubiera aplicado primeramente el castigo y solamente después hubiese pedido a la S.S. la confirmación mediante sentencia. En el primer caso, la S.S. lo transmitía al grado jerárquico superior y esperaba la decisión: paso por alto los golpes que procedentes de todas partes acompañaban al asesino en el Bunker (1)…

{1 La prisión interior del campo. De creer a Eugen Kogon, “No fue la SS. quien la inventó sino el primer Lagerältester Richter» (pag. 174), cuando la S.S. ni siquiera pensaba en ello.}

En el segundo, ella aprobaba la actitud de la Häftlingsführung precisamente para evitar demandas de explicaciones, de justificaciones, etc., y molestias de todo género por parte de este grado jerárquico superior. En ambos casos, en el sentido de la facilidad, no había nada que fuese compatible con el orden, incluso revisado y corregido sobre el terreno.

En el asunto Osterloh, al cual habían dado imprudentemente los rojos el carácter de una cuestión de conciencia en la cual la honradez atacaba al orden, tuvo que intervenir Berlín y suscitó tantas dificultades que, según la declaración del testigo, la jefatura de la S.S. de Buchenwald sólo pudo lograr que se echase tierra al asunto. En general, las jefaturas de la S.S. tampoco deseaban referirse a él. Temían las tardanzas, las indiscreciones, [221] incluso los escrúpulos que podían tomar el de ligeras persecuciones y en cabeza de los cuales estaba el envío a otra formación, lo cual en tiempo de guerra tenía graves consecuencias. Teniendo a Berlín en una ignorancia casi tctal, informándole sólo de lo que no podían ocultarle (2), regulaban al máximo sobre el terreno.

{2 Para el lector que encuentre este punto de vista un poco aventurado me permito recordarle mi nota marginal de la página 184. En Francia, los ministerios de Justicia y de Educación Nacional ignoran poco más o menos todo lo que sucede en las prisiones y en los campos llamados de reeducación: las normas prácticas de la disciplina están generalmente en constante y flagrante delito de violación de las instrucciones oficiales y nadie se entera de ello más que con motivo de escándalos periódicos. En todos los países del mundo sucede así: hay un “mundo de delincuentes que vive al margen del otro, en situación de relegación, y en el cual hace de rey el “Chaouch”. En los confines de este “mundo” se sitúan los pueblos coloniales, a propósito de los cuales los ministerios de Colonias y de la Guerra de los que dependen, ignoran también totalmente el comportamiento de sus ayudantes, que llenan sin embargo circulares humanitarias.}

Si se duda sobre ello, he aquí otro texto:

«Frecuentemente, tenían lugar en los campos las visitas de la S.S. Con este motivo, la jefatura de la S.S. aplicaba un extraño método: por una parte disimulaba todos los detalles accesorios; por otra organizaba verdaderas exhibiciones. Todos los dispositivos que podían hacer adivinar que se torturaba a los presos eran pasados en silencio por los guías, y se les ocultaba. De este modo el famoso potro que se encontraba en la plaza era disimulado en un barracón habitable hasta que partían los visitantes. Una vez, parece ser que se olvidaron de tomar estos medidas de prudencia: al preguntar un visitante qué era este instrumento, uno de los jefes del campo respondió que era un molde de carpintería que servía para fabricar formas especiales. Igualmente eran apartadas las horcas y las estacas en las cuales se colgaba a los presos. Los visitantes eran conducidos a través de unas «instalaciones modelo»: enfermería, cine, cocina, biblioteca, almacenes, servicio de limpieza de ropa y sección de agricultura. Si entraban en algún bloque lo hacían en los que habitaban «fuera del servicio» los peluqueros y los sirvientes de la S.S. y algunos presos privilegiados, bloques que por este motivo nunca estaban superpoblados y siempre se encontraban limpios. En la huerta, así como en el taller de escultura, los visitantes de la S.S. a veces recibían regalos como recuerdo.» (Página 258.)

[222]

Esto en cuanto a Buchenwald. Si se quiere saber quiénes eran esos visitantes, veámoslo:

«Había visitas colectivas y visitas particulares. Estas últimas eran especialmente frecuentes en período de vacaciones, cuando los oficiales de la S.S.

enseñaban el campo a sus amigos o parientes. Estos eran igualmente, en su mayoría, miembros de la S.S. o jefes de la S.A., a veces también oficiales de la Wehrmacht o de la policía. Las visitas colectivas eran de diferentes clases. Se veía frecuentemente a promociones de agentes de policía o gendarmes de un cercano centro de formación, o a promociones de aspirantes de la S.S. Después de comenzada la guerre, había también visitas de oficiales aviadores. De vez en cuando, se veían igualmente paisanos. Una vez llegaron a Buchenwald delegaciones de juventudes de los países fascistas que se habían reunido en Weimar para un “congreso cultural”. También iban al campo grupos de las juventudes hitlerianas.

Los visitantes de importancia, tales como el gauleiter Sauckel, el jefe superior de la policía de Weimar, Hennicke, el príncipe de Waldeck-Pyrmont, el coude Ciano, ministro de Asuntos Exteriores de Italia, comandantes de la circunscripción militar, el jefe de Sanidad del Reich doctor Conti, y otros visitantes de esta categoría quedaban frecuentemente hasta la hora de formar filas por la noche.» (Página 257.)

Así pues, se ocultaban cuidadosamente las huellas o las pruebas de malos tratos, no solamente en general a los visitantes extranjeros u otros, sino incluso a las más altas personalidades de la S.S. y del III Reich. Yo me figuro que si estas personalidades se hubieran presentado en Dachau y en Birkenau se les habría suministrado respecto a las cámaras de gas explicaciones tan pertinentes como sobre el «potro» de Buchenwald. Y yo planteo la cuestión: ¿Cómo se puede afirmar después de esto que [223] todos los horrores de los que han sido teatro los campos formaban parte de un plan concertado en las «altas esferas»?…

En la medida en que, a pesar de todo lo que se le ocultaba, Berlín descubría algo insólito en la administración de los campos, se dirigían llamadas al orden a las jefuturas de la S.S.

Una de ellas, que procedía del jefe de la Sección D, estipulaba con fecha del 4 de abril de 1942 lo siguiente:

«El Reichsführer de la S.S. y jefe de la Policía alemana ha ordenado respecto a sus órdenes de apaleamiento (tanto en los hombres como en las mujeres en prisión preventiva) que en caso de que se añada la palabra «grave» conviene que se aplique la pena en las posaderas al desnudo. En todos los demás casos, se seguirá el método usado hasta el presente, conforme a las anteriores instrucciones del Reichsführer de la S.S.”

Eugen Kogon, que cita esta circular, añade:

«En principio, antes de aplicar la pena a palos, la dirección del campo debía solicitar la aprobación de Berlín y el médico del campo tenía que certificar al W.V.H. de la S.S. que el preso tenía buena salud. Este fue el uso durante mucho tiempo en todos los campos, hasta que al fin en gran número de ellos se comenzó por enviar al preso al “potro” y darle tantos golpes como se juzgaba oportuno.

Luego, después de haber recibido la autorización de Berlín, se comenzaba de nuevo, pero esta vez oficialmente.» (Página 99.)

No hay que advertir que el apaleamiento se aplicaba casi siempre en las posaderas al descubierto y que para luchar contra este abuso y no para agravar la pena, fue enviada a todos los campos la circular en cuestión.

Ciertamente, uno puede sorprenderse y encontrar bárbaro que el apaleamiento haya sido uno de los castigos previstos. Pero ésa es otra cuestión: en un país como Alemania en el que con el nombre de «Schlag» hasta fines de la guerra 1914-1918 estaba previsto para todo el mundo como el castigo más benigno, no resulta sorprendente que haya sido mantenido por el nacional-

[224] -socialismo para los delincuentes mayores, sobre todo si se tiene en cuenta que la república de Weimar obró de la misma manera. Más sorprende que en un país como Francia, donde montones de circulares han confirmado su supresión desde hace un siglo, millones de negros continúen estando expuestos a él y lo sufran efectivamente con las posaderas al descubierto, puesto que tienen por añadidura la mala suerte de vivir en regiones de la tierra donde no tienen necesidad de ir vestidos.

Otra circular fechada el 28 de diciembre de 1942, procedente de la Oficina central de administración económica de la S.S. (registrado en el libro de correspondencia secreta con el número 66/42, referencia D/111/14h/82.42.Lg/Wy) y llevando la firma del general Kludre de la S.S. y de las Armas S.S., dice:

«… Los médicos de los campos deben vigilar más de lo que lo han hecho hasta el presente, la alimentación de los presos, y de acuerdo con las administraciones deben someter al comandante del campo sus propuestas de mejora. No obstante, éstas no deben quedar sobre el papel, sino que deben ser regularmente controladas por los médicos de los campos.

»Es preciso que la cifra de mortalidad sea disminuida notablemente en cada campo, pues el número de presos debe ser puesto al nivel exigido por el Reichsführer de la S.S. Los médicos primeros del campo tienen que emplear todos sus medios para conseguir esto… El mejor médico en un campo de concentración no es el que cree útil distinguirse por una dureza fuera de lugar, sino el que mantiene en el más alto grado posible la capacidad de trabajo a través de la vigilancia y procediendo a cambios en los lugares de trabajo.» (Páginas 111 y 141, citado en dos veces.)

Quizá podrían venir otros documentos en apoyo de la tesis que sostengo: duermen todavía en los archivos alemanes, donde, en caso de que ya estén puestos al día, no han sido publicados por aquellos que han tenido la suerte de compulsarlos. El método que se sigue para efectuar este trabajo es sorprendente. Por ejemplo, con el título de El payaso no ríe David Rousset ha publicado una colección de documentos relativos a las atrocidades [225] alemanas en todos los dominios; él calla respecto a la segunda de las dos precitadas circulares porque destruye en gran parte su argumentación; y si bien cita la primera, adultera completamente el sentido de ella (1). A este respecto, si bien hay motivos para desconfiar de las explicaciones e interpretaciones de Eugen Kogon, hay que felicitarse de que haya sido lo bastante objetivo – quizá incluso involuntariamente – para descubrir la verdad.

{1 David Rousset ha hablado igualmente de una disposición del III Reich para la protección de las ranas y ha comparado el texto con el inconcebible régimen impuesto a los internados. ¿Es que hay necesidad de advertir que la Francia republicana posee colecciones enteras de documentos que legislan sobre la protección de las ranas, de los pescados, etc., y que cada año propagan ampliamente todas las prefecturas? ¿Y qué felices resultados no se podrían obtener con la pluma si se las comparase con aquellas relativas a la infancia desgraciada, a la suerte de los pueblos coloniales o aun al régimen penitenciario?}

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4.5.6. EL PERSONAL SANITARIO.

«En los primeros años el personal sanitario no tenía ninguna competencia.

Pero poco a poco logró una gran experiencia práctica. El primer Kapo de la enfermería de Buchenwald era impresor; su sucesor Walter Kramer era una fuerte y animosa personalidad, muy trabajador y con sentido de la organización. Con el tiempo llegó a ser un notable especialista para las heridas y las operaciones. Por su posición, el Kapo de la enfermería ejercía en todos los campos una influencia considerable sobre las condiciones generales de existencia. Por eso los detenidos (2) no llevaron nunca a un especialista a este cargo, aunque ello hubiera sido posible en numerosos campos, sino a una persona que estuviese dedicada enteramente al grupo reinante en el campo.

{2 Esta generalización es abusiva; se trata sólo de aquellos que improvisadamente se habían puesto como sus jefes, por medio de la autoridad que detentaban de la SS.}

Cuando, por ejemplo, el Kapo Kramer y su más próximo colaborador Peix fueron fusilados por la S.S. en noviembre de 1941, la dirección de la enfermería no pasó a un médico, sino que por el contrario fue confiada al ex diputado comunista en el Reichstag Ernst Busse. Este, con su adjunto Otto Kipp de [226]

Dresde, se dedicó a la parte puramente administrativa (3) de este servicio cuya actividad no dejaba de desarrollarse, y participó notablemente en la creciente estabilización de las condiciones de existencia.

{3 Todos los presos de Buchenwald pueden asegurar que su punto de vista era predominante en materia sanitaria y médica.}

Un especialista, colocado al trente de este servicio, habría llevado sin duda alguna al campo a una catástrofe, pues nunca hubiera podido ser capaz de dominar todas las complicadas intrigas, y cuyo desenlace, yendo más lejos, era frecuentemente mortal.» (Página 135.)

Se estremece uno al pensar que semejante razonamiento haya podido ser hecho por su autor sin turbarse, y se haya propagado entre el público sin levantar irresistibles movimientos de indignada protesta. Para comprender bien todo el horror, conviene saber que el Kapo escogía a su vez a sus colaboradores en función de imperativos que tampoco tenían nada de común con la competencia. Y entender que éstos que a sí mismos se llaman «jefes de los presos», exponiendo a millares de desgraciados a la enfermedad, golpeándoles y robándoles su comida, les hacían cuidar finalmente, sin que la S.S. les obligase a ello, por personas que eran absolutamente incompetentes.

El drama comenzaba en la puerta de la enfermería:

«Cuando finalmente llegaba allí el enfermo, primero tenía que formar fuera en la cola, aun con mal tiempo, y con el calzado limpio. Como no era posible examinar a todos los enfermos, y por otra parte se encontraban entre elles muchos presos que sólo tenían el comprensible deseo de huir del trabajo, un fornido portero preso procedía a la primera selección radical de los enfermos.» (Página 130.)

El Kapo, escogido porque era comunista, elegía un portero no porque fuese capaz de distinguir los enfermos de los demás, o bien entre los primeros a los graves, sino porque era fornido y podía propinar fuertes palizas. No es preciso señalar que le mantenía en buenas condiciones físicas con una sopa suplementaria. Las razones que presidían la designación de los enfermeros [227] eran de una inspiración tan noble, annque no fuesen de la misma naturaleza. Si en las enfermerías de los campos hubo médicos, aunque tardíamente, fue porque lo impusieron los de la S.S. Incluso fue necesario que viniesen ellos mismos a separarles de la masa cuando llegaban los convoys. Paso por alto las humillaciones y hasta las medidas de retorsión de que fueron víctimas los médicos, cada vez que opusieron los imperativos de la conciencia profesional a las necesidades de la política y de la intriga.

Eugen Kogon ve ventajas en el procedimiento: el Kapo Kramer se había convertido en “un notable especialista para las heridas y las operaciones” y añade:

«Un buen amigo mío, Willy Jellineck, era pastelero en Viena… En Buchenwald era enterrador, es decir un cero en la jerarquía del campo. En su calidad de judío, joven, de alta talla y de una fuerza poco ordinaria, tenía pocas probabilidades de sobrevivir al período de Koch. Y sin embargo, ¿gué llegó a ser?

Nuestro major experto en tuberculosis, un notable perito que ha ofrecido ayuda a machos camaradas y que era además bacteriólogo del bloque 50…» (Página 324.)

Yo quiero… Quisiera hacer abstracción del empleo y de la suerte de los médicos de oficio a los que la Häftlingsführung juzgó menos interesantes individual y colectivamente que a Kramer y Jellineck. Quiero incluso haber abstracción también del número de muertos que han pagado la notable prueba de estos últimos. En caso de que se admita que estas consideraciones son insignificantes, ya no hay razón para no extender esta experiencia al mundo de fuera de los campos de concentración y generalizarla. Se podrían dictar inmediatamente con toda tranquilidad dos decretos: el primero suprimiría todas las facultades de medicina y las reemplazaría por centros de aprendizaje de los oficios de pastelero y de tornero; el segundo enviaría a las diversas empresas de obras públicas a todos los médicos que atestan los hospitales o que tienen consulta particular, con el fin de reemplazarles por pasteleros o torneros comunistas o comunistoides.

Yo no dudo que estos últimos saldrían airosamente; en lugar de reprocharles las muertes de todo género que ocasionarían, [228] se podría poner en su activo la pericia con la cual triunfarían en todas las intrigas de la vida política. Es una manera de ver las cosas.

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4.5.7. ABNEGACIÓN.

«Desde el principio, los presos que pertenecían al personal de los servicios dentales trataron de ayudar en todo lo posible a sus camaradas. En todos los centros dentales trabajaban clandestinamente, exponiéndose a graves riesgos y de una manera apenas concebible. Se fabricaron dentaduras, aparatos de prótesis y puentes para los presos a los cuales habían partido los dientes los de la S.S o que los habían perdido con motivo de las condiciones generales de vida.» (Página 131.)

Es exacto. Pero los “camaradas” ayudados eran siempre los mismos: un Kapo, un jefe de bloque, un Lagerältester, un secretario, etc. Los de la masa que habían perdido sus dientes por las razones indicadas murieron sin haber recuperado otros artificiales, o tuvieron que esperar hasta la liberación para ser cuidados.

La clandestinidad de este trabajo era, por lo demás, muy especial y llevaba el acuerdo previo de la S.S.

«Durante el invierno 1939-1940 se llegó a crear una sala clandestina de operaciones gracias a la estrecha colaboración de una serie de comandos y al acuerdo tácito del doctor Blies de la S.S….» (Página 132.)

Se apreciará su alcance y sus consecuencias si se tiene en cuenta que las instalaciones dentales y quirúrgicas estaban previstas en provecho de todos los presos de todos los campos.

Y que gracias a la complicidad de algunos de la S.S. bien situados, esas instalaciones pudieron ser desviadas de su fin en provecho exclusivo de la Häftlingsführung. Mi opinión es que si aquellos que procedían a este desvío «se exponían a graves riesgos» resulta muy de justicia… visto desde abajo.

[229]

El mismo Eugen Kogon siente la fragilidad de este razonamiento:

« El último año, la administración interna de Buchenwald estaba tan sólidamente organizada, que la S.S. ya no tenía el derecho de inspección sobre determinadas cuestiones interiores muy importantes.

»Fatigada, la S.S. se había acostambrado ahora a “dejar ir las cosas a su ritmo” y, en conjunto, permitía actuar a los políticos.

»Ciertamente, siempre era la clase dirigente la que, identificándose más o menos (1) con las fuerzas antifascistas activas, se aprovechaba más de este estado de cosas: la masa de los presos sólo se beneficiaba ocasional e indirectamente de ventajas generales, frecuentemente en este sentido de que ya no había que temer más la intervención de la S.S. cuando la dirección de los presos, por su propia autoridad, había tomado medidas en interés de todos.» (Página 284.)

{1 Delicioso eufemismo.}

Evidentemente, se puede interpretar que si «la S.S., en conjunto, permitía actuar a los políticos y dejaba ir las cosas a su ritmo» era porque estaba «fatigada» o «habituada»: también es una manera de ver las cosas… No por ello quedaré menos persuadido de que fue porque los políticos le habían dado pruebas numerosas y perceptibles de su adhesión al mantenimiento del orden, por lo cual había inferido ella que podía otorgarles su cofianza en un elevado número de casos.

En cuanto a las «medidas tomadas en interés de todos», quizá evitaban la intervención de la S.S., pero era precisamente en esta singular «ventaja» en la que radicaban las causas de todas las catástrofes que se descargaban sobre la masa: más vale ser tratado por Dios que por sus santos. Además, si el poder se consolida en la medida en que logra dividir a las posibles oposiciones, también se debilita recíprocamente por ]as disensiones entre los que participan de él: desde este punto de vista, una S.S. ejerciendo un control constante y meticuloso de todo lo que pasaba en el campo, hubiera sustituido la desconfianza por el espíritu de connivencia en todas las relaciones que mantenía con la [230] Häftlingsführung. Que la S.S. no quería esto, se comprende fácilmente. Pero la otra tampoco lo quería: había pasado deliberadamente el Rubicón, y, en vez de una situación que le hubiese asemejado a la masa de los detenidos, prefería – costase lo que le costase a la comunidad – la posibilidad de practicar una adulación rastrera cuyos insignificantes beneficios le salvaban la vida sumándose los unos a los otros.

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4.5.8. CINE, DEPORTES.

«Una o dos veces por semana, a menudo con interrupciones bastante largas, el cine presentaba películas divertidas y documentales. Dadas las horribles condiciones de existencia que reinaban en los campos, más de un camarada no se decidía a ir al cine.» (Página 128.)

«Cosa extraña, en los campos había algo parecido al deporte. No obstante, las condiciones de vida no se prestaban especialmente a ello. Pero había sin embargo jóvenes que creían tener aún fuerzas para gastar, y lograron obtener de la S.S. autorización para jugar al fútbol.

»Y los débiles que apenas podían caminar, los seres descarnados, los consumidos, los medio muertos sobre sus piernas temblorosas, los hambrientos, asistían con placer a este espectáculo…» (Páginas 124 y 125.)

Estos débiles, estos hambrientos, estos medio muertos de los que dice Eugen Kogon que asistían con placer, aunque fuese de pie, a un partido de fútbol, son los mismos de los que piensa que, dadas las horribles condiciones de existencia, no tenían el ánimo para ir al cine, donde se estaba sentado.

La verdad es que no iban al cine porque cada vez que había sesión todas las plazas estaban reservadas para la gente de la Häftlingsführung En el fútbol era diferente: el terreno estaba al aire libre, a la vista de todos, y el campo era grande. Todo el mundo podía asistir.

También era necesario que no se le ocurriese a algún Kapo el irrumpir con la porra en la mano entre la masa de asistentes y empujase a todos estos desdichados hacia los bloques [231] con el pretexto de que mejor harían en aprovechar la tarde del domingo para descansar.

Respecto a los «jóvenes que creían tener fuerzas para gastar» y que formaban los equipos de fútbol, se trataba de gente de la HaftlingsfŸhrung o de sus protegidos: se atiborraban de los alimentos robados a los que les miraban, no trabajaban y disponían por tanto de buenas condiciones físicas.

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4.5.9. LA CASA DE TOLERANCIA.

«El burdel era conocido con la pudorosa denominación de Sonderbau (1)…

{1 Casa especial.}

Para la gante que no tenía altas relaciones, el tiempo de visita estaba fijado en veinte minutos… Por parte de la S.S. la finalidad de esta empresa era corromper a los políticos… La dirección ilegal del campo había dado la consigna de no ir a él.

En conjunto, los políticos siguieron la consigna, de modo que el propósito de la S.S. quedó frustrado.» (Páginas 170 y 171.)

Como el cine, el burdel sólo era accesible a la gente de la Häftlingsführung, la única que por otra parte podía encontrarle alguna utilidad. Nadie se ha quejado nunca y todas las discusiones que podrían establecerse en torno a este hecho no tienen ningún interés. Sin embargo, quiero advertir que:

«Algunos presos sin moralidad, y entre ellos un gran número de políticos, han mantenido horribles relaciones, primeramente a través de la homosexualidad, luego con la pederastia tras la llegada de los jóvenes.» (Página 236.)

Mi opinión es que los políticos en cuestión hubiesen hecho major en ir al burdel, ya que se les ofrecía la posibilidad. El razonamiento consistente en alabarles por haber rechazado el ofrecimiento con el pretexto de no dejarse corromper (!…), se convierte en una monstruosa impostura a partir del momento en que conduce a la corrupción de los jóvenes. Añado aún que fue [232] justamente para quitar toda excusa y justificación a esta corrupción de menores, para lo que la S.S. tenía previsto el burdel en todos los campos…

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4.5.10. SOPLONERíA.

«Las jefaturas de la S.S. colocaban espías en los campos para estar informadas de los sucesos internos… La S.S. sólo obtenía resultados con espías escogidos en el propio campo: delincuentes comunes, asociales y también políticos… (Página 276.)

«Era muy raro que la Gestapo escogiese en los campos presos para hacer de ellos espías y soplones. La Gestapo hizo tan malas experiencias con las tentativas de este género, que felizmente sólo empleó este media en casos muy raros.”

(Página 225.)

Parece bastante sorprendente que un procedimiento que daba resultados cuando era empleado por la S.S., pudiese fracasar al servicio de la Gestapo. De hecho, es exacto sin embargo que la Gestapo sólo excepcionalmente recurrió a él: no tenía necesidad. Todo internado que conservaba una parte de poder o un empleo por recomendación era más o menos un soplón que informaba a la S.S. directamnente o por mediación de otra persona: cuando la Gestapo quería un informe, le bastaba con pedírselo a la S.S…

Examinados atentamente , los campos estaban cogidos en las mallas de una vasta red de soplones. En la masa estaban los pequeños, los mercachifles del oficio que informaban a la gente de la Häftlingsführung por servilismo congénito, por una sopa, un pedazo de pan, una barra de margarine, etc., o incluso inconscientemente. Por grandes que hayan sido, sus fechorías no han entrado aún en la historia por falta de historiadores. Por encima de ellos, estaba toda la Häftlingsführung, que cuando era menester espiaba a la masa por cuenta de la S.S. Finalmente, la Häftlingsführung estaba compuesta por individuos que se espiaban entre ellos.

En estas condiciones, la delación tomaba frecuentemente aspectos singulares:

[233]

«Wolf (antiguo miembro de la S.S., homosexual y Lagerältester en 1942) se puso a denunciar por cuenta de sus amigos polacos (era el amante de un polaco) a otros camaradas. Incluso en cierta ocasión, fue lo bastante insensato como para proferir amenazas. Sabía que un comunista alemán de Magdeburgo iba a ser liberado. Cuando le dijo que sabría impedir su liberación señalándole por actividad política en el campo, recibió como respuesta que la S.S. conocería sus prácticas de pederastia. La contienda se envenenó hasta el punto de que la dirección ilegal del campo se adelantó a la acción de los fascistas polacos entregándoles a la S.S.» (Página 280.)

Dicho de otra manera, la denuncia que era una ignominia cuando era practicada por los verdes, se convertía en una virtud, incluso con carácter preventivo, cuando era hecha por los rojos. ¡ Dichosos rojos que pueden librarse colocando la etiqueta de «Fascista» sobre la frente de sus víctimas!

Pero en lo siguiente se ve mejor:

«En Buchenwald tuvo lugar , en 1941, el caso más famoso y más siniestro de denuncias voluntarias (1) cuando el emigrado ruso blanco Gregorij Kushnir- Kushnarev, que pretendía ser general zarista y ganó durante meses la confianza de numerosos medios, se puso a entregar al cuchillo de la S.S. a toda clase de camaradas, especialmente de prisioneros rusos.

{1 Esta filosofía admite sin duda una denuncia… !involuntaria! Como se ve, no faltan las salidas de escape.}

Este agente de la Gestapo, responsable de la muerte de centenares de presos, se atrevía también a denunciar de la manera más infame (2) a todos aquellos con los cuales había entrado en conflicto, incluso por motivos secundarios.

{2 ¡Pues evidentemente hay maneras de denunciar que lo son menos o nada en absoluto!}

Durante mucho tiempo no fue posible cogerle solo para matarle, pues la S.S. velaba especialmente por él. Finalmente, ella le nombró, de hecho, director del secretariado de los presos. En este puesto no se contentó con provocar la caída de todos aquellos [234]

que no le agradaban, sine que entorpeció el empleo de los servicios de la organización autónoma de presos en favor de los detenidos. Finalmente, en los primeros días de 1942, se sintió enfermo y fue lo bastante estúpido como para dirigirse a la enfermería. Así se entregó a sus adversarios. Con la autorizaciórõ del doctor Hoven de ta S.S., que había trabajado durante mucho tiempo en este asunto y estaba de parte de los potíticos, se declaró inmediatamente que Kushnir era contagioso, se le aisló, y unas horas más tarde se le mató con una inyección de veneno.» (Página 276.)

Gregorij Kushnir-Kushnarev probablemente era culpable de todo lo que se le acusa, pero todos aquellos que han trepado por los escalones de la jerarquía de los campos de concentración y han ocupado el mismo puesto antes o después que él, se han portado de la misma manera y tienen sobre su conciencia los mismos crímenes. Este no tenía la aprobación de Eugen Kogon… Sea lo que sea, es difícil de creer que la S.S., en la persona del doctor Hoven, haya tomado gratuitamente una parte tan activa en su eliminación.

Eugen Kogon añade:

«Recuerdo todavía el suspiro de alivio que pasó a través del campo, cuando con la rapidez del relámpago se difundió la noticia de que Kushnir había muerto en la enfermería.» El clan del que formaba parte el testigo lanzó sin duda alguna un suspiro de alivio, y esto se concibe ya que esta muerte significaba su advenimiento al poder. Pero el suspiro fue sólo de satisfacción en el resto del campo, en el que la muerte por ejecución de un miembro influyente de la Häftlingsführung siempre era acogida con alguna esperanza de ver mejorar por fin la suerte común. Al cabo de algún tiempo, se descubría que nada había cambiado y hasta la siguiente ejecución resultaba indiferente para todo el mundo el ser sacrificado en el altar de la verdad o en el de la mentira, unidos ambos en el horror.

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4.5.11. TRANSPORTES.

«Se sabe que en los campos la oficina estadística del trabajo, formada por presos, administraba el empleo de los trabajadores bajo el control y las instrucciones del jefe de la mano de obra y del servicio del trabajo. Con los años, la S.S. no pudo atender las enormes peticiones. En Buchenwald, el capitán Schwarz de la S.S. sólo intentó una vez formar por sí mismo un transporte de mil presos. Después de haber hecho permanecer a casi todo el campo media jornada en la plaza para pasar revista, logró reunir 600 hombres. Pero los individuos examinados que hubieran tenido que salir de la fila se marcharon sencillamente en otras direcciones y nadie quedó en manos de Schwarz…» (Página 286.)

A mi juicio, no había ningún inconveniente para que la experiencia Schwarz se repitiese cada vez que se tratase de organizar un transporte hacia cualquier lugar de trabajo: si la S.S. nunca hubiera podido lograrlo, hubiera sido mejor. Pero:

«A partir de este momento, el jefe de la mano de obra confió a los presos de la Arbeitsstatistik todas las cuestiones sobre el reparto del trabajo.» (Ibídem.)

Y después de haber sido uno seleccionado en la plaza, ya no era posible “marcharse en otras direcciones” como con Schwarz: todos los Kapos, jefes de bloque, Lagerschutz (1) etc., con la porra de goma en la mano, formaban una amenazadora barrera contra toda tentativa de huida.

{1 Policías escogidos entre los presos.}

Comparado con ellos, el S.S. Schwarz resultaba un bonachón. Eran comunistas, antifascistas, antihitlerianos, etc., pero no podían tolerar que alguno turbase el orden hitleriano de las operaciones, o intentase disminuir el esfuerzo bélico del III Reich procurando escapar a él. En cambio, tenían el derecho de designar a los presos que formarían parte de los transportes y preparaban las listas de ellos con un afán por encima de todo elogio, como ya hemos indicado anteriormente.

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4.5.12. CUADRO.

«Una posibilidad resultante del “poder ofrecido por la corrupción” era el enriquecimiento de uno o varios hombres a expensas de los demás. Esto tomó a veces en los campos proporciones vergonzosas, incluso en aquellos en los que los políticos estaban en el poder. Más de uno que se aprovechaba de su posición ha llevado una vida de príncipe mientras que sus camaradas morían a centenares.

Cuando las cajas de víveres destinadas al campo, con manteca, salchichones, conservas, harina y azúcar, eran sacadas fraudulentamente del campo por los cómplices de la S.S. para ser enviadas a las familias de los presos de que se trata, ciertamente no se puede decir que esto estaba justificado. Pero lo más exasperante era cuando los miembros de menor importancia de la Häftlingsführung, en una época en que los S.S. territoriales ya no llevaban botas altas sino simples zapatos del ejército, se paseaban orgullosamente con trajes de moda y hechos a la medida, como ridículos magnates, y ¡ a veces incluso llevando un perrito con una cuerda!

¡ Esto en un caos de miseria, de inmundicia, de enfermedad, de hambre y de muerte! En este caso “el instinto de conservación” sobrepasaba todo límite razonable y desembocaba en un fariseísmo ciertamente ridículo pero duro como la piedra, y que se acomodaba mal a los ideales sociales y políticos proclamados al mismo tiempo por estas personas.» (Página 287.)

Así era en todos los campos. Salvo la indulgencia y algunas reticencias, no se podría exponer mejor, ni en menos palabras, todas las razones del horror: el instinto de conservación.

Y todos sus medios: la corrupción.

Si bien se podría interrumpir aquí el comentario de este cuadro, también se puede tomar ejemplo en él para determinar que el instinto de conservación, tema muy antiguo, es una cosa totalmente distinta a lo que una moral pueril enseña. Desde el feroz Guitton que, sitiado por Richelieu en La Rochelle, se hacía [237] sangrías para alimentar a su hijo con la sangre cocida, hasta Saturno que devoraba a sus hijos al nacer para escapar a la muerte con la que le amenazaba el Titán, es susceptible de las más variadas reacciones humanas. En una sociedad que asegura desde el principio la vida a todos los individuos, hay más hombres como Guitton que como Saturno: el comportamiento individual no permite de ninguna manera afirmar lo contrario, salvo en caso excepcional. Pero este comportamiento sólo es un barniz al que nada araña. Basta con rasparle un poco: si las condiciones sociales cambian brutalmente, la naturaleza humana aparece con todo el valor que une a la vida.

El buen sentido popular conta en la voz de todos los niños de Francia que Il était un petit navire… (1), y se consuela en la medida en que cree disminuir el horror de la situación afirmando que «se echaron pajas» para saber quién sería comido, en vez de dejar la decisión a una conjura, o tomarla «democráticamente» en asamblea general.

{1 Canción popular francesa en la que se relata la travesía de un barco a cuyos tripulantes se les agotan los víveres. El cuerpo del grumete soluciona finalmente el problema alimenticio de los demás. (N. del T.)}

Pero este buen sentido popular no dejó de indignarse cuando supo que en la realidad el pequeño navío se había convertido en el dirigible del general italiano Nobile, estrellado en los hielos polares, y cuando se enteró de que el general fue acusado de haber sobrevivido hasta la llegada de la expedición de socorro que localizó los restos, comiéndose a uno o varios de sus compañeros.

Si ella no reacciona violentamente contra los relatos de los campos de concentración, es porque no resalta con claridad cómo la burocracia interna se ha comido a la masa de presos utilizando todos los medios de corrupción, guardando para ella las pajas más cortas y encargando del sorteo a la S.S.

Antes de esta guerra, yo mismo he conocido a muchas personas que «preferían morir de pie a vivir de rodillas». Sin duda alguna eran sinceras, pero en los campos han vivido en el colmo del servilismo, y algunas de ellas han cometido los peores crímenes. Al volver a la vida civil, o simplemente a la vida, inconscientes de la derrota que han sufrido en el ejemplo que ellos mismos han dado, siguen siendo tan intransigentes en el proyecto, pronuncian los mismos discursos y… están dispuestos a empezar a hacer con el bolchevique lo que han hecho con el nazi.

En realidad, se aprecia muy bien que fuera del instinto de [238] conservación que ha intervenido en todos los grados jerárquicos, tanto en el simple preso ante el burócrata, como en el burócrata ante la S.S. e incluso en la S.S. ante sus superiores, no hay explicación valedera para los acontecimientos del mundo de los campos de concentración. Se aprecia muy bien pero no se quiere admitirlo. Entonces se puede recurrir al psicoanálisis: ya los médicos de Molière hablaban a sus enfermos en un latín que no conocían mejor que su profesión y tenían el asentimiento resignado de la opinión pública.

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4.5.13. APRECIACIONES.

«Los acontecimientos en los campos de concentración están llenos de singularidades, tanto por parte de la S.S. como por la de los presos. En general, las reacciones de los prisioneros parecen más comprensibles que las de sus opresores. Las primeras quedaban en efecto en el campo de lo humano, mientras que las otras estaban marcadas por lo inhumano.» (Página 305.)

A mi juicio, sería más justo decir que las reacciones de unos y otros pertenecían a lo humano, en el sentido biológico de la palabra, y que en lo que atañe más especialmente a la Häftlingsführung y a la S.S. ambas estaban marcadas por lo inhumano en el sentido moral.

Más adelante, puntualiza Eugen Kogon:

«Los que menos se han transformado en los campos son los asociales y los criminales profesionales. La razón debe ser buscada en el paralelismo entre su estructura psíquica y social y la de la S.S.» (Página 320.)

Quizá. Pero también es necesario reconocer que si el ambiante de los campos no era adecuado para que naciese la mentalidad de un político en un asocial o en un criminal, suministraba por el contrario múltiples razones a un político para que se transformase en un bribón. Este fenómeno no es peculiar del campo de concentración: se observa constantemente en todos los reformatorios y prisiones donde se pervierte con el pretexto de regenerar.

[239]

La teoría de la represión, del profesor Freud, explica muy bien todo esto y sería pueril insistir en ello. La del valor del ejemplo no lo contradice: en todas estas instituciones, la mentalidad del conjunto, resultante de una práctica sistemática de la coacción, tiende a amoldarse al nivel más bajo, generalmente representado por el guardián, lazo de unión entre todos los presos. No hay por qué extrañarse: el medio social en el que vivimos, y que rechaza el de los campos con tan virtuosa indignación pero practicándolo en grados diversos, ha permitido al político convertido en granuja – momentáneamente, confío – el ¡ figurar como héroe!

Esto se debe sin duda a que ha presentido en este orden de ideas el reproche que Eugen Kogon, adelantándose, ha escrito en su Prólogo:

«Era un mundo en sí, un Estado en sí, un orden sin derecho en el cual se arrojaba a un ser humano, que a partir de ese momento, sacando partido de sus virtudes y sus vicios – más vicios que virtudes – sólo combatía para salvar su miserable existencia. ¿Luchaba sólo contra la S.S.? ¡ Por supuesto que no! Le era preciso luchar otro tanto, si no más, contra sus compañeros de cautiverio… (1).

{1 Generalización abusiva: contra aquellos que ejercían el poder por cuenta de la SS. y desconfiaban del resto de sus compañeros.}

»Decenas de milares de supervivientes a los que el régimen de terror ejercido por arrogantes compañeros de infortunio ha hecho sufrir aún más quizá que las infamias de la S.S., me agradecerán por haber señalado igualmente este otro aspecto de los campos, por no haber tenido miedo de descubrir el papel representado en diversos campos por ciertos tipos políticos que hoy pregonan a voces su antifascismo intransigente. Yo sé que algunos camaradas míos se han desesperado viendo cómo la injusticia y la brutalidad fueron adornadas después con la aureola del heroísmo por personas honradas que no sospechaban nada. Esos explotadores de los campos no serán ensalzados en mi estudio porque éste ofrece los medios para hacer palidecer esas glorias usurpadas. ¿ En qué campo estuviste?

¿En qué Kommando? ¿Qué función ejercías? ¿Qué color llevabas? ¿A qué partido pertenecías? Etc.» (Página 17.)

[240]

Lo menos que se le puede decir es que el testigo no ha cumplido su promesa: se buscaría en vano en toda su obra un tipo político al que él acuse concretamente. Por el contrario, desde el principio al final, defiende al partido comunista indirecta o expresamente:

«Este muro elástico levantado contra la S.S… Fueron los comunistas alemanes los que suministraron los mejores medios para llevar a cabo esta tarea.

»Los elementos antifascistas, es decir, en primer lugar los comunistas…”

(Página 286.)

etc., y en consecuencia a la burocracia de los campos, ya que sólo podían pretender entrar y quedarse en ella los que decían que eran comunistas. En cierta medida, habla también a favor de sí mismo, y dudo mucho de que después de haber cerrado el libro, incluso el lector menos avisado no tenga un deseo irresistible de aplicarle el método que él aconseja: ¿qué funciones ejercías tú?

La conclusión de todo esto es la siguiente:

«Los relatos de los campos de concentración despiertan generalmente, a lo sumo, extrañeza o algún gesto; difícilmente se convierten en una cosa que impresione al espíritu y en ningún caso llegan a conmover al corazón.» (Página 347.)

Evidentemente, ¿pero quién es culpable? En el entusiasmo de la liberación, al exteriorizar un resentimiento acumulado durante los largos años de la ocupación, la opinión pública ha admitido todo. Al normalizarse progresivamente las relaciones sociales y al purificarse la atmósfera, ha resultado cada vez más difícil el subyugarla. Hoy todos los relatos de los campos de concentración le parecen mucho más justificaciones que testimonios. La opinión pública se pregunta cómo ha podido caer en la trampa, y con un poco más haría pasar a todos al banquillo de los acusados.

[241]

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4.5.14. NOTA BENE.

He hecho caso omiso de cierto número de historias inverosímiles y de todos los artificios de estilo.

Entre las primeras, es preciso señalar la mayor parte de las relativas a la escucha de emisiones extranjeras: yo no he creído nunca que fuese posible montar y utilizar un receptor clandestino en el interior de un campo de concentración Si la Voz de América, de Inglaterra o de Francia libre penetraron a veces en elloes, fue con el consentimiento de la S.S., y sólo un número muy reducido de presos privilegiados pudo aprovecharse de estolen circunstancias que dependían exclusivamente del azar. Así, esto me sucedió personalmente en Dora durante el corto período que ejercí las nobles funciones de Schwung (ordenanza) del Oberscharführer (brigada, según creo) que mandaba la Hundestaffel (compañía o sección de perros).

Mi trabajo consistía en mantener en estado de limpieza un bloque de soldados de la S.S. de mayor o menor graduación, dur lustre a sus botas, hacer las camas, limpiar los platos, etc., todo lo cual lo hacía con el mayor respeto y concienzudamente. En cada una de las habitaciones de este bloque había un receptor de radio: ni por todo el oro del mundo me hubiese permitido girar el botón, aún teniendo la certidumbre absoluta de estar totalmente solo. Por el contrario, sucedió dos o tres voces, hacia las ocho de la mañana, cuando todos sus subordinados se encontraban en el trabajo, el llamarme mi Oberscharführer a su cuarto, conectar el receptor con la B.B.C. en francés, y pedirme que le tradujese lo que escuchaba a escondidas.

Al volver por la noche al campo, yo se lo comunicaba en voz baja a mis amigos Delarbre (de Belfort) y Bourguet (del Creusot), recomendándoles encarecidamente que lo guardasen para ellos o lo transmitiesen solamente a los camaradas muy seguros, e incluso en una forma bastante estudiada para no llamar la atención y no permitir el remontarse a los orígenes.

No nos pasó nada (1).

{1 No constituimos ningún “comité”, ni ninguno de nosotros decía a todo el que se le acercase que estábamos en relaciones con los aliados.}

Pero al mismo tiempo hubo en el campo un asunto de escucha de emisoras extranjeras, en el cual – según creo – estuvo mezclado Debeaumarché. Yo no he sabido nunca de qué se trataba exactamente: uno de los miembros de [242] este grupo se me acercó un día contándome que tenía un receptor clandestino en el campo, que por medio de él un movimiento político recibía órdenes de los ingleses, etc., y corroboró sus declaraciones dándome noticias que yo había escuchado por la mañana o la víspera con mi Oberscharführer. Le confesé mi escepticismo en tales términos que me empezó a considerar como uno del que era necesario desconfiar. Esta fue mi suerte: unos días después hubo en el campo detenciones en masa, en tre ellas la del interesado y el propio Debeaumarché. Todo este terminó en que algunos fueron colgados. Verosímilmente se trataba en su origen de un preso en el mismo caso que yo, que había hablado demasiado y cuyos imprudentes chismes habían llegado a través de un soplón de la Häftlingsführung hasta el Sicherheitsdienst (servicio de la policía secreta de la S.S.)

Cuando Eugen Kogon escribe:

«Yo he pasado muchas noches con unos pocos iniciados ante un receptor de cinco lámparas que le había cogido al doctor Ding-Schuller de la S.S. “para hacerlo reparar en el campo”. Escuchaba La Voz de América en Europa así como el Soldatensender West (2) para taquigrafiar las noticias de importancia.» (Página 283.)

{2 Emisora norteamericana que transmitiía en idioma alemán.}

Le creo fácilmente. Aunque me inclino más a pensar que ha escuchado emisiones, sobre todo en compañía del doctor Ding-Schuller (3).

{3 En su tesis Cruz gamada contra caduceo el doctor François Bayle refiere este curioso testimonio de Kogon en Nuremberg: Ding-Schuller, médico-jefe del campo de Buchenwald, le pidió que se ocupase de su mujer y de sus hijos en caso de derrota de Alemania (!…) Si esta petición llevaba consigo una contrapartida semejante – !lo que de todas formas no diría Kogon! – la situación privilegiada de este preso singular se explicaría por un contrato de colaboración cuya inspiración y propósitos serían mucho menos nobles de lo que se ha convenido en admitir hasta ahora. Especular sobre esta hipótesis sería aventurado; limitémonos, pues, a registrar que la colabroración de Kogon-SS. fue según su propia declaración, efectiva, amistosa y a menudo íntima. El precio que ha pagado la masa de presos es otro cantar evidentemente. Pues también había una colaboración Kogon-Partido comunista.}

Pero todo lo demás es sólo una manera de dar consistencia al cuadro, por un lado para hacer creer en un comportamiento revolucionario de los que detentaban el poder, y por otro para disculpar mejor sus monstruosos abusos.

[243]

En cuanto a los artificios de estilo, he omitido también afirmaciones como:

«… se piensa en las prestaciones de juramento de los aspirantes de la S.S. en la catedral de Quedlinburg, a medianoche, en la que ante los restos mortales (por otra parte supuestos, pero declarados poco antes como auténticos) de Enrique I, fundador del poderío alemán oriental en el medioevo, se dedicaba Himmler a desarrollar la mística de la «comunidad de los conjurados». Después, bajo un sol radiante, iba a cualquier campo de concentración para ver azotar (1) en serie a los presos políticos.» (Página 24.)

{1 !Si se ocultaba el «potro» de Buchenwald al jefe de la Policía de Weimar, es poco probable que se le enseñase a su ministro! Joseph Kessel, sabiéndolo por el Dr. Kersten, nos dice por otra parte que «el jefe supremo de los verdugos, el maestro de los suplicios, no soportaba la visión de los sufrimientos ni de una gota de sangre». (Las manos del milagro, pág. 163).}

o como la siguiente:

« La señora Kock, que antes había sido taquigrafa en una fábrica de cigarrillos, a veces tomaba baños en vino de Madeira que era vertido en una bañera,» (Página 266.)

que abundan a cuenta de todos los grandes personajes del régimen nazi y que crean excelentes efectos de sadismo. Ellas me parecen depender del mismo estado de espíritu que llevó a Le Rire a publicar, en septiembre de 1914, una fotografia del niño con las manos cortadas; a Le Matin del 15 de abril de 1916 a presentar como un paranoico canceroso, al que sólo le quedaban como máximo unes meses de vida, al emperador Guillermo II, que acabó sus días, unos veinte años después, en un retiro dorado cerca de Hammerongen, y a Henri Desgranges en L’Auto en septiembre de 1939 a burlarse de un Goering al que le faltaba jabón blando para lavarse. La vulgaridad del procedimiento sólo es igualada por la credulidad popular y la imperturbabilidad con la cual, aquellos que lo emplean, repiten sus historias respecto a todos los enemigos en todas las guerras.

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4.6. CAPÍTULO VI. EL COMANDANTE DE AUSCHWITZ HABLA…, de Rudolf Höss

Desde el momento en que , apenas terminadas las hostilidades, fue revelada al mundo la existencia de los campos alemanes de concentración – par otra parte, al mismo tiempo que al pueblo alemán – no hubo más que un grito: nunca se había visto esto y era necesario un genio tan demoníaco como el de Alemania para inventarlo. Nadie observó en aquel momento que los que gritaban más fuerte eran los comunistas. Y como los comunistas añadían que se habían comportado en ellos lo mejor posible, que gracias a ellos muchas personas destinadas al exterminio se habían salvado de una muerte horrorosa, todo el mundo cedió a su voluntad excepto algunas personas de carácter. La gente les creyó tanto más fácilmente porque habían encontrado dos escritores de talento, si no de una indiscutible probidad, para responder por ellos: David Rousset en Francia y Eugen Kogon en Alemania.

Con el tiempo, si las cosas no volvieron del todo a su orden normal, al menos la verdad salió poco a poco a la luz.

Los historiadores, asombrados momentáneamente por la versión comunista, aunque no se atrevieron a decir nada al estar los comunistas en el poder en la mayoría de los países de la Europa occidental, empezaron a escribir que Alemania no había inventado los campos de concentración, que los ingleses los habían utilizado contra los boers en Africa a fines del pasado siglo, que los franceses habían encerrado en ellos a los españoles en 1938, [245] que los rusos los empleaban desde 1927 y retenían en ellos hasta 20 millones de personas, etc. En una palabra, que todos los países del mundo habían empleado esta institución en un período u otro de su historia, v que cada vez se habían podido comprobar en ellos los mismos horrores que en los campos de concentración alemanes, cualquiera que fuese la forma de gobierno.

Para mí estaba clara la maniobra de los comunistas: poniendo el acento sobre los campos alemanes, pensaban entretener y desviar la atención del mundo de los 20 millones de personas que ellos guardaban en sus propios campos, y a las cuales imponían unas condiciones de vida de las que los testimonios publicados hoy por algunos supervivientes (Margareth Buber-Neumann, especialmente) han probado ampliamente que eran peores todavía que las que nosotros conocimos en los campos alemanes. Además, al cultivar el horror apoyándose en David Rousset y Eugen Kogon, los comunistas, cuyo tema central era: «Nunca olvidéis esto» (1), querían mantener a las potencias occidentales en estado de división, y, más especialmente, impedir toda reconciliación entre Francia y Alemania, pilares de la unión general.

{1 También el hermano Birin, por ejemplo, incorporó la tesis de los comunistas, como ya se ha indicado en la pág. 174, nota 79. Esta excitación al odio se encuentra bajo esa u otra forma apenas diferente, en todos los libros que han sido publicados sobre los campos de concentración alemanes, lo cual es bastante significativo para condenar las intenciones de toda esta «literatura».}

Solamente hoy, uno se da cuenta de que en este último punto han conseguido su propósito, y se empieza a comprender que no les ha ayudado poco su tesis sobre los campos alemanes de concentración. En lo relativo al horror inherente a los campos de concentración,

en cualquier país y bajo cualquier gobierno, es la misma Francia la que aporta el testimonio más significativo: en julio de 1959, mientras hacía un reportaje en Argelia, el periodista francés Pierre Macaigne, de Le Figaro, tuvo ocasión de visitar el campo de concentración de Bessombourg, donde veía a millares de personas en el mismo estado de salud que era el nuestro cuando salimos de los campos alemanes. El informe de la Cruz Roja internacional publicado en 1959, asegura por otra parte que en Argelia hay «más de cien campos» como aquél, con un total de 1.500.000 personas detenidas, o sea 1/6 de la población…

Quedando establecido este punto, no es indiferente el entrar en el detalle y ofrecer algunos ejemplos de «verdades» reveladas [246] por los comunistas, admitidas ayer por una opinión crédula y de las cúales se puede decir hoy que eran desvergonzadas mentiras.

Pues los comunistas no han abandonado sus proyectos: el cultivo del horror – de un horror en el que tienen su buena parte, ya que ellos mismos administraban los campos alemanes de concentración y mandaban en todo – habiendo servido tan admirablemente a sus designios políticos, intentan mantenerlo publicando de vez en cuando lo que ellos llaman en un delicioso eufemismo, un testimonio. Se sabe, ciertamente, que viniendo del otro lado del telón de acero, todos estos «testimonios» infunden la sospecha de haber sida fabricados por las necesidades de la causa. Pero la propaganda comunista está tan bien hecha, los tiene traducidos en todas las lenguas y tan abundantemente propagados en la Europa occidental, que los espíritus no prevenidos que a pesar de todo son la mayoría, pueden dejarse engañar. Aun cuando este trabajo resulta fastidioso, se hace necesario el examinarlos minuciosamente para poner en evidencia el engaño. En 1953, tuvimos S.S.-Obersturmführer Dr. Mengele, por el comunista húngaro Nyiszli Miklos, y hoy tenemos Der Kommandant van Auschwitz spricht que pretende ser una confesión redactada en la cárcel por Rudolf Höss, en los días que precedieron a su ejecución en Cracovia el 7 de abril de 1947.

Ambos «testimonios» se refieren a Auschwitz-Birkenau, y han sido publicados para probar que la mayoría de los internados, y más especialrnente los judíos, fueron exterminados sistemáticamente por medio de las cámaras de gas. Estoy satisfecho de poderlos confrontar hoy, pues la contradicción existente entre el primero y el segundo confirma más allá de toda esperanza la tesis que sobre este punto sostengo en La mentira de Ulises.

Desde 1947 a 1953, he dicho una y otra vez en la prensa francesa que ningún deportado vivo podía haber visto las cámaras de gas funcionando, y cada vez que se me ha señalado alguno que aceptaba la confrontación, le he cogido en flagrante delito de mentira y le he obligado a confesar públicamente que, en efecto no había visto nada de lo que contaba. El último, cronológicamente, fue el sacerdote descarriado J. P. Renard (del que se trata [247] en la página 149), que había logrado hacer creer a toda Francia que había visto asfixiar a miles y miles de personas en Buchenwald y en Dora, donde… ¡no hubo cámaras de gas!

A la larga, al terminar por imponerse mi opinión, se empezó a sacarme deportados del otro lado del telón de acero, que al declarar que habían asistido al suplicio lo describían minuciosamente, y con los cuales naturalmente era imposible la confrontación.

El primero fue el comunista húngaro doctor Miklos, antiguo detenido en Auschwitz-

Birkenau, donde controlaba – según dice – el comando de los horno s crematorios y de las cámaras de gas.

Este creía sin duda embrollarme al hablarme de Auschwitz, campo en el que yo no había sido internado y sobre el cual no estaba moralmente autorizado para dar testimonio. El solamente ignoraba que al ser en cierto modo mi oficio la historia, yo podía familiarizarme un poco con el documento histórico para aceptar o rechazar la autenticidad con una simple lectura.

En su caso, fueron las cifras que presentó las que destruyeron la impostura: 25.000 personas por día durante cerca de cinco años, no tuve ninguna dificultad en demostrar que este suponía 45 millones, y con 4 hornos crematorios de 15 parrillas cada una, incluso a tres cadáveres por parrilla, se necesitarían más de 10 años para quemar todo esto.

El convino en ello, y me escribió que se contentaba con 2.500.000 cadáveres, de los cuales no todos eran judíos ni todos habían perecido por medio de la cámara de gas.

Pero mantenía todo lo demás. Juzgué inútil continuar la controversia con tal individuo.

En el libro que los comunistas (que se han encargado de publicarlo y distribuirlo por el mundo entero, en cinco lenguas) presentan como una confesión de Rudolf Höss, Lagerkommandant de Auschwitz de mayo de 1940 a noviembre de 1943, leo lo siguiente:

«Durante la primavera de 1942, centenares de seres humanos han encontrado la muerte en las cámaras de gas.» (Página 178 de la edición francesa.)

Centenares en tres meses… ¡Estamos lejos de los 25.000 diarios – o sea dos millones en tres meses – del comunista Miklos!

[248] Sólo nos queda por esperar al próxiõno «testigo», que pasará quizá de las centenas a cero… es decir, al otro extremo.

El Rudolf Höss de los comunistas polacos no está por otra parte muy de acuerdo consigo mismo, pues, unas páginas más adelante, escribe:

“La cifra máxima de gaseados y de incinerados en 24 horas, se ha elevado a poco más allá de los 9.000 para todas las instalaciones…” (Página 236.)

Finalmente, otra cifra que anima a meditar:

«Hacia finales de 1942 (los hornos crematorios no habían funcionado todavía porque no estaban construidos) (1), todas las fosas del campo fueron limpiadas. El número de cadáveres que habían sido enterrados en ellas se eleva a 107.000.» (2).

{1 Esto prueba por lo menos, que a fines de 1942 los hornos crematorios no habían sido construidos en Auschwitz-Birkenau, y por consiguiente, tampoco las cámaras de gas, pues sería muy asoambroso que se las hubiese construido antes que los hornos, de los cuales dicen unánimemente los testigos que eran inseparables, lo cual es lógico: los alemames no se habrían lanzado nunca a esta producción industrial de cadáveres, sin haber construido al mismo tiempo que el medio de producirlos el de incinerarlos. Ahora bien, Kogon, Miklos y David Rousset nos dicen que estaban «dispuestas para funcionar desde la primavera de 1942» y Höss, que también lo pretende, (pág. 171) nos dice más adelante (pág. 172) que «en la primavera y en el verano de 1942, hubo que utilizar un depósito de cadáveres para los primeros exterminios» porque no lo estaban.}

{2 En esta cifra, señala más adelante Rudolf Höss, están comprendidas no solamente los convoys de judíos gaseados desde el comienzo hasta el momento en que se procedió a las incineraciones, sino también los cadáveres de todos los presos muertos en el campo de Auschwitz-Birkenau durante este período (página 231).}

De donde se puede inferir que en tres años (1939-1942) murieron 107.000 personas en Auschwitz, o sea menos de 100 por día. A este ritmo, estamos lejos de los 2.500.000 de Miklos para toda la guerra, y sobre todo de los 9.000 diarios.

¿Se quieren otros motivos de sorpresa? Entonces hay aquí tres proposiciones sobre las cuales podrá meditar a su gusto el lector:

1. «En tanto que yo recuerdo, los convoys que llegaban a Auschwitz nunca llevaban más de 1.000 personas.» (Página 229.)

[249]

2. «A causa de los retrasos en las comunicaciones, nos llegaban cinco convoys por día, en lugar de los tres esperados.» (Página 236.)

3. «Para el exterminio de los judíos húngaros, llegaban los convoys uno tras otro a razón de 15.000 personas diarias.» (Página 239.)

De donde resulta que: 1.000 x 5 = 15.000 (!).

Para terminar sobre este punto, se me permitirá que cite todavía esto que se puede leer en la página 245:

«Coma ya he dicho, los crematorios I y II podían incinerar cerca de 2.000 cuerpos en 24 horas: no era posible hacer más si se quería evitar los destrozos. Las instalaciones III y IV debían incinerar 1.500 cadáveres en 24 horas (1). Pero, en tanto que yo sepa, estas cifras no han sida alcanzadas nunca.» (2).

{1 Había 4 hornos crematorios en Ausehwitz Birkenau, y no 46 como se escribe todavía hoy en los periódicos.}

{2 Pues bien, en su libro S.S.-Obersturmführer Dr. Mengele, el comunista húngaro Dr. Miklos, que pretende haber sido testigo de ello, nos dice que diariamente eran incinerados 25.000 cadáveres.}

¿Cómo no deducir de estas flagrantes contradicciones que se trata de un documento falsificado después, apresuradamente, y por unos ignorantes?

Esta tardía fabricación ya se adivinaba por otra parte sólo con la presentación del libro:

escrito a lápiz y conservado cuidadosamente en los archivos del museo de Auschwitz, donde, a menos que se sea un reconocido comunista, nadie puede ir a examinarlo; llevando la fecha de febrero-marzo de 1947, conocido desde entonces y publicado solamente en 1958; atribuido a un muerto que de todas maneras no puede protestar contra las declaraciones que llevan su firma, etc., todo esto, por sí solo, ya explica demasiado.

Estas cifras contradictorias no son, por otra parte, las únicas anomalías de este testimonio, del cual lo menos que se puede decir es que es… singularmente tardío.

[250]

Entre estas otras anomalías, la primera que viene a la mente es la que recoge las órdenes de exterminio de origen gubernamental.

De una de estas órdenes ya se ha tratado: la de hacer saltar todos los campos de concentración al aproximarse las tropas aliadas, con el fin de exterminar así a todos sus ocupantes incluidos guardianes. Hoy se sabe que esta orden, recibida por todos, esgrimida contra los acusados del proceso de Nuremberg, y abundantemente comentada por los Rousset, los inferiores a él y los Kogon, no ha sido dada nunca (3), y no es más que una invención del siniestro médico-jefe de la S.S. de la enferrnería de Dora, el doctor Plazza, para granjearse la benevolencia de los aliados y salvar su vida (4).

{3 En el libro de Höss se dice que «Himmler había dado personalmente la orden de evacuar los campos desde enero de 1945» (pág. 203) y que en caso de imposibilidad de «alcanzar la etapa fijada, los convoys debían ser confiados al Volksturm de las localidades donde se encontraban» (pág. 204).}

{4 Documentos bibliográficos, pág. 296.}

A pesar de que las intenciones de los que han publicado Der Lagerkommandant van Auschwitz spricht no hayan sido las de demostrar que éstas eran asimismo órdenes de exterminio por los gases, me temo que éste sea en definitiva el fin que han conseguido.

En primer lugar, se reconoce explícitamente en este libro que:

«el primer empleo del gas para matar a presos, ha sido hecho sin ninguna orden, con un gas de ocasión, y cuando entre los responsables del campo, de arriba a abajo de la escala jerárquica, nadie se lo esperaba.

»Durante uno de mis viajes de negocios (1942), mi suplente, el Schutzhaftlager Fritzsch (5) hizo uso del gas contra un lote de funcionarios políticos del ejército rojo. empleó en este caso el preparado de cianuro (ciclón B) de que disponía porque se utilizaba constantemente en la oficina como insecticida. Me informó de ello después de mi regreso.» (Página 172)

{5 Absuelto en Nuremberg, dice Höss.}

De este modo, por la fotuita iniciativa de un subalterno, [251] habría nacido un método para ser empleado en gran escala contra los judíos.

Varias veces dice Rudolf Höss en su obra – o se le hace decir – que las más altas autoridades gubernamentales del III Reich, y especialmente Himmler, le han reiterado verbalmente las órdenes de exterminar a los judíos con gas, pero:

«Nunca se ha podido obtener sobre este asunto una decisión clara y rotunda de Himmler.» (Página 233.)

Y en tal caso era Höss quien propugnaba el gaseamiento en gran escala:

«Yo he tratado frecuentemente de esta cuestión en mis informes, pero no podía nada contra la presión de Himmler, que siempre quería tener más presos para el armamento.» (Página 189.)

y por consiguiente se oponía a ello.

De todas maneras, no se ve bien cómo habría podido tener Himmler «más presos para el armamento» haciendo exterminar cada vez más con los gases.

Además de esto hay que advertir que habiendo pedido Himmler verbalmente a Höss que construyese cámaras de gas en Auschwitz (en el verano de 1941), Höss le «sometió un plan detallado de las instalaciones proyectadas» a propósito del cual declaró:

«Nunca he recibido respuesta o alguna decisión sobre este asunto.”

(Página 227.)

Las cámaras de gas han sido sin embargo construidas porque – dice Höss -:

«de resultas de esto, Eichmann (un subordinado de Himmler) (1) me dijo de paso – luego verbalmente: ¡todo es verbal en este asunto! – que el Reichsführer estaba de acuerdo.» (Página 227.)

{1 Este subalterno ocupaba el puesto de jefe de la Sección AIV (asuntos judíos) de la Gestapo. Por este motivo tenía la responsabilidad de la deportación de los judíos. Detenido recientemente por los servicios secretos iaraelíes, es el único ser vivo que posee el seereto de las cámaras de gas. De donde viene la importancia de su captura desde el punto de vista de la verdad histórica. De ahí viene también la importancia que tendría para la historia que él hablase libremente y no bajo la amenaza de una sanción.

[252]

Entonces Himmler no habría dado nunca la orden de construir estes cámaras de gas – ¡la declaración es de categoría! – pues hubiera pedido que ellas exterminasen a la vez a muchos y al menor número posible de gente.

En la página 191 se puede leer aún:

“Los presos especiales (es decir los judíos) sometidos a su competencia (de Himmler) debían ser tratados con toda consideración… No se podía prescindir de esta masa de mano de obra, y, en especial, en las industrias de armamento.» ¡ Vaya uno a ver dónde está la verdad!

Las cosas no se vuelven más claras si se examina la manera de exterminar. Se ha visto anteriormente que el gas empleado era un insecticida, el ciclón B, que fue utilizado – nos dice Höss – en todos los casos de asfixia posteriores a las de los funcionarios políticos del Ejército rojo, de los cuales se ha tratado antes: es extraño por lo menos que para la ejecución de tal orden, incluso dada verbalmente, no se haya previsto un gas especial distinto a un insecticida.

Sea lo que sea, he aquí en qué consiste el ciclón B:

«El ciclón B se presenta en forma de piedras azules, entregadas en cajas, de las cuales se desprende (2) el gas bajo la acción del vapor de agua.» (Página 228.)

2 «Podían utilizarse las cámaras vestuarios y las cámaras de gas para las duchas», se lee un poco más adelante (pág. 236). Si es cierto, como en la página 227 dice que «Himmler no ha dado nunca la orden de construir Ias cámaras de gas», ¿no indicaría esto más bien que las salas de duchas «habrían» sido empleadas como cámaras de gas? Se advertirá que por vez primera en la literatura de los campos de concentración, las cámaras de gas son presentadas oficialmente bajo un aspecto que extrañamente les hace parecerse a unas salas de ducha. También por primera vez , se define minuciosamente el gas empleado, y se trata de un gas cuyo uso sólo es posible si las cámaras de gas están instaladas como salas de duchas. Se han necesitado doce años para tener estos datos precisos que ni David Rousset, ni Eugen Kogon ni el comunista Miklos habían dado nunca. Doce años más y quizá se tengan por fin testimonios coherentes en todos los puntos. Basta solamente con que en los «talleres» donde los rusos corrigen la historia durante dias y días se decidan a no emplear más que a personal capacitado para la fabricación de falsedades históricas. Hay que reconocer además que van progresando, sobre todo si se tiene en cuenta que en enero de 1947, lograron que el tribunal de Nuremberg que juzgaba a los médicos, aceptase como auténtico el documento P.S. 1653-RF 350. Este fue entregado al tribunal por un pariente de un testigo que había tenido la prudencia de suicidarse inmediatanente después de haberlo redactado. El documento fue publicado en el n.* 2 de la revista Dreimonatliche Hefte neuere Geschichte en 1953, y después en el periódico sueco Dagens Nyheter el 16 de julio de 1953. Según él, los judíos eran asfixiados por grupos de 750 a 800 en cámaras de gas que tenían “25 metros cuadrados de base por 1,80 de altura». Encuanto al gas empleado, se trataba entonces del «gas de escape de un motor Diesel», y, comprimidas en estas cámaras – precisaba aún el testigo – las 750 u 800 personas tardaban “tres horas en morir, cronómetro en mano”. Es una cosa como para estremecer a los historiadores del futuro cuando examinen los extraños «documentos» que el tribunal de Nuremberg ha tomado en serio.}

Su manejo es tan peligroso que cuando se le utiliza en una habitación, antes de volver a entrar en ella «HAY QUE AIREARLA DURANTE DOS DIAS» (pág. 229), pero el gaseamiento de los judios «dura normalmente una media hora» (pág. 174) tras lo cual «se abren las puertas y el Sonderkommando empieza INMEDIATAMENTE su trabajo de extracción de los cadáveres». (pág. 230)… «llevando consigo a los cadáveres comiendo y fumando» (pág. 180) sin que nunca suceda el menor incidente. Más aún: el primer exterminio se hizo en un depósito de cadáveres, y para hacer penetrar el gas en él «mientras se descargaban los camiones (de futuras víctimas) se horadaron varios agujeros en las parades de piedra y de hormigón del depósito (de cadáveres)» (pág. 172). No se dice cómo se hizo llegar el vapor de agua necesario, ni cómo se taparon de nuevo los agujeros después de la introducción de las piedras azules: también apresuradamente, sin duda, y con trapos viejos…

Verdaderamente nada de esto es serio: es más bien de «novela por entregas». ¡ Y es esta novela la que se presenta como un documento!

En esta trama de contradicciones ingenuamente expuestas, no se puede mencionar todo:

el volumen comprende 247 páginas y harían falta por lo menos otras tantas para refutarlo.

Había que limitarse pues a lo esencial, y lo esencial es lo referente a las cámaras de gas, cuestión la más irritante de todas las que atañen al problema de los campos de concentración en Alemania . Las contradicciones que he recogido me parecen, por otra parte, [254] suficientes para probar que este nuevo testimonio, al igual que el del comunista húngaro Miklos, no podía ser la obra de alguno que haya visto eso. Muy probablemente, habiendo escrito Rudolf Höss su confesión mientras esperaba la muerte, los comunistas polacos han introducido en ella , de un lado a otro y bastante torpemente, la tesis bolchevique sobre los acontecimientos que se estima que tuvieron lugar en el campo de Auschwitz de 1940 a 1943, es decir, durante el tiempo en que él fue Lagerkommandant. Esta es, en todo caso, la única explicación posible tanto del tiempo que se ha tardado en publicar este testimonio – ¡ 12 años! – como de su incoherencia.

Quiero, sin embargo, recoger aún otras dos pequeñas frases.

«A fines de noviembre de 1940, fui convocado por primera vez por el Reichsführer y recibí la orden de proceder a una ampliación del territorio del campo… Se trataba de la construcción de Birkenau (Auschwitz II), que debía ser seguida por la instalación del conjunto de los Kommandos de Monowitz para la I.G. Farben (Auschwitz III). La construcción de Auschwitz IV ha sida interrumpida por la derrota hitleriana.» (Página 121.)

Que yo sepa, ésta es la primera vez que la literatura de los campos de concentración reconoce que la Alemania en guerra, tal como lo hizo en todas sus otras industrias, había proyectado también instalar en los campos a la I.G. Farben, industria en la que son indispensables las cámaras de gas. Para la fabricación de materias colorantes y de cierto número de productos químicos, no para el exterminio de los internados.

Es lo que ya he dicho en esta misma obra, mucho antes de que esta declaración se hiciese pública.

Pero ¿y las asfixias de los internados?

Ya estamos en posesión de un elemento cierto:

Apenas terminada la guerra, se publicó en todos los periódicos del mundo la fotografia de un letrero indicador que llevaba la siguiente indicación: Vorsicht! Gas! Gefahr! (1).

{1 ¡Atención! ¡Gas! ¡Peligro!

Esta llamada de atención se refería a la cámara de gas del campo de Dachau, [255] de la cual se decía en aquella época que en ella se había asfixiado a millares de internados.

De paso para Munich, he querido cerciorarme de la verdad del hecho, y me he dirigido hacia ese lugar: el letrero indicador ha desaparecido, la cámara puede contener unas cincuenta personas de pie, y apretujadas las unas contra las otras, a la manera de las sardinas en una lata.

En la puerta del campo, un guarda explica a los visitantes que «en todas las librerías de Munich se vende una historia del campo de Dachau, en la cual se dice que esta cámara de gas no ha funcionado nunca, por la simple razón de que sólo ha sido terminada después de la guerra por los miembros de la S.S. que han ocupado el lugar de los internados en este campo.» Es exacto. Lo he comprobado… Por otra parte debo reconocer que a partir de 1948 ya se ha podido leer este en la prensa francesa, pero en pequeños caracteres y en los rincones perdidos de los periódicos que pasan desapercibidos a la mayoría de sus lectores, de tal forma que aún hoy la mayoria de la gente sigue estando persuadida de que «decenas de millares de personas han sido asfixiadas en Dachau.”

Como suceda lo mismo con las cuatro cámaras de gars de Auschwitz-Birkenau… (2).

2 Desde que escribí esto he visitado Mauthausen: se me ha enseñado allí una cámara de gas… Lo digo rotundamente: pretender que allí han sido gaseadas decenas de millares de personas es una abominable villanía. El guía me explicó que «todo estaba a punto salvo la cañería de llegada del gas, que ha sido desmontada». El no sabía que en la tesis oficial el gas no llegaba a las cámaras “por cañería”; sino que era producido por «tabletas de ciclón B que se arrojaban allí y se disgregaban al contacto con el vapor de agua». Este mismo guía, por otra parte, me informó además con voz temblorosa que «la princesa Mafalda, hija del rey de Italia, había muerto en el burdel de Mauthausen de resultas de las espantosas torturas que había sufrido en él». Pues bien, la princesa Mafalda murió en agosto de 1944 en el burdel de Buchenwald, a donde se la transportó después de haber quedado horriblemente mutilada durante el bombardeo de Buchenwald por los aviones angloamericanos. !Tales son los «historiadores» de hoy!

¿Y por qué no habría de suceder lo propio? Se sabe efectivamente que en noviembre de 1944, al aproximarse las tropas rusas que liberaron el campo el 22 de enero de 1945, «los alemanes hicieron demoler los hornos crematorios y saltar las cámaras de gas» (3), de las que tantos turistas – ¡todos gozan de murchas amistades en el mundo comunista! – siguen [256] pretendiendo que han ido allí en peregrinación desde el fin de la guerra y las han visitado.

3 Exodus de León Uris (pág. 219 de la ed. francesa); Der S.S.–Staat de Kogon, que sitúa el hecho en septiembre de 1944; Histoire de Joël Brand de Weisberg, etc.}

Advierto aún, que después de haber pretendido que había de ellas en todos los campos, ya sólo se habla de los exterminios que tuvieron lugar en Auschwitz, en zona rusa, utilizando documentos que nadie – ¡salvo los comunistas! – puede examinar, y que los que siguen escribiendo de ello – casualmente – son solamente los supervivientes de la zona rusa, cuyas afirmaciones no se pueden comprobar. Lo que ya es indudable, es que los «testimonios» escritos que nos envian, en primer lugar se contradicen entre sí (Höss en contradicción con Miklos e incluso con E. Kogon y D. Rousset) y en segundo lugar están llenos de inverosimilitudes y se contradicen ellos mismos de una página a otra como se ha probado en este capítulo.

Ahora bien, no se puede fundamentar una verdad histórica sobre «testimonios» tan incoherentes y tan divergentes a la vez.

Yo añadiria que además de sus propias contradicciones y de las que aporta a los que han sido publicados antes que él, el «testimonio» sobre el campo de Auschwitz atribuido a Rudolf Höss está redactado en un estilo que le hace parecerse de un modo raro a las confesiones públicas de los acusados en los célebres procesos de Moscú que nadie ha tomado en serio en la Europa occidental.

Pero ¿para qué?

Después de esto, al publicar Arthur Koestler su célebre libro El cero y el infinito – ¡que se me perdone la referencia! – ya ha dicho todo.

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4.7. CAPÍTULO VII. LAS CÁMARAS DE GAS: 6.000.000 DE GASEADOS O…

Lo primero que hay que decir es que la cuestión ha evolucionado mucho desde la fecha en que escribí La mentira de Ulises. Esto era en 1949-50. Prestando fe a cualquier relato, a cualquier deportado, todos los periódicos colocaban cámaras de gas y de exterminios en masa a lo que saliese la suerte, dondequiera y en casi todos los campos. Casi todos los deportados las habían visto- con sus propios ojos -. Y todo el mundo les creía.

Por otra parte, esto sucedía a pesar de Eugen Kogon, que en su libro El infierno organizado había escrito en 1945: «en los escasos campos donde las hubo…» Como él no dijo en cuáles, cada uno las colocaba donde quería y terminaba habiendo de ellas en todas partes.

En Francia yo he destruido la leyenda de la de Buchenwald y de la de Dachau. Hoy trato de saber qué es lo que fue exactamente de las – pues se habla de cuatro – de Auschwitz, las únicas sobre las cuales se habla todavía.

Pero comencemos por el principio.

En la actualidad, a pesar de la prohibición que se les impuso, muchos abogados de los acusados de Nuremberg han publicado los documentos que les sirvieron para defender a sus clientes y cuyas copias habían quedado entre sus legajos de documentos. En 1949-50 no era lo mismo.

Me había visto obligado a tratar del problema de las cámaras de gas tomando el máximo de precauciones de estilo y en una forma tan dubitativa como me era posible (páginas 187 a 194).

[258]

En aquel entonces, sólo se podia presentir la impostura y yo no tenia nada más que sospechas.

Posteriormente todo lo que se ha publicado ha venido a confirmar estes sospechas y frecuentemente lo ha hecho por el absurdo.

En 1958 apareció Der Lagerkommandant van Auschwitz spricht; en el capítulo precedente se ha leído lo que pienso de ese libro.

En 1953 ya había aparecido también S.S.-Obersturmführer Dr. Mengele, del comunista húngaro doctor Nyiszli Miklos, y no pude decir lo que pensaba de él más que en la cuarta edición de esta obra a modo de introducción (páginas 293 y 294).

Esta vez la impostura saltaba a la vista y, por lo demás, incluso lo ha reconocido parcialmente el autor. (Nota de la página 29).

Se puede comparar ahora la descripción de las cámaras de gas y de exterminio que hace este doctor Nyiszli Miklos con la que aparece en el capítulo precedente en el libro atribuido a Rudolf Höss. ¿Qué fe se puede prestar a dos testigos de un mismo acontecimiento que se contradicen hasta tal punto? ¿Y dónde está la verdad?

Pero se ha leido anteriormente cómo Eugen Kogon afirmaba que las cámaras de gas estaban en disposición de funcionar “en marzo de 1942”: pues bien, en marzo de 1942 Höss nos dice a la vez que las cámaras de gas no han funcionado (página 174) y que durante el verano, como no estaban construidas, fue preciso utilizar el bloque 11 – después depósito de cadáveres – para proceder a los exterminios con gas (pág. 229). Y mucho antes de la publicación de «su» libro, ya sabíamos que los hornos crematorios de Auschwitz habían sido «encargados el 3 de agosto de 1942 a la casa Topf und Sohne de Erfurt por la orden número 11450/42/BI/H»: ¿cómo han podido entonces funcionar estas cámaras antes de que los hornos crematorios fuesen construidos? Sobre todo si se las presenta como unidas a ellos.

Es la cuestión que ya planteaba en mi estudio crítico de este libro.

Finalmente, he señalado en este estudio crítico dos libros en los cuales se dice que «los alemanes hicieron saltar las cámaras de gas de Auschwitz al aproximarse las tropas rusas en noviembre de 1944»; éstas son Histoire de Joël Brand de Weisberg y Exodo de León Uris.

Eugen Kogon, él por lo menos, tomó sus precauciones para el porvenir diciéndonos que «a partir de septiembre de 1944 [259] las órdenes habían prohibido el utilizarlas». Y cuando uno lograba llegar a Auschwitz como turista podía pensar que visitaba auténticas cámaras de gas. Con Weisberg y Uris todo se desploma. Lo mismo que pasó con Dachau.

Queda un argumento todavía: la «solución final» del problema judío.

La «solución final» del problema judío no es una expresión propiamente alemana.

Desde hace siglos y siglos – exactamente desde Tito y la Diáspora – ha sida empleada por todos los constructores de sistemas sociales: en primer lugar por los Estados del mundo mediterráneo y después por los de la Europa septentrional y meridional. En Francia, la hicieron célebre la Révolución de 1789 y luego Napoleón, que creyeron haberla encontrado bajo la forma de un estatuto equitativo para todos los súbditos judíos que vivían en el territorio nacional. Nada más terminar la guerra europea, con la Declaración Balfour, tomó a escala mundial el sentido de la «reconstitución de un hogar nacional judío» al que Inglaterra se comprometia a ayudar en Palestina. Con el advenimiento del nacionalsocialismo en Alemania, tomó el de exterminio masivo de los judíos europeos por medio de las cámaras de gas.

¿Es correcta esta interpretación?

En el proceso de Nuremberg fue esgrimida como una acusación contra todos los dignatarios del régimen que habían participado de cerca o de lejos en la deportación de judíos a los campos de concentración aplicando la «Solución final» y todos respondieron unánimemente que «cuando se hablaba de la solución final del problema judío ellos no sospechaban que esto quisiese decir las cámaras de gas». Bajo juramento, algunos testigos llegaron a afirmar ante el tribunal (sobre todo en el proceso de los médicos), que habían recibido – verbalmente, es verdad – órdenes para actuar en este sentido y se les creyó. En aquella época se encontraban testigos para afirmar cualquier cosa con tal que fuese en el sentido de la verdad de los vencedores. ¿No llegó uno de ellos a declarar como auténtica la orden de «hacer saltar todos los campos, incluidos los guardianes, al aproximarse los aliados», [260] cuando en realidad se probó después (declaración de Jacques Sabille en Le Figaro Littéraire en 1951 y libro de Joseph Kessel Las manos del milagro) que gracias a Kersten, médico de Himmler esta orden no había sido dada nunca? ¿No llegó a decir otro que la artillería alemana había recibido la orden de echar a pique tres barcos cargados con deportados (entre ellos el Arcona) que se dirigían por el mar Báltico hacia Suecia y de los que se ha sabido después que fueron hundidos equivocadamente por la aviación aliada?

Si hoy en dia ya no se concede importancia a las órdenes de hacer saltar los campos al aproximarse los aliados, de disparar en el Báltico sobre barcos llenos de deportados, y de tantas otras aún, no es sólo porque no había documentos para sostenerlas sino también porque han aparecido escritos que prueban sin discusión posible que no hubo tales órdenes. Para sostener las órdenes de exterminio de los judíos con el gas no había tampoco documentos: se ha pretendido qúe los había, aún se pretende, se les ha mencionado, se les cita todavía.

¿Qué dicen estos escritos?

El más preciso de ellos – par otra parte el único que todavía se suele citar – es extracto de un documento llamado «Protocolo de Wannsee», que reúne, en una forma en la que sólo las personas prevenidas y los especialistas pueden distinguir el comentario y el texto auténtico, los informes presentados y las decisiones tomadas durante una reunión interministerial que tuvo lugar el 20 de enero de 1942, y a la cual asistieron los secretarios y los altos funcionarios de todos los ministerios del III Reich.

He aquí este texto en la traducción que ha sido hacha en Francia por el «Centre de documentation juive»:

«(…) En el cuadro de la solución final del problema, los judios serán trasladados con fuerte escolta a los territorios del Este y estarán destinados allí en el servicio del trabajo. Formados en grandes columnas de trabajadores, hombres por un lado, mujeres por el otro, serán llevados a estos territorios: no es preciso señalar que una gran parte de ellos se eliminará por decrecimiento naturel (…) El resto que subsista al final – y al que hay que considerar como la parte más resistente – deberá ser tratado en consecuencia. En efecto, la experiencia de la historia demuestra que una vez liberada esta élite natural lleva en germen los elementos de un nuevo renacimiento judío.”

[261]

El mismo texto extracto del Protocolo en lengua alemana es el siguiente:

«Unter entsprechender Leitung sollen im Zuge der Endlösung die Juden in geeigneter Weise im Osten zum Arbeitseinsatz kommen. In grossen Arbeitskolonnen, unter Trennung der Geschlechter, werden die arbeitsfähigen Juden strassenbauend in diese Gebiete geführt, wobei zweifellos ein Grossteil durch natürliche Auslese darstellend, bei Freilassung als Keimzelle eines neuen jüdischen Aufbaues anzusprechen ist.» A simple vista se ve que ambas partes de este texto, la que he subrayado y la que la precede, no están redactadas en el mismo estilo. La primera conclusión que se impone es ésta:

o bien no son del mismo autor, o no han sido redactadas en la misma ocasión o no figuran en el mismo «documento». La primera, efectivamente, está redactada en el estilo de la decisión, la segunda en el de la apreciación, es decir en el del comentario.

Es en este texto en el que se han apoyado muchos para aceptar como verdaderos los testimonios de las personas que, en Nuremberg y otros lugares, declararon que habían asistido a exterminios con gas o que habían recibido la orden de proceder a ellos.

De momento, en la confusión espiritual que siguió inmediatamente al fin de las hostilidades, se logró el efecto político buscado. A la larga, hay que convenir forzosamente en que si las personalidades de la República federal alemana que han tenido bajo Hitler un papel importante – jueces por ejemplo o altos funcionarios – dicen todavía que «cuando se hablaba de la solución final del problema judío ellos no sospechaban que esto quisiese decir las cámaras de gas», aun después de la lectura de este texto tampoco lo podrían sospechar.

Históricamente, todo parece reducirse a esto que ha resumido admirable aunque insidiosamente el escritor judío norteamericano León Uris en Exodo:

[262]

«En marzo de 1941, dieciocho meses después de la invasión de Polonia, Adolfo Hitler optó por la “solución final” del problema judío. Hecho significativo, concretó sus instrucciones en forma de orden verbal (1)… Seis semanas más tarde,

{1 Subrayado por mí. P. R.}

Heydrich, gran maestro de los organismos de seguridad, reunió a cierto número de dignatarios nazis en conferencia secreta (148) a fin de participarles las decisiones del Führer… (pág. 192 de la edición francesa). Eichmann, Himmler, Streicher, y una docena de jefes de menor importancia pusieron manos a la obra para realizar un plan tan vasto como importante…» (Página 193.)

Las órdenes de Hitler son verbales… Un año después tiene lugar la reunión ministerial conocida con el nombre de «Protocolo de Wannsee» para decidir, y en lo que ha sido publicado de lo que se dijo; y se decidió ern ella, se buscan desde hace veinte años textos susceptibles de permitir afirmar que allí y en ese día nacieron las cámaras de gas.

Se ha encontrado uno: ya se ha visto lo que valía.

En el proceso de Nuremberg, lo he dicho frecuentemente, se encontraron sin embargo muchos testigos para confirmar que la «solución final del problema judío» consistía en «el exterminio por medio de las cámaras de gas». No quisiera molestar al lector con un censo de todos estes testigos y de sus declaraciones. Uno sólo bastará para desmontar el mecanismo de esta extrapolación: el más importante de todos, el Hauptsturmführer (capitán, según creo)

Dieter van Wisliceny, adjunto inmediato de Adolf Eichmann, jefe del departamento encargado de la «solución final» en la fase de su ejecución.

Este Dieter van Wisliceny fue interrogado en Nuremberg, el de enero de 1946, por el teniente coronel Broockhardt, y el pasaje principal de este interrogatorio fue el siguiente:

Teniente coronel Broockhardt.– ¿En sus relaciones oficiales con la sección IVA4 (cuyo jefe era Eichmann) ha tenido usted [263] conocimiento de alguna orden que prescribiese el exterminio de todos los judíos?

Wisliceny.– Sí, por Eichmann me enteré por vez primera durante el verano de 1942 de la existencia de tal orden (…) Le pregunté quién había dado esta orden; me explicó que era una orden de Himmler. Le rogué entonces que me enseñase esta orden, pues no podía creer que realmente existiese por escrito (…) Eichmann me dijo que me enseñaría esta orden escrita, si ello podía tranquilizar mi conciencia. Sacó de su caja fuerte un pequeño legajo que hojeó y me ofreció una carta de Himmler dirigida al jefe de la Sipo y del S.D. Lo esencial de esta carta era poco más o menos lo siguiente:

— el Führer había ordenado la solución definitiva del problema judío.

— la ejecución de esta solución llamada definitiva estaba confiada al jefe de la Sipo y del S.D. y al inspector de los campos de concentración. Todos los judíos que estuviesen en condiciones de trabajar, del sexo femenino o del masculino, debían ser empleados provisionalmente para trabajar en los campos de concentración. Esta carta estaba firmada personalmente por Himmler. No había ningún error posible, pues yo conocía perfectamente la firma de Himmler.

En esta carta no se habla hasta ahora de exterminio ni de cámaras de gas. El interrogatorio prosigue, pues naturalmente no se ha encontrado la carta.

Teniente coronel Broockhardt.– ¿Llevaba la orden alguna indicación con miras a conservar el secreto? (1).

{1 Uno se pregunta de qué secreto puede tratarse, habiendo anunciado por todas partes las autoridades nazis, desde septiembre de 1939, que los judíos serían enviados a los campos de concentración, y que trabajarían en ellos hasta el fin de la guerra.}

Wisliceny.– Llevaba la indicación de “muy secreto”…

Teniente coronet Broockhardt.– ¿Se ha planteado usted la cuestión del significado de las palabras «solución definitiva» empleadas en esta orden?

Wisliceny.– Eichmann terminó por explicarme lo que se entendía por ello. Me dijo que la expresión «solución definitiva» ocultaba el exterminio biológico y total de los judíos en los territorios del Este.

Wisliceny sabía que Eichmann había logrado escapar a la [264] policía aliada y que él no saldría seguramente de su escondrijo para ir a desmentirle.

¿Por qué molestarse entonces? Conviene decir que hubo no pocos Wisliceny en el proceso de Nuremberg… Este que pensaba salvarse reconociendo el crimen y trasladándolo sobre otro, no por elle dejó de ser ahorcado. Pero el procedimiento les salió bien a algunos de ellos.

Así nació la tesis del exterminio. En los primeros momentos que siguieron al fin de la guerra, se comenzó a hablar primeramente de la «solución final», asiguando a la expresión una nota marginal al pie de página en la que se explicaba que se refería al exterminio en cámaras de gas. Pues también se habían encontrado testigos de este género de exterminio que traían la prueba «según personas dignas de fe» muertas o desaparecidas.

Solamente en 1954, en el en que apareció el libro del comunista húngaro Nyiszli Miklos se descubrió que su testimonio no concordaba con los que habían recogido Eugen Kogon y David Rousset de personas, también ellas, «dignas de fe» pero a las que no se volvió a encontrar nunca. Con El comandante de Auschwitz habla… de Rudolf Höss, publicado en 1958, vino el desastre de la tesis, pues él también daba una versión del crimen en total contradicción con todas aquellas que la habían precedido en este camino.

En cuanto al testimonio de Wisliceny, pieza esencial de todos los que le han seguido, ya se ha visto hasta qué punto era preciso forzar las palabras para concluir en un exterminio con las cámaras de gas.

Pero el teniente coronel Broockhardt ha preguntado todavía otra cosa a Wisliceny:

Teniente coronel Broockhardt.– ¿Sabe usted si esta orden continuó siendo observada por los servicios de Eichmann?

Wisliceny.– Sí.

Teniente coronel Broockhardt.– ¿Durante cuánto tiempo?

Wisliceny.– Esta orden tuvo validez hasta octubre de 1944. Entonces Himmler dio una contraorden prohibiendo el exterminio de los judíos.

Así pues, he aquí una carta de Himmler de la cual tuvo conocimiento Wisliceny en el verano de 1942 sin otra precisión sobre la fecha, lo cual permite pensar que es anterior. No solamente no se ha encontrado esta carta, sino que se le hace decir lo que con toda evidencia ella no dice, y para acabar se determina que lo [265] que ella no dice ha sido objeto de una contraorden en octubre de 1944. Naturalmente tampoco se ha encontrado nunca esta contraorden.

Por el contrario, hoy se sabe que durante una visita que hizo Himmler a Auschwitz en marzo de 1941, participó al comandante del campo su decisión de transformarlo en una potente central de armamento, ocupando en sus talleres a todos los presos judíos o no aptos para el trabajo. Esta decisión fue objeto de una carta a Pohl, con fecha del 5 de octubre de 1941 (1).

{1 Según Michel Borwiez en un estudio publicado en la Revue d’histoire de la deuxième guerre mondiale en octubre de 1956, pág. 59. La existencia y el contenido de esta carta han sido confirmados por Joseph Billig en Le Figaro del 14 de octubre de 1960.}

Y no hay manera posible de hacer concordar las instrucciones dadas por Himmler a Pohl en octubre de 1941 y las que según el testimonio de Wisliceny había dado a Eichmann casi al mismo tiempo.

¿Qué era entonces esta célebre “solución final” del problema judío?

No se sabe bien.

En los años 1934-35, Julio Streicher ya hablaba de ella en sus escritos. Diversos periodistas alemanes le hacian eco y sugerían la reagrupación de los judíos en una colonia francesa, por ejemplo el Africa occidental, ya que los ingleses no querian en Palestina. Al mismo tiempo, la derecha facciosa francesa se quejaba en todos sus periódicos de que era imposible a cualquier gobierno que fuese el sacar provecho de Madagascar, por consiguiente el de conservar la isla en el imperio colonial, si no se decidía a hacer de ella una colonia para poblar (1).

{1 Léanse las Memorias de un francés rebelde del comandante francés Loustaunau Lacau.

El nacionalsocialismo aprovechó la ocasión: ¿por qué no reagrupar allí a los judíos que los alemanes no querían por más tiempo? Pero Francia no los quería más que Inglaterra…

Al declararse la guerra, no se había encontrado ninguna solución de alcance mundial.

¿Qué pasó hasta entonces? :

[266]

Aún es necesario aquí consultar los documentos. Veamos pues dos de ellos:

«Antes de la guerra, Eichmann (que dirigía en Berlín la sección principal NB del servicio central de seguridad encargado de la cuestión judía) había dispuesto la emigración masiva de judíos… Haciéndoles emigrar, creía depurar Alemania llevando la peste judía a los países enemigos. Había tenido negociaciones con los jefes sionistas para acelerar la evacuación en masa hacia Palestina.» (Histoire de Joël Brand, por el escritor judío A. Weisberg, página 93.)

«Le interesará pues el saber que durante el último trimestre he puesto en ejecución una idea de la cual ya hablamos un día. Dos trenes han transportado a Suiza 2.700 hombres, mujeres y niños judíos. Así ha sido emprendido de nuevo el método que mis colaboradores y yo mismo habíamos aplicado durante largos años, hasta que la guerra y la locura que ella ha desencadenado en el mundo hizo imposible la aplicación. Usted sabe bien que de 1936 a 1940, de acuerdo con las organizaciones judías americanas, yo había creado una sociedad de emigración de tipo benéfico.» (2).

2 Subrayado por mí.}

Heinrich Himmler. (Carta al doctor Kersten, 21 de marzo de 1945.)

Y el mismo texto en alemán:

«Es wird Sie interessieren, daß ich im Laufe des letzten Vierteljahres einen Gedankens, über den wir einmal sprachen, zur Verwirklichung gebracht habe. Es wurden nämlich in zwei Zügen rund 2.700 jüdische Maänner, Frauen und Kinder in die Schweiz verbracht. Es ist dies praktisch die Fortsetzung des Weges gewesen, den meine Mitarbeiter und ich lange Jahre hindurch konsequent verfolgten, bis der Krieg und die mit ihm einsetzende Unvernunft in der Welt seine [267]

Durchführung unmöglich machten. Sie wissen ja, daß ich in den Jahren 1936, 37, 38, 39 und 40 zusammen mit jüdischen amerikanischen Vereinigungen eine Auswander-Organisation ins Leben gerufen habe, die sehr segenreich gewirkt hat.”

De ambos textos, que se confirman el uno por el otro, y de los cuales uno al menos no puede ser sospechoso, resulta indiscutiblemente que hubo una «emigración en masa» de los judíos amenazados por el nacionalsocialismo, y organizada por el propio nacionalsocialismo.

Parece incluso que si esta emigración no fue tan masiva como hubiera podido serlo, se debe sobre todo a la mala voluntad de los otros países que se negaban a recibir a los judíos que Alemania no quería. Basta con leer el «Libro Blanco» inglés, publicado en 1939, después de la anexión de Austria y cuando el Foreign Office sentía la amenaza de invasión de Polonia, país en el que había 3.100.000 judíos: se decía en él que «la potencia mandataria en Palestina sólo aceptaría allí a 75.000 inmigrantes en total». En Francia, cada vez que un judío lograba entrar en el país se sentía tan mal acogido que se dirigía a Italia. De 1935 a 1940, Italia, donde convergían todos los judíos que huían del nacionalsocialismo tomando la ruta del Oeste, fue el teatro de un verdadero mercado negro de plazas para los barcos con destino a Palestina, la mayoría de los cuales eran fantásticos.

Si se cree en el Bericht (1942-1945) des Komittee zur Rettung des ungarischen Juden, del doctor Reszo Kasztner, que la Histoire de Joël Brand de A. Weisberg no hace más que resumir en lo esencial, esta emigración continuó bajo otra forma durante toda la guerra .

En la primera de estas dos obras, se puede leer efectivamente en la primera página:

«Bis zum 19 März 1944 galt unsere Arbeit hauptsächlich der Rettung und Betreuung polnischer, slovakischer, jugoslavischer Flüchtlinge. Mit der deutschen Besetzung Ungars erstreckten sich unsere Anstrengungen auf die Verteidigung der ungarischen Juden… Die Besetzung brachte dus Todesurteil für die nahezu 800.000 Seelen Zählende ungarische Judenheit.”

[268]

En español:

«Hasta el 19 de marzo de 1944, nuestra actividad principal consistió en la asistencia y protección de los refugiados polacos, eslovacos y yugoeslavos. Con la ocupación alemana de Hungría, nuestros esfuerzos se concentraron en la protección de los judíos húngaros… La ocupación provocó la condena a muerte de cerca de 800.000 personas de la judería húngara.”

Un poco más adelante (página 8 de su informe) habla incluso de los «1.500.000 judíos húngaros» que «entre el 15 de mayo y principios de julio de 1944» habían sido deportados por la línea Raschau-Oderberg.

Ahora bien, en Hungría, viejo país de tradición cristiana, consagrado desde tiempo inmemorial al culto de la corona de San Esteban, antes del advenimiento del nacionalsocialismo eran tan poco numerosos los judíos que, como se verá en un instante, ni siquiera figuraba el país en las estadísticas publicadas por los judíos antes de la guerra . He aquí entonces que hasta el 19 de marzo de 1944, Hungría no es ocupada por las tropas alemanas, y que el 19 de marzo de 1944 se encuentran allí 800.000 judíos, nos dice el doctor Kasztner: procedentes de Polonia, Eslovaquia y Yugoeslavia, señala en la primera frase, pero bautizándoles como húngaros en la segunda…

Veamos ahora lo que se puede leer en la Histoire de Joël Brand de A. Weisberg sobre este asunto:

«En su precipitación por desembarazarse de los judíos, poco importaba a los alemanes que desapareciesen en el extranjero o en los hornos crematorios… Los pasaportes extranjeros constituían la protección más segura… En algunas semanas, hubo más súbditos de la república de San Salvador que de todos los otros juntos…

Después de una intervención del Papa y del presidente Roosevelt, los gobiernos sueco y suizo entregaron millares de pasaportes y nosotros añadimos a ellos de treinta a cuarenta mil falsos. Los poseedores de este salvoconducto estaban inmunizados contra la deportación.» (Páginas 55 y 56 de la edición francesa.)

[269]

Inmunizados contra la deportación, los possedores de estos pasaportes, después de habérseles distribuido al llegar a Hungría, donde se les continuó distribuyendo bajo la ocupación alemana después del 19 de marzo de 1944, pudieron ser dirigidos a Constanza donde eran embarcados para Palestina y de donde, dada la hostilidad inglesa, «eran dirigidos en su mayoría a los Estados Unidos», nos dice aún A. Weisberg. (Página 93.)

Hasta el 19 de marzo de 1944, la emigración de los judíos que habían logrado huir de su país de origan antes de la ocupación por las tropas alemanas y entrar en Hungría, se hizo por Constanza bajo los auspicios de la “Waada” de Budapest. Después del 19 de marzo de 1944, habiendo ocupado también Hungría los alemanes, se hizo en condiciones más difíciles; encontrándola los alemanes demasiado lenta decidieron enviar también a los campos de concentración a los judíos que se encontraban en territorio húngaro, y que la «Waada» no lograba enviar a Constanza al ritmo compatible con sus exigencias. Hubo entonces contactos, después de algunos regateos que están todavía sin esclarecer, entre los servicios alemanes encargados del problema judío en Hungría, dirigidos por Eichmann, Krumey, Becher, etc., y los miembros del Comité director de la «Waada». Al marchar a Israel en 1947, el presidente de la «Waada», doctor Kasztner, fue acusado allí por sus correligionarios de haber colaborado con el nacionalsocialismo en Hungría: un gran proceso en el que figuraba como acusado por este «crimen» se abrió en Jerusalén. En 1955 presentó él el informe conocido con el nombre de Bericht (1942-45) der Komitee zur Rettung der ungarischen Juden von Budapest, que había redactado en Suiza en 1945-46, del cual había depositado el original ante el tribunal de Nuremberg y en el cual cierto número de acusados encontraron argumentos de descargo y fueron absueltos (Becher, Krumey…) Un día, fue matado durante el proceso por un fanático israelí a la salida del tribunal: condenado post mortem, fue rehabilitado en el mismo Israel, sólo el 16 de enero de 1958, tras un proceso de revisión de la primera sentencia.

Su informe lleva la indicación de «confidencial» sobre la cubierta y de él he tenido entre las manos un ejemplar mecanografiado por él mismo y después copiado en un número extremadamente limitado de ejemplares. Nunca ha sido publicado más que por pequeños trozos cuidadosamente escogidos por el Centro [270] mundial de documentación judía. Aunque el doctor Kasztner habla en numeroso pasajes «de los molinos de Auschwitz» (expresión atribuida a Eichmann) y de las cámaras de gas, su publicación íntegra – si algún día se procede a ello – establecerá también, por numerosos detalles que en su mayor parte ha dado el autor sin darse cuenta de su importancia, que «la solución final del problema judío» apenas tiene nada que ver con la interpretación que se ha dado de ella y hasta ahora ha sida comúnmente admitida.

Si ahora se examinan las estadísticas dadas a conocer en cuanto al número de víctimas de los exterminios con gas, no puede uno dejar de impresionarse por ciertas anomalías de las cuales lo menos que se puede decir es que invitan a mucha circunspección. Aquí no quiero hablar de las estadísticas de los fracasados del periodismo o de los políticos, sino solamente de aquéllas que por su carácter oficial o formal no pueden ser discutidas para compararlas con las que han sido elaboradas en el «Centro de documentación judía».

Veamos primeramente la que ha sido hecha por el Centro de documentación judía y que contrapone – en los países ocupados por Alemania durante la última guerra – la población judía antes de la subida de Hitler al poder, al número de muertos y desaparecidos por países:

Poblacion antes de Hitler

Muertos y desaparecidos en 46

Quedan en 1946

Francia 300.000 120.000 180.000

Belgica 90.000 40.000 50.000

Holanda 150.000 90.000 60.000

Dinamarca 7000 500 6500

Noruega 1500 900 600

Estonia 5000 4000 1000

Letonia 95.000 85.000 10.000

Lituania 150.000 135.000 15.000

Polonia 3.300.000 2.800.000 500.000

Alemania 210.000 170.000 40.000

Checoeslovaquia 315.000 260.000 55.000

Austria 60.000 40.000 20.000

Hungria 404.000 200.000 204.000

Yogoeslavia 75.000 55.000 20.000

Rumania 850.000 425.000 425.000

Italia 57.000 15.000 42.000

URSS 2.100.000 1.500.000 600.000

Bulgaria 50.000 ? ?

Macedonia ? ? 7000

Grecia 75.000 60.000 15.000

————— ————— ————–

TOTALES 8.294.500 6.000.400 2.294.100

[271]

Antes de la guerra, un estadístico judío de reputación universal, trabajó durante largos años sobre la población judía en el mundo, y, precisando que sus cifras eran aproximadas, la clasificó por profesiones y por países. De sus trabajos, un periódico publicado en Nueva York, el Menorah Journal, tomó en su número 2 del año 1932 las cifras que se leerán a continuación, y que fueron reproducidas en Francia en Le Caprouillot, número de septiembre de 1936.

I.–Por profesiones.

Comercio………………………….6.100.000 o sea el 38,6 %

Industria y artesanado…………..5.750.000 ” 36,4 %

Profesiones liberales………. 1.000.000 ” . 6,3 %

Agricultura………………………….625.000 ” 4 %

Servicios domésticos………………325.000 ” . 2 %

Rentistas…………………………..2.000.000 ” 12,7 %

Totales……………………………15.000.000 …… (mas) 100 %

[272]

II.–Por países.

Estados Unidos 4.500.000

Polonia 3.100.000

Rusia 3.000.000

Rumania 900.000

Alemania 500.000

Inglaterra 330.000

Francia 250.000

Palestina 250.000

Argentina 240.000

Austria 230.000

Canada 170.000

Lituania 160.000

Holanda 120.000

Marrueco francès 120.000

Irak 100.000

Resto del mundo (1) 1.830.000

TOTAL 15.800.000

{1 Estos otros países estaban clasificados en tres categorías:

1.° Países que contaban entre 50.000 y 100.000 judíos: Letonia, Grecia, Yugoeslavia, Bélgica, Italia, Turquía, Bulgaria, Argelia, Africa del Sur, Túnez y Egipto.

2.° Países que contaban entre 10.000 y 50.000 judíos: Suiza, Brasil, Méjico, Uruguay, Persia, Siria, Yemen, India, Afganistán, China, Marruecos español, Tripolitania y Australia.

3.° Países que contaban con menos de 10.000 judíos: Danzig, Suecia, Dinamarca, Estonia, Irlanda, España, Rodas, Memel, Portugal, Noruega, Finlandia, Cuba, Chile, Japón, Singapur y Nueva Zelanda.

Se observará que no se menciona ni Hungría (404.000 en la estadística del Centro de documentación judía) ni Checoeslovaquia (315.000) ni la Macedonia.

Esto representa del 7 al 8 % de la población mundial de entonces, especifica A.

Ruppin, y de los cuales cerca de 11.500.000 están inscritos en los registros de las sinagogas, dice el escritor judío Arthur Koestler.

Estas cifras coinciden con las que han sido publicadas en el World Almanac 1947 del American Jewish Committee: este almanaque señala que en 1938 había 15.688.259 judíos en el mundo entero.

Respecto a la Europa ocupada por las tropas alemanas desde [273] 1939 hasta 1945, he aquí, según los trabajos de Arthur Ruppin cuál era en 1932 la población judía:

Polonia 3.100.000

Rusia 3.000.000

Rumania 900.000

Alemania 500.000

Francia 250.000

Austria 230.000

Lituania 160.000

Holanda 120.000

Letonia, Grecia, Yugoeslavia, Belgica, Italia, Bulgaria 420.000

(2)

Dinamarca, Estonia, Noruega, Finlandia 30.000

(3)

TOTAL 8.710.000

2 Figuran entre los países que cuentan de 50.000 a 100.000 judíos, contados a una media de 70.000.

3 Figuran entre los países que cuentan con menos de 10.000 judíos.}

Comparando las cifras de Arthur Ruppin, del American Jewish Committee y del Menorah Journal con las del Centro de documentación judía, dan lugar a las siguientes observaciones:

1./ Respecto a los países ocupados por las tropas alemanas desde 1939 a 1945, el Centro de documentación judía encuentra una población de 8.294.500 judíos y Arthur Ruppin de 8.710.000, estando incluida Rusia en ambos casos. La diferencia no es sensible. Se trata solamente de saber cuál puede ser el número de desaparecidos en uno y otro caso.

2./ En lo que a Rusia se refiere, las cifras dadas a conocer por el Centro de documentación judía en las tres columnas, son manifiestamente falsas en la primera y en la tercera: de acuerdo [274] en esto con todos los historiadores y estadísticos del mundo, Arthur Ruppin evaluaba la población judía de este país en 3.000.000 antes de Hitler y, en cuanto a los que quedaban en 1946, todos aquellos que han acusado al régimen bolchevique de antisemitismo lo han estimado en cerca de dos millones (1) después de la guerra, y en 1.200.000 en lugar de 300.000 en la Rusia asiática antes de la guerra.

3./ Ya he dicho lo que hay que pensar de las cifras del Centro de documentación judía relativas a Hungría y Checoeslovaquia.

Y es ahora cuando interviene el argumento más terrible contra la estadística del Centro de documentación judía: el movimiento emigratorio de la población judía europea desde 1933 a 1945.

Está, por ejemplo, admitido por todo el mundo, que la población judía de los Estados Unidos que se situaba en cerca de 4.500.000 personas antes de Hitler, había pasado a unos 6.000.000 en 1946; que en el mismo período la de Palestina había pasado de 250.000 a cerca de 1.000.000; y que la de Sudamérica había aumentado en 700.000, la del Africa del Norte en 200.000 y otro tanto la del Africa del Sur. Contando Rusia y la Rusia asiática, tenemos pues unos 5.500.000 judíos, que, con toda evidencia, no han muerto ni han desaparecido.

Este número de muertos y desaparecidos se encontraría pues reducido a: 6.000.400 – 5.500.000 = 500.400 si se toma por referencia la estadística del Centro de documentación judía, o sea un [275] millón como máximo si uno se remite a la de Arthur Ruppin.

¡Y ya es una cifra impresionante!

Si este total obtenido por rigurosa deducción es exacto, quien conozca por poco que sea lo que fue la vida de los campos de concentración, no tendrá necesidad de las cámaras de gas para explicarlo: en Buchenwald no las había, y el 25 por 100 de los individuos que fueron deportados allí no regresaron.

Como se ve, los errores estadísticos cometidos por el Centro mundial de documentación judía provienen de las cifras que ha dado a conocer después de la guerra en lo que se refiere a Polonia y Rusia. Al dar cuenta de lo que pasó en Budapest, el doctor Kasztner nos dice que en 1943 hubo hasta 1.500.000 judíos en Hungría, y el periodista David Bergelson nos explica que en 1942 hubo hasta 5.000.000 en Rusia. Esta emigración ante el avance de las tropas alemanas no es tenida en cuenta por el Centro de documentación judía.

1 2.500.000 ha dicho el «American Jewish Committee» el 31 de diciembre de 1951; y ésta es también la opinión del rabino Joseph Miller en la revista norteamericana Look del 27 de diciembre de 1956.

El Centro de documentación judía, que sólo ha encontrado 600.000 (por otra parte uno se pregunta cómo, dado el secreto de las estadísticas soviéticas) no ha tenido en cuenta el hecho de que en el momento de la anexión de Besarabia, la Bucovina y los Estados Bálticos los judíos de estos países cayeron bajo el control ruso ni de que en el momento del avance de la tropas alemanas en Polonia la mayoría de los judíos huyeron a la zona ocupada por los rusos, ni que gracias a la evacuación, como dice el periodista judío David Bergelson en el periódico moscovita Unidad del 15-12-1942 «la mayoría de los judíos de Ucrania, Rusia blanca, Lituania y letonia, (80%) ha sido evacuada, es decir salvada, antes de la llegada de los alemanes…». Incluso dice Bergelson que en plena guerra hubo un momento en que la población judía en Rusia alcanzó los cinco millones… Aún no han regresado todos a su país de origen. Muchos han partido al Asia central ó declaró el “Joint Resolution commitee” en junio de 1942–, otros han logrado llegar hasta Estados Unidos, América latina, Israel, etc. Desde el fin de la guerra Rusia no les permite abandonar los territorios bajo su control más que clandestinamente: se sabe de vez en cuando que convoys con algunas decenas o centenares vuelven a Polonia, Rumania, Checoslovaquia, Bulgaria, etc. De todas maneras no hay motivos para sospechar de las cifras dadas anteriormente por los mismos judíos: uno no puede dejar de asombrarse al ver que no concuerdan con las que ellos dan hoy en día.

Hay además una parte fantástica en las cifras presentadas. En primer lugar, los 600.000 judíos solamente que encuentra el Centro en la Rusia de 1946. Pero hay más aún: de los 1.500.000 judíos que vivían en Hungría en 1943, el doctor Kasztner pretende que 434.000 han sido deportados, y el ingeniero André Biss dice que él ha «evitado la deportación de 300.000 de ellos» (La terre retrouvée, 1 de julio de 1960) pero cuando el Centro de documentación judía va a Budapest para contar a los supervivientes en 1946, sólo encuentra a !200.000!

!Esta matemática tiene, decididamente, sorprendentes virtudes!

Pero quiero ser objetivo hasta el último extremo…

Una estadística publicada el 31 de diciembre de 1951 por el periodista alemán Erwin F.

Neubert en la revista Der Weg, con ayuda de informaciones publicadas en 1949 por el «American Jewish Committee» en el New York Times y diversas publicaciones judías como Aufbau, Unité dans la dispersion, etc., da sobre el número de víctimas judías del nacionalsocialismo una cifra del mismo orden de importancia, por simple comparación con las cifras. del Menorah Journal y de Arthur Ruppin. Veamos esta estadística:

[276]

EUROPA

Gran Bretaña …………………………………..450.000

Francia……………………………………………350.000

Italia………………………………………………..75.000

Alemania y Austria………………………………55.000

Bélgica y Holanda………………………………..55.000

Escandinavia………………………………………23.000

Suiza………………………………………………..22.000

URSS (incluida la zona asiática)………….2.500.000

Polonia……………………………………………500.000

Rumania………………………………………….350.000

Hungría…………………………………………..170.000

Checoeslovaquia………………………………….17.000

Yugoeslavia y Grecia……………………………25.000

Bulgaria……………………………………………..8.000

Otros países de Europa……………………………8.000

Total : ………………………………………….4.608.000

AMÉRICA

Estados Unidos………………………………..7.200.000

Canadá…………………………………………….250.000

América latina……………………………………900.000

Total:…………………………………………….8.350.000

ASIA

Israel1……………………………………………..300.000

Persia y Afganistán……………………………..120.000

Países de la Liga Arabe …………………………35.000

India…………………………………………………25.000

China y Japón……………………………………….5.000

Otros países de Asia………………………………10.000

Total:…………………………………………….1.495.000

Australia y Nueva Zelanda………………………60.000

[277]

AFRICA

Africa del Norte………………………………….430.000

Abisinia……………………………………………..15.000

Colonias………………………………………………5.000

Africa del Sur…………………………………….350.000

Total………………………………………………..800.000

RECAPITULACIÓN

Europa……………………………………………4.608.000

Asia……………………………………………….1.495.000

Australia……………………………………………..60.000

América………………………………………….8.350.000

Africa……………………………………………….800.000

Total:……………………………………………15.313.000

Comparada con la de Arthur Ruppin, esta estadística da cuenta además de la emigración de los judíos de Europa desde 1933 a 1951, en particular hacia los Estados Unidos, América latina e Israel.

No se trata, ciertamente, más que de una estadística de periodista, y sólo la recojo aquí porque me parece que expresa una verdad de conjunto, y si tiene errores sólo pueden ser de detalle y muy insignificantes.

Se advertirá que no he recurrido al argumento biológico, cuyo valor, no obstante, es innegable, como demuestra una última estadística: el 28 de febrero de 1948, otro especialista en cuestiones de población, Hanson W. Baldwin, escribía en el New York Times que había en aquel entonces entre 15.600.000 y 18.700.000 judíos en el mundo, es decir, tantos como habían enumerado A. Ruppin y el Menorah Journal en 1932 y el «American Jewish Committee» en 1938. Si se admite que de ellos han sido exterminados 6.000.000 entre 1939 y 1945, hay que admitir también… ¡que la población judía del mundo se duplica cada tres años!

¿Y quién pretenderá esto?

La última cuestión que se plantea es la siguiente: ¿cómo se ha [278] podido llegar a estimar en 6.000.000 el número de judíos exterminados por los nazis?

La respuesta es sencilla: con el mismo procedimiento por medio del cual se ha dado como cierta la existencia de las cámaras de gas. Y, también aquí, se ha recurrido en primer lugar al aludido Dieter von Wisliceny. En este asunto, por otra parte, el teniente coronel Broockhardt que le interrogaba parece haber sido también un hombre de la mejor voluntad. He aquí la parte del interrogatorio – del 3 de enero de 1946 – relativa a esta cuestión, según los documentos publicados después del proceso de Nuremberg:

Teniente: coronel Broockhardt. — En sus conferencias con los otros especialistas del problema judío y con Eichmann, ¿ha tenido usted conocimiento o ha sido informado del número total de judíos muertos por la aplicación de este programa?

Wisliceny. — El mismo Eichmann hablaba siempre de cuatro e incluso de cinco millones de judíos. Según mi apreciación personal, han debido ser perjudicados (1) por la solución definitiva al menos cuatro millones. De hecho no puedo decir cuántos han salvado la vida.

{1 Se notará de paso el eufemismo «perjudicados por la solución definitiva» y no «exterminados».}

Teniente coronel Broockhardt. — ¿Cuándo ha visto usted a Eichmann por última vez?

Wisliceny. — En febrero de 1945 he visto a Eichmann por última vez en Berlín. Decía entonces que si se perdía la guerra él se suicidaría.

Teniente coronel Broockhardt.– ¿Dijo algo en aquel entonces sobre el número de judíos que habían sido exterminados?

Wisliceny. — Sí, y habló de ello de una manera particularmente cínica. Dijo que saltaría riendo a su tumba, pues la impresión de tener a cinco millones de personas sobre la conciencia sería para él motivo de una extraordinaria satisfacción.

A partir de esta declaración, se buscaron otros testigos, y, que yo sepa, no se encontró más que a uno solo: el doctor Wilhelm Hoettl, jefe de batallón de la S.S. y relator al mismo tiempo que adjunto del jefe de departamento en la Sección VI de la Oficina central de Seguridad del Reich. Este testigo declaró ante el tribunal de Nuremberg lo siguiente:

[279]

«En abril de 1944, tuve una conversación con el Obersturmbannführer Eichmann de la S.S., al que conocía desde 1938. Este coloquio tuvo lugar en mi apartamento de Budapest (…) Él sabía que estaba considerado por las Naciones Unidas como uno de los principales criminales de guerra, ya que tenía millones de vidas judías sobre su conciencia. Le pregunté cuántas eran y me respondió que aunque el número fuese un gran secreto, me lo diría porque en mi calidad de historiador debía estar interesado en ello (…) En razón de los informes que poseía había llegado a la siguiente conclusión: en los diferentes campos de exterminio habían sido matados cerca de cuatro millones de judíos, mientras que dos millones habían encontrado la muerte de otra manera.”

Para dar mayor fuerza a su testimonio, este doctor Hoettl añadió que Eichmann había enviado a Himmler un informe que concluía en esta cifra – ¡otro documento más que no ha sido encontrado! – y que Himmler no había quedado satisfecho porque «según su opinión, el número de judíos muertos debía ser superior a los seis millones».

Tales son, todo el mundo está de acuerdo en ello, los dos únicos testimonios en los cuales se apoyan – ¡por otra parte ignorándolos! – los batallones de periodistas que han propagado por el mundo esta tesis de los seis millones. Pertenecen al tipo del «Se me ha dicho…» En este caso el «se» es Eichmann. Dada la situación de sus autores, no hay probabilidades de que ningún historiador les tome nunca en serio. Sin embargo el tribunal de Nuremberg se ha dado por satisfecho. Habiendo sido detenido posteriormente Eichmann, nos encontramos pues ante la siguiente alternativa:

— o bien niega, y se podrá decir que es natural, ya que su vida está en juego; — o bien asiente, y lo que se podrá decir es que tal es su sistema de defensa – el mismo que el de los acusados del proceso de Moscú – para intentar obtener la clemencia del tribunal.

Por lo cual se ve que el único medio de obtener la verdad de la boca del único ser vivo que la conoce, sería colocarle en tales condiciones que no hablase bajo la amenaza de una sanción. Como [280] esto no se hará, se trata entonces de una controversia destinada a durar todavía cierto tiempo entre los partidarios de los seis millones y aquellos que no admiten esta cifra:

en tanto que no se descubra un documento indiscutible sobre este asunto – apenas creo que tal documento exista – la vida política estará envenenada en el mundo entero.

Se ha visto que yo soy de aquellos que no creen ni que seis millones de judíos hayan muerto con el nazismo, ni que hayan perecido en las cámaras de gas. Mi convicción se funda en las estadísticas y en los documentos dados a conocer por los propios partidarios de los seis millones, y en la debilidad de sus razonamientos.

Que yo sepa, el hombre que ha desplegado los mayores esfuerzos para demostrar la autenticidad de esta cifra es un tal L. Poliakov. Sus conclusiones sobre el número total de víctirnas judías en las persecuciones raciales durante la última guerra mundial, han sido publicadas en la Revue d’histoire de la deuxiéme guerre mondiale (Núm. 24, octubre de 1956, página 88). Merecen que uno se detenga en ellas.

Primeramente, este L. Poliakov indica sus fuentes: los consabidos testimonios de Wisliceny y Hoett1, de los que confiesa que son los únicos. Buen jugador, añade aún:

«Por consiguiente, sería posible objetar que una cifra sostenida tan imperfectamente debe ser considerada como sospechosa.» No hay ni que decírselo…

Pero él no cree que lo sea, porque ha encontrado un escrito que, a su parecer, lo corrobora: un informe dirigido a Himmler, con fecha 17 de abril de 1943, por un tal Korherr, jefe de la inspección estadística del III Reich y que se remite al estado de la cuestión el 31 de diciembre de 1942.

La conclusión de este informe es la siguiente:

«El decrecimiento del judaísmo en Europa debe elevarse ya por lo tanto a cuatro millones de cabezas. Ya sólo deben quedar colonias importantes en el continente (al lado de la de Rusia con unos cuatro millones) en Hungría (750.000), Rumania (300.000) y quizá [281]

también en Francia. Si se tiene en cuenta la emigración judía, la enorme mortalidad, así como por otra parte los inevitables errores debidos a la fluctuación de la población judía, se debe fijar en cuatro millones y medio el decrecimiento de la población judía en Europa entre 1937 y 1943. Esta cifra sólo engloba parcialmente las defunciones de los judíos en las regiones ocupadas del Este, mientras que los fallecimientos sobrevenidos en el resto de Rusia no están incluidos en ella en absoluto. Hay que añadir a esto las emigraciones de los judíos, sea en Rusia hacia su parte asiática, sea en los países de Europa no sometidos a la influencia alemana hacia ultramar.

»En total, desde 1933, es decir durante el primer decenio del poder nacionalsocialista, el judaísmo europeo ha perdido aproximadamente la mitad de sus efectivos. Poco más o menos la mitad de esta parte, es decir un cuarto de la población judía total del mundo en 1937, se ha desplazado a los otros continentes.» Esta conclusión se infiere de largas columnas de cifras, de las que hago gracia al lector, y que establecen que la otra mitad ha sido «evacuada» a los campos de concentración. Para toda persona de buen sentido, y a pesar de las imperfecciones de una traducción que hace aparecer una contradicción entre la tercera y la última frase (1), esto significa que en la fecha del 31 de diciembre de 1942, han emigrado cuatro millones de súbditos judíos fuera de los países ocupados por Alemania o bien han sido enviados a los campos de concentración, y a ello hay que añadir 500.000 muertes debidas a la mortalidad natural o a la causada por la guerra.

{1 En este informe se dice tres páginas antes que «la Oficina estadística del Reich daba la cifra de 17 millones para la población judía» total del mundo en 1937. Un cuarto (última frase) supone 4.250.000 y si este cuarto representa la mitad de la pérdida del judaísmo europeo, esta pérdida debe ser evaluada a su vez en 8.500.000. Ahora bien, Korherr no habla más que de 4.500.000… Por otra parte se determina que la pérdida fijada en 8.500.000 corresponde a «la mitad de los efectivos del judaísmo europeo», lo cual significaría, que había 17 millones de judíos en Europa en 1937. De donde resulta lo siguiente: o bien el informe ha sido redactado por un loco, o hay una visible falsificación del texto.

Pretendiendo que las palabras o expresiones «evacuaciones… emigración…

decrecimiento del judaísmo europeo» significan [282] «exterminios», Poliakov formula la conclusión de que «si el día 31 de diciembre de 1942, ya habían sido exterminados cuatro millones de judíos… creyendo sólo en este documento, se puede decir con una certidumbre casi absoluta que el número total de judíos exterminados (hasta 1945) debe estar comprendido entre cinco y siete millones, subsistiendo la cifra de seis millones como la más probable.”

Ya está dicho: bastaba con pensar en ello…

Pero Poliakov no se contenta con eso: hay un segundo método de evaluación. Veamos en qué consiste:

«El segundo método aplicado por los especialistas de la demografía judía y en especial por el economista y estadístico de Nueva York Jacob Leschlinsky – nos dice – consiste en comparar los datos respectivos sobre la población judía de los diferentes países europeos (2) antes y después de la guerra. Es de esta manera como ciertas organizaciones judías internacionales, tales como el Congreso mundial judío, han llegado en 1945 a la cifra, siempre idéntica, de seis millones.”

2 Soy yo quien lo subraya : europeos solamente… P. R.}

Lo que basta para pensar hasta aquí, que no era necesario hacer el mismo trabajo para los países no europeos, donde la población judía aumentó en las proporciones señaladas por las estadísticas que yo he presentado. Se ha visto, por lo demás, que aún había que tener los cálculos sobre una población judía mundial – antes de la toma del poder por el nacionalsocialismo – de 20 millones como mínimo, de ellos 11.945.000 en Europa.

Se nos ha asegurado que Poliakov es investigador en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas. Es posible. Pero si es verdad, ¡bien les escogen en esta institución!

Reconozco desde luego que en el campo de la moral esta discusión sobre los medios del crimen y el número de víctimas no se puede continuar: basta con que un solo judío haya sido [283] condenado a muerte, por el hecho de ser judío, bien sea en las cámaras de gas, ahorcado de una cuerda, bajo el hacha o el látigo, para que el crimen quede establecido. El número de víctimas y los medios del crimen no entran en su definición: sólo determinan el grado de horror, y, si bien choca a la sensibilidad popular, el grado de horror es un elemento de apreciación de los juristas que le unen abusivamente al grado de responsabilidad no para definir el crimen sino las circunstancias agravantes o atenuantes en el momento de la aplicación de la pena. No pertenece a la moral sino a la moda, y varía con la época y el lugar.

Las circunstancias atenuantes o agravantes tampoco pertenecen por otra parte a la moral, y, el grado de responsabilidad, limitado a la persona del criminal, sólo puede entrar en su dominio por las condiciones en las cuales ha sido cometido el crimen. Aun esto sólo vale dentro de la moral tradicional: en el pasado siglo, el filósofo francés Jean-Marie Guyau, concibió Una moral sin obligaciones ni sanción, que es seguramente la del futuro, y, en todo caso, la mía.

Habiendo concretado así hasta qué punto, en el terreno de la materialidad del crimen, esta discusión carecía de objeto en mi espíritu, me encuentro con mayor libertad para decir que no lo es tampoco en el campo de la historia, ni en el de la sociología, ni siquiera en el del sentido común, del que con demasiada frecuencia se tiene la equivocación de creerlo insignificante.

La Historia es el libro de a bordo de la humanidad. Por esta razón es un inventario, y todo inventario debe ser exacto. Extender el de todas las acciones de los hombres, es la misión de los historiadores, y esta misión se limita a eso. Por consiguiente, ellos no se preocupan de ninguno de los imperativos de la moral, excepto de uno solo: la búsqueda de la verdad. Con mayor razón son totalmente ajenos a los de la política, y esto es lo que explica el afán de objetividad que ha presidido todo lo que he escrito sobre la deportación.

La sociología tiene necesidad de saber si se trata no de un genocidio – por otra parte, también la historia, pero solamente para registrarlo – y por este motivo se impone a ella esta discusión en función del número de víctimas y de los medios del crimen.

Respecto al sentido común, se me permitirá abandonar el campo de la historia, de la moral y de la sociología, y descender a la [284] psicología de las masas. Partiré para ello de la respuesta que una personalidad alemana, cuyo nombre no se menciona, dio el pasado 5 de junio al enviado especial de Le Monde, encargado de una encuesta en Alemania sobre el efecto que había producido la captura de Adolf Eichmann por los servicios secretos israelíes:

«Los alemanes no queremos que se nos sirva en cada desayuno algunos millares de judíos exterminados en los campos de concentración. No queremos oír hablar más de todo esto.”

La personalidad alemana en cuestión, es muy modesta: desde hace quince años no son solamente «algunos millares de judíos exterminados en los campos de concentración» los que se sirven «todas las mañanas en el desayuno» del mundo entero, sino seis míllones y a veces nueve millones (1), como sucedió en Francia en el momento de aparecer el film Nacht und Nebel.

{1 Michel Duran en Le Canard enchaîné, el 27 de enero de 1960.}

Y no son sólo los alemanes los que están cansados: lo está el mundo entero. Incluso está irritado, pues sabe que eso no es verdad, y, cada vez que encuentra esta cifra en su periódico habitual, la reacción del mundo entero es automáticamente: «Estos judíos, siempre igual…», subrayado por la sonrisa de menosprecio o de indignación que es de rigor.

Es así como en el año de gracia de 1960, nace el antisemitismo en la opinión pública, y es sabido que desde hace siglos el antisemitismo es una de las peores plagas de la humanidad porque lleva muy fácilmente al racismo. Ahora bien, en tanto que se pretenda hacer admitir a la opinión pública que seis millones de judíos han sido exterminados en las cámaras de gas, no habrá ninguna probabilidad de impedir que periódicamente rompan sobre el mundo oleadas de antisemitismo. Todo sucede pues como si aquellos que se aferran irreductiblemente en estas cifras, y les dan una publicidad tan escandalosa, no tuviesen otro afán que el de provocar o mantener campañas antisemitas. El sentido común impone el denunciarles implacablemente como seres peIigrosos que preparan el camino al racismo.

El sentido común se une sin embargo a los imperativos le la moral, cuando se sabe que esta cifra de 6.000.000 de judíos [285] exterminados en las cámaras de gas, ha sido tenida en cuenta en el cálculo del importe de las reparaciones que Alemania ha sido condenada a pagar al Estado de Israel. Entonces, uno puede extrañarse, al menos, de que el gobierno alemán no haya mostrado mayor preocupación en comprobarlo, aunque sólo fuese para quitar un argumento a los agitadores antisemitas.

Para concluir, diré solamente que no me hago ninguna ilusión: el viejo socialista que soy, será acusado una vez más de haber tratado de reducir al mínimolos crímenes del nazismo, y, como discute una afirmación sin base seria de las autoridades judías, será acusado igualmente de antisemitismo, hasta de racismo. Incluso quizá no se deje de añadir que mis escritos sirven a una política condenada para siempre por los principios fundamentales del humanismo tradicional. Ninguno de mis detractores verá nunca que, en la forma misma que se les ha dado, las acusaciones dirigidas contra el nazismo no solamente le hacen el juego a él en la medida en que no corresponden a la verdad, sino que incluso recaen en definitiva sobre el pueblo alemán. Ninguno verá tampoco que, en estas condiciones, lo que yo defiendo es al pueblo alemán y no al nazismo, al cual, por corolario, sólo la verdad pura y simple – ¡esto ya basta, Dios! – puede impedir el renacimiento. Y todos continuarán defendiendo esta infamia, afianzada por la literatura sobre los campos de concentración, que consiste, por ejemplo, en inscribir sobre todos los monumentos erigidos a la memoria de la resistencia en toda Francia, esta odiosa frase: «A las víctimas de la barbarie alemana», en lugar de «A las víctimas de la barbarie nazi», o de la que sería la única razonable: «A las víctimas de la barbarie guerrera».

Me resignaré a esto: es el destino de los que buscan la verdad el resultar sospechosos de segundas intenciones, y siempre habrá por lo menos un necio para pedir al Papa la condena de Galileo.

Por otra parte, siempre me será fácil responder que esta política condenada efectivamente por los principios fundamentales del humanismo tradicional, hoy sólo encuentra razones para renacer y prosperar en las exageraciones a ultranza de demasiada gente cuyo único móvil es el resentimiento o la venganza, y cuya política, en consecuencia, no es mucho mejor.

Tras lo cual, me bastará con mencionar a Sócrates, que nunca se preocupó de saber si su filosofía servía o no a la política de los Treinta Tiranos.

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[287]

5. PROLOGO DEL AUTOR PARA LA SEGUNDA Y TERCERA EDICIONES FRANCESAS

«Las armas del enemigo no son tan mortíferas como las mentiras con las que los jefes de las víctimas llenan el mundo; el canto odioso del enemigo es menos desagradable al oído que las frases que, como una saliva repugnante, manan de los libros de los necrólogos.”

Manès SPERBER. (Et le Buisson devint cendre.)

Ambas partes de esta obra han sido publicadas separadamente:

• la primera, o la experiencia vivida (El paso de la línea) en 1949, • la segunda, o la experiencia de los otros (La mentira de Ulises propiamente dicha) en 1950, bajo la forma de un estudio crítico de la literatura de los campos de concentración, pues pensé que, en un asunto tan delicado, convenía administrar la verdad a pequeñas dosis.

De esta disposición de ánimo han intentado aprovecharse algunos para sembrar la desconfianza sobre mis intenciones. Si El paso de la línea, generalmente acogido con simpatía, sólo provocó vagos rechinamientos de dientes, y sin consecuencias, de determinado sector, La mentira de Ulises fue causa efectivamente de una violenta campaña de prensa cuyo origen estaba en la misma Asamblea Nacional.

Paralelamente, Albert Paraz, autor del prefacio, el editor y yo mismo, fuimos llevados ante el Juzgado, (donde salimos absueltos, y después ante el Tribunal de Apelación, donde fuimos condenados (1) aunque el propio fiscal general, haciendo justicia a nuestras conclusiones, pidiese la confirmación pura y simple del juicio de faltas.

{1 Prisión con sobreseimiento, 100 francos de multa y 800.000 frs. de daños y perjuicios.

Al Tribunal de Casación corresponde ahora el resolver el litigio, [288] pero la opinión pública, a la que se informa en sentido único, está desorientada, y, por poco inclinada que esté a intervenir en la polémica, se ha hecho indispensable el desenmarañar para ella las circunstancias bastante confusas que han creado el clima de este asunto. Así se matarán dos pájaros de un tiro, pues no se puede dejar de poner al mismo tiempo ante los ojos del lector las pruebas convincentes (2).

2 El Tribunal de Casación se ha pronunciado a su vez: nos ha absuelto – justamente lo bastante pronto para que pueda ser mencionado en esta nota de la presente edición – pero no por ello resulta menos necesaria la explicación.

Al llegar en pleno debate sobre la amnistía, La mentira de Ulises, que la justificaba a su manera, fue acogida por algunos como un asunto especialmente político, y es por este lado sutil por el que se le intentó dar ese carácter exclusivo.

Por una enfadosa casualidad, el prefacio de Albert Paraz contenía un aserto jurídicamente insostenible (3) respecto a las circunstancias del arresto y deportación del señor

3 El Sr. Michelet, con el cual hemos hablado, ha retirado la querella que había presentado contra nosotros, y el aserto no figura en esta edición, ni tampoco, por otra parte, el prefacio de Paraz, a sugerencia propia, para cortar toda nueva tentativa de digresión. Solamente para evitar esto, pues, desde que ha fallado el Tribunal de Casación, nada se opone a que este prefacio, cubierto por la inmunidad que protege a la cosa juzgada, sea nuevamente} Michelet, en aquel entonces diputado y líder parlamentario del R.P.F. El señor Guérin, entonces diputado del M.R.P. de Lyon, se aprovechó de esto no para protestar contra la publicación de la obra, a pesar de que hábilmente lo haya aparentado, sino para intentar desacreditar a uno de los principales militantes que le hacía la más temible competencia electoral. Así pues, La mentira de Ulises fue explotada primeramente por un movimiento político contra otro, y ya había bastante para hacer desesperar al historiador…

Fue durante una intervención incidental del señor Guérin, cuando se incorporó la acción extraparlamentaria con miras a impresionar a la opinión pública. En la Asamblea Nacional, el diputado de Lyon me incluyó entre «los responsables de la colaboración con el ocupante y los apologistas de la traición» (1).

Patéticamente, había exclamado:

{«Parece, mis queridos colegas, como si no hubiese habido nunca cámaras de gas en los campos de concentración… Eso es lo que se puede leer en este libro.» (J.O. del 2 de noviembre de 1950. Debates parlamentarios.)}

[289]

¡El señor Guérin no leyó la obra!

Sin leer más, todos los periódicos en los que causan estragos los periodistas improvisados por cierta resistencia (2) tras la liberación, continuaron el tema y me hicieron decir las cosas más inverosímiles.

{1 En realidad, el autor estuvo entre los fundadores del movimiento Libération-Nord en Francia, fue el fundador del periódico clandestino La IV République, al cual elogiaron en aquella época las emisoras de Londres y de Argel, y fue deportado de la resistencia – 19 meses – en Buchenwald y Dora. Inválido de resultas de esto en un 95 %, está en posesión de la tarjeta de resistente número 1.016.070, de la medalla de plata de la «Reconnaissance» francesa y de la «Rosette» de la resistencia, que, por otra parte, no lleva. Y esto no le ha quitado ni el amor a la verdad ni el sentido de la objetividad.

2 Pues la unidad de la resistencia es un mito, como también era un mito la unidad de la Revolución francesa. No solamente hubo dos sino varias «resistencias», hoy en día nadie puede dejar de reconocerlo… ¡a menos que esté interesado! Hubo incluso la resistencia de los granujas que encontraron cómodo el ampararse detrás del nombre.

Tres asociaciones de deportados, internados y víctimas de la ocupación alemana, pidieron al Juzgado de Bourg-en-Bresse que ordenase el secuestro del libro, la destrucción de los ejemplares ya puestos en venta, y nos condenase en conjunto a la ligera suma de un millón de francos por daños y perjuicios. Más prudente, el Comité de acción de la Resistencia se abstuvo de toda manifestación hostil, no porque no tuviese el deseo, sino por temor a quedar en ridículo. El Partido comunista, que habla iniciado una ofensiva, advirtió a liempo que se arriesgaba nuevamente a poner a Marcel Paul, a Casanova, y al coronel Manhes en una delicada situación y realizó una prudente retirada. Pero el Partido socialista, al que he representado en el Parlamento, después de haber sido durante muchos años el jefe de una de sus federaciones departamentales, me excluyó de su seno, «a pesar del respeto que impone mi persona», dice la sentencia que me ha sido comunicada por el Comité supremo (3).

3 Una solicitud de readmisión, defendida por dos federaciones departamentales y por Marceau Pivert, en el Congreso de noviembre de 1951, fue rechazada después de la intervención de Daniel Mayer y de Guy Mollet.}

Tales fueron las primeras escaramuzas de una ofensiva poco gloriosa y que no tuvo mucho éxito. La mala fe que la caracterizó, no se desmintió después ni por un instante.

Louis Martin-Chauffier, que bailó en la cuerda floja en casi todos los movimientos ideológicos de la mitad del siglo, tomó el mando de la segunda oleada de asalto.

Como yo había señalado – de paso – una de sus impericias de pluma, se creyó obligado a corregirla con otra (página 163 y nota marginal), a tomar nuevamente el tema de Maurice Guérin y a demostrar que además no sabía leer.

«Todos los deportados han mentido – afirma Paul Rassinier -, quien niega la existencia de las cámaras de gas», escribió en cabeza de un artículo cuyo título: «Un falsario y calumniador cogido en flagrante delito» (Droit de vivre, 15 de noviembre a 15 de diciembre publicado. El autor no ha creído que deba ceder a los gritos de reprobación de un puñado de interesados ni que deba hacer sufrir otras modificaciones al texto de 1950), me hubiese permitido por sí solo – si hubiese sentido el deseo de darle la respuesta en el mismo tono – el obtener sustanciosas reparaciones de cualquier Juzgado.

El abanderado de la tercera oleada fue Rémy Roure, en los siguientes términos:

[290]

«Este Rassinier describe en la siguiente forma el campo de Buchenwald: “Todos los bloques, geométrica y agradablemente puestos sobre la colina, están comunicados entre sí por calles de hormigón; unas escaleras de cemento y en rampa conducen a los bloques más elevados; delante de cada uno de ellos hay pérgolas, con plantas trepadoras, pequeños jardinillos con césped de flores, por aquí, por allá, pequeñas glorietas con surtidores o estatuillas. La plaza, que cubre algo así como medio kilómetro cuadrado, está totalmente pavimentada, tan limpia que en ella no se podria perder un alfiler.

Una piscina central, con trampolín, campo de deportes, frescas sombras, un verdadero campo para colonia de vacaciones, y cualquier transeúnte al que le fuese concedido el visitarlo en ausencia de los presos, saldría convencido de que en él se lleva una vida agradable, llena de poesía silvestre y especialmente envidiable, en todo caso fuera de toda medida común con los azares de la guerra que son el destino de los hombres libres…”

»Hago un llamamiento a mis camaradas de Buchenwald: ¿reconocen ellos su campo?”

(Force ouvrière, jueves 25 de enero de 195l.)

Rémy Roure puede hacer el llamamiento a sus camaradas de Buchenwald: esto no se encuentra en La mentira de Ulises. Cogido en flagrante delito ante el Juzgado de Bourg-en-

Bresse, se excusó y tuvo a bien el reconocer (Le Monde, 26 de abril) que no habiendo leído la obra solamente me citaba según Maurice Bardèche (1).

{1 Se me ha dicho que Maurice Bardèche era de extrema derecha, y que en otras numerosas circunstancias él no había dado prueba del mismo afán de objetividad: esto es cierto, y yo no me he abstenido de decírselo cada vez que he creído tener motivo. Pero ésta no es una razón ni para negar su mérito en esta circunstancia, ni para negarse a reconocer que salvo en una página, en sus dos obras sobre Nuremberg – tan injustamente condenadas como La mentira de Ulises – trata del problema alemán partiendo de los mismos imperativos que poco después de la guerra de 1914 a 1918 eran los de Mathias Morhardt, de Romain Rolland y de Michel Alexandre, cuando eran de izquierdas. Y no es culpa mía si, por un curioso vaivén histórico, los individuos de izquierda al adoptar desde 1938-39 el nacionalismo y el chauvinismo que eran de derecha, han obligado de ese modo a la verdad que era de izquierda a buscar asilo en la derecha y en la extrema derecha. De todas maneras el cronista no puede aceptar el pronunciarse sobre la materialidad de los hechos históricos en función de imperativos variables con la política, ni, según el ejemplo de Merleau-Ponty (pág. 294), reconocer un hecho como verdadero sólo cuando sirve a una propaganda.

Ahora bien, si es exacto que Maurice Bardèche citó este pasaje en su Nuremberg II no lo es menos que lo tomó de El paso de la línea – donde se encuentra para dar una idea de la instalación material no del campo de Buchenwald sino del de Dora en su último período – y que muy honestamente no buscó el desfigurar su sentido aislándole de su contexto.

Añado aún, por molesto que le resulte a Rémy Roure, que considerando ausentes a los detenidos – lo digo claramente: ¡en ausencia de los presos! – el campo de Dora se asemejaba a la descripción que [291] he hecho de él, y todos los que lo han conocido son del mismo parecer. Cuando los presos volvían a él, después de una larga y agotadora jornada de trabajo, la burocracia le daba otro aspecto diferente, y lo que precede y sigue al pasaje que bastante a la ligera se me reprocha – ¡y que para las necesidades de la causa Rémy Roure reemplaza hábilmente por unos puntos suspensivos! – lo dice en términos precisos.

Le perdono de buena gana a Rémy Roure esta mala acción. Aunque sólo sea porque en el mismo artículo ha escrito esto:

«Los mandos de los KZ (2), los Kapos, jefes de bloque, Vorarbeiter y Stubendienst, presos también que vivían de la muerte lenta de sus compañeros”

2 Abreviatura de Konzentrationslager, palabra alemana que designa a los campos de concentración.}

que es uno de los temas principales de La mentira de Ulises, probado así de brillante manera, y que es muy exactamente lo contrario de lo que todos los destajistas de la literatura de los campos de concentración, con David Rousset a la cabeza, habían escrito hasta ahora.

Pero yo planteo esta cuestión: lo que procediendo de mí fuese una calumnia y una difamación, ¿sería palabra de evangelio y respetable procediendo de Rémy Roure?

¿O no será más bien que él no me perdona el haber sido el primero en intentar dar a conocer esta horrible verdad?

Haré caso omiso de los venenosos sueltos en los periódicos, inspirados por las asociaciones de deportados, que publicaron por complacencia cada ocho o quince días periódicos como Franc-Tireur, L’Aube, L’Aurore, Le Figaro, etc., para mantener a la opinión pública en estado de alerta. Llegaron a tomarse tales licencias respecto a la objetividad, que el título de la obra se había convertido en La leyenda de los campos de concentración…

En marzo, la ofensíva llevada contra nosotros creció hasta el delirio.

Un periodista de escasa categoría, prestándome generosamente la tesis, escribió en Le Progrès de Lyon:

« ¡Los malos tratos, una leyenda! ¡Los hornos crematorios, una leyenda! ¡Las barreras eléctricas, una leyenda! ¡Los muertos por grupos de diez, una leyenda! “

Y el mismo Jean Kréher, el abogado que habían escogido las asociaciones de deportados, ayudaba en el Rescapé, órgano de los deportados, con esto que según él se deduce de mi estudio:

«… Pues si nosotros estábamos saciados de salchichón, de excelente margarina, si todo estaba previsto para que se nos cuidase y se nos diesen las distracciones necesarias, si el crematorio es una institución exigida por la higiene, si la cámara de gas es un mito, si, en una palabra, los de la S.S.

se mostraban llenos de atenciones hacia nosotros, ¿de qué se queja la gente?» [292]

El lector decidirá por sí mismo si se puede sacar esto como conclusión de lo que yo he escrito.

Toda esta gente, por otra parte, ha hecho muchos esfuerzos para nada. La «verdad» que ellos querían hacer prevalecer no ha prevalecido, y el descrédito que han intentado en vano echar sobre nosotros, recae hoy sobre ellos desde el momento en que, independientemente del sensible descalabro que les acaba de infligir el Tribunal de Casación, en Le Figaro Littéraire del 9 de octubre de 1954, André Rousseaux, que sin embargo puso por las nubes e indistintamente a todos los destajistas de la literatura de los campos, ya había llegado él mismo – probablemente bajo la influencia del sentimiento del público – a plantearse esta cuestión:

«Pero para los supervivientes del infierno, la condición de ex deportados ¿no se ha hecho muy rápidamente análoga a la de los ex combatientes de todas las guerras: hay muchas más víctimas que testigos?”

Pues esta manera de hablar, que visiblemente sólo usa la forma de pregunta por una precaución de estilo, supone ante la historia una condena total, sin apelación, y mucho más valiosa que la sentencia del Tribunal de Casación, de todos estos testimonios tan orientados como interesados, contra los cuales he sido el primero en poner al público en guardia.

La desgracia es – ¡ay! – que llega un poco tarde.

Y también lo es el que una literatura tan sospechosa como lo era la de los campos de concentración en su misma inspiración, que una literatura que hoy ya nadie toma en serio y que será un día la vergüenza de nuestro tiempo, haya suministrado durante años sus principios fundamentales a una moral (que era la apología del bolchevismo – ¡esto tiene su importancia!

-) y a una política (1) su garantía (que era el bandolerismo, justificado por la razón de Estado).

{1 Desde entonces las cosas han cambiado mucho. En el gobierno la política sigue siendo hecha por los mismos estadistas (sic) o poco menos, pero descansa sobre el antibolchevismo, y, en este sentido, es exactamente lo contrario de lo que era en esta época. Como consecuencia de ello, los representantes del antibolchevismo son los mismos que antaño hacían la apología de él. Lo que es digno de mención es que si alguno hablase del sable de Prudhomme (*) o recordase la historia de aquel Guillot que gritaba al lobo, nadie le entendería.

(*) Personaje de una novela de Henry Monnier. Solía decir que su sable le serviríala para defender las instituciones, y en caso necesario para derribarlas.(N. del T.)}

Todo esto viene de aquello.

[293]

Y ahora veamos el fondo de la discusión, que un ejemplo hará más accesible…

Acaba de aparecer en Hungría un nuevo testimonio sobre los campos de concentración alemanes, del que Les Temps Modernes se ha encargado de divulgarlo en Francia. Se trata de S.S.-Obersturmbannführer Doctor Mengele, por el doctor Nyisz1i Miklos, y se refiere al campo de Auschwitz-Birkenau.

La primera idea que le viene a uno a la mente es que este testimonio no ha podido aparecer en Hungría más que con el asentimiento de Stalin, a través de los intermediarios, de los Martin-Chauffier de este país, cuyos poderes como miembros directivos de la asociación equivalente a nuestro C.N.E. (1), son lo bastante amplios para permitirles impedir que se publiquen allí obras similares a La mentira de Ulises.

{1 Comité nacional de escritores.

Solamente por este motivo ya resultaría sospechoso.

Pero no es ésta la cuestión.

Este doctor Nyisz1i Miklos pretende entre otras cosas que en el campo de Auschwitz–

Birkenau, cuatro cámaras de gas (2), de 200 metros de largo (sin precisar la anchura)

2 En Le Monde del 4 de enero de 1952, el fiscal André Boissaire tradujo ¡cuarenta y seis!

duplicadas con otras cuatro de idénticas dimensiones en las que se preparaban las víctimas para el sacrificio, asfixiaban diariamente 20.000 personas; y que cuatro hornos crematorios, cada uno con 15 parrillas de tres plazas, las incineraban a medida que iban llegando. Añade que, por otra parte, otras 5.000 personas eran también suprimidas diariamente por medios menos modernos, y quemadas en dos inmensas hogueras al aire libre. Incluso añade que él ha asistido personalmente durante un año a estas matanzas sistemáticas.

Yo afirmo que todo esto es manifiestamente inexacto, y que no es necesario que uno haya sido deportado para poder establecerlo con un poco de buen sentido.

Como el campo de concentración de Auschwitz–Birkenau fue construido efectivamente a partir de finales de 1939, y evacuado en marzo de 1945, al ritmo de 25.000 personas diarias – si creyésemos al doctor Nyisz1i Miklos – habría que admitir que durante cinco años habrían muerto en él unos 45 millones de personas, de las que 36 millones habían sido incineradas después de la asfixia en los cuatro hornos crematorios, y 9 millones en las dos hogueras al aire libre.

Supuesto que sea perfectamente posible que las cuatro cámaras de gas hayan sido capaces de asfixiar a 20.000 personas diariamente (a 3.000 por tanda, dice el testigo), no lo es en absoluto que los cuatro hornos crematorios las hayan podido incinerar a medida que las iban recibiendo. Aun cuando hubiese quince parrillas de tres plazas. Ni siquiera aunque la operación sólo necesitase 20 minutos, como pretende el doctor Nyisz1i Miklos, lo cual también es falso.

[294]

Tomando estas cifras como base, la capacidad de absorción de todos los hornos funcionando paralelamente no hubiese sido más que de 540 por hora, o sea 12.960 por cada día de 24 horas. Y a este ritmo sólo se hubiese podido terminar de destruirlos algunos años después de la liberación. A condición, bien entendido, de no perder un minuto durante cerca de diez años. Si uno se informa ahora en el Père-Lachaise (3) sobre la duración de una incineración de tres cadáveres en una parrilla, advertirá que los hornos de Auschwitz tendrían que quemar todavía, y pasaría bastante tiempo antes de que se extinguiese su fuego.

3 Cementerio de París. (N. del T.)}

Paso por alto las dos hogueras al aire libre, que tenían – dice nuestro autor que al igual que aquéllas a las que anulaban siguen sin encontrarse – prohibieron el utilizarlas para asfixiar. Al ritmo señalado por el doctor Nyisz1i Miklos se llega todavía a los 18 millones de cadáveres en estos dos años y medio, cifra que, no se sabe por qué virtud de las matemáticas, Tibère Krémer, su traductor ha reducido autoritariamente a 6 millones (1).

{1 He escrito al Dr. Nyisz1i Miklos para señalarle todas estas imposibilidades. É1 me ha respondido lo siguiente: ¡2.500.000 víctirnas! Sin más comentarios. Esta cifra que está más cerca de la verdad y que seguramente no pueden explicar por sí solas las cámaras de gas, ya constituye una buena suma de horrores.

Y yo planteo esta nueva y doble cuestión: ¿qué interés podía haber en exagerar así el grado del horror, y cuál ha sido el resultado de esta general manera de proceder?

Se me ha respondido que reduciendo las cosas a sus proporciones reales, en una teoría universal de la represión, yo no tenía otro propósito que el de reducir al mínimo los crímenes del nazismo.

Yo tengo otra respuesta preparada, y ahora ya no hay ninguna razón para no publicarla.

Antes de darla, quisiera someter todavía a la apreciación del lector un incidente significativo acerca de la mentalídad de nuestra época.

Como lector de Les Temps Modernes, naturalmente también he participado a esta revista las reflexiones que me había sugerido la publicidad que ella hacía al doctor Nyisz1i Miklos.

La respuesta que he recibido de Merleau-Ponty es la siguiente:

[295]

«Los historiadores tendrán que plantearse estas cuestiones. Pero en la actualidad esta manera de examinar los testimonios tiene por resultado el sembrar la desconfianza sobre ellos, como si no tuviesen la precisión que uno tendría derecho a esperar. Y como en el momento en que nos encontramos la tendencia es más bien a olvidar los campos alemanes, esta exigencia de verdad histórica rigurosa estimula una falsificación en masa consistente en admitir a grosso modo que el nazismo es una fábula.» Encontré sabrosa esta respuesta, y no me preocupé de responderle a Merleau-Ponty que él se olvidaba de los campos rusos e incluso… ¡de los franceses!

Pues si es necesario admitir esta doctrina, y que la exigencia de una verdad histórica rigurosa estimula ya una falsificación masiva en la actualidad, uno se pregunta con angustia a qué monstruosidad corre el riesgo de llevarnos la falsificación en masa de ahora en el campo de la historia. Basta solamente con imaginarse lo que pensarán los historiadores del futuro, acerca del abominable proceso de Nuremberg, del cual ya es evidente que ha hecho retroceder en dos mil años la evolución de la humanidad en el terreno cultural, es decir a la condena de Vercingétorix por Julio César presentada como un crimen en todos los manuales de Historia.

Las relaciones que Merleau-Ponty, catedrático de filosofía, establece entre los efectos y las causas, no parecen ser de un rigor excepcional, y esto prueba que limitándose cada uno a su oficio, también en la filosofía … . ¡las cosas estarían mejor hechasl

Además de mi tesis sobre la burocracia de los campos de concentración, cuyo determinante papel en la sistematización del horror ya he señalado, el nuevo aspecto bajo el cual presento las cámaras de gas ha banderilleado dolorosísimamente a los inventores de truculencias sobre los campos de concentración. Ambas cosas están íntimamente ligadas y esto explica todo.

Hay un cierto número de hechos, referentes a esta irritante cuestión, que no pueden haber escapado en absoluto a las personas honradas.

Primeramente, todos los testigos (2) están de acuerdo en este hecho evidente que diez de ellos (3), citados contra mí por el querellante (4) han venido a confirmar en el Juzgado de Bourg-en-Bresse: ningún deportado vivo – pido perdón a Merleau-Ponty que responde tan a la ligera por el doctor Nyisz1i Miklos – ha podido ver [296] realizar exterminios por este medio.

2 Del proceso contra Paul Rassinier. (N. del T.)

3 Entre ellos el profesor Richet, miembro de la Academia de Medicina.

4 Dos testigos que habían ofrecido sus servicios a la acusación, no se han molestado en aparecer: Martin-

Chauffier y el inenarrable Rvdo. P. Riquet, predicador de Notre-Dame. El primero, del cual se comprende fácilmente que le haya resultado embarazoso el venir a ocupar el sitio de los testigos y sostener públicamente el lenguaje «tan seguro de su gramática» que tiene, limitó su papel, lejos del público, entre sus libros, a un telegrama en el que reclamaba una despiadada condena. En cuanto al segundo, en una carta dirigida al tribunal, aseguró que nosotros, Paraz y yo, éramos unos seres infames.}

Cien veces he hecho personalmente la experiencia, y a los insensatos que pretendían lo contrario les he confundido públicamente: el último cronológicamente ha sido el famoso G…, del que habla Albert Paraz. Estoy pues autorizado para decir que todos los que como David Rousset o Eugen Kogon se han metido en minuciosas y patéticas descripciones de la operación, no lo han hecho más que sobre habladurías (1).

{1 Incluyendo entre ellos a Janda Weiss, del que se habla en la pág. 190.

Esto – lo señalo aún para evitar todo nuevo malentendido – no quiere decir en absoluto que no haya habido cámaras de gas en los campos, ni exterminios con gas: una cosa es la existencia de la instalación, otra su destino y otra su empleo efectivo.

En segundo lugar, merece señalarse que en toda la literatura sobre los campos, y ante el tribunal de Nuremberg, no se pudiera presentar ningún documento que probase que las cámaras de gas habían sido instaladas en los campos de concentración alemanes con el propósito de emplearlas para el exterminio en masa de los detenidos.

Algunos testigos, en su mayoría oficiales, suboficiales e incluso simples miembros de la S.S. llegaron a decir ciertamente en el banquillo que habían realizado exterminios con gas y que habían recibido la correspondiente orden: ninguno de ellos ha podido presentar la orden tras la cual se amparaba, y ninguna de estas órdenes – excepto las que recojo en esta obra y que no prueban absolutamente nada – ha sido encontrada en los archivos de los campos tras la liberación. Ha habido que creer pues en la palabra de estos testigos. ¿Quién me prueba que ellos no han dicho esto para salvar la vida en la atmósfera de terror que comenzó a reinar en Alemania desde el momento de su aplastamiento?

A propósito de esto, he aquí una pequeña historia que trata de otra orden dada según dicen por Himmler y que se encuentra muy difundida entre la literatura de los campos de concentración: la de hacer saltar todos los campos al aproximarse las tropas aliadas, y exterminar de este modo a todos sus ocupantes, incluyendo guardianes.

El médico de la S.S. jefe de la enfermería de Dora, doctor Plazza, lo confirmó cuando fue capturado, y con ello salvó la vida (2).

2 En el proceso de Struthof, el Dr. Boogaerts, comandante médico en Etterbeck (Bélgica), declaró el 25 de junio de 1954:}

En el tribunal de Nuremberg se le empleó contra los acusados que negaban. Ahora bien, en Le Figaro Litéraire del 6 de enero de 1951, con el título de Un judío negocia con Himmler, y la firma de Jacques Sabille, se ha podido leer:

«Fue gracias a la presión de Gunther, ejercida sobre Himmler por conducto de Kersten (su médico personal), como la orden propia de caníbal para hacer saltar los campos al aproximarse los aliados – sin preocuparse de los guardianes – quedó en letra muerta.» [297]

Lo cual significa que esta orden, recibida por todo el mundo y comentada abundantemente, no ha sido dada nunca.

Como suceda así con las órdenes de exterminio con gas…

Entonces, se me dirá, ¿por qué estas cámaras de gas en los campos de concentración?

Probablemente – y sencillamente – porque la Alemania en guerra, habiendo decidido transportar a los campos el máximo de sus industrias, para sustraerlas a los bombardeos aliados, no tenía ningún motivo para hacer una excepción en sus industrias químicas.

«Logré que me destinasen a la enfermería del campo, y por este motivo estuve bajo las órdenes del médico Plazza, de la S.S., el único hombre de Struthof que tenía algunos sentimientos humanos.”

Pues bien, en Dora, a donde llegó después este Dr. Plazza para ejercer las funciones de médico-jefe del campo, la unánime opinión le atribuía la responsabilidad de todo lo que era inhumano en el reconocimiento y en el tratamiento de las enfermedades. Entre lo que en la enfermería se contaba, destacaban sus fechorías que – como se decía – su adjunto, el Dr. Kunz, difícilmente lograba atenuar. Los que le habían conocido en Struthof hablaban de él en términos horribles. Personalmente, tuve que habérmelas con él, y soy de la opinión de todos los que se han encontrado en este caso: era un animal. Al regresar a Francia, cuál no sería mi sorpresa al ver que se concedían tantos certíficados de buena conducta – ¡por presos privilegiados, es cierto! – a un hombre del que todo el mundo en el campo, y hasta los mejor intencionados, hablaba de ahorcarle. Yo solamente lo he comprendido cuando «supe que él fue el primero, y durante mucho tiempo el único, que afirmaba la autenticidad de la orden de hacer saltar todos los campos al aproximarse las tropas aliadas, y de hacer exterminar a todos sus ocupantes, incluidos los guardianes: esta era la recompensa de un falso testimonio del cual entonces no se podía saber lo que valía, pero que era indispensable para la construcción de una teoría que a su vez resultaba indispensable a una política.

De creer a los periódicos alemanes del 17 de junio de 1958, este Dr. Plazza, citado en el proceso contra Martin Sommer, ha sido finalmente desenmascarado. Me felicito de no haberme ocupado de ello en vano, pues los individuos de esta clase han ayudado a creer en la leyenda de un horror generalizado y sistemático, atribuido de este modo a la S. S.

Que hayan sido realizados exterminios con gas me parece posible, aunque no cierto: no hay humo sin fuego. Pero que hayan sido generalizados hasta el punto en que la literatura sobre los campos de concentración ha intentado hacerlo creer, y dentro de un sistema organizado posteriormente, es falso con seguridad. Todos los oficiales de caballería de nuestras colonias tienen un látigo, del cual les está permitido hacer uso, tanto según la concepción personal que tengan de la presunción militar como según el temperamento de su caballo: la mayoría se sirven también de él para golpear a los autóctonos de los países donde causan estragos. Del mismo modo, puede que algunas direcciones de campos (1) hayan empleado para asfixiar cámaras de gas destinadas para otro uso.

{1 ¡Y esto no acusa solamente a la S.S. !

Una vez que hemos llegado a esto, la última cuestión que se puede plantear es la siguiente: ¿por qué los autores de testimonios han acreditado con un espíritu de cuerpo tan notable la versión que sobre esto circula?

Sencillamente: porque habiéndonos robado sin la menor vergüenza en lo que a alimentos y vestidos se refiere, habiéndonos maltratado, zaberido, golpeado hasta tal punto que no se podría describir, y que ha causado la muerte al 82 por 100 de nosotros – como dicen las estadísticas -, los supervivientes de la burocracia de los campos de [298] concentración han visto en las cámaras de gas el único y providencial medio de explicar todos estos cadáveres, y de poderse disculpar de ellos (2).

2 Esta tesis ha sido confirmada de brillante manera por el señor de Chevigny, ante el consejo de la República, el 22 de julio de 1953. El señor de Chevigny, senador de un deportamento del Este y ex deportado en Buchenwald, ha revelado que «los alemanes habían dejado a los presos formar su propia policía, y que para cumplir las ejecuciones prematuras – ¡sin cámaras de gas! – siempre se encontraban aficionados con una gran pasión para esto. Todos o casi todos estos delincuentes han sido cogidos posteriormente en flagrante delito», añadía el senador (Journal Officiel del 23 de julio de 1953. Debates parlamentarios.) El autor no reprochará al señor de Chevigny el que no le haya ofrecido espontáneamente su testimonio, y haya dejado que se le condene. 2.* Que se dice del segundo: «Convengo de buena gana en que la primera serie de experiencias no ha provocado ninguna muerte.» 3.* Este comentario: «Se trata ahora de saber si las experiencias sobre el tifus han provocado muertes. El capitán Henriey (es el Comisario del gobierno que interpela) reconoce que quizá no puede presentar la prueba, pero estima que el tribunal puede apoyar su convicción en presunciones cuando son suficientes, como sucede en este caso. Estas presunciones las encuentra en los testimonios y en las consideraciones del juicio de Nuremberg (1); en las mentiras de Haagen (es el doctor encartado) y en sus disimulos durante los primeros interrogatorios. Piensa que estos hechos deben permitir al tribunal el responder afirmativamente a la cuestión planteada: ¿se ha hecho culpable Haagen de envenenamientos?”}

Pero esto no fue lo peor: el colmo es que hayan encontrado historiógrafos complacientes.

Por lo demás, no es nuevo en nuestra literatura el tema del ladrón que grita más fuerte que su víctima, y ahoga su voz para desviar la atención de la multitud.

Nadie se ha preguntado nunca por qué no fue posible – salvo en la época de los cupones suplementarios de racionamiento, que era lo único que unía entre sí a los deportados – el constituir asociaciones viables de deportados, de tipo departamental o nacional. Esto se debió a que la masa de supervivientes no tiende a reunirse en agrupaciones fraternales bajo las órdenes de los aduladores de sus antiguos guardianes, que son casualmente los promotores de los diferentes movimientos que intentan atraerla.

Los otros elementos de la respuesta a la doble pregunta que planteaba hace un momento, se encontrarán a lo largo de la obra, y más especialmente en su conclusión.

Uno de los elementos de esta respuesta no figura sin embargo en la obra: lo constituye el proceso del campo de Struthof, que aún no había tenido lugar en las fechas en las cuales fueron escritas ambas partes.

Al igual que el libro del doctor Nyisz (1) i Miklos este proceso puso en evidencia cierto número de inverosimilitudes respecto a las causas de la muerte de los que estuvieron detenidos en este campo.

{1 Esto no puede dejar de sorprender al lector, si sabe que el Tribunal de Nuremberg hizo precisamente el mismo razonamiento.

Al leer las conclusiones dictadas por el Comisario del gobierno contra los acusados, que eran médicos de la Facultad de Estrasburgo a los que se acusaba de las experiencias médicas que habían hecho con presos, me encuentro, según el periódico Le Monde, con lo siguiente:

l.* «Que a uno de ellos, se le acusa de haber ordenado la muerte de 87 israelitas, hombres y mujeres, llegados de Auschwitz, y que fueron ejecutados en la cámara de gas para enviar sus cadáveres rápidamente a Estrasburgo, con el fin de proveer las colecciones anatómicas del catedrático alemán.”

[299]

Esto prueba con toda evidencia que no se han podido cargar más que 87 muertos a causa de la cámara de gas de Struthof y de las experiencias que allí han tenido lugar. Si este número, relativamente reducido en comparación con las afirmaciones que la literatura ha ampliado a la generalidad de los campos, no quita nada al horror del hecho (dando por cierto, bien entendido, que contrariamente a los alegatos del acusado, no se trata de un incidente ajeno a su voluntad), no puede hacer olvidar que millares y millares de presos – decenas de millares, quizá – han muerto en este campo, ni impedir el que uno se pregunte cómo y por qué han muerto.

El que yo haya sido poco más o menos el único en orientar a las personas sobre este trágico aspecto del problema de los campos, suministrándoles al mismo tiempo los elementos de apreciación, es decir los motivos que han hecho de cada campo una gran «Balsa de la medusa» (2), dice bastante sobre la miseria de nuestra época.

2 El autor se refiere el naufragio de un buque en 1816. Entre 149 náufragos prepararon una balsa, y estuvieron durante doce días en la inmensidad de los mares, hasta que los últimos quince moribundos fueron salvados por otro barco. El resto pereció ahogado o sirvió de alimento a sus compañeros. (N. del T.)

Los médicos de Struthof se han defendido alegando que las experiencias a las cuales se dedicaron, habían sido realizadas en las mismas condiciones de seguridad que experiencias similares hechas en Manilla por los ingleses, en Sing-Sing por los norteamericanos (3), y en sus colonias por los franceses.

3 Después de haber sido escrito esto, se ha dado a conocer que, en febrero de 1956, 14 internados en la prisión de Columbus (EE. UU.) consintieron en que se les vacunase con el virus del cáncer, lo mismo que se hizo en Struthof. (Según el periódico francés Match, del 23 de febrero de 1957.)

Un eminente profesor de Casablanca vino a confirmarlo ante el Tribunal, como ya otros antes que él lo habían confirmado ante el tribunal de Nuremberg, si se cree en lo expuesto en la magistral tesis de doctorado (Cruz gamada contra caduceo) del médico de la Marina francesa François Bayle, publicada en Francia [300] en 1950. Este profesor de Casablanca incluso contó cómo cierto número de negros murieron por los efectos de una vacuna ensayada en 6.000 de ellos…

Este argumento ciertamente carece de valor: no se pueden excusar las malas acciones propias con las de los otros.

Pero el argumento del Comisario del gobierno requiriendo la condena de los unos por presunciones – ¡es él quien lo conflesa! – e ignorando a los otros, de los cuales conoce hechos tan reprensibles y materialmente comprobados, carece asimismo de valor: se diría mejor que los unos son culpables porque son alemanes, y los otros inocentes porque son ingleses, norteamericanos o franceses.

Es esta manera de probar y de juzgar, cuya justificación radica en el más primitivo de los chauvinismos, la que permite declarar que seiscientas personas quemadas en una iglesia y un pueblo destruido en Oradour-sur-Glane (Francia) son víctimas del más abominable de los crímenes, mientras que centenas y centenas de millares de personas – ¡también mujeres, ancianos y niños! – exterminadas en Leipzig, Hamburgo, etc. (Alemania), en Nagasaki e Hiroshima (Japón), en las condiciones que se sabe, es decir, igualmente atroces, constituyen una indiscutible y heroica hazaña.

Es ella también la que permite evitar la acusación contra el verdadero y gran responsable de todo: ¡la guerra!

La guerra: la de 1914-18, cuya consecuencia fue el nazismo, el cual utilizó – y no inventó, como generalmente se cree (4) – los campos de concentración, en el seno de los 

4 Los bolcheviques, que tampoco los inventaron, los emplearon mucho antes de que se hablase del nazismo.}

cuales la guerra de 1939-45 ha hecho posible contra la voluntad de los hombres, tanto de los verdugos como de las víctimas, el atroz régimen que se sabe.

Pero esto ya no pertenece al asunto más que incidentalmente.

Bien entendido, tendremos la elegancia o la audacia de pensar, que no depende ni del Juzgado de Bourg-en-Bresse ni del Tribunal de Apelación de Lyon, ni siquiera del Tribunal de Casación, el que tengamos razón o no: el abogado Dejean de la Batie ha hecho observar muy juiciosamente en nuestro nombre, que la discusión a la cual se nos había desafiado sólo se concebía en las sociedades de eruditos o en cualquier otro lugar en el que los hombres estén acostumbrados a discutir de los problemas sociales, pero no ante un tribunal.

Pero los improvisados dirigentes de las asociaciones de deportados, en favor de los cuales juegan tan complacienternente las fuerzas del Estado, no conciben otras verdades salvo las que están decretadas, y a las cuales el gendarme da curso obligatorio en la opinión pública.

No están contra el campo de concentración por ser tal campo, sino porque se les ha encerrado a ellos mismos en él: apenas liberados han pedido que se meta dentro a los otros. No hay riesgo por tanto: ¡a la sala de las sociedades de eruditos ya se guardarán de invitarnos!

[301]

Pues bien, yo rehúso por mi parte a dejarme condenar al silencio, entre la discusión sin salida que se nos ha propuesto ante los jueces, y la que se nos niega ante la opinión pública.

Escribiendo La mentira de Ulises tuve la impresión de seguir a Blanqui, Proudhon, Louise Michel, Guesde, Vaillant y Jaurés, y de volverme a encontrar con otros como Albert Londres – Dante no vio nada – el doctor Louis Rousseau – Un médico en presidio – Will de la Ware y Belbenoit – Los compañeros de la besa – Mesclon – Cómo he sufrido 15 años de presidio -, etc., todos los cuales han planteado el problema de la represión y del régimen penitenciario a partir de las mismas averiguaciones y en los mismos términos que yo, por lo cual todos ellos recibieron también una simpática acogida del movimiento socialista de su época.

Que los adversarios más encarnizados de la obra se encontrasen precisamente entre los dirigentes del Partido socialista y del Partido comunista – ¿unidad de acción? – se explica quizá por la curiosa y supuesta ley de los vaivenes históricos. Es indudable que Alain Sergent, habiendo considerado el régimen penitenciario francés tomando también sus unidades de medida en el movimiento socialista tradicional – Un anarquista de la bella época, Edic.

del Seuil -, fue sobre todo fuera del movimiento socialista donde encontró mayor aceptación.

Y que, en el debate sobre la amnistía que tuvo lugar recientemente en la Asamblea nacional, la actitud de los representantes del Partido socialista y del Partido comunista ha podido ser registrada como una prueba redundante, que producía el efecto de una adopción de postura sistemática y casi doctrinal.

Siento que esta toma de posición no tenga otras referencias que los conceptos caducos de Nación, Patria y Estado. Por este motivo los que presumen de ser los herederos espirituales de los Partidarios de la Commune, de Jules Guesde y de Jaurés, han sido conducidos insensiblemente a salir fiadores de una literatura que ocultando los datos elementales del problema de la represión en un cultivo del horror, apoyado en una falsedad histórica, ha creado a la vez una atmósfera de homicidio en Francia y ha abierto un foso insondable entre Francia y Alemania. Independientemente de otros resultados tan paradójicos en otros numerosos terrenos.

En uno de sus momentos de sinceridad, David Rousset les había prevenido sin embargo con las siguientes palabras:

«La verdad es que tanto la víctima como el verdugo eran innobles; que la lección de los campos es la fraternidad en la abyección; que si tú mismo no te has portado con ignominia es solamente porque te ha faltado el tiempo y las condiciones no eran apropiadas del todo; que no existe más que una diferencia de ritmo en la descomposición de los seres; que la lentitud del ritmo es inherente a los grandes caracteres; pero que el sedimento, lo que hay debajo y sube, sube, sube, es absolutamente, horriblemente, la misma cosa. ¿Quién lo creerá? Visto que los supervivientes no lo sabrán más. Ellos inventarán también insulsas truculencias, simples héroes de cartón. La miseria de centenas de millares de muertos servirá de tabú a estas estampas.» (Los días de nuestra muerte, página 488, Ed. de París, 1947.)

[302]

Ellos ponen cara de no entenderlo.

Y él mismo, demasiado preocupado en llevar ante el Juzgado a los Comunistas de los cuales hizo la apología, sin duda alguna lo había olvidado.

El lector todavía podrá meditar provechosamente acerca de algunos hechos del mismo género, como son los siguientes:

— El 26 de octubre de 1947, todos los periódicos publicaron el siguiente suelto:

«Un italiano, Pierre Fiorelini, ha sido acusado de haber dado muerte a siete de sus compafñeros en la época de Bergen-Belsen.

»Era enfermero, un enfermero por lo demás con métodos sanitarios bastante curiosos. Su placer consistía en tocar la armónica y hacer bailar al son de este instrumento a los otros detenidos. Si ellos se negaban, les apaleaba.

»Un día que tuvo que cuidar a un teniente enfermo, le condujo al lavabo, le lavó, y después, como el otro protestaba por la brusquedad de sus movimientos, le mató a palos. Los compañeros de la víctima intentaron impedirlo. Fiorelini dio muerte uno tras otro a seis de ellos.

»Hoy es acusado por los supervivientes de este bloque.» En el periódico Le Monde del 18 de enero de 1954, Jean-Marc Théolleyre – uno de los escasos cronistas de nuestra época cuya objetividad apenas puede ser puesta en duda – dando cuenta del proceso de Struthof describe a uno de los escasos presos que haya tenido que responder ante la justicia de su comportamiento en los campos:

«De todos estos acusados había uno del cual se esperaba con curiosidad el interrogatorio.

Era Ernst Jager, que no habín sido de la S.S. Una vez preso, perteneció a esta raza tan detestada – si no más – en los campos, la de los Kapos. Propiamente, tuvo en Struthof el título exacto de «Vorarbeiter», es decir, de preso responsable de un grupo de trabajo a las órdenes de un Kapo. Por esta razón golpeó, apaleó y mató tanto o quizá más que uno de la S.S.

»Jager es la encarnación de lo que puede hacer de un hombre la vida de los campos de concentración. ¿Cuál [303]

fue su vida? A los cuarenta años ha pasado veinticuatro en prisión. De la libertad le ha quedado solamente el recuerdo de unos tiempos en los que él fue marino, sin poder decir más, y del día de 1930 en el que en un muelle hirió mortalmente a uno de la S.A. durante una riña. Se le condenó a siete años de reclusión. En la cárcel tuvo vagas noticias sobre el advenimiento del nazismo. É1 no debió descubrirlo verdaderamente hasta que, una vez cumplida la pena, fue informado por el nuevo régimen de que continuaría detenido con la denominación de asocial. Desde entonces llevó sobre su chaquetilla el triángulo negro, y fue de un campo a otro. Pero antes de arrojarle en ellos, la Gestapo empezó por esterilizarle. Del mundo de los campos de concentración ha conocido el período más horrible. Fue en esta época en la que toda la población de los campos estaba formada por judíos, gitanos, asociales, pederastas, chulos y ladrones. Era ya el período del exterminio, y sólo escapaba a él el que tenía bastante valor para hacerse lobo a fin de no ser devorado (1).

{1 Un número muy grande de supervivientes de los campos, – si no el mayor número – son los que han observado esta regla hasta el fin o que sin hacerse lobos – ¡hubo algunos! – se han beneficiado de la benevolencia o de la protección de los lobos. Pues – se ignora, se finge ignorar o se olvida – los campos estaban administrados por presos que se habían hecho lobos, y que por delegación de la SS. ejercían en ellos una autoridad de sátrapas. No carece de interés el advertir incidentalmente que estos lobos eran comunistas, se hacían pasar por tales o servían los designios del comunismo. Es esto lo que explica que la mayoría de los supervivientes sean comunistas: los comunistas han enviado a todos los demás a la muerte, a excepción de los que han olvidado o no han descubierto.

E, imperturbables, echan hoy en día la responsabilidad de todas las muertes y de todos los horrores no sobre el régimen nazi – lo cual sólo podría sostenerse ya muy difícilmente, pues habría que admitir que el régimen nazi es el único responsable de la institución de los campos de concentración, cuando se sabe que existe en todos los regímenes, incluido el nuestro – sino sobre los miembros de la S.S. tomados individualmente y a los que designan nominalmente.}

»Todos querían vivir pero cada uno de ellos quería vivir contra los demás. A cualquier precio, sin importarles cómo. Ellos instauraron y desarrollaron en los campos todos los métodos del «gangster». Cuando se le nombró Vorarbeiter en Struthof fue porque se sabía que tenía la capacidad necesaria. Contaminado por esta existencia envilecedora, se ha ahogado en la corriente de inmundicias. Sus nervios no han resistido. Ha debido ser – pues hubo de ellos – de los que llegaron a tomar tal odio a esta vida en los campos, que todos los seres que llevaban el traje, estos fantasmas famélicos y desesperados, se les hicieron odiosos. Entonces venían los golpes, los accesos de rabia.»

Esta es una explicaclón a la que sin duda alguna no renunciaría Freud, pero no tiene gran valor.

Por lo demás, Jean-Mare Théolleyre se equivoca, esta vez de cierto, cuando escribe:

[304]

«Entonces, ¿qué tenían de común con ellos estos presos políticos, estos triángulos rojos:

comunistas y socialistas alemanes, resistentes franceses, polacos o checos? Dueños del campo, se proponían permanecer como tales. Fue aquélla la época en la que los delincuentes comunes golpeaban y mataban en un santiamén, en la que los «políticos» se ponían de acuerdo para organizar su resistencia, para dejar ver su disciplina, su capacidad de mando, y acababan por contraatacar arrebatando uno a uno los puestos clave en la vida interior del campo.» ¿Lo que ellos tenían de común? Pero apreciado Jean-Marc Théolleyre, una vez en el poder, en los campos, se comportaron exactamente como los delincuentes comunes, y es Jager quien os lo dice en estos términos que, muy honestamente, expone usted en su relación del hecho:

«Yo no he dado malos tratos. Muy al contrario, soy yo quien ha sido golpeado por los políticos. Son ellos quienes se han mostrado como los peores, pero a ellos nunca se les ha dicho nada.

¿Por qué se guarda hasta tal punto rencor a la gente como nosotros, los triángulos verdes o los triángulos negros? Cuando yo llegué a Struthof, no fueron los soldados de la S.S. los que me golpearon, sino los políticos. Pues bien, hasta ahora nunca se ha visto a uno solo de ellos ante un tribunal. Y sin embargo el Kapo jefe de Struthof, que era uno de ellos y que hizo peores cosas que yo, ha conseguido el sobreseimiento.» En otro periódico, y también a propósito del proceso de Struthof, otro cronista de tribunales refiere:

«Otros varios testigos se han presentado para dar a conocer la muerte de un joven polaco, que por haberse dormido no se incorporó lo bastante de prisa en la plaza. Conducido a fuerza de golpes por Hermanntraut, fue arrojado inmediatamente sobre la especie de mesa que servía para dar las palizas. De este modo recibió veinticinco garrotazos terribles que otros dos presos se vieron obligados a darle.» En esta obra se encontrará la historia de Stadjeck, curiosa réplica en Dora del Fiorelini de Bergen-Belsen, y las de algunos otros cuyo comportamiento fue idéntico al de Jager o al de estos dos desdichados que fueron obligados – ¡o se ofrecieron! – a aplicar los 25 terribles garrotazos a uno de sus compañeros de infortunio: delincuentes comunes o políticos, situándose los segundos tras los primeros al frente de la propia administración penitenciaria, hubo en los campos millares y millares de Fiorelini, de Stadjeck, de Jager y de individuos dispuestos a ofrecerse para apalear.

[305]

Se sabe de algunos delincuentes comunes a los cuales se les pidieron cuentas.

A los políticos no se les exigieron cuentas y por eso no se conoce ninguna de ellos. Si se quiere saber todo, no era posible pedir cuentas a los políticos: aprovechándose de la confusión de las cosas y del desorden de aquellos tiempos, los políticos, que ya habían tenido la habilidad de suplantar a los delincuentes en los campos – con métodos que dependían de las leyes del medio y que consistían en inspirar confianza al mismo tiempo a la S.S., lo cual no es de escaso interés – tuvieron también, llegado el momento, la de transformarse en fiscales y en jueces a la vez, resultando así que fueron los únicos a los que se les dio el poder para exigir cuentas. En su pasión por ver culpables en todas partes, hubiesen fusilado a todo el mundo y ni siquiera advirtieron que al frente de los campos de concentración ellos no habían tenido otro papel – ¡sólo que en peor! – que el que, por ejemplo, ellos reprochaban a Pétain por haberse ofrecido a ponerse al frente de la Francia ocupada.

Tales eran aquellos tiempos, que, de momento, nadie advirtió lo que ellos habían hecho.

La gente descubrió después que se había precipitado demasiado al reconocer al Partido comunista el papel de un partido gubernamental, que la mayoría de los fiscales y de los jueces eran comunistas, y que por cobardía, por inconsciencia o por cálculo aquellos que casualmente no lo eran hacían el juego al comunismo a pesar de todo. Por este medio indirecto de la necesidad política, se acabó por descubrir también una parte de la verdad sobre el comportamiento de los presos políticos en los campos de concentración. Pero esta necesidad política no es todavía evidente más que en el espíritu de cierta clase: la clase dirigente, que acerca del comunismo sólo guarda en la memoria lo que la amenaza de un modo directo y a ella exclusivamente. Es por lo que todavía no se sigue conociendo más que una parte de la verdad: sólo se la conocerá enteramente el día en que las otras clases sociales, y especialmente la clase obrera, se hayan fijado a su vez en los no menos oscuros designios del comunismo en lo que se refiere a ellas y en su verdadera naturaleza.

Evidentemente esto tardará en llegar.

Sin embargo, ahora tenemos la suerte de ver multiplicarse en la literatura, las declaraciones del mismo género que ésta que Manés Sperber pone en boca de uno de sus personajes, ex deportado político:

«En el terreno político, no hemos flaqueado, pero, en el aspecto humano, nos hemos encontrado del lado de nuestros guardianes. La obediencia, en nosotros, iba al encuentro de sus decisiones … » (Y el matorral se hizo cenizas.)

A la larga, estas confesiones saldrán a la luz, liberándose de la contradicción que consiste en pensar que se puede flaquear en el terreno humano sin ceder en el plano político, y no quedará más que: «Nos hemos encontrado del lado de nuestros guardianes.» [306] Sin duda habrán perdido entonces este carácter de excusa voluntaria que ellos mismos se querían dar, pero habrán ganado en el sentido de una sinceridad tan conmovedora que la disculpa absolutoria vendrá del público, lo cual será mucho mejor.

Otra cosa extraña: mientras que la literatura en su conjunto, y no sólo la relativa a los campos, no siempre busca esta explicación más que superándose ella misma en la descripción de las crueldades de todo tipo del enemigo, mientras que los historiadores, cronistas y sociólogos ceden a este fetichismo del horror que es el signo característico de nuestra época, el sentimiento popular, por el contrario, ya se manifiesta por reacciones de una inesperada circunspección, como atestigua este extracto de la carta de un lector, publicada por Le Monde el 17 de julio de 1954:

«El que haya podido suceder todo esto no se explica solamente por la bestialidad de los hombres. La bestialidad está limitada, sin saberlo ella, por la moderación del instinto. La naturaleza es ley sin saberlo. El terror que nos ha sobrecogido nuevamente al leer las reseñas de Metz ha sido engendrado por nuestras paradojas de intelectuales, por nuestro aburrimiento de antes de la guerra, por nuestra pusilánime decepción ante la monotonía del mundo sin violencia, por nuestras curiosidades nietzscheanas, por nuestro hastiado semblante con respecto a las «abstracciones» de Montesquieu, de Voltaire, de Diderot. La exaltación del sacrificio por el sacrificio, de la fe por la fe, de la energía por la energía, de la fidelidad por la fidelidad, del ardor por la vehemencia que proporciona, la llamada al acto desinteresado, es decir, heroico: he aquí el origen permanente del hitlerismo.

»El romanticismo de la fidelidad por sí misma, de la abnegación por sí misma, unía a estos hombres que ó verdaderamente – no sabían lo que hacían, a no importa quién y para cualquier tarea. La razón consiste precisamente en saber lo que se hace, en pensar un contenido. El principio de la sociedad militar en el que la disciplina suple al pensamiento, en el que nuestra conciencia está fuera de nosotros, pero que en un orden normal se subordina a un pensamiento político, es decir universal, y de él extrae su razón de ser y su nobleza, se encontraba solo – ante la desconfianza general con respecto al pensamiento razonable supuestamente ineficaz e impotente – para gobernar el mundo.

»Desde entonces pudo hacer todo del hombre. El proceso de Struthof nos trae a la memoria, frente a las metafísicas demasiado orgullosas, que la libertad del hombre sucumbe en el sufrimiento físico y en la mística. Con tal que aceptase su muerte, hace poco todo hombre podía pretender ser libre. Vemos por consiguiente que la tortura física, el hambre, el frío o la disciplina, más fuertes que [307]

la muerte, rompen esta libertad. Incluso en sus últimas posiciones, allí donde se consuela de su impotencia de actuar, de permanecer como pensamiento libre, la voluntad ajena penetra en ella y la esclaviza. La libertad humana se reduce de este modo a la posibilidad de prever el peligro de su propia decadencia, y a defenderse contra ella. Hacer leyes, crear instituciones racionales que le ahorrarían las pruebas de la abdicación, ésta es la única oportunidad favorable del hombre. El romanticismo de lo heroico, la pureza de los estados de ánimo que se bastan a sí mismos, hay que sustituirlos nuevamente, colocando en su lugar – que es el primero – la contemplación de las ideas que hace posibles las repúblicas. Estas ú1timas se desmoronan cuando ya no se lucha más por algo sino por alguien.

Emmanuel Levinas Con esto está dicho todo: el principio de la sociedad militar en la que la disciplina suple al pensamiento que se encontraba solo para gobernar el mundo; la libertad del hombre que sucumbe en el sufrimiento físico y en la mística; la bestialidad limitada solamente por la moderación del instinto; las leyes y las instituciones racionales necesarias que son susceptibles de ahorrar al hombre las pruebas de la abdicación, leyes que no existían, que no existen y que son su única oportunidad favorable…

El razonamiento, ciertamente, sólo està hecho sobre el hombre que ha abdicado y se transforma en verdugo. Pero también vale para la víctima:

«Respecto a la cuestión de saber si el sufrimiento prueba aIgo para el que lo padece – escribe aún Manés Sperber – me parece sumamente dificil. En cambio, me parece cierto que el sufrimiento no refuta a su autor, al menos en la historia.» (Y el matorral se hizo cenizas.)

Esto es tan cierto, que las víctimas de ayer son los verdugos de hoy y viceversa.

Ahora ya sólo me queda el agradecer indistintamente y en su conjunto a todos los que han hablado animosamente en favor de La mentira de Ulises.

Se me ha dicho que entre ellos habla fascistas y he sonreido ligeramente: al ser precisamente los que me lo echaban en cara, aquellos que reclamaban paralelamente el secuestro de la obra y pedían, en todos sus periódicos, que fuesen decretadas contra casi todo el mundo, prohibiciones de escribir, de hablar e incluso de desplazarse, ¿cómo no iba yo a pensar que eran ellos los que se comportaban como fascistas?

[108]

También se me ha dicho que había colaboracionistas de la época de la ocupación, y me he consolado al comprobar qué más bien eran reputados como tales, y que en todo caso, tenían buenas relaciones con un impresionante número de resistentes auténticos!

Finalmente, he observado, sobre todo en el amplió campo de la opinión que va de la extrema derecha a la extrema izquierda, que muchas personas siguen pensando o vuelven a pensar en todos estos problemas, no con arreglo a las estrechas normas de las sectas, capillas y partidos, sino con referencia a los valores humanos.

Y esto me parece que justifica todas las esperanzas.

Paul Rassinier.

Mâcon, diciembre de 1954.

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6. A MODO DE INTRODUCCIÓN PARA LA CUARTA EDICIÓN FRANCESA

«La sala de lo criminal del Tribunal de Casación ha anulado la sentencia anterior de la Audiencia de Lyon que había comenzado el 2 de noviembre de 1951, por injurias y difamación, al señor Rassinier, autor del libro La mentira de Ulises, al señor Paraz, autor del prefacio, y al editor de la obra a penas de prisión y multas, y a indemnizar por daños y perjuicios a la Federación nacional de deportados resistentes.

»El supremo Tribunal recusa en la sentencia:

1. »En el aspecto penal, el haber retenido los delitos de injuria y de difamación, cuando las críticas sobre los patriotas contenidas en el libro son ciertamente injustas y malévolas, pero tienen un carácter general y no se dirigen a ninguna persona determinada.

6. »En el aspecto civil, el haber declarado admisible la acción de la F.N.D.R., cuando este organismo no ha sido aludido directamente por el libro y ninguno de sus miembros ha sido atacado personalmente.» (Información publicada en los periódicos el 24 de marzo de 1954.)

El Tribunal dice, en efecto, que «las críticas contenidas en este libro son injustas y malévolas hacia los patriotas», pero al ser siempre una crítica «injusta o malévola» respecto a alguien, el autor saca fácilmente de ello un argumento.

Si sintiese alguna pena, ésta seria, en primer lugar, la de no haber conocido esta opinión lo bastante pronto como para hacerla figurar en la segunda y tercera ediciones.

P. R.

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7. CONCLUSIÓN DE LA 1a, 2a, 3a Y 4a EDICIONES FRANCESAS

Otros después que yo estudiarán la literatura de los campos de concentración: de esto no hay duda alguna. Quizá sigan el mismo camino, y haciendo avanzar la investigación, se limiten a reforzar la argumentáción. Quizás adopten otra clasificación y otro método. Quizá concedan más importancia al puramente literario. Incluso quizás algún nuevo Norton Cru (1)

{1 Testigos, por Jean Norton Cru.}

inspirándose en esto que hizo el otro a propósito de la literatura de guerra, tras el conflicto de 1914 a 1918, presente algún día una «Summa» crítica por todos los conceptos y bajo todos los aspectos, de todo lo que se ha escrito sobre los campos de concentración. Quizá…

Al ser sólo mi ambición la de abrir el camino a un examen crítico, mi esfuerzo no podía limitarse más que a ciertas observaciones esenciales, y tenía que llevar en primer lugar al punto de partida de la controversia, es decir, a la materialidad de los hechos. Si sólo hace mención de algunos casos típicos, de los que tengo la debilidad de creer que han sido prudentemente escogidos, sin embargo abarca toda la vida de los campos de concentración a través de sus puntos sensibles, y permite al lector el formarse una opinión de todo lo que ha podido leer o leerá sobre el asunto. En este aspecto, ha alcanzado su propósito.

De rechazo, puede conseguir otros.

Acaba de aparecer un libro que no se inserta directamente en la actualidad, y del cual, en consecuencia, no se ha preocupado la crítica con exceso: Ghetto en el Este. Su autor, Marc Dvorjetski, superviviente de cierto número de matanzas, arrastra tras él un pasado que siente tanto más molesto al pedirle su conciencia sin cesar: “Vamos, habla: ¿cómo puedes estar vivo todavía?…» Se me disculpará si tengo la impresi6n de haber traído la respuesta.

Todo se encadena: una pregunta hace venir a otra, y cuando el público comienza a hacerlas… Un cómo, siempre trae un por qué, cuando no le sigue, y, llegado el caso, éste se presenta en forma natural:

[311] ¿por qué ciertos deportados han dado un giro tan discutible a sus declaraciones? Aquí, la respuesta es más delicada: para hacer la distinción entre aquellos que han sido dominados, incluso aplastados por la experiencia que han vivido, y los que han obedecido a móviles políticos o personales, sería necesario psicoanalizar – ya se ha pronunciado la palabra… – a todos, e incluso este trabajo sólo tendría que confiarse a los majores especialistas.

Se puede afirmar, sin embargo, que los comunistas tenían en esto un indiscutible interés de partido: cuando cae sobre la humanidad un cataclismo social, si los comunistas son los que reaccionan más noble, más inteligente y más eficazmente, el provecho del ejemplo se traslada sobre la organización y sobre la doctrina que ella defiende. Ellos también tenín un interés político a escala mundial: distrayendo a la opinión pública con los campos hitlerianos, le hacían olvidarse de los campos rusos. Tenían, finalmente, un interés personal; tomando al asalto el banco de los testigos, y gritando muy fuerte, evitaban el tener que sentarse en el banqulllo de los acusados.

Aquí como en todas partes, han dado ejemplo de una firme solidaridad y el mundo civilizado ha podido establecer una política con respecto a Alemania sobre conclusiones que sacaba de informes suministrados por vulgares guardianes de presos. Por otra parte, no pedía nada más en aquel entonces: podía presentar al mismo tiempo a sus propios guardianes como modelos de humanidad…

En cuanto a los no comunistas, la cosa es diferente, y no quisiera decidirme a la ligera.

Al lado de los que no han comprendido su aventura, están los que han creído realmente en la moralidad de los comunistas, los que han soñado una entente posible con la Rusia de los soviets para el establecimiento de una paz mundial, fraternal y justa en la libertad, los que han pagado una deuda de agradecimiento, los que han seguido la corriente y han dicho ciertas cosas porque era la moda, etc. Están también los que han pensado que el comunismo anegaría a Europa, y que, habiéndole visto obrar en los campos de concentraci6n han juzgado prudente el tomar algunas seguridades para el porvenir.

La historia una vez más, se ha burlado de las pequeñas imposturas producto de la imaginación humana. Ha seguido su curso y ahora hay que adaptarse a ella. Los cambios de posición no son fáciles, y, par tanto, hacer ésto tampoco será fácil.

Queda par definir la importancia de los hechos en su materialidad y por juzgar la oportunidad de esta obra. En un artículo (1) que causó sensación (2), Jean-Paul Sartre y Merleau-Ponty escribieron:

{1 Los días de nuestra vida, en “Les Temps modernes” (enero de 1950).

2 en el café de Flore. (Nota de Albert Paraz.)}

«… al leer los testimonios de antiguos detenidos, no se encuentra en los campos soviéticos el sadismo, la religión de la muerte, el nihilismo que – unidos paradójicamente a intereses concretos, y bien de acuerdo o bien en lucha con ellos – han acabado por producir los campos nazis de exterminio.”

[312]

Si se acepta la versión sobre los campos alemanes que ha hecho «oficial» una unanimidad cómplice en los testimonios, hay que reconocer que Sartre y Merleau tienen razón frente a David Rousset. Entonces se ve adónde puede conducir esto, tanto en la apreciación del régimen ruso como en el examen del problema de los campos de concentración en sí. Esto no quiere decir que si no se la acepta se dé con eso mismo la razón a David Rousset: lo peculiar de los hechos discutibles en su contenido es precisamente el que no son susceptibles de interpretaciones valederas.

Si se recurre a la razón pura, y si se promueve la objeción filosófica o doctrinal, se cae en la retórica y se situa uno en un punto muy vulnerable. La retórica tiende fácilmente al sofisma, a los malos raciocinios, incluso a la divagación. Sus atractivos, por seductores que sean, son siempre discultibles pero raramente convincentes. Y sus abstracciones exclusivamente especulativas hacen suponer por tanto que no proceden de métodos más rigurosos.

Asimismo, las razones de sentido común son de distinto peso que las de la escolástica, aunque de menor valor en lo o lo intrínseco.

Sin duda alguna, la psicosis creada en Francia desde la liberación par ciertos relatos, discutibles en su mayoría más por lo que tienen de interpretación que de testimonio, permite escribir impunemente:

«… al leer los testimonios de antiguos detenidos, no se encuentra en los campos soviéticos el sadismo, etc.”

Pero esta psicosis sólo asegura la tranquilidad de conciencia a aquéllos cuya actitud es generalmente anterior a toda reflexión y que, por añadidura, no han vivido ninguna de ambas experiencias. De una parte, no puede olvidarse que en Francia y en el mundo occidental los supervivientes de los campos soviéticos son mucho menos numerosos que los de los campos nazis, y que si bien no se puede decir a priori de sus testimonios que están inspirados en una mayor veracidad o en un sentimiento más aceptable de la objetividad, no se puede sin embargo negar que han sido dados a conocer en tiempos majores. De otra, todos los internados que han vivido junto a los rusos en Alemania, han expuesto la convicción de que esta gente tenía una larga experiencia en la vida de los campos.

Por mi parte, durante dieciséis meses me he encontrado entre algunos millares de ucranianos en el campo de concentración de Dora: su comportamiento probaba que en su gran mayoría no habían hecho más que cambiar de campo, y en sus conversaciones no ocultaban [313] que el tratamiento era el mismo en ambos casos. ¿Tendría que decir yo que el libro de Margaret Buber-Neumann, recientemente publicado, no tacha como falsa esta observación personal ? Por lo demás, hay que dejar a la historia el cuidado de explicar cómo los campos alemanes, concebidos también según «las fórmulas de un socialismo edénico» se convirtieron de hecho – pero de hecho solamente – en campos de exterminio.

La realidad sobre este punto es que el campo de concentración es un instrumento del Estado en todos los regímenes donde el ejercicio de la represión garantiza el de la autoridad.

Entre los diferentes campos de un país u otro, sólo hay diferencias de matices – que se explican por las circunstancias – pero no esenciales. Los de Rusia se asemejan punto par punto a los que había en la Alemania hitleriana parque independientemente de las posibles similitudes o no de régimen en ambos casos el Estado tropezaba con dificultades de igual magnitud: la guerra en Alemania, la explotación de la sexta parte del globo con medios improvisados en Rusia.

Si Francia llegase económicamente al mismo punto que la Alemania de 1939 o que la Rusia de hoy en día – lo cual no se puede excluir – Carrère, la Noé, la Vierge, etc., se parecerán también y punto par punto a Buchenwald y Karaganda: hoy ya está comprobado además que el matiz es casi el mismo (1).

{1 Sobre todo si se toma por unidad de medida su comportamiento en las colonias, en las cuales, desde los últimos acontecimientos de Indochina y del Africa del Norte, ya nadie es lo bastante temerario como para atreverse a afirmar que su policía y su ejército se portan muy diferentemente de la manera con la cual la policía y el ejército alemán se comportaban en Francia con los resistentes, en los años más terribles de la ocupación. (Nota del autor para la IIa. edición francesa.)}

El error llama al error y se multiplica con el artificio en un razonamiento viciado en la base par una primera afirmación gratuita. De lo particular se pasa a lo general y del examen del efecto al de la causa. Así es natural que se llegue a escribir a propósito del sistema ruso:

« Cualquiera que sea la naturaleza de la actual sociedad soviética, la U.R.S.S. se encuentra situada a grosso modo en el equilibrio de las fuerzas, del lado de las que luchan contra las formas de explotación conocidas por nosotros.”

O también:

« El fascismo es una angustia ante el bolcheviquismo, del cual toma la forma exterior para destruir con mayor seguridad el contenido: la Stimmung internacionalista y proletaria. Si se concluye que el comunismo es el fascismo, se realiza posteriormente el deseo del fascismo que ha sido siempre el de ocultar la crisis capitalista y la inspiración humana del marxismo.”

[314]

O, finalmente:

«Esto significa que nosotros no tenemos nada de común con un nazi y que tenemos los mismos valores que un comunista.

La primera objeción carece de valor. Una parte importante de la opinión pública, invirtiéndola en sus térrninos anticipadamente, pensaba ya que «Cualquiera que sea la naturaleza de la sociedad norteamericana, los Estados Unidos se encuentran situados a grosso modo en el equilibrio de las fuerzas, del lado de las que luchan contra las formas de explotación desconocidas por nosotros…» Y para justificarse añadía:

«… comportándose de tal manera que los demás sean cada vez menos sensibles.”

Se ve el peligro: si se admite que las formas de explotación «desconocidas par nosotros» son más mortíferas y más numerosas que las que gozan del privilegio de sernos «conocidas», si se puede probar que las primeras están en progresión constante y las segundas en regresión o simplemente a un nivel constante, hay que reconocer que esta importante fracción de la opinión pública está abundantemente provista en el terreno de la justificación moral. Ella lo estará tanto más cuanto que no hace más que recibir sus medios de uno de los autores de la objeción, Merleau-Ponty, que en su tesis sobre el humanismo y el terror escribía poco más o menos esto que cito de memoria:

«Lo que puede servir de criterio en la apreciación de un régimen, en el terreno del humanismo, no es el terror, o su manifestación, la violencia, sino el hecho de que ambos estén en progresión y llamados a durar, o, por el contrario, se encuentren en regresión y llamados a desaparecer.» ¿Por qué lo que es verdad del terror y de la violencia no habría de serlo de los campos, que no son más que uno de sus resultados pero que por su número prueban más o menos terror y más o menos violencia? Y, por tanto, ¿por qué este distingo en favor de Rusia? Esto para permitir medir hasta qué punto hubiese sido a la vez prudente y más conforme a la tradición socialista el anticiparse a David Rousset declarándose contra todas las formas de explotación, sean conocidas o desconocidas por nosotros.

[315]

La segunda objeción, introducida bajo la forma de un perfecto silogismo, procede de la confusión de los términos: «El fascismo es una angustia ante el bolcheviquismo», dice el mayor. «Si se deduce que el fascismo es el comunismo», dice el menor… En la pluma de un retórico de segunda fila la astucia provocaría a lo sumo un encogimiento de hombros. Cuando se la encuentra en las de Merleau-Ponty y J. P. Sartre uno no puede abstenerse de pensar en las reglas imperativas de la probidad y en la violación que se hace de ellas (1).

{1 No si se lee L’agité du bocal. (Nota de Albert Paraz). De Louis-Ferdinand Céline.}

Es al bolcheviquismo al que sus detractores identifican con el fascismo, y no al comunismo. Además no lo hacen más que en sus efectos, y tomando la precaución de definir al fascismo por unos caracteres que hacen de él otra cosa, algo más que una «angustia» ante el bolcheviquismo.

Esto quiere decir que si se restablece en ambas proposiciones la propiedad de los términos, la conclusión se descarta por sí misma, y que, por tanto, del silogismo sólo queda la perfección de su forma. Si se quisiese establecer un silogismo aceptable sobre el tema, el único válido sería el siguiente:

1.– «El fascismo y el bolcheviquismo son una angustia ante el comunismo (o el socialismo) del cual toman las formas exteriores – ¿no hablaba Hitler de nacional socialismo, y no sigue hablando Stalin de socialismo en su solo país? – para destruir con mayor seguridad el contenido: la Stimmung internacionalista y proletaria.”

2.–“Si se saca como conclusión que el fascismo y el bolcheviquismo son el comunismo (o el socialismo)”

3.–«Se realiza posteriormente el deseo del fascismo y del bolcheviquismo, que es el de ocultar la crisis capitalista y la inspiración humana del marxismo.» Lo cual, si se quisiese refutar la identificación del fascismo y del bolcheviquismo, que el silogismo establece aparentemente en principio, haría venir las cosas muy sustanciales que, tomando otras unidades de medida, dice sobre esto James Burnham en L’Ere des organisateurs (impr. Calmann–Lévy, colección «La liberté de l’Esprit», págs. 189 y siguientes).

No diré nada sobre la tercera objeción, que según las apariencias peca de la misma confusión de los términos, a menos que sus autores no precisen después que lo que han querido decir es que “nosotros tenemos los mismos valores que un bolchevique”. No diré nada tampoco sobre esta afirmación extrañamente mezclada a la controversia y según la cual el comunismo chino sería “lo único capaz de hacer salir a China del caos y de la pintoresca miseria en que le ha dejado el capitalismo extranjero”. Ni de la suscripción abierta por Le Monde “para que no se dijese que era insensible a la miseria” de un obrero comunista, ni de la electrificación en la U. R. S. S. ni de las fructíferas conversaciones que se pueden tener con los obreros de la Martinica, [316] ni… ¿Por qué no de las pirámides de Egipto o de la gravitación universal?

Si se insistiese demasiado, se acabaría por llevar la discusión a un punto remoto, y por ceder a la tentación de escribir una nueva Miseria de la Filosofía adaptada a las circunstancias.

Queda aún el drama de la opinión pública radical que no encuentra la posibilidad de interesarse en el problema de los campos de concentración, a través de esta controversia, más que participando en la preparación ideológica de la tercera guerra mundial, si sigue al uno, o de volver al bolcheviquismo a través de sofismas, si sigue a los otros.

El pretexto de una discusión sobre este objeto es una simpleza. Por una parte, el Kremlin nunca aceptará que una comisión investigadora sobre el trabajo forzado circule libremente par el tercitorio soviético. Por otra, no puede ser proporcionada ninguna ayuda importante a los internados en los campos soviéticos mientras subsista el régimen estaliniano.

Ahora bien, yo no fundo mi esperanza de verle desaparecer más que en tres posibilidades: o bien se desmorona por sí mismo (esto ya se ha visto en la Historia: la Grecia antigua estaba muerta antes de ser conquistada por los romanos), o se hunde con una revolución interior, o bien, finalmente, es aniquilada en una guerra. Al encontrarse Rusia en pleno desarrollo industrial y limitando al parecer con una gran habilidad sus ambiciones a sus medios, las dos primeras están irremediablemente excluidas por un período muy largo y sólo queda la tercera:

de ella no hablemos, acabo de conocerla y la experiencia de la que Rusia se jacta de haber triunfado frente a Hitler me basta.

El hecho de que David Rousset intente desde hace poco – y especialmente a partir de un almuerzo que le ha ofrecido recientemente la prensa angloamericana – el extender la misión investigadora «a todos los países donde pueda haber campos de concentración» no modifica en nada el carácter ni el sentido del asunto: sólo queda en el lugar del crimen el rótulo de «Ayuda a los deportados soviéticos». Por lo demás ni Grecia ni España – ¡menos aún Francia! – aceptarán el que se vaya a «espiar» en ellas con el pretexto de investigaciones sobre el trabajo forzado. Sería necesario que la iniciativa partiese de la O.NU. y estuviese apoyada par amenazas de exclusión para los que no quisiesen someterse, lo cual no es concebible pues no quedaría nadie, salvo Suiza quizá que no forma parte de ella.

En El munndo de los campos de concentración David Rousset presentó los campos como si dependiesen de un problema de régimen y tuvo un éxito merecido. Después, en Los días de nuestra muerte y en otros numerosos escritos diseminados se interesó en hacer resaltar y en alabar el comportamiento de los presos comunistas, alegando hechos incontrolados y que sólo han encontrado en el público este crédito en razón al desorden y confusión originados por la guerra. Una vez se ha aventurado a la pura documentación en su colección El payaso no ríe que acusa solamente a Alemania. Sin embargo él no podía ignorar los campos rusos, de los que se dice que en los años 1935-1936 [317] ya estaban en venta en las librerías documentos traducidos del ruso, y de los cuales, por otra parte, le habrá sido revelada la existencia en los tiempos más lejanos en los que todavía militaba él en las filas del trotskismo. Deliberadamente pues, ha contribuido muy eficazmente a crear en el interior del país esta atmósfera de connivencia momentánea que ha permitido a los bolcheviques, cuyas fechorías en Rusia eran atenuadas o silenciadas, subir al poder en Francia. Respecto al exterior, sobre todo ha ahondado un poco más aún el foso que separa a Francia de Alemania Descubriendo los campos rusos en la manera conocida, no hace más que seguir el movimiento de traslación lateral que es la característica esencial de la política del gobierno desde la marcha del equipo Thorez. Su actitud de hoy es consecuencia 1ógica de la de ayer, y es natural que habiendo prestado un argumento al tripartismo bolchevizante, suministre a los angloamericanos la base ideológica indispensable para una buena preparación para la guerra.

No es menos natural que Le Figaro Littéraire y David Rousset hayan terminado por encontrarse. Basta con observar que apoyándose mutuamente, su intervención concertada no trae nada nuevo a la discusión al venir después de los testimonios auténticos de Victor Serge, Margaret [Buber-]Neumann, Guy Vinatrel, mi amigo Vassia etc., no aporta nada nuevo salvo un testimonio más sobre acontecimientos no vividos, y no hace más que registrar la quiebra de una política en provecho de otra que quebrará infaliblemente, si no ante nuestros ojos al menos ante la historia.

A estos elementos sospechosos que dependen, el primero del maquiavelismo de un periódico y el segundo de la capacidad de un hombre para ajustar su comportamiento según los deseos de los poderosos del momento en los diferentes mundos que le cuentan alternativamente entre sus miembros, hay que añadir los que resultan de la experiencia. En 1939 y en los años precedentes, se destacaron de la misma manera los abusos de la Alemania hitleriana. En la prensa no se hablaba más que de ellos. Todo lo demás se olvidaba: nadie ponía en duda que se preparaba ideológicamente la guerra para la cual se creían materialmente preparados.

Efectivamente, se hizo la guerra…

Hoy, en toda la prensa no se habla más que de los abusos de la Rusia soviética en el terreno del humanismo, y exclusivamente de los de la Rusia soviética. Se olvida todo lo demás, y principalmente los problemas planteados por el uso, extensible hasta el infinito, del campo de concentración como medio de gobierno. Las mismas causas producen los mismos efectos…

La opinión pública, desengañada par casi todo lo que se le ha dicho de los campos alemanes, por la forma en la cual de una y otra parte se le presentan los campos rusos, y por el silencio que se guarda sobre los demás, presiente todas estas cosas y parece esperar que se le hable en el lenguaje de la objetividad, demostrándole al mismo tiempo la realidad de los hechos.

Ahora bien, en esta materia el lenguaje de la objetividad no tiene necesidad ni de muchas precauciones ni de muchas palabras. El caso [318] de los campos de concentración, del trabajo forzado y de la deportación, sólo puede ser examinado bajo el aspecto humano y dentro de la definición de las relaciones entre el Estado y el individuo. En todos los países existen los campos, en potencia o bien realmente, cambiando estos últimos de clientela con los azares de las circunstancias y según los acontecimientos. Los hombres se encuentran amenazados en todas partes y para los que actualmente están recluidos no hay posibilidades de salir más que en la medida en que los que todavía no han pasado par ellos están destinados a entrar.

Es contra esta amenaza frente a la que hay que sublevarse, y es al campo en sí mismo al que hay que hacer alusión, independientemente del lugar en que se encuentre, de los fines para los cuales sea utilizado y de los regímenes que lo empleen. De la misma manera que contra la prisión o la pena de muerte. Todo particularismo, toda acción que designe a la vindicta a una nación antes que a otra, que tolere los campos en ciertos casos, explícitamente o por omisión calculada o no, debilita la lucha individual o colectiva por la libertad, la desvía de su sentido y nos aleja del fin en vez de acercarnos a él.

Desde este punto de vista, se juzgará un día el agravio que se hizo a la causa de los Derechos del hombre cuando la IV República admitió que los colaboracionistas o reputados como tales, fuesen encerrados en los campos como lo fueron los no conformistas de 1939 y los resistentes de la ocupación.

Para hablar en estos términos, evidentemente hay que preocuparse bastante poco de ser clasificado en el partido de los antiestalinianos o de los antiamericanos, y es necesario tener bastante dominio de sí mismo para separar en el propio espíritu tanto al régimen soviético de la noción de socialismo como al régimen norteamericano de la democracia: que uno de ambos regímenes es menos malo que el otro es indiscutible, pero esto solamente acredita que el esfuerzo a realizar par los que viven a un lado del telón de acero deberá ser menor que el de los que viven al otro… Y lo que hay que invocar aquí no es una fidelidad de antiguos deportados, que sólo puede colocar a la opinión pública ante la elección entre dos posiciones anti o dos posiciones pro: es la fidelidad de una élite a su tradición, que es definirse a sí misma por medio de su propia misión, y no cumplir la de los demas.

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