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Por Salvador Borrego E.

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Fragmento del libro “Derrota Mundial” del mismo autor, correspondiente al capítulo X; pp. 593 a 600
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El cargo más grave que se hizo a los líderes nazis fue el de haber cometido “crímenes contra la humanidad”; en otras palabras, ejecuciones de judíos. La parte acusadora, o sea los mismo israelitas, calcularon en seis millones el número de ejecutados. Una cantidad tan grande de fusilamientos es incuestionablemente injustificada, pero el delito no se configura con el simple dicho del acusador. Para probarlo se hubiera requerido el trabajo de un tribunal imparcial y de una investigación que no fuera practicada por los mismos acusadores, máxime cuando esos acusadores exageran siempre todo suceso que tienda a favorecerlos. Frecuentemente llegan incluso a desprestigiar como victimarios a quienes en realidad son víctimas de ellos.

Un gran sector de abogados británicos, por conducto de la revista especializada “The Solicitor”, de junio de 1946, hizo la siguiente observación: “Cuando un hombre insiste en ser juez de su propia causa hay que suponer inevitablemente que ésta no resistirá a la investigación. ¿No sacará la posteridad esta conclusión respecto a los juicios de Nuremberg?”

Antes de la guerra sólo había 600,000 judíos en Alemania. y una vez terminada la contienda aún había tantos que pudieron asumir innumerables puestos públicos, montar tribunales de “desnazificación” y ocupar cargos directivos en el comercio, en la industria, en la banca y en general en todas las actividades públicas. Después de la guerra, la agencia noticiosa “France Press” informó cómo millares de judíos asistieron en Munich al entierro de Philipp Auerbach. Y toda la prensa -incluso la israelita- publicó asimismo cómo en el pequeño poblado alemán de Biefeld una multitud de hebreos se opuso a la exhibición de una película interpretada por Weit Harlam, debido a que años antes éste había filmado una cinta antisemita. De igual manera fue del dominio público que apenas el Dr. Eberhard Stern formó en Berlín un Partido Nacionalista, millares de judíos brotaron por doquier para asaltar su casa y protestar en contra , todo esto sin contar las decenas de miles de israelitas que al terminar la contienda emigraron de Alemania a Palestina, a Estados Unidos y a otros muchos países, inclusive México.

Si antes de la guerra había 600,000 hebreos en Alemania; si al terminar la contienda su número era tan considerable que hacían sentir su influencia en todas partes, ¿cómo pues, se explica la ejecución de seis millones de israelitas?… ¿Se trataba acaso de una mágica resurrección…?

Una parcial explicación de estos misterios aritméticos, consiste en que los alemanes ejercieron dominio temporal sobre diversos países europeos en los que había judíos, Pero, es el caso que en cada uno de esos países también se repitió el mismo prodigioso milagro de la resurrección. Apenas los ejércitos aliados penetraron en Francia, surgieron por todas partes los “ejecutados” israelitas y se encumbraron de nuevo en la política y las finanzas: Marie Claude, Vaillant Couturier y Pierre Villin lograron hacerse diputados y junto con Madeleine Braun -también israelita- encabezaron una nueva corriente prosoviética. Y apenas el ejército bolchevique penetró Rumania, Checoslovaquia y Hungría, surgieron israelitas por todas partes para hacerse cargo de la nueva administración pública marxista, de la alta estructura de las finanzas, de la industria y el comercio.

A este respecto el escritor norteamericano Edgar Snow, decididamente prosoviético, da el siguiente testimonio: “Tuve oportunidad de conversar con muchos judíos rumanos, si se los hubiera querido evitar, no habría sido posible; lo seguían a uno por las calles exponiéndole sus temores y sus quejas, e indicándole la dirección de sus parientes en Norteamérica… Admitían que ya no se le preseguía, que no vivían más en el terror, que respiraban como hombres y mujeres libres, y que no se morían de hambre… Al principio uno se preguntaba cómo habían podido salvarse de la muerte tantos judíos, pero las averiguaciones no tardaban en revelar que el soborno, la corrupción y las infracciones administrativas habían alcanzado aun a los encargados de hacer cumplir las leyes antisemitas de Antonescu… El Gobierno de Antonescu les había confiscado todas las propiedades y las había ofrecido en venta a los rumanos que no eran de esa raza. Pero en la práctica, muchos de los compradores pedían prestado el dinero a los primitivos dueños, quienes continuaban ocupándolas a cambio de ciertos “dividendos” que pagaban a sus supuestos socios rumanos”. (“El Ejemplo del Poder Soviético”, Edgar Snow)

Antes de la guerra había seis millones de judíos en toda Europa, y de haber sido asesinados seis millones, no habría quedado ni uno, lo cual es absolutamente falso. En todos los países las tropas aliadas encontraron numerosas colonias de israelitas y a otros muchos se les libertó de los campos de concentración. Aun antes de que terminara la contienda, a fines de 1944, Himmler accedió a que emigraran a través de Suiza 1,200 hebreos semanariamente, y el 19 de abril de 1945 (antes de que terminara la guerra) Norbert Masur, del Congreso Mundial Israelita, llegó a berlín a gestionar ante Himmler que los judíos detenidos no fueran cambiados de campamento, a fin de evitarles posibles represalias durante su traslado.

El cuento de los seis millones de judíos muertos comenzó a ser fabricado por el israelita Poliakov, partiendo de las declaraciones del Dr. Wilhelm Hoettly y de Dieter von Wisliceny, quienes dieron informes sobre “evacuaciones”, “emigraciones”, “decrecimiento del judaísmo europeo”, etc. Poliakov barajó estos términos y a todos se les dio la aceptación de “liquidación”. Echó a rodar la bola y luego otros le fueron agregando dramáticos retoques. Los comisarios judíos soviéticos capturaron el campo de Auschwitz y hablaron de 4 millones de judíos muertos con gas, lo cual era falso porque meses antes la Cruz Roja Internacional había visitado ese campo y no existía tal exterminio ni cámaras de gas. Pero el embuste fue difundido mundialmente por las agencias internacionales de prensa -controladas por el judaísmo- y coreado por películas filmadas, “documentales” amañados, panfletos, libros, etc. David Rousset, en Francia y Eugen Kogon, en Alemania, dramatizaron la “liquidación” de los “6 millones”. El comunista húngaro Nyizli Miklos inventó la “confesión” del Dr. Mengele, y después de que fue ejecutado Rudolf Hoss o Hoess (comandante del campo de Auschwitz) se inventó su “confesión” sobre las matanzas y se tradujo a todos los idiomas para “confirmar” en el mundo entero los de los “6 millones” de “liquidados”.

[Nota del transcriptor: La primera edición del libro de don Salvador Borrego data de diciembre de 1953, la segunda de marzo de 1955 y en la cual escribe el prólogo el notable mexicano José Vasconcelos. Sin embargo fue hasta 1983 cuando se supo, por medio de una entrevista hecha por rupert Butler al sargento británico Bernard Clark, y consignada en su libro ‘Legions of Death’, en esta entrevista dice que él mismo se encargo del interrogatorio de Hoess y mediante el uso de la tortura logró que aceptara su culpabilidad en Nuremberg.]

Todo esto tiene por objeto desplegar una enorme cortina de compasión hacia los hebreos para encubrir los móviles políticos de sus jefes internacionales, empeñados en una lucha total contra el mundo  cristiano. Y como ganancia extra -cosa muy importante-, Israel se basa en ese cuento para cobrarle a Alemania las indeminizaciones que ha venido exigiendo. En agosto de 1989 éstas importaban un total de 43,000 millones de dólares. Ningún otro país ha hecho negocio con sus muertos, ni menos con sus “muertos vivos”.

Para elaborar el mito de los 6 millones de judíos (todos los que habitaban en Europa) no se omitieron trucos. Por ejemplo, un bombardeo aliado había devastado la población alemana de Weimar, poco antes de que terminara la guerra, y eran tantos los muertos que el jefe de la policía, Walter Schmidt, optó por incinerarlos, de lo cual tomó fotos. Pues bien, esas fotos de alemanes muertos por los aviones aliados fueron luego exhibidas como si se tratara de israelitas asesinados. En Munich ocurrió algo parecido y el arzobispo y cardenal Faulhaber atestiguó que los cadáveres encontrados por los aliados en el crematorio del campo de Dachau no eran de judíos, sino de alemanes muertos en el bombardeo de la ciudad. Agregó que en Dachau nunca existieron cámaras de gas, como ahora se dice que las hubo.

Por su parte, el abogado Stephen F. Pinter, de St. Louis, Mo., estuvo seis años en Alemania como funcionario del Departamento de Guerra de Estados Unidos, comisionado para investigar lo de los campos de concentración, y afirma que lo de las cámaras de gas para matar judíos carece totalmente de fundamento; en cuanto a los hornos crematorios, no eran para exterminar a nadie, sino para cremar cadáveres. Mr. Pinter agrega que él fue la primera autoridad aliada que recibió el campo de concentración de Flosenburg y precisó que ahí no habían muerto más de 200 personas, pero meses después se enteró con sorpresa que estaban celebrándose ceremonias en Flosenburg para honrar a los “tres mil exterminados”.

El doctor judío Benedikt Kautsky, que estuvo internado en Auschwitz y en otros campos, dice: “Yo estuve en los grandes KZ de Alemania. Pero, conforme a la verdad, tengo que estipular que no he encontrado jamás en ningún campo ninguna instalación como cámara de gaseamiento.” (“La mentira de Ulises”. Por Paul Rassinier, antiguo internado en campos de concentración.)

Solamente si se adminte la creencia de que el israelita es el elegido para dominar el mundo, y de que esa hipotética superioridad le permite multiplicarse en la tumba, puede aceptarse que durante la guerra perecieron seis millones de judíos, pues la inmensa mayoría de ellos vive ahora en Europa, en América y en Israel.

Es tan decidido el interés de mantener el mito de los seis millones que en Alemania se incurre en el”delito de opinión” si se niega el “holocausto”. El general Otto Ernst Remer fue condenado el 26 de noviembre a tres meses de cárcel y a una multa por decir que tal cosa era falsa. Y en Francia el líder Jean Marie Le Pen fue multado por afirmar que no había habido las famosas cámaras de gas (sep. 24 de 1988).

Por otra parte, es rigurosamente cierto que muchos judíos fueron muertos o ejecutados, pero se omite que eran miembros de grupos sin uniforme y sin bandera, que a retaguardia de las líneas organizaba sabotajes, conspiraciones, espionaje y asaltos sorpresivos. Este encubierto sistema de combate ha sido siempre sentenciado en todos los países del mundo a la máxima pena de la ejecución. Es un principio de ley internacional que todo aquel que combate sin uniforme y sin insignias se priva automáticamente de garantías en el caso de caer prisionero.

Los escritores Goldsmith, Marik, Buch y Ruszicka han relatado cómo sus congéneres organizaban saboteadores a espaldas de las líneas alemanas en la URSS. En su barrio de Bialystik organizaron un gran levantamiento que empezó el 16 de agosto de 1943, encabezado por el líder comunista Daniel Moskovicz y por Mordechai Tanenbaum, dirigente del hechalutz. (“Prensa Israelita”, 2 de abril de 1964).

El periodista Edwin Hartrich reveló el 26 de febrero de 1948 que un tribunal militar norteamericano acababa de contradecir el principio básico en que se basaron los procesos de Nuremberg. El nuevo tribunal dictaminó que “los soldados alemanes eran víctimas de ataques por sorpresa, hechos por un enemigo con quien no podían batirse en combate abierto. Era práctica común la emboscada de tropas alemanas. A menudo los soldados alemanes eran capturados, torturados y muertos. La mayoría de las fuerzas subterráneas no cumplían con los reglamentos de la guerra y por lo tanto carecían  de todo derecho a ser tratados como beligerantes… Los miembros de estos grupos ilegales -añadió el Tribunal Militar norteamericano radicado en Francfort- no tenían derecho al privilegio de ser tratados como prisioneros de guerra al ser capturados, y en consecuencia los alemanes no pueden ser acusados de ningún crimen por haberlos fusilado”.

Añadía el Tribunal que la ejecución de quienes combaten sin uniforme era practicada por muchas naciones, inclusive la Gran Bretaña, los Estados Unidos, Francia y Rusia. Tanto así que el Reglamento de Guerra en Tierra, del Ejército Norteamericano, establece como ilegales los actos de resistencia realizados por individuos sin “emblema, distintivo o uniforme por el cuál pueda reconocérseles a distancia, ni porten sus armas abiertamente ni luchen de acuerdo con las reglas bélicas universalmente aceptadas.” Tal era el caso de millares de fanáticos israelitas que luchaban secretamente, como que de todo secreto han hecho un arte inimitable en los últimos cuatro mil años, desde que desafiaron el poder de los faraones. En realidad el movimiento político judío podría ahora proclamar con orgullo la temeridad de sus encubiertos combatientes en Europa, pero sin duda alguna le conviene más presentarlos como pasivas víctimas de una inexplicable e incoherente furia hitleriana.

Otra acusación contra los alemanes se refería a la ejecución de rehenes. Este procedimiento, como medida represiva contra los ataques encubiertos de combatientes no uniformados, se halla previsto asimismo en el artículo 358 del Reglamento de Guerra norteamericano, y en los artículos 453 y 454 del Código de Justicia Militar británico. Se acusó a las tropas SS alemanas de ejecutar 10 rehenes por cada soldado alemán asesinado a mansalva, pero es el caso que los franceses tenían una cuota de 25 a 1, y los norteamericanos de 200 a 1.

El doctor judío Listojewski publicó en la revista “The Broom”, de San Diego, Cal., el 11 de mayo de 1952: “Como estadístico me he esforzado durante dos años y medio en averiguar el número de judíos que perecieron durante la época de Hitler. La cifra oscila entre 350,000 y 500,000. Si nosotros los judíos afirmamos que fueron seis millones, esto es una infame mentira”.

Aparte de los que fallecieron de muerte natural, de los ejecutados por espiar y sabotear y de los muertos en francos levantamientos armados en la retaguardia alemana como el de Varsovia, también es cierto que a veces ocurrieron crueles abusos contra rehenes israelitas. Las propias autoridades nazis descubrieron uno de esos abusos en 1944 cuando el juez Morgen, de la SS, comprobó que en el campamento de Bunchenwald habían sido asesinados numerosos judíos por el comandante Koch, que inmediatamente fue procesado y fusilado, en tanto que otros funcionarios quedaron presos.

Abusos semejantes fueron después descubiertos, cerca de Auschwitz, al parecer solapados por el jefe de la Policía, Kaltenbrunner, y se les puso coto en octubre de 1944. Sin embargo, hasta los que morían de muerte natural están ahora considerados como víctimas del nazismo.

Pero de las cámaras de gas y la liquidación de 6 millones de judíos es un recurso publicitario, un fantasmón contra todo intento de poner en claro los móviles ocultos del movimiento político israelita.

(El mismo objeto tienen las grandes campañas psicológicas de prensa, como la desplegada acerca del coronel Eichmann, secuestrado en Argentina por agentes judíos, incomunicado en Israel y ahorcado; y como las espectaculares maniobras publicitarias del teatro “Anan Frank” y del teatro contra Pío XII, “El vicario”)

Naturalmente que al tratar esto en Nuremberg sólo era una voz la que privaba y una versión la que se oía. En otros muchos juicios menos conocidos se utilizó hasta la violencia contra los acusados, y esto dio origen a una investigación realizada por norteamericanos. El juez Edward Le Roy van Roden, jefe de una comisión investigadora, denunció el 14 de enero de 1949 “los salvajes métodos empleados por los agentes fiscales… apaleamientos y puntapiés brutales; dientes arrancados a golpes y mandíbulas partidas”.

Este juez -uno de cuyos hijos es aviador y estuvo prisionero en Alemania- acusó en particular a los fiscales del tribunal aliado de Dachau, que condenó a muerte a numerosos prisioneros alemanes.

Y así como ahorcamientos de Nuremberg fueron un símbolo de la venganza judía, la prisión de Spandau, en Berlín, es otro símbolo de que esta venganza arde como una lámpara votiva. Allí estuvieron presos, durante periodos de diez a veinte años. Walter Funk, Ministro de Economía; Karl Doenitz, ex jefe de la flota submarina; Baldur von Schirach, jefe de la juventud hitlerista; Albert Speer, cuyo “delito” había sido elevar la producción de armamento, y otros jefes del Gabinete.

Von Schirach y Speer salieron en 1966 y quedó solitario Rudolf Hess, nazi número 3 que voló a Inglaterra a ofrecer paz.

En el desquiciamiento de la derrota, algunos antiguoa jefes nazis abjuraron de Hitler y de su lucha, como Frank y Von Schirach. Otros continuaron inalterables. El ministro de armamentos, Speer, condenado a 20 años, fue interrogado sobre que haría al quedar libre y contestó: “Naturalmente que agitaré”.
-¿Quiere decir que agitará para revivir la causa nazi?
-Por supuesto ¿por qué no?

El Almirante Karl Doenitz, de 53 años, comandante de los submarinos y luego sucesor de Hitler, admitió que en septiembre de 1942 dio órdenes para que no se rescatara a los supervivientes, pero tuvo que hacerlo así porque después del hundimiento del barco inglés “Lakonia”, varios submarinos alemanes acudieron a auxiliar a los náufragos y fueron atacados durante las operaciones del salvamento, de acuerdo con las órdenes de Churchill. “En consecuencia -afirmó-, estoy convencido de la legalidad de la guerra submarina alemana y si de mí dependiera volvería a hacerla exactamente en la misma forma… En la guerra uno debe saber ganar y perder”.

El veterano capitán Helmuth von Ruckteschell, comandante de submarino en la primera guerra y comandante de los corsarios “Widder” y “Michel” en la segunda, que hundió buques enemigos con un total de 172,000 toneladas de 1940 a 1943, fue condenado a diez años de trabajos forzados. Se hallaba enfermo y al poco tiempo falleció.

Rudolf Hess, representante del Fuehrer, que voló a Inglaterra para ofrecer la paz que Hitler proponía a Occidente antes de atacar al marxismo, declaró al ser condenado a prisión perpetua. “Tuve el privilegio de trabajar durante muchos años de mi vida bajo la dirección del hijo más grande que el pueblo alemán ha engendrado en miles de años de su historia. Aún si pudiera, no destruiría ese periodo de mi vida. Estoy contento de haber realizado mi deber como alemán, de haber cumplido mi deber para con mi pueblo como nacionalsocialista y fiel paridario de Hitler. Si tuviera que iniciarme nuevamente actuaría precisamente en la misma forma, aun sabiendo que mi fin consistiría en ser quemado en una pira. Siento la mayor indiferencia por las decisiones de los hombres; algún día compareceré ante el Eterno para rendirle cuentas y sé que Él me perdonará”.

El 17 de agosto de 1987 las autoridades aliadas anunciaron que Hess había muerto. Al día siguiente se dijo que se había estrangulado con un cable, lo cual no fue confirmado. El cirujano inglés Hugh Thomas afirma que Hess fue asesinado; que la autopsia practicada por el médico británico James cameron revela que murió de asfixia, pero que no menciona en su dictamen la palabra ‘suicidio’ (Londres, 12 de marzo de 1988, AFP).

Los restos de Hess fueron inhumados en secreto, en un lugar no identificado. Existe la versión de que, sumamente debilitado, con 93 años de edad, no se quiso dejar la impresión de que fuera un “mártir de la justicia aliada”.

Por otra parte, a partir del Juicio de Nuremberg se inició “la operación judicial más grande de la historia”. El general americano Lucius D. Clay declaró que entre 1945-1950 se abrió proceso a 13  millones de alemanes.

De cuatro millones de prisioneros hechos por la URSS, 185,000 fueron liquidados sumariamente y 2’615,000 murieron en cautiverio.

Respecto a los prisioneros hechos por los americanos, ingleses y franceses, durante la guerra y poco después de terminada, el investigador canadiense James Bracque afirma que en los campos de concentración aliados, murieron 800,000, debido a las severas directivas del general Eisenhower. “Hubo prisioneros que fueron enterrados vivos con aplanadoras; otros murieron de hambre, agotamiento, deshidratación, tifoidea, disentería o pulmonía. Se ocultaron deliberadamente esos hechos y los archivos” (“Las Otras Pérdidas”, por James Bracque. Toronto, 25 de agosto, 1989, AFP)

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