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Por Ricardo Alarcón Ramírez

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No se puede en un breve ensayo definir o acotar el concepto de lo que llamamos sociedad. Empezaríamos si se quisiere descifrar, por analizar que es una sociedad y las raíces que nos conlleva la sola observancia del asunto. Pero nos limitamos  y decimos que vivimos en sociedad y que las sociedades son distintas como son las razas y países.

Los cuentos, las legendas históricas, los miedos incomprendidos, son partes de la psique colectiva que  convergen en un todo, donde la mayoría decide que creencias sostener, y  cuales desterrar o encriptar para no tener que verlas de frente: vivir con ellas. Allí empieza a definirse los valores que sostiene  el colectivo o aun más la totalidad del Estado, es decir: gobierno, territorio y población.

La historia entonces se convierte en la manera de describir los eventos colectivos que provocaron el diseño del presente, al menos ese es el pensar inclusive no solo de la masa, que fácilmente es manipulada,  peor aún, también es el sentir de la clase intelectual de dicha sociedad , cuyo trabajo, en gran parte, es definir valores fundamentales, pero una vez que siente las presiones de las creencias populares, no se atreve a romper silencio, y  dar el verdadero entendimiento y luz a las masas sobre sucesos y eventos que son discutibles con razón justa, así es que el miedo al hacinamiento total, y al despojo de la autoridad intelectual que se les ha concedido, los frena, a muchos intelectuales, a romper con una creencia arraigada en las masas y cuyo solo mención convoca al tumulto.

¿Pero que es un tabú? Es un límite. Más allá no hay nada: solo el abismo. De allí el temor. Temor a lo desconocido. El tabú puede bien estar fundado en un hecho real, luego distorsionado. Un claro ejemplo es la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.

En palabras de Michel Foucault, en Arqueología del Saber ,“el problema no es ya de la tradición  y del rastro, sino del recorte y del límite…”.Aquí Foucault establece una primicia para entender mejor a la revisión histórica, y creo, deja ver que el límite y el recorte como él lo clasifica, son un gran estimulo para revisar la historia como lo es un riesgo probar y decir que se tiene algo definitivo como si “ por debajo de las peripecias políticas y sus de sus episodios , se propusieran sacar a la luz, los equilibrios estables y difíciles de alterar…”

Y es que una vez que el recorte y el límite aparecen en el tema histórico, lo subsecuente, “no es ya el fundamento el que se perpetua, sino el de las transformaciones que vale como fundación y renovación de las fundaciones”.

De allí que el rompimiento de la ortodoxia histórica frente un colectivo decido a proclamarla  como un evento inamovible es improbable sin  la oportunidad siquiera de dialogar, y analizar eventos que no son sustentables ante el escudriño aplastante de datos y memorias, cuyas fuentes y argumentos son de testigos circunstanciales y  sin más evidencia probatoria que un cumulo de historietas a manera de anecdotario.

Pero el tabú como elemento limítrofe del revisionismo histórico, no permite diálogos. No existe otra forma de entender la historia más allá, y me refiere al holocausto, si no es a través del tabú y sus anécdotas que lo componen y lo acompañan .Así lo ven los más.

Esto al menos es particularmente cierto en el caso de las últimas dos guerras mundiales que han sido, a pesar de las impureza históricas, eventos que han cambiado al mundo y en especial, la segunda guerra mundial, en la que se proclama por la historia el uso de armas de destrucción masiva  por los nazis para el mero exterminio de los judíos en Europa.

El holocausto en el que se dice que 7 millones de judíos perecieron en su mayoría en cámaras de gases, manejadas en los campos de concentración como Aushwitz, el más famoso por su elevado número de víctimas – según los historiadores ortodoxos que defiende estas teorías a pesar de aceptar que el numero de siete millones de judíos asesinados en cámaras similares esta aun por ser probado  – que sus cuerpos no han sido encontrados ni hay pruebas suficientes para sostener este argumento. El libro de historia sigue abierto.

Esto es sabido por muchos e ignorado por lo más historiadores. Pero si entendemos que el tabú es el dictador en esta república de datos que es historia, y aun sabemos que la imaginación del colectivo  traspasa la realidad y  hace un mal de otros  el mal de todos, y pueden todos o la mayoría consistente no solo condenar, sino criminalmente asediar y tratar de acabar con esta amenaza.

¿Quien puede defender al régimen nazista? Nadie que se considere demócrata, sin embargo en la guerra las democracias perecen. Y toda democracia en guerra está en peligro de diluirse de convertirse en un estado dictador sino con los suyos peor aun con los conquistados.

El lobo es entonces el culpable y la sociedad actúa de caperucita roja, inocente y amenazada por un mal, un enemigo al que hay que sumarle, culparle de toda maldad. Es el caso de Hitler y su régimen nacionalista. No defiendo este régimen, belicoso y violento sin embargo la violencia también está en el otro lado: los que sufren por los que sufrieron lo que en realidad no paso: un exterminio judío.

Vemos el nacimiento de un tabú , que no deja ni puede permitir el diálogo libre, el intercambio de ideas sobre el holocausto que los judíos , en su mayoría ya han logrado convencer a la mayoría que ellos tiene el monopolio del sufrimiento y la persecución racial. El holocausto no es algo que racionalmente podamos negar, anular, pero al mismo tiempo no podemos anular el análisis de los hechos más allá de las anécdotas que colma esta historia del holocausto.

Este es un intento somero de invitar a la reflexión tanto del que se siente agredido como al que llaman agresor –revisionista histórico-… a mediar partes. Es casi imposible, sí lo es, como lo es quedarse de brazos cruzados y ver como las olas del mar de la cerrazón devoran el alto y enorme edificio de la razón y el dialogo.